Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne) 13
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Harper

SEBASTIAN ERA MÁS divertido de lo que había imaginado.

Ahora que estábamos en los Alpes, rodeados de aire de montaña, se mostraba más accesible.

Después de esquiar, fuimos a desayunar y me fue presentando todos los platos poco comunes sin resultar condescendiente.

Usó a Chloe como intermediaria, lo cual agradecí.

Grant acaparó a Sebastian durante toda la comida, aunque era evidente que Sebastian habría preferido hablar con cualquier otra persona.

Para ser un inversor al que estaban cortejando, parecía más empeñado en agradar a Sebastian que al revés.

Hablaron tanto durante el desayuno que pensé que nunca nos iríamos.

Incluso Tyler, que al principio lo había entretenido, ya estaba harto a la segunda hora.

Solo cuando Maple anunció que se iba al spa conseguimos marcharnos por fin.

Cuando llegamos al chalet, Sebastian anunció:

—Tenemos que largarnos de aquí.

—¿Ya?

Dejando a un lado el desayuno absurdamente largo, estaba disfrutando de los Alpes.

—No irnos del todo, pero necesito alejarme de Grant durante las próximas cuatro horas.

—Ah.

—Tenemos que irnos en diez minutos, antes de que aparezca Grant.

Así fue como terminamos en una acogedora tienda de chocolate en un pueblecito cerca del complejo, bebiendo un chocolate caliente espeso de textura aterciopelada.

La consistencia era como la de una trufa derretida, y sabía igual: a una trufa cara.

Combinado con el bizcocho bundt, estaba en la gloria.

Chloe y Sebastian se sentaron frente a mí.

Chloe tenía un bigote de chocolate y no quise que se lo limpiara.

Estaba disfrutando de su bebida y su pastel.

Sebastian no. Tenía los ojos clavados en mí.

—¿Qué?

—Prefiero verte relamerte el chocolate de los labios que ver a Grant masticando un huevo duro.

Negó con la cabeza.

El corazón me dio un vuelco. Miré de reojo a Chloe. Estaba ocupada con su pastel y su chocolate.

—No creo que sea tan fascinante.

—Pues lo eres.

Volví a mirar a Chloe, preocupada por si nos oía, pero estaba absorta en su chocolate caliente. Lo removía con la cucharilla, creando un pequeño tornado en su taza.

—No deberías decir eso, especialmente delante de...

Señalé a Chloe con un gesto.

—¿Qué tiene de malo lo que dije?

Sebastian enarcó las cejas, desafiándome.

Cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

El jersey de punto grueso marrón oscuro que llevaba le daba ese aire de multimillonario con estilo natural que era.

No sé cómo se las arreglaba para estar tan guapo sin ni siquiera proponérselo.

No había nada malo en lo que había dicho, per se, pero él sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Negué con la cabeza, sin saber qué decir, y di un sorbo al cacao.

Cuando dejé la taza, Sebastian tenía el ceño fruncido.

—¿Ahora qué?

Apartó su taza hacia el centro de la mesa y se inclinó hasta que su rostro quedó a centímetros del mío. Su boca estaba tan cerca de la mía, su aliento me rozaba los labios, y estaba tan segura de que iba a besarme... cuando alzó el pulgar y me limpió el chocolate de la comisura de la boca.

—Eso me estaba molestando.

Volvió a sentarse y retomó su chocolate y su pastel como si nada hubiera pasado.

Cuando terminamos de comer, dimos un paseo por el pueblecito.

Era claramente turístico, pero lo habían diseñado con encanto.

Todo giraba en torno al esquí o al chocolate.

Era como pasear por las calles de un pueblo rústico sacado de un cuento de hadas.

La nieve cubría las calles y las tiendas, y su blancura inmaculada me hacía preguntarme si los lugareños la retiraban por la noche y luego la colocaban artificialmente sobre los tejados.

Yo llevaba a Chloe de una mano mientras Sebastian le cogía la otra.

Me sentía pesada por toda la comida exquisita que habíamos tomado, y me encantaba el ritmo pausado que llevábamos.

—Me encanta este lugar —dije, contemplando las montañas que dominaban el paisaje desde cualquier punto del pueblo.

—En verano es aún más bonito. Tiene otro aire —respondió Sebastian, con la mirada puesta en el mismo punto que yo.

—No me extraña que la gente de aquí parezca no querer marcharse nunca.

—No quieren irse porque viven en un pueblo con un complejo de lujo al lado. Ganan mucho dinero vendiendo productos a precio de oro a turistas con más dinero del que saben qué hacer.

—Qué cínico, incluso viniendo de ti.

Se encogió de hombros.

—Lo digo como lo veo.

—Eso es porque eres un chico de ciudad. No concibes vivir en un lugar donde no puedas conseguir lo que quieras en diez minutos.

Se echó hacia atrás y luego, como si cambiara de opinión, asintió.

—Supongo que te gusta un sitio así porque te criaste en una granja.

—Yo no...

Estaba a punto de negarlo rotundamente, pero entonces dije:

—¿Dónde has sacado eso?

—De tu currículum. Se me quedó grabado por alguna razón.

—Ah, claro.

Mierda. Recordaba haber copiado muchas cosas del currículum y haber cambiado algunos datos, pero eso no lo había cambiado.

—Sí. Me crié en una granja, pero pasé la mayor parte de mi tiempo en Miami.

Había cambiado mi ubicación actual a Miami en el currículum.

Eso sí lo recordaba. No quería tener que fingir ser de otra ciudad que no conocía.

Sebastian parecía a punto de decir algo.

Más le valía no preguntar nada más, porque si me preguntaba sobre agricultura o sobre la vida en una granja, estaba jodida.

Nunca había pisado una granja en mi vida.

¿Y por qué narices había dejado ese dato?

Quizá pensé que me daría puntos si él creía que me había criado rodeada de animales.

Por suerte, Chloe me salvó. Se soltó de nuestras manos y echó a correr hacia una tienda que tenía un enorme Papá Noel de chocolate en el escaparate.

—¡Podemos comprar uno!

Señaló la figura gigante. Era aproximadamente el doble de alta que Chloe, pero había otros Papás Noel de chocolate más pequeños alrededor del grande, en la base del escaparate.

Los Papás Noel de chocolate formaban una pequeña escena de pueblo con sus distintas poses.

Incluso había un trenecito de juguete que circulaba entre ellos.

—No, pero podemos comprar uno de esos —dijo Sebastian, señalando los Papás Noel de chocolate de tamaño normal—. Chloe dio un salto de alegría y echó a correr hacia la tienda.

—¡Chloe!

Sebastian salió corriendo tras ella y yo los seguí.

Era una tienda de chocolate, pero a diferencia de la cafetería en la que habíamos estado, esta vendía chocolates navideños, y solo chocolates navideños.

No era hortera como las tiendas típicas de esta época del año.

Decorada con buen gusto, atraía tanto a niños como a adultos con los clásicos colores navideños verde y rojo, toques de blanco aquí y allá, y, por supuesto, los dulces expuestos hacían que el marrón chocolate fuera el color dominante.

Cuando entré, Chloe ya sostenía una caja con un Papá Noel de chocolate mientras examinaba otros dulces que le habían llamado la atención. Me acerqué a ella. Sebastian estaba detrás.

—No debería haber aceptado —dijo, negando con la cabeza—. No vamos a salir de aquí nunca.

Justo entonces, Chloe gritó:

—¡Papá, mira! —señaló un reloj de cuco. Pero en vez de un pájaro, lo que salía era un Grinch que le quitaba un regalo a un niño de abajo.

Después volvía a meterlo. Y vuelta a empezar.

Parecía más un adorno que un juguete, pero Chloe no se daba cuenta, y aunque se hubiera dado cuenta, no creo que le importara—. ¡¿Podemos llevarnos ese también?!

Sebastian parecía a punto de soltar un no que haría que Chloe pasara el resto del día haciendo pucheros. Me miró pidiendo ayuda. Chloe vio que Sebastian me miraba y se volvió hacia mí. Tenía los ojos muy abiertos, suplicantes. ¿Cómo iba nadie a decirle que no?

—No sé si te gustaría invitar al Grinch a tu casa, Chloe.

—¿Y cómo haría eso?

—Pues eso es lo que hace. Es un llamador del Grinch.

Chloe palideció.

—¿Un llamador del Grinch?

—Ajá. Y ya sabes lo que hace el Grinch, ¿verdad?

—Roba los regalos —dijo en un susurro.

—Exacto. Puedes quedártelo si quieres, pero quién sabe qué pasará con todos tus regalos.

Chloe se estremeció de miedo.

—No quiero que me robe los regalos.

Salió corriendo de la tienda como si huyera del mismísimo Grinch.

—No sé cómo lo has conseguido —dijo Sebastian—. Jamás se me habría ocurrido algo así. Si hubiera insistido un poco más, habría acabado comprándole el dichoso trasto. La malcrío demasiado.

—¿Sebastian? —dijo una voz de mujer a nuestras espaldas. Al girarnos, nos encontramos con una rubia alta y despampanante que parecía sacada de un anuncio de esquí.

—¿Poppy?

Poppy soltó una risita, luciendo unas carillas perfectas.

—Creía que odiabas esquiar. ¿Qué haces aquí?

Sebastian me lanzó una mirada. ¿Sería su ex?

Desde luego, tenía toda la pinta. Era tan sofisticada como todas las mujeres de su pasado.

Y aunque ahora yo tenía un vestuario nuevo que probablemente igualaba o superaba el suyo en valor, a su lado me sentía como una desaliñada.

La mirada de reojo fue mi señal para irme.

Le di un toque en el hombro y retrocedí, dispuesta a marcharme y dejarlos charlar, pero Sebastian me agarró del brazo.

—Quería hablar contigo para retomar nuestro affaire parisino —añadió ella. Su intención era obvia. Claramente, había deducido que, aunque estuviera con él, yo no era nadie importante.

—Estoy de vacaciones —dijo él. Y pensé que ahí acabaría la cosa—. Con mi esposa.

Y para dejarlo aún más claro, me rodeó la cintura con la mano. Poppy pareció reparar en mí por primera vez.

—Oh —me repasó de arriba abajo y claramente no le gustó lo que vio. Frunció más el ceño—. ¿Desde cuándo?

—Ya hace un tiempo. ¿Cuándo fue, cariño?

—Hemos estado tan absortos en nuestro romance que parece que llevamos juntos toda la vida. El tiempo pierde sentido cuando estamos juntos.

—Oh —dijo Poppy de nuevo, todavía más perpleja, aunque se lo tragó—. Enhorabuena —esbozó una sonrisa más falsa que sus dientes—. Vaya, alguien ha cazado al escurridizo Sebastian Hawthorne. Muchas mujeres se van a pasar la noche llorando cuando se enteren.

Sebastian se encogió de hombros.

—Me alegro de verte, Poppy.

En cuanto se alejó, sacó el móvil y se puso a teclear.

—Seguro que para cuando salgamos de esta tienda, todas sus amigas sabrán que estoy casado —dijo Sebastian entre dientes.

—Lo siento, podríamos haber mentido. No me habría importado.

Me apretó más la cintura.

—Quería que lo supiera.

Volvimos al resort horas después, como Sebastian había querido.

No me importó pasear sin rumbo. Fue divertido recorrer el pueblo con Sebastian y Chloe.

Los dos eran buena compañía. Chloe tenía una gracia natural, y Sebastian sabía llevar una conversación sin hacer preguntas demasiado profundas.

Por un momento, empecé a creerme la mentira. Hasta que Sebastian dijo:

—Si actuamos así delante de Grant, se creerá de verdad que estamos casados.

Y entonces recordé que todo esto era mentira.

Llegamos a tiempo para un almuerzo tardío en el chalet de Tyler y Saffron. La pareja había pedido al personal del resort que les preparara un bufé en el amplio balcón de su suite. Aunque estábamos en plena zona de nieve, un cálido sol de invierno hacía el tiempo soportable.

Grant, Maple y su hijo ya estaban allí cuando llegamos. Los adultos estaban reunidos en el salón, copa de vino en mano, mientras Joey jugaba solo. Al ver a Chloe, corrió hacia ella y se la llevó a su rincón. Tenía un aparato en la mano, que le enseñó enseguida.

—¿Dónde os habíais metido? —preguntó Grant, con un deje acusador.

—Fuimos a dar una vuelta por el pueblo —respondió Sebastian—. Queríamos curiosear un poco.

—¡Podríais haberme avisado!

Maple le dio un codazo a su marido.

—Fuimos al spa, ¿no te acuerdas?

Grant hizo un puchero.

—Ya, pero eso fue solo una hora. Intenté llamarte, pero me saltaba el buzón de voz.

Tyler arqueó las cejas.

—Me dejé el móvil en el coche.

Eso pareció satisfacer a Grant.

—Podrías haberme llamado a mí —dijo Tyler.

Grant lo despachó con un gesto.

—No era nada.

—Joey la estaba buscando —dijo Maple—. Quería enseñarle un juego al que está enganchado. Por lo visto, solo lo venden aquí o algo así.

—Lo siento.

Saffron salió al balcón y, unos minutos después, volvió y anunció:

—El bufé ya está listo.

Grant alzó la vista al techo.

—Joder, menos mal. Me muero de hambre.

—¡Esa boca! —Maple le dio un manotazo en el brazo a Grant.

—¡Perdón!

El bufé no se parecía en nada a lo que había esperado.

No sé por qué pensé que habría macarrones con queso y muslos de pollo a la parrilla, pero aquello no tenía nada que ver.

Algunos platos ni los reconocía. Cogí lo que sí conocía y lo puse en mi plato.

Fui de las primeras en sentarme. No había asientos asignados, pero Saffron se aseguró de que Grant se sentara junto a Sebastian.

Ella se sentó al lado de Maple, y a mí me tocó junto a Tyler, cerca del extremo de la mesa.

Los niños tenían su propia mesita apartada de los adultos.

—Nunca pensé que mi hermano fuera a casarse —dijo Tyler mientras cortaba el filete. Al principio no creí que me estuviera hablando a mí, hasta que me di cuenta de que Grant, a su lado, estaba enfrascado en una conversación con Sebastian.

—S-Simplemente pasó. En un momento estábamos saliendo y, al siguiente, nos habíamos casado.

—¿Saliendo? ¿Ahora le llaman así a cuidar niños? —Se llevó un trozo de filete a la boca. Miré alrededor de la mesa, mortificada, pero nadie había oído nuestra conversación. Todos estaban ocupados con las suyas.

—No tenía pensado enamorarme de él, si es eso lo que insinúas.

—Claro. Te caíste sin querer en su cama durante un viaje a Las Vegas y te despertaste con un anillo en su dedo.

El corazón me latía con fuerza. Él sabía la verdad. Su hermano se lo había contado. O, al menos, parte de ella.

—No sé qué te habrá contado tu hermano, pero yo no lo drogué. También fui víctima.

—Y aun así acabaste casada con un multimillonario.

—Él también saca algo de este acuerdo. Fue idea suya.

Alzó la nariz con desdén.

—Ya, claro. Te tengo en el punto de mira, Harper. Sebastian es muy importante para mí.

—Sebastian ya es mayorcito y sabe cuidarse solo.

Tyler entrecerró los ojos, pero no dijo nada más en lo que quedaba de almuerzo. Tenía que andarme con ojo con él. Si no iba con cuidado, podría investigar a fondo mi pasado, y si descubría quién era yo en realidad y se lo contaba a Sebastian, estaría perdida.