Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne) 10
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Sebastian

HABÍA LIbrOS ESPARCIDOS por toda la cama cuando entré en el dormitorio.

Harper dormía profundamente, con la cabeza ladeada en un ángulo incómodo y un libro cubriéndole medio rostro.

Incluso en esa postura tan poco favorecedora, era increíblemente hermosa.

No había podido dejar de pensar en ella durante todo el viaje.

No necesitaba ir a Grecia. Cualquiera de mis subordinados podría haber ido en mi lugar, pero no había conseguido quitármela de la cabeza.

Pensamientos sobre hacerle cosas que no debería querer hacerle.

Un océano de por medio debería haber cambiado eso, pero solo consiguió que la deseara más.

Eleni, mi amiga con derecho a roce que vivía en Atenas, me había preguntado si podía pasarse por mi habitación, y la rechacé.

Nunca había rechazado a Eleni. Me convencí de que era porque Kendra probablemente me tenía vigilado, y si hacía algo que pudiera usar en mi contra en la custodia de Chloe, lo haría. Y no pensaba darle esa oportunidad.

Pero esa no era toda la verdad, ¿no? Era porque deseaba a Harper. Quizá fue la droga, o quizá fue otra cosa, pero aunque no recordaba ni la mitad de lo que hicimos anoche, deseaba a Harper más que a ninguna otra mujer.

El libro que cubría el rostro de Harper se deslizó y cayó al suelo.

Lo recogí. «Teoría Sociológica», ponía. ¿Estaba estudiando sociología?

¿Sacándose una segunda carrera? Interesante.

Recogí los libros, el portátil y el cuaderno y los apilé con cuidado en su mesita de noche.

Aparté las sábanas con delicadeza e incliné su cuerpo.

Ya llevaba puesto el camisón, que se le subió al levantarle las piernas, dejando al descubierto los muslos torneados.

Se me tensó la entrepierna. Me mordí el labio mientras la arropaba. No se despertó en ningún momento.

Yo, en cambio, necesitaba una ducha después de aquello. A ser posible, fría.

Cuando volví a meterme en la cama con ella, seguía dormida. Debería haber puesto otra cama o un sofá aquí. Quizá así no tendría tantas ganas de alargar el brazo hacia el otro lado de la cama y besarla.

Cuando Harper se despertó a la mañana siguiente, lo hizo sobresaltada, como si acabara de salir de una pesadilla espantosa.

—¿Buenos días?

Parecía algo desorientada y dio un respingo cuando hablé, pero enseguida se recuperó.

—¿Estás bien? —dejé la tableta y el bolígrafo en la mesita de noche.

Asintió. Los rizos le rebotaron al hacerlo. Era adorable. Me entraron ganas de alargar la mano y tocárselos.

—Debías de estar teniendo una pesadilla.

Frunció el ceño y me señaló.

—¿Cuándo llegaste?

—Anoche. Las dos estabais dormidas cuando llegué —señalé los libros con la cabeza—. Estabas sepultada entre ellos. ¿Estudiando?

Miró los libros con nerviosismo. Se le puso la cara pálida.

—Eh... sí.

—No me opongo a que estudies en el dormitorio, si es eso lo que te preocupa. Aunque también puedes usar el despacho o la biblioteca si lo prefieres.

—Gracias. Solo pensaba leer un par de horas y luego... no recuerdo haberme quedado dormida. ¿Tú...?

—¿Que si te arropé? Sí —levanté las manos—. Te juro que eso fue todo. Prefiero que mis mujeres estén dispuestas cuando no estoy drogado.

Se le intensificó el rubor.

—Por lo que recuerdo, creo que lo estaba.

—Bien —siempre me había quedado la duda sobre aquella noche, y aunque ella había insistido en que dio su consentimiento a lo que hicimos juntos, la culpa seguía ahí. Además, ¿se puede llamar consentimiento si los dos estáis drogados?

El tirante del camisón le resbaló por el hombro, dejando al descubierto la parte superior del pecho izquierdo. También recordaba lo bien que se sentían en mis manos. Cómo se había retorcido y gemido cuando ella...

—¿Te estás sacando otra carrera?

Harper frunció el ceño.

—¿Otra carrera? ¡Ah, sí! Pensé que quizá debería añadir sociología a mi currículum.

—Muy bien. Sigue así.

—Hum.

—¿Qué pasa?

—Eres la única mujer que ha llenado mi cama de libros.

—Oh —se le ensombreció el rostro.

Me picaban las manos por alargar el brazo y borrarle el ceño fruncido.

—Es algo bueno.

Salí de la cama antes de hacer algo que no debía.

Hoy iba a conseguir ese colchón como fuera.

Segunda ducha fría en camino. Joder. Ella no había hecho nada, y aun así la tenía tan dura que cualquiera diría que me había hecho un baile erótico.

Era increíble lo inconsciente que era de su propia sexualidad.

Estaba ahí sentada, con aquella melena de rizos enmarcándole el rostro, como una ninfa del bosque recién despertada de un sueño profundo.

Entonces el tirante de la camisa le resbaló del hombro.

Me agarré la polla con fuerza. Ni siquiera me había dado cuenta de lo que estaba haciendo hasta ese momento.

Como un adolescente, me corrí en la mano por primera vez desde los diecisiete años. Adiós a mi famoso autocontrol de acero.

Cuando salí de la ducha, ella ya no estaba.

Ni los libros tampoco. Supuse que estaría usando uno de los otros baños.

Me vino a la mente una imagen fugaz de ella desnuda, con el agua cayéndole por la piel.

Estábamos en Las Vegas, doloridos del sexo sin parar, de pie bajo el chorro sin hacer nada, solo acariciándonos el cuerpo el uno al otro.

Su piel era suave y tersa. Puede que no recuerde mucho de aquella noche, pero eso sí lo recuerdo.

El teléfono me cortó la película mental para mayores de dieciocho. Era Bennet. ¿Qué querría el cabrón?

—¡Eh! ¡Cómo está mi cliente favorito! —el silbido del viento de fondo dificultaba oírle, pero sus gritos ayudaban.

—Bien, si me das una buena razón para llamar tan temprano.

—¿Temprano? Perdona, estoy en la otra punta del continente —se oyó un chapoteo de fondo—. Pero eso no significa que no trabaje para ti. Incluso de vacaciones, me estoy ganando hasta el último céntimo de esa provisión de fondos.

—Y estás malgastando tus horas facturables. ¿Qué pasa?

—Kendra ha conseguido tu certificado de matrimonio.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Tenías razón. Seguramente tiene a gente siguiéndote. En fin, quiere impugnar tu matrimonio. No se cree que sea real y todo eso.

—¿Hay algo que pueda hacer?

—Sus investigadores seguramente están buscando fallos. Así que exagera un poco. Haz... no sé, cosas de matrimonio. Salid juntos. Comportaos como una pareja de verdad.

—Ya dormimos en la misma cama, ¿no es suficiente?

—Quizás, pero te has follado todo lo que se mueve, así que eso no cuenta.

—Que te jodan, Bennet.

—Oye, solo intento ayudar.

—Gracias. Veré qué puedo hacer.

—Hazlo mucho. Y sé romántico. Cuéntaselo también a tu familia. Puede que los necesites cuando llegue el momento.

Bennet colgó antes de que pudiera decirle que mi familia era intocable.

No quería fingir delante de ellos. Pero antes de que pudiera decidir cómo contárselo, el teléfono volvió a sonar.

Era mi hermano. Uno de mis muchos hermanos.

Si hubiera sido Tyler, lo habría ignorado.

Raine es divertido, así que quizá habría contestado solo por oír lo que tenía que decir, pero hablamos ayer, y él solo habla con cada uno de nosotros una vez al mes.

Carey y Levi sabían que no debían llamarme entre semana a menos que fuera algo importante.

La única persona que sabía que contestaría, quisiera o no, era Nolan.

El teléfono siguió sonando. ¿Qué querría? Al último tono, contesté.

—Hermano.

—Seb —dijo Nolan al otro lado.

—Por favor, no me digas que llamas porque nuestras acciones han caído en bolsa.

Nolan se rio.

—La fortuna familiar está a salvo. Pero vamos a necesitar que bailes un poco por nosotros.

—¿Bailar?

—Estamos luchando contra una OPA hostil.

—Joder. ¿Otra? —Damien, el marido de mi hermana Ivy, intentó una OPA hostil en su día, pero acabó siendo algo parecido a una fusión—. ¿Cómo es que no me he enterado de nada?

—Todavía no se ha anunciado nada. Me ha llegado el soplo de que Mercer & Kay quieren comprarnos.

—¿No son poca cosa comparados con vosotros?

—Los respaldan los saudíes.

—Joder.

—Sí. Estamos intentando convencer a los accionistas de que no acepten la oferta cuando se la presenten.

—Déjame adivinar. A todos nos ha tocado algo, y me llamas para darme mi parte.

—Lo pillas.

—Entonces, ¿quién me toca?

—Grant. Sus padres le dejaron sus dos participaciones en la empresa, así que tiene un paquete de acciones considerable.

—¿Grant? ¿En serio?

—¿Qué pasa? ¿Tan malo no es?

De niños, siempre intentaba meterse en nuestro grupo, aunque era un pesado y siempre quería cambiar las reglas de los juegos. Y de mayores no cambió. Si acaso, se volvió más insoportable.

—Odio a Grant.

—Te aguantas. Podría encasquetarte a los vejestorios, pero Carey y Thalia se llevan bien con ellos.

Suspiré.

—Vale.

—Oye, no es para tanto. Los dos tenéis hijos más o menos de la misma edad. Podrías organizar una quedada para que jueguen o algo así. Monta algo elegante, y puede que el crío convenza al padre, y tú no tengas que hacer nada.

Colgué después de decirle que felicitara a su hijo de mi parte. Era su cumpleaños, y Nolan se lo llevaba a Italia este fin de semana.

Puede que este lío no fuera tan malo. Podría usarlo como prueba piloto para lo de Harper y para mí. Hablando de ella, me llegó un rastro de su perfume, seguido de unos pasos que pasaron por delante de la habitación. La seguí como el perrito faldero patético que era.

—¡Buenos días, papi! —Chloe me abrazó las piernas por detrás justo cuando Harper desaparecía escaleras abajo.

—Hola, cariño.

—¡No puedo creer que hayas vuelto! —Me dio un empujoncito en la pierna para que me diera la vuelta. Estaba dando vueltas con su vestido rosa y blanco—. ¡Me encanta! ¡Es igualito al de la película! —Me abrazó las piernas otra vez—. ¡Gracias!

—Lo que quieras.

Dejé el vestido en la cama para que lo viera nada más levantarse.

Lleva semanas viendo sin parar una película de animación sueca en streaming y se ha obsesionado con ella.

Tan obsesionada que quería el vestido de la protagonista.

Por desgracia, la productora no es Disney y no vendía productos oficiales.

Fue idea de Harper buscar un sastre que pudiera hacer una versión a medida del vestido.

No sé cómo no se me ocurrió a mí. Ella misma encontró al sastre, y yo solo tuve que recoger el vestido cuando estuviera listo.

Lo terminaron la semana pasada, antes de irme, pero no quería dárselo antes de marcharme.

—¿Pasaste por Suecia de camino a Grecia? —Dio otra vuelta.

—Sí.

—¡Lo sabía! Un vestido tan bonito solo puede ser de Suecia.

—Vaya. Espero que la oficina de turismo sueca les haya dado una prima a los de la película.

Chloe no me oyó. Ya iba corriendo por el pasillo hacia las escaleras, gritando el nombre de Harper. La seguí. Cuando la alcancé, estaba en el office, enseñándole el vestido a Harper.

—Gracias —le dije a Harper moviendo los labios. Ella asintió con una sonrisa. Jean ya había preparado el desayuno. Necesitaba un café, bien cargado, con el jet lag que llevaba encima. Cuando me acerqué al aparador, Harper ya estaba saliendo.

—¿Adónde vas?

—A la cocina.

—Ahora eres mi esposa. Comes aquí.

—Ya se lo dije yo —canturreó Chloe mientras alargaba la mano hacia la caja de cereales. Hoy era su Día del Cereal Favorito, y eligió lo de siempre: Fruit Loops.

—Y además, tengo algo que hablar contigo.

Harper se acercó y cogió un plato. Se sirvió dos tiras de beicon, un panecillo y dos huevos fritos. Interesante. No parecía preocuparle la cantidad de calorías de su comida. Las últimas cuatro personas con las que había salido estaban obsesionadas con los macros o con la fibra.

—Puede que tengamos que hacer público nuestro matrimonio.

Harper untó mantequilla en el panecillo.

—¿Qué quieres decir?

—El negocio familiar tiene enemigos al acecho. Necesitamos fortalecerlo, y voy a necesitar tu ayuda.

—¿N-negocio familiar?

—Perdona. Hawthorne Corp. Necesitamos tranquilizar a los principales accionistas, y cada uno de los hermanos tiene a uno al que debe convencer de que no acepte la oferta cuando llegue.

Harper dejó el panecillo.

—¿Cuántos sois en tu familia?

—Siete.

—¡Siete! —gritó Chloe.

—Actúas como si no conocieras a tus tíos. Ya te dije que éramos siete, ¿recuerdas?

Chloe ladeó la cabeza.

—¿Cómo compartíais los juguetes? Eso debió de ser difícil.

—Teníamos muchos juguetes y no necesitábamos compartir.

—Oh.

Se quedó con la cuchara de cereales a medio camino, pensativa.

—Eso también vale, supongo.

Luego siguió comiendo los Fruit Loops.

Harper se rio.

—Entonces, ¿qué quieres que haga?

—Ser mi esposa durante el fin de semana. Puede que también tengamos que llevar a Chloe.

—Ya lo he hecho antes. Estoy bastante segura de que puedo hacerlo en público.

Esbozó una amplia sonrisa. Su teléfono sonó. Lo había dejado sobre la mesa antes de comer, y la vibración retumbó en la pequeña superficie de cristal.

—Genial —dije. Pero la cosa no pintaba bien. Su rostro palideció de nuevo mientras leía el mensaje en el teléfono, igual que cuando le pregunté por sus estudios, solo que esta vez fue peor.

—¿Todo bien?

Se sobresaltó y forzó una sonrisa.

—Sí.

Eso era mentira.