Matrimonio y embarazo bratva EPÍLOGO
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EPÍLOGO

ALEX

Rose deshace su corona de flores e intenta comerse un pétalo.

Tiene un año y camina dando tumbos por el césped de la finca que compramos a las afueras de Portland hace seis meses.

Lleva un vestido blanco que eligió Talia, y ya ha destrozado el único accesorio que debía mantener intacto para la ceremonia.

Tiene los ojos color avellana de Elise, mi terquedad, y un vocabulario que se reduce básicamente a «no», «más» y «Ko», que es como llama a Kostya.

Kostya la sigue a una distancia prudente, con las manos extendidas, listo para atraparla si se cae.

Ella tiende los brazos hacia él cada vez que entra en una habitación, lo cual a él lo deleita y a mí me irrita a partes iguales.

Es mi mejor amigo, mi segundo al mando y, aparentemente, la persona favorita de mi hija.

Todavía no he decidido si eso es un cumplido o una traición.

Estaría ahí fuera con ella, pero estoy de pie en la entrada de mi finca, con un traje que eligió Elise, esperando a que comience la ceremonia.

Guirnaldas de luces serpentean entre los árboles sobre mi cabeza.

Las sillas forman un semicírculo en el césped.

La finca rebosa música, flores, licor caro y una velada que una vez pensé que pertenecía a otros hombres.

En veinte minutos volverá a ser mi esposa, y esta vez todo será real.

El móvil de Talia vibra mientras pasa junto a mí para revisar los arreglos florales. Echa un vistazo a la pantalla, teclea una respuesta rápida y redirige a una florista que está poniendo peonías blancas donde deberían ir las rosas.

—Jesse dice que el club está a tope esta noche —dice sin levantar la vista—. Quiere que sepas que lo tiene controlado.

—Siempre lo tiene controlado.

—Quiere que lo sepas de todos modos —guarda el móvil y endereza una rosa en el arreglo más cercano, mientras recorre el césped con la mirada en busca del siguiente problema que resolver.

Dirige los eventos en Saint Velvet igual que dirige esta boda: con listas organizadas por colores, tolerancia cero al desorden y la capacidad de enviar mensajes a Elise a las dos de la mañana sobre cosas que no tienen nada que ver con el trabajo, pero que mantienen a Elise conectada con la vida que tenía antes de que todo cambiara.

Saint Velvet sigue siendo de Elise. Siempre será de Elise.

La diferencia es que esta noche, la noche en que vuelve a casarse conmigo delante de todos los que importan, el club está a tope, Jesse lo tiene controlado, el equipo de seguridad de Rafa se encarga de la sala, y Elise no ha tocado el móvil ni una sola vez.

O eso supongo, porque ha estado preparándose.

También he cumplido las promesas que hice por el camino.

La cartera de negocios legítimos de Nina pasó su primera auditoría anual el mes pasado.

La reducción gradual de Sasha avanza según lo previsto.

El informe trimestral que Kostya dejó en mi escritorio ayer mostró que los ingresos legítimos superaron a los de las viejas rutas por primera vez.

El mundo sigue sabiendo exactamente quién soy.

También sabe que estoy construyendo algo de lo que mi hija no tendrá que avergonzarse, y quienes podrían intentar quitarme algo ahora conocen exactamente la línea que no permitiré que nadie cruce.

La ceremonia es pequeña para los estándares de la bratva e íntima para los de cualquier otro. Nina está en la segunda fila, elegante de azul marino, con un pañuelo doblado en una mano y los labios apretados en una línea que no logra ocultar del todo la emoción que hay debajo.

Charlie está a su lado, discutiendo en voz baja con uno de los músicos sobre la colocación de un altavoz cerca de los setos.

Tiene una tableta en una mano, unos auriculares colgados del cuello y esa confianza distraída de quien por fin tiene un trabajo propio.

La empresa de producción de audio que financié hace seis meses ha sobrevivido a sus tres primeros clientes de pago, lo que significa que Charlie ahora se considera inmune a cualquier consejo.

Vanessa está aquí. Llegó ayer desde Phoenix con las manos más firmes, un nuevo corte de pelo y las llaves del apartamento que le compré hace cuatro meses guardadas en el bolsillo lateral del bolso.

Nada más llegar se arrodilló en el césped para enderezar el diminuto vestido de Rose antes de la ceremonia, llorosa y casi sin poder creérselo, y Rose le agarró el dedo y no lo soltó.

Vanessa miró a Elise con una expresión que reconocí porque yo mismo la he tenido.

Era la cara de alguien que pide permiso para acercarse más de lo que se ha ganado.

Elise la dejó venir, y entiendo esa decisión mejor de lo que la habría entendido hace un año.

Estoy de pie en la parte delantera del césped, junto al sacerdote ruso que oficia la ceremonia, cuando los nervios me pueden y camino hacia la sala nupcial para comprobar si todo va según lo previsto.

Esto no tiene nada que ver con nuestra primera ceremonia.

Aquella fue estrategia. Esta es una elección, y las elecciones son más difíciles porque requieren una vulnerabilidad que no tuve que mostrar cuando solo estaba ejecutando un plan.

Llego a la puerta, que está entreabierta, y me detengo. Vanessa está dentro con Elise, ayudándola a ajustarse el velo.

—Voy a cambiar —dice Vanessa. Le tiembla la voz, pero suena decidida—. Voy a ser estable. Voy a ser una buena abuela, Elise. Te lo prometo.

Elise calla un momento. Cuando habla, su voz es suave.

—Siempre hiciste lo mejor que pudiste, mamá. Ahora lo sé —hace una pausa—. Siempre nos hiciste sentir queridos, incluso cuando las cosas se ponían difíciles.

Sigo adelante sin detenerme. Ese momento es de ellas, no mío, y fueron mi propia ansiedad y mis ganas de verla lo que me llevó hasta la puerta.

Kostya me intercepta en el pasillo. Me echa un vistazo a la cara y me lleva de vuelta al césped con una mano en el hombro, sin decir palabra. Me coloca frente al sacerdote, me endereza la corbata y retrocede a su lugar junto a mí.

—¿Nervioso? —pregunta.

—No.

—Mientes fatal para ser un hombre de tu profesión.

La música cambia, lo que me ahorra tener que responder o pegarle un tiro por tocarme las narices hoy, y levanto la vista.

Elise camina hacia mí con un vestido blanco que ella misma eligió.

No el negro que yo elegí para ella hace un año, cuando nos plantamos ante un juez e intercambiamos unos votos que eran un medio para un fin.

Esta vez eligió blanco, y la elección es deliberada.

Talia camina delante de ella, con los ojos brillantes y haciendo esfuerzos por no llorar.

Mientras camina hacia mí, la realidad de mi vida me golpea de lleno.

Me casé con esta mujer una vez por poder y casi la pierdo por ello.

Le disparé a Ludis en un pasillo de hormigón por intentar quitármela.

Traje al mundo a nuestra hija en el asiento trasero de un coche, en el arcén de una autopista, bajo la lluvia.

Ahora puedo pedirla de nuevo, sin nada falso entre nosotros.

Talia llega primero, me saluda con la cabeza y va a ocupar su lugar en el lado opuesto a Kostya. Vanessa se desliza en un asiento junto a Charlie mientras Elise llega hasta mí. Charlie rodea a su madre con el brazo, y ella se apoya en él. Quiero acordarme de contárselo a Elise porque le importará.

Elise levanta la mirada hacia mí. Tiene los ojos brillantes, esa sonrisa torcida que solo me dedica cuando intenta no llorar, y sostiene un pequeño ramo de rosas blancas que eligió por el nombre de Rose.

—Hola —dice.

—Hola.

El sacerdote comienza. Escucho apenas la mitad porque no puedo apartar los ojos de ella y me pierdo el ruso litúrgico.

Intercambiamos anillos, nuevos esta vez, elegidos juntos en una joyería de Hawthorne donde Elise pasó cuarenta y cinco minutos debatiendo el ancho de las alianzas mientras yo llevaba a Rose en brazos e intentaba no quedarme dormido de pie.

Decimos nuestros votos. Esta vez, cada palabra que pronuncio va en serio, y ella lo sabe.

La recepción se alarga hasta tarde. Talia llora durante su brindis. El de Kostya es seco, breve, e incluye una frase sobre cómo me casé con la única mujer en Portland capaz de ganarme en mi propio juego, lo que arranca risas de todos los presentes y hace que Nina levante su copa.

Rose se queda dormida en brazos de Kostya sobre las nueve, y me la llevo con la posesividad que he dejado de fingir que no tengo. La niña hunde la cara en mi cuello y murmura «Ko» en sueños, algo que Kostya encuentra hilarante y que yo prefiero ignorar.

Cuando se van los últimos invitados, llevo a Rose adentro mientras Elise camina detrás de mí, los tacones de la boda en una mano y mi anillo en el dedo donde debe estar.

La finca está en silencio. Las guirnaldas de luces siguen encendidas, dibujando reflejos cálidos sobre el césped donde hace unas horas sesenta personas me vieron casarme con la mujer que lo cambió todo.

Elise me alcanza en el pasillo. Pasa su mano libre por mi brazo y se apoya en mi hombro mientras caminamos hacia la habitación de la niña.

—Sabes, para ser una segunda boda con la misma persona, no ha estado mal.

—Vaya halago.

—Soy difícil de impresionar —me mira—. Pero te lo has ganado.

—Tendré que impresionarte de verdad con la ceremonia de renovación del quinto aniversario —digo con sorna.

Me da unas palmaditas en el brazo.

—Sé que puedes. Tienes cuatro años para pensarlo.

Llevo a nuestra hija a su habitación, la acuesto en la cuna y me quedo allí un momento más de lo necesario, viéndola respirar. Elise está a mi lado, con el hombro apoyado en mi brazo.

A nuestro alrededor, la casa se va quedando en silencio. Elise entrelaza su mano con la mía.

—¿Feliz? —susurra.

—Locamente —le llevo la mano a los labios y le beso el dorso—. No podría ser más feliz.

—¿En serio?

Asiento.

Arquea una ceja.

—Dame cinco minutos para prepararme una sorpresita, y veremos si consigo hacerte todavía más feliz.

Se me ajustan los pantalones mientras la sigo fuera de la habitación de Rose, después de encender el vigilabebés y dejar la puerta entornada. Espero en el pasillo, frente a nuestro dormitorio, cinco minutos que se me hacen eternos antes de entrar.

Me espera vestida apenas con un delicado conjunto de seda blanca y encaje, y descubro que es posible ser más feliz de lo que era hace cinco minutos, que ya era más feliz de lo que había sido cinco minutos antes. Me aguarda toda una vida de felicidad, destinada a crecer cada día.