Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne) 26
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Sebastian

SE HABÍA IDO cuando regresamos. No era mi intención que se fuera.

Pero supongo que la culpa pudo con ella y no soportó seguir viviendo con nosotros.

Me moría de ganas de llamarla para saber cómo estaba, pero siempre me frenaba en el último momento.

Dinero no le faltaba. Yo pagaba bien a mi gente.

Y tenía que recordarme que no solo me había traicionado a mí, sino también a Chloe.

Ay, Chloe. Había pasado un mes desde que Harper desapareció, y Chloe no paraba de preguntar por ella.

Le dije que había ido a visitar a unos familiares, pero como Harper se llevó todas sus cosas —todo con lo que llegó, por cierto—, no creo que vaya a volver.

¿Era su manera de decirme que no lo hizo por dinero?

Daba igual, iba a recibir una buena suma del acuerdo de divorcio.

También había sido generoso en eso. Menudo idiota.

La puerta de mi despacho se abrió de golpe y Tyler apareció en el umbral.

—En algún momento vas a tener que dejarte ver por la oficina.

Mi hermano nunca ha aprendido a llamar, y su costumbre de entrar sin avisar resulta irritante cuando uno quiere estar solo.

—¿Quién te ha dejado entrar?

—Tu ama de llaves.

Cogí la licorera y me serví medio vaso de whisky.

—Dile que está despedida.

Tyler entró y cerró la puerta.

—¿Bebiendo a las once de la mañana un martes? Nunca pensé que llegaría a ver esto.

—Si has venido a sermonearme...

Tyler cogió la licorera, fue hasta el rincón del despacho donde estaba el mueble bar, agarró un vaso y se sirvió. También dejó la botella allí, me fijé.

—A mí también me vendría bien una copa. Aquello es un caos, y nos hace falta tu ayuda, hermano.

—Ya te dije que estoy trabajando desde casa.

—Sí —echó un vistazo a mi portátil. La pantalla estaba en blanco—. Pues no lo parece. No puedes dejar que los juniors te cubran. He visto sus bocetos. No les llegan ni a la suela del zapato a los tuyos.

—Son míos.

—No. Solo les das el visto bueno, y se nota. Te estás pudriendo en este despacho por culpa de...

Le lancé una mirada fulminante, retándolo a que dijera lo que estaba pensando.

—Por culpa de ella, y te está destrozando. Te destrozará aún más si no encuentras algo que te distraiga.

No respondí. Tenía razón, pero no me quedaban fuerzas ni para darle la razón ni para llevarle la contraria.

Tyler suspiró.

—Sabes que te engañó.

—Gracias por recordarme lo evidente.

—No me refiero a eso —se dejó caer en el sofá bajo la ventana y dio un sorbo al whisky—.

Todo lo que crees saber de ella probablemente era mentira.

Una actuación para engañarte. Conozco tus límites.

Sé que no te acuestas con tus empleadas ni con socias.

¿No dijiste que te despertaste en la cama con ella en Las Vegas?

—¿Qué insinúas?

—¿Y si ella...?

—...estaba compinchada con Lionel? ¿Te has vuelto loco? ¡A ella también la drogaron!

—¿Estás seguro?

—Tyler.

—Vale, vale. Lo siento, no pretendía difamarla, pero es inevitable preguntárselo.

—Si alguien se equivocó en todo aquello, fui yo. Nunca debí llevarla a esa partida de póquer.

Pero la deseaba, aunque fuera solo una noche. Rompí mi propia regla porque llevaba demasiado tiempo deseándola y pensé que una noche con ella, una noche inocente y casta, no haría daño. Ni siquiera me arrepentí de lo que pasó después.

—Dios mío. Estabas enamorado de ella.

Resoplé y le di un buen trago a mi copa.

—¡Lo estabas! Y todavía lo estás. Joder. No tenía ni idea, tío. Solo intentaba protegerte. Te veía diferente y pensé, no sé.

—¿Qué? ¿Que me estaban tomando el pelo? ¿Y qué más da? Al final descubriste la verdad, así que bien, ¿no? Me ahorraste una humillación enorme.

—¿Eso hice? Si hubiera sabido lo que sentías por ella, no habría dicho nada. Se lo habría contado a ella, no a ti.

—Para que pudiera seguir mintiéndome.

—Para que tuviera tiempo de darte una explicación.

—No te preocupes por mí, hermano. Yo no me enamoro. Me casé con ella para fastidiar a mi ex, ¿recuerdas?

Tyler no parecía convencido. Negó con la cabeza y se levantó.

—¿Qué hay de Kendra?

—Viene en un par de horas a hablar de la custodia. Quería que habláramos cara a cara, sin abogados.

Tyler frunció el ceño.

—¿Es buena idea?

Me encogí de hombros.

—¿Por qué no? Seguramente gane la batalla si se entera de lo de Harper, y estoy seguro de que se enterará. Sus investigadores son mejores que los tuyos.

Tyler se colocó detrás de mí y me masajeó los hombros. Parte de la tensión que llevaba acumulando se disipó.

—¿Quieres que me quede?

—Puedo apañármelas solo, hermano mayor.

Tyler me dio una palmada en el hombro y se dirigió a la puerta.

—Oye —dije cuando su mano llegó al pomo—. ¿Puedes llevarte a Chloe? ¿Solo por hoy?

A Tyler se le iluminó la cara. Le encantaba pasar tiempo con su sobrina.

—Le traje un regalo de Milán que le va a volver loca.

Era ya avanzada la tarde cuando llegó Kendra.

Para entonces me había adecentado, aunque seguía un poco borracho.

Tenía un aspecto diferente. Quizá fuera el traje de chaqueta holgado que llevaba, pero parecía seria y madura comparada con la última vez que la vi.

Había dado el día libre al servicio antes de que llegara.

Bueno, en realidad solo estaba la señora Andrews.

Le pedí a Jean que dejara comida preparada y luego le di la semana libre.

No quería tener a mucha gente alrededor.

—¿Dónde está Chloe? —preguntó Kendra nada más entrar.

—En casa de mi hermano. No te toca hoy.

Kendra suspiró.

—Ya lo sé. Era simple curiosidad.

La llevé a la sala de estar y se sentó en el sofá de enfrente. Había sido ella quien pidió la reunión, así que esperé a que empezara. Suspiró de nuevo, jugueteó con sus manos de manicura impecable y finalmente dijo:

—Supongo que debería ir al grano. Ya no quiero pelear por la custodia completa.

Me quedé de piedra. Que yo supiera, sus abogados seguían enviando a los míos nuevas pruebas de que Kendra era mejor madre que yo.

La más reciente incluía todos mis escarceos con mujeres, además de artículos que me tachaban de playboy.

«El príncipe playboy de Nueva York», me había apodado un periodicucho moribundo.

Aún no habían descubierto lo de Harper, pero era solo cuestión de tiempo.

—¿Por qué?

¿Acaso iba a salir algo comprometedor sobre ella? Mis abogados no habían encontrado nada que no supiéramos ya. De hecho, Kendra estaba demostrando ser mejor madre de lo que yo pensaba. Incluso cumplía las órdenes judiciales.

—Porque estoy cansada de pelear. ¿Tú no?

Negó con la cabeza.

—Claro que no. Estás disfrutando con todo esto. Le demuestra al mundo que soy la zorra rica y mimada que siempre pensaste que era.

—Dejaste a tu hija en mi puerta y te largaste a una fiesta.

—No estaba en mis cabales. Mi vida era un desastre entonces, pero sí cuidé de ella antes de eso.

—La dejaste con las chicas del yate mientras te ibas de fiesta a Ibiza.

—¡Eso fue una sola vez! ¡Por Dios!

Crucé los brazos. Si esa iba a ser su defensa en el tribunal, quizá tenía alguna oportunidad.

Kendra se frotó las sienes.

—Joder. La estoy cagando otra vez —murmuró para sí—. ¿Puedes dejarme hablar?

Le hice un gesto de «adelante».

—No estaba bien de la cabeza. No me estoy justificando.

Sé que la cagué. La cagué pero bien esos primeros años con Chloe.

Lo mejor que hice por ella fue dejártela.

Si no lo hubiera hecho, quién sabe qué le habría pasado.

No estaba sobria. Bebía más que nunca. Y no me hagas hablar de la coca.

Era... soy una mala madre. Es verdad. Pero estoy intentando cambiar. Por Chloe.

Su voz se suavizó al pronunciar su nombre. Su amor por Chloe era evidente.

—Por eso quiero retirar el caso y darle lo mejor para ella. Creo que lo mejor es que Chloe nos tenga a los dos en su vida. Estoy dispuesta a mudarme a Nueva York. Ya estoy cerrando el trato de un piso precioso a pocos pasos de aquí.

—Tu vida está en París. Te encanta aquello.

Si algo sabía de Kendra, era que para ella su casa de París era su verdadero hogar. Viajaba mucho, siempre estaba de un lado para otro, pero si querías encontrarla, la encontrabas en París.

—Chloe es mi hogar. La cagué, ¿vale? Lo sé. Pero quiero hacerlo mejor.

No sabía si creerla. Ya me habían engañado antes.

—¿Qué propones?

Respiró hondo.

—Custodia compartida. Un mes contigo y un mes conmigo. Puedes quedarte con todas las vacaciones si quieres.

Sin darme cuenta, crucé los brazos.

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho. Estoy harta de pelear contigo.

—Tienes miedo de que gane, ¿es eso?

—Por favor. Sé que tu matrimonio es falso y puedo demostrarlo. Tengo tantas posibilidades de ganar como tú, pero no quiero arriesgarme a perderla para siempre.

No sabía si era sincera. Con Kendra nunca se sabía. Pero si conocía lo de Harper, podría hundirme en el tribunal.

—¿Qué sabes de mi matrimonio?

—¿En serio? Sé que os emborrachasteis en Las Vegas, os casasteis por impulso y luego decidiste hacerlo oficial aquí. ¿Me dejo algo?

Me estaba provocando, pero parecía que ni siquiera ella conocía los demás detalles. Si alguna vez los descubría, podría llevarlo al tribunal y entonces no volvería a ver a Chloe jamás.

Qué curioso que estuviéramos los dos en el mismo barco.

Kendra había sido una novia horrible; me había puesto los cuernos muchas veces.

Había sido una madre horrible para Chloe, al menos al principio, pero había cambiado.

La Kendra de antes habría abandonado la pelea por la custodia hacía mucho.

Era puntual con sus visitas, siempre recogía a Chloe a tiempo y la devolvía sin retrasos.

Estaba cansado de pelear con ella. Y lo que proponía era lo mejor para Chloe.

—De acuerdo.

Kendra esbozó una sonrisa cansada.

—¿Estás diciendo que sí?

Asentí y me levanté.

—Que tus abogados se pongan en contacto con los míos y redacten el acuerdo de custodia que propusiste.

Se levantó también.

—¡Gracias! Gracias, Seb.

Acompañé a Kendra fuera del edificio y caminé con ella hasta lo que pensé que sería su coche, pero entonces señaló un edificio a unas manzanas de allí.

—Ahí es donde voy a vivir. Quiero volver a verlo y pensar ideas para la habitación de Chloe. Gracias otra vez, Seb.

Miró a su alrededor.

—Por cierto, ¿dónde está tu mujer?

Me encogí de hombros.

—No lo sé.

Ojalá lo supiera, porque después de un mes fingiendo que no quería saber nada de ella, me había dado cuenta de que la echaba muchísimo de menos.

Esa noche, Tyler volvió a aparecer. Esta vez venía con Saffron, y los dos se sentaron frente a mí en la sala como un tribunal. Saffron había traído vino y lo dejó sobre la mesa. Ninguno de los dos lo tocó. Yo lo ignoré.

—No puedes seguir así —dijo Saffron, con esa franqueza suya tan directa. No era cruel, pero tampoco se andaba con rodeos—. No duermes. Apenas apareces por la oficina. Chloe le preguntó a Tyler por qué papá parece triste todo el tiempo.

Algo se me removió por dentro.

—Es pequeña —dije—. Lo olvidará.

—Puede. No estoy tan segura de que tú lo hagas.

Saffron cogió su copa y se recostó.

—Tyler me lo ha contado todo. Lo que hizo Harper y por qué.

Levantó una mano antes de que pudiera decir nada.

—No vengo a defender que tuviera razón, porque no la tenía. Pero hay una diferencia entre mentir por codicia y mentir por desesperación, y creo que sabes de qué tipo fue esto.

Tyler miraba al suelo.

—Actué según mi criterio, y puede que me equivocara —dijo en voz baja—. No lo sé. Pero lo que llevo viendo aquí durante el último mes no eres tú, Seb. Tú no te hundes. No te encierras en tu despacho. Tú no eres así.

—No sabes lo que ella me costó.

—Sé lo que te está costando perderla —dijo Saffron.

Ninguno de nosotros habló durante un rato. Al final, Saffron sirvió el vino. Tyler cogió su copa y la hizo girar lentamente en las manos. Yo dejé la mía donde estaba.

—Trabaja de camarera en una cafetería —dijo Tyler al fin. No me estaba mirando—. Lleva allí desde que se marchó. Pasé con el coche.

No respondí. Él no insistió. Pero pasé casi toda la noche despierto, dándole vueltas a lo que había dicho.