Capítulo 14 #2
Ni él ni nadie debía saber que era capaz de defenderme y que no resultaría una presa tan fácil.
Me senté en el borde de la cama y contemplé mis uñas, todavía pintadas de rojo. Al día siguiente me harían la manicura para la boda; no pensaba casarme llevándolas de aquella manera. Después de juguetear con los dedos, me obligué a hablar y a decir de una vez lo que necesitaba.
—Leonardo es mi primo y me enseña defensa personal cuando mi madre sale de casa para resolver algún asunto.
—Levanté la mirada hacia él y vi cómo la confusión daba paso a la comprensión en su rostro—.
Como has descubierto recientemente, ya he pasado varias veces por situaciones desagradables y no quiero que vuelvan a pillarme desprevenida.
Por eso le pedí que me enseñara a defenderme y es lo que ha estado haciendo desde entonces.
He aprendido a defenderme con mi propio cuerpo, pero también a disparar y a manejar una daga.
Todo gracias a Leo. Por eso, te ruego que no le hagas nada.
Si se ha expuesto de esa manera y ha corrido el riesgo de que alguien lo descubriera, ha sido para protegerme.
Jamás aceptaría que le ocurriera algo, y mucho menos por mi culpa.
Matteo avanzó unos pasos y se sentó a mi lado, pensativo después de escuchar mi confesión.
—¿Desde cuándo te entrena? —Sabía lo que estaba haciendo. Me preguntaba de manera indirecta desde cuándo habían empezado a hacerme daño. Decidí ser sincera, aunque no sabía muy bien por qué.
—Desde hace algunos años.
La sorpresa se adueñó de sus ojos. Suspiró y volvió a pasarse los largos dedos por el cabello.
—¿Años? —preguntó incrédulo, aunque parecía hablar consigo mismo y no esperar una respuesta, así que permanecí callada—. ¡Es absurdo! ¿Y dónde coño estaba tu madre para no darse cuenta durante todo ese tiempo? —¿Ayudando a golpearme?, pensé en responder, pero me limité a encogerme de hombros.
—Quizá no se dio cuenta. No lo sé.
—¿Fue Federico? —Su mirada volvió a encontrarse con la mía de una forma tan penetrante que tuve que apartar los ojos para no delatarme.
—¡Eso ahora no importa! Lo importante es Leonardo. Me ha estado ayudando y no quiero que le hagas daño.
Asintió, todavía pensativo por mi confesión.
Como Matteo, a pesar de su sorpresa, no se opuso a lo que hacía ni pareció molesto, sino que comprendió qué me había llevado a tomar aquella decisión, resolví exigir un poco más en lugar de dar por terminada la conversación y quizá desperdiciar la oportunidad.
—Hay otra cosa... —Soltó una risa nasal.
—Por supuesto que la hay. —Continuó mirándome, esperando que prosiguiera y lo dijera de una vez.
—Quiero seguir entrenando después de la boda.
Permaneció en silencio durante unos segundos que parecieron horas. Cuando una sonrisa ladeada apareció en aquellos labios tentadores, mi corazón se tranquilizó un poco.
Tal vez no fuera tan malo.
—Va bene.
Lo miré con desconfianza y no pude resistirme a provocarlo.
—¿Así de fácil? ¿Solo un «de acuerdo» y ya está?
—Eres dura de pelar, ¿verdad, mia cara[26]? —Me encogí de hombros, sintiéndome un poco más cómoda a su lado, y una leve sonrisa apareció en mis labios—. Te permito continuar con tu entrenamiento siempre que...
—Sabía que habría un «siempre que». —Aquello lo hizo reír y nunca me había gustado tanto una sonrisa como en ese momento.
—Como iba diciendo, siempre que mis hombres participen en tus entrenamientos.
—¿Tienes miedo, Matteo? ¿No te sientes lo bastante seguro frente a mi primo? —Volví a provocarlo porque, sencillamente, no podía evitarlo y, por alguna razón, todavía no quería que se marchara.
Su carcajada volvió a llenar la habitación y terminé riéndome con él, porque su risa era tan contagiosa que resultaba imposible no acompañarlo.
Cuando dejó de reír, un deseo intenso endureció su mirada.
Sus ojos descendieron hasta mis labios y permanecieron fijos en ellos durante unos segundos.
Como si mi cuerpo ya lo reconociera, me mordisqueé el labio para contener el impulso de abalanzarme sobre él y apoderarme de su boca una vez más.
Cuando lo hice, un gemido escapó de los labios de mi prometido y sus ojos se oscurecieron por completo al dilatársele las pupilas.
—Principessa, si hay algo que no soy es inseguro —aclaró, aunque yo casi había olvidado de qué estábamos hablando—.
Pero eso no significa que vaya a permitir que estés a solas con otro hombre que no sea yo.
Confío plenamente en mí mismo, pero también cuido de lo que me pertenece.
—Me guiñó un ojo y, una vez más, sentí que mis bragas se humedecían con aquel contacto mínimo que me permitía tener con él.
—Gracias. Esto es muy importante para mí. —Decidí bajar la guardia durante un instante porque, en realidad, lo que hacía me transmitía la seguridad de que no pretendía hacerme daño.
Sabía que era mucho más fuerte y experimentado que yo y que, si de verdad quisiera, podría hacerlo. Sin embargo, su empeño en no permitir que permaneciera desprotegida demostraba que no tenía esa intención y aquello apaciguó todavía más la inquietud que me oprimía el pecho.
Una vez más, regresó a mi mente la idea de que su actitud se parecía mucho a una muestra de celos, pero no quise prestarle atención.
No deseaba alimentar aquellos pensamientos equivocados.
Tal vez se preocupara por mí, pero seguramente le preocupaba todavía más lo que pudieran decir de él si lo ocurrido aquella tarde llegaba a oídos indebidos.
Su mano se apoderó de la mía y la apoyó sobre su muslo, apartándome de mis pensamientos mientras trazaba círculos lentos y torturantes sobre mi piel.
Sin embargo, era una tortura que aceptaría soportar de buen grado durante el resto de mis días.
Con el índice me levantó el rostro; ni siquiera me había dado cuenta de que lo había bajado para contemplar nuestras manos entrelazadas.
Cuando encontré sus ojos, solo vi cariño y comprensión.
—Esto no volverá a ocurrirte jamás, principessa. Te prometo que nunca permitiré que nadie vuelva a hacerte daño.
Sabía que no debía hacerlo, que estaba mal, que él era el enemigo y que sus palabras jamás deberían afectarme. Sin embargo, lo hicieron y, lo peor de todo, creí en cada una de ellas, aun sabiendo que no podía permitírmelo.
Quise creer que nunca volverían a hacerme daño y que, aunque el camino fuera retorcido, por fin avanzaría en la dirección correcta.
Sin embargo, sabía que aquello no era más que la mente soñadora de una mujer cansada de recibir golpes de la vida, que intentaba imaginar que quizá nuestro matrimonio no sería tan equivocado después de todo.
Por desgracia, también sabía que no funcionaría así, que tendría que seguir los planes de Irene y Federico y que, quizá algún día, él descubriría que lo había traicionado.
Entonces mi castillo, que no tenía nada de encantado, se derrumbaría ante mis ojos.
Nuestro final feliz no era una posibilidad. Lo que no imaginaba era que, por el camino, la persona que había prometido no hacerme daño jamás sería quien terminaría destruyéndome el corazón.