Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne) 2 #2
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—Sí —dije, y le estreché la mano cálida.

Una descarga eléctrica me recorrió desde sus dedos hasta los pies.

Sonrió y volvió a meterse las manos en los bolsillos.

Se había quitado la chaqueta, y la camisa blanca que llevaba dejaba entrever un cuerpo bien tonificado.

¿Cómo sería deslizar las manos por su pecho desnudo?

¿Tendría vello o no? Volví a mirarle a la cara para que los pensamientos descarriados no me distrajeran, pero no sirvió de mucho.

Sus labios evocaban sus propias imágenes sensuales.

Si seguía así, iba a ser una reunión muy larga.

—Por favor, siéntate. —Señaló la silla que tenía detrás, y me senté. Mis piernas, que parecían de gelatina, no iban a aguantarme más de un minuto de todos modos. Me senté con la espalda recta, las piernas recogidas bajo la silla y las manos en el regazo.

Echó un vistazo al portátil que tenía delante. —Veo aquí que tienes un título en Educación Infantil del Hartwell College.

Asentí. Mierda. Estaba leyendo mi currículum falso. —Además de una certificación en primeros auxilios pediátricos y una acreditación de la Asociación Internacional de Niñeras.

Si hubiera indagado más en mis cualificaciones, descubriría que era una impostora, y quién coño sabía qué pasaría después. Me concentré en el presente e intenté no pensar en nada más.

—Interesante. Me sorprende que respondieras tan pronto; mi asistente había publicado la oferta solo una hora antes de que llegara tu correo.

—Oh, las estaba vigilando como un halcón. Dio la casualidad de que pillé la tuya a tiempo. —Solté una risita nerviosa. Me miró. Mierda.

—Interesante. ¿Así que te gustan los niños?

—¿A quién no?

—Te sorprenderías. —Había un deje en su voz que insinuaba que tenía a alguien concreto en mente.

—Y dice aquí que hablas francés y español con fluidez.

Asentí con entusiasmo, lo único del currículum que no era mentira. —El inglés es mi lengua materna, pero hablo los dos como una nativa.

—Impresionante.

Agradecí mentalmente a mi padre español y a mi madre haitiana todos los años que insistieron en que les hablara en sus idiomas en casa.

El resto de la entrevista fue más fácil de lo que esperaba, y cuando terminó, volvió a estrecharme la mano y me dijo que ya me llamaría.

Pensé que se había acabado: que en el mejor de los casos no volvería a verlo, y en el peor, se enfadaría tanto que la policía vendría a buscarme por el delito de mentirle a un multimillonario.

Pero no fue eso lo que pasó. Llamó esa misma noche y me dijo que había conseguido el trabajo, y que quería saber si podía empezar de inmediato.

Ahora

—¡Te odio!

Me desperté con el ruido de cristales rotos y miré hacia la terraza. Sebastian estaba sentado y Lana de pie. Debía de haber echado la silla hacia atrás de golpe, porque estaba tirada detrás de ella, y había fragmentos de cristal a sus pies.

—Lana, venga —dijo Sebastian. Su tono calmado contrastaba con la actitud furiosa de ella, y eso parecía irritarla aún más.

—¡No tienes corazón! Cabrón. ¿Me has tenido engañada para qué? ¡Has estado jugando con mis sentimientos todo este tiempo!

—Pensé que no querías nada serio.

—¡Era broma! Me hacía la interesante. ¡No iba jodidamente en serio!

Sebastian dejó caer los hombros. —Lo siento.

Lana se puso en jarras, negando con la cabeza. —¿Por qué ahora? ¿Hay otra?

—No.

Cruzó los brazos. —No te creo.

—No hace falta que me creas; es la verdad.

—Es la niñera, ¿verdad?

—¿Qué?

—Te he pillado mirándole el culo gordo cuando crees que no estoy mirando.

¿Culo gordo? Sabía que tenía el trasero grande, y estaba orgullosa de ello, pero la forma en que lo dijo me hizo sentir cohibida. Vivir en el coche durante varios meses te añade kilos de más, sobre todo cuando no tienes muchas opciones para comer. Pero los estaba perdiendo.

—¿De qué estás hablando? —respondió Sebastian—. Ni siquiera me fijo en ella de esa manera.

Ay.

Lana soltó una carcajada. —¿Sabes qué? ¡Buena suerte! —Agarró el bolso—. ¡No vuelvas a llamarme, idiota! —Y se marchó, desapareciendo de mi vista. El taconeo resonó en la terraza y el eco bajó por la escalera mientras ella entraba.

Vaya. No me esperaba eso. Supongo que Jean conocía a Sebastian mejor que yo. Pero si no se iba a casar con Lana, entonces ¿para qué era el anillo?

El corazón me dio un vuelco de alegría al saber que Lana no iba a ser la próxima señora Hawthorne. Al menos no me iban a echar tan pronto. Volví a la cama con una sonrisa en la cara.

La mañana siguiente fue más agitada que los sábados habituales.

Me levanté temprano para hacer los muffins de pepitas de chocolate y mantequilla de cacahuete que le gustaban a Chloe.

Jean no vendría, gracias a Dios, así que tenía la cocina para mí sola, pero la señora Andrews y su actitud crítica andaban por ahí.

Cada vez que entraba en la cocina, me echaba un vistazo a mí o a mi bandeja de muffins.

Siempre fichaba sobre las seis de la mañana y ya estaba trabajando cuando yo me levantaba media hora después.

—No esperes que limpie lo que ensucies —dijo al pasar por la cocina. Venía del cuarto de la limpieza y arrastraba una aspiradora.

—Conozco las reglas, señora Andrews —dije.

—Pffft. —Siguió su camino, pero no sin antes echar una mirada de deseo a los muffins que se enfriaban en una rejilla.

—¿Quiere uno? —pregunté.

Se puso roja y salió disparada de la cocina. Casi me entraron ganas de reír. Verme salir de mi habitación por la mañana la había pillado por sorpresa.

—¿Qué haces aquí? —me había preguntado, casi atónita.

—Soy la niñera, ¿recuerda? —le había contestado.

Se acercó un poco más y no dijo nada. Supongo que, al igual que Jean, pensaba que el incidente del jarrón acabaría con mi despido. Pues esas dos iban a tener que aguantarme más tiempo del que pensaban.

—¡Oh, guau! —Chloe corrió hacia los muffins de la rejilla, sacándome de mis pensamientos—. ¡Muffins! —Estaba a punto de coger uno, pero se echó la mano atrás—. ¿Puedo coger uno, por favor? —Me miraba con aquellos ojazos muy abiertos y suplicantes.

—Claro —dije.

—Parece que alguien ha aprendido modales.

—Sebastian entró en la cocina con paso tranquilo y el corazón se me paró en seco.

Iba recién afeitado y fresco. La humedad hacía que su pelo castaño oscuro pareciera casi negro, en contraste con la camisa blanca y los pantalones chinos beige que llevaba.

No parecía un hombre que acabara de romper con su novia.

—Buenos días —le dije.

Me dedicó una sonrisa tensa y fue hacia su hija, que intentaba subirse al taburete.

Él la ayudó a subir. Padre e hija se pusieron a hablar animadamente y, una vez más, pasé a segundo plano.

Ojalá Jean viera lo fácil que le resultaba ignorarme.

Eso disiparía sus suposiciones sobre Sebastian y sobre mí.

—Deberías ir a cambiarte —dijo Sebastian—. Tenemos un viaje.

—¿Sí? ¡Sí! —gritó Chloe levantando los brazos.

Sebastian se rio. —Ni siquiera sabes adónde vamos.

—Pero ¿vamos a volar?

—Sí.

Volvió a gritar entre risas. —Esta vez quiero ver a los pilotos pilotar el avión.

Me reí para mis adentros. Desde que voló por primera vez en el jet privado de su padre a París hacía un par de meses, estaba deseando repetir.

Incluso hablaba de hacerse aviadora cuando fuera mayor.

Cuando le dije que se llamaban pilotos, decía la palabra con tanta solemnidad que resultaba adorable.

—Tú también vienes —dijo sin mirarme. ¿Estaba evitando mi mirada a propósito? Me pasé la mano por la cara para quitarme harina invisible.

—¿Adónde vamos?

—A Las Vegas —respondió con desenfado—. Tengo negocios allí. —Miró el reloj—. Date prisa, que ya vamos tarde.

Asentí y dejé los platos sucios en el fregadero. Estaba a punto de meterlos en el lavavajillas cuando oí a Sebastian a mi espalda:

—¿Qué haces?

—Eh... —Tenía los brazos cruzados y me miraba como si fuera la persona más tonta que había conocido en su vida—. Tengo que limpiar esto.

—Para eso tengo ama de llaves.

—Claro. Por supuesto. —Solté el plato en el fregadero y fui a bajar a Chloe de su asiento. Salí de allí sintiéndome como una tonta. Pero a la señora Andrews no le iban a hacer gracia mis platos sucios.