Match Point 19
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Tardamos en llegar al apartamento más de lo que deberíamos.

Kieran, que va con los dedos entrelazados con los míos, se detiene cada pocos minutos para darme otro beso, cada uno más apasionado que el anterior.

Cuando al fin enfilamos corriendo nuestra calle sin parar de reír, me empuja contra un árbol y, apoyando una mano sobre mi cabeza, pega sus labios a los míos y se inclina hacia mí mientras con la otra atrae mis caderas a las suyas.

Su lengua es insistente y apremiante, y noto en los labios la vibración del leve gemido de frustración que emite su garganta.

Kieran se comporta como si no fuera capaz de esperar a que lleguemos a casa, y lo cierto es que resulta muy excitante sentirse tan deseada, tan anhelada.

La calle está vacía, pero, aunque hubiera alguien más, a ninguno de los dos nos importaría.

Ahora mismo solo estamos nosotros dos, besándonos contra un árbol bajo la lluvia.

Sus dedos se deslizan por la piel desnuda que queda expuesta en mi abdomen antes de abrirse camino por mi cadera y descender hasta el dobladillo inferior de los pantalones cortos.

Siento la calidez de las palmas de sus manos cuando las cuela por debajo de la tela y las coloca en la parte exterior de mis muslos.

—Mmm... Este modelito está dificultándome las cosas —observa, dándoles un tirón a los pantalones cortos—. La próxima vez ponte un vestido que me facilite el acceso, por favor.

Me río ligeramente.

—¿Crees que debería elegir mis atuendos con base en la remota posibilidad de que alguien quiera meterme mano contra un árbol?

—Alguien no —protesta con un dejo de celos en el tono de voz que hace que el corazón me dé un pequeño vuelco—. Yo.

—¿Y qué hay de los paparazzi ? —le recuerdo, arqueando las cejas.

Él echa un vistazo calle abajo.

—No hay nadie mirando.

—Se les da bien ocultarse.

—Cierto —dice, y, tras exhalar un suspiro, vuelve a enderezar la espalda y me coge de la mano para apartarme del árbol—. Será mejor que nos demos prisa en llegar al apartamento.

Tras tirar de mí por la acera hasta la verja de casa, descorre el pestillo y la mantiene abierta para que pase y pueda abrir la puerta de entrada.

Yo ya he sacado las llaves del bolso y las tengo en la mano.

Mientras intento concentrarme en abrir, él me besa el cuello y desliza las manos hacia mis caderas, provocando que se me resbale la llave y, con el borde, haga un arañazo junto a la cerradura.

Finalmente completo la tarea y entramos.

Él cierra la puerta detrás de nosotros de una patada y me empuja contra la pared.

Su boca busca con insistencia la mía y sus manos recorren cada centímetro de mi espalda, mi cintura y mis caderas con demasiada rapidez como para que pueda seguir sus movimientos.

Después de quitarnos los zapatos con los pies, comienzo a desabrocharle la empapada camisa.

Mis dedos tratan de operar con la máxima eficiencia posible mientras me besa apasionadamente, pero tiene que ayudarme con el último par de botones antes de que pueda quitársela y tirarla al suelo, donde aterriza con un pesado «chof» sobre los tablones de madera.

Un momento después comienza a formarse un charquito de agua a su alrededor.

Dios. No me canso de mirar su musculoso pecho desnudo, sus anchos y fuertes hombros ni su suave piel, reluciente gracias a la humedad de la lluvia.

Le acaricio el centro del torso con las palmas de las manos, las paso por encima de los hombros y finalmente le clavo las uñas en la curva de los bíceps.

Joder... No termino de creerme que esté besando a este hombre, que sea tan afortunada de tenerlo entero para mí, que vaya a dejarme tocarlo y sentirlo.

Mientras lo admiro embobada, sus manos se desplazan al lazo del cuello de mi mono y no puedo evitar reírme al comprobar su creciente confusión. No para de tirar de los extremos del nudo con el ceño fruncido.

—Pero ¿qué cojones...? —dice perplejo.

—No se desata por ahí —lo informo, y él junta las cejas, acentuando aún más los pequeños surcos entre ambas. No puedo evitar admirar lo encantadoramente sexy que resulta su expresión de desconcierto.

—Entonces, ¿cómo se quita?

—Así.

Él observa maravillado cómo me deslizo las mojadas mangas por los brazos y luego dejo que la parte superior del mono quede colgando de la cintura.

Sus ojos siguen la pendiente de mis clavículas hasta la curva de mis pechos, acentuados con la ayuda de un sujetador de encaje azul.

Veo como traga saliva mientras continúo desvistiéndome.

Meto las manos por debajo de la cintura elástica del mono para ensancharla y, moviendo las caderas, hago que baje por mi trasero hasta que lo dejo caer entero al suelo.

Los ojos de Kieran comienzan a adquirir una tonalidad más oscura a medida que sus pupilas van dilatándose.

—¿Ves? —digo con la voz ligeramente quebrada a causa de la intensidad de su mirada.

—Joder, eso ha sido... —empieza a decir en un tono de voz grave y ronco, y, tras rodearme la cintura con las manos, acerca sus labios a los míos y termina la frase—: increíblemente sexy.

Presiona su boca contra la mía y, después de este breve interludio en el que le he ofrecido un tutorial sobre cómo quitar un mono, sus besos vuelven a ser impacientes, apasionados y hambrientos.

Entierro los dedos en su pelo, a ambos lados de su cabeza, y dejo que sea él quien lleve la iniciativa.

Cogiéndome por la cintura, tira de mí y, tras terminar de recorrer el pasillo, avanzamos a trompicones por la oscuridad del salón.

Perdida en el entusiasmo de sus labios, no presto atención a dónde estamos y me sorprendo cuando la parte posterior de mis piernas choca con el sofá.

Antes de que pueda pensar en el siguiente movimiento, Kieran me alza para que le rodee la cintura con las piernas —Dios, me encanta lo fácil que le resulta levantarme— y, tendiéndome en el sofá, se coloca entre ellas.

Mi respiración es cada vez más entrecortada y sibilante.

Él encuentra el interruptor de la luz y la enciende.

Luego se inclina sobre mí y pasa una mano por mi pelo mojado y despeinado, ahora desparramado sobre el cojín en el que descansa mi cabeza.

Inhala con fuerza por la nariz y tensa la mandíbula.

—Estás tan sexy con el pelo mojado... —me dice antes de bajar los labios a la piel entre mis pechos y ponerse a mordisquear el lacito que hay en el centro del sujetador.

Después sigue descendiendo lentamente por mi abdomen hasta llegar a la goma de mi tanga de color azul.

La ligereza de sus labios hace que se me ponga la piel de gallina.

—No tienes ni idea de lo preciosa que eres —susurra con los labios pegados a mi piel, haciendo que se me tense el estómago al sentir su aliento—. Me he pasado todo el día pensando en hacer esto contigo.

—Sí, claro, cuando estabas jugando en Wimbledon, estabas pensando en esto —murmuro, y luego me pregunto por qué narices he elegido este momento para mostrarme sarcástica cuando tengo al hombre más atractivo del mundo entre las piernas besándome las caderas.

«No le lleves la contraria ahora, Flora». Puede decir lo que le salga de los huevos mientras esté ahí abajo.

—¿Por qué crees que he ganado? Tenía que poner fin al partido. Cuanto antes terminara, antes podría estar contigo y hacer esto. —Sonríe, y noto como sus dedos van avanzando lentamente por debajo de la fina tela de mi tanga—. Así de sencillo.

—¡Ah, así que es por esto por lo que has ganado!

—No, tú eres la razón por la que he ganado —me corrige, y el corazón me da un vuelco. Al deslizar la mano más abajo y notar lo mojada que estoy, suelta un gemido—. Joder.

Me quita rápidamente el tanga y lo deja caer en el suelo junto a la mesita de centro.

De repente, me viene a la cabeza el recuerdo de la última vez que alguien dejó caer ropa interior aquí: cuando yo estaba de pie con la toalla delante de todo su equipo y solté las bragas que sostenía en la mano.

Me entran ganas de reír de lo lejano que parece eso ahora; ¡cuántas cosas han pasado desde entonces! Él repara en que reprimo una sonrisa.

—¿En qué estás pensando? —me pregunta intrigado.

—En nada.

—Vamos —insiste en un tono de voz bajo y profundo, moviéndose hasta quedar encima de mí—. Sé que se te acaba de pasar por la cabeza algo divertido. Tienes ese brillo en los ojos.

—¿Tengo un brillo en los ojos?

—Cuando algo te hace gracia, tu mirada se vuelve traviesa —dice como si fuera algo sabido por todos—. Es como si estuvieras compartiendo una broma contigo misma.

Una amplia sonrisa se forma en mis labios y mi corazón comienza a galopar.

Me encanta que se haya fijado en este tipo de cosas.

Cosas pequeñas que otros ni siquiera verían o comprenderían, o que no encontrarían importantes.

Es como si me viera como nadie más lo hace. Quiero que sea esa persona para mí.

Y yo quiero ser esa persona para él.

—¿Y bien? —insiste, besándome con ternura en la comisura del labio—. ¿De qué se trataba?

—Estaba pensando en aquel día en el que iba envuelta únicamente con una toalla y con las bragas en la mano. De repente apareció Neil y yo las dejé caer. Creo que fue tu segunda o tercera mañana aquí.

—La primera —me corrige él sin vacilar, y sonríe al ver mi expresión de sorpresa—.

Lo recuerdo bien. Estabas ahí de pie, envuelta en la toalla, y el agua te resbalaba por el cuello después de la ducha.

—Su garganta emite un sonido de aprobación y, cambiando otra vez de postura, vuelve a besarme el abdomen justo por debajo del ombligo.

Su barba incipiente me hace cosquillas en la piel y sus manos me agarran por las caderas—.

No pude evitar imaginarme lo que habría debajo.

—Sus labios descienden un poco más y una cálida sensación me inunda el cuerpo—.

Yahora ya lo tengo delante. Soy el hombre más afortunado del mundo.