Matar por ti Doce
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Doce

L a primera propiedad que visitamos tiene una ubicación fantástica, pero necesita una reforma completa.

—Me encanta —dice Perry—. Pero no podría vivir aquí durante las obras.

—No —coincido. Me gustan las vistas al río, aunque desde un ángulo distinto al de mi piso—. Creo que con prismáticos podríamos ver mi casa —bromeo.

De pie en un balcón mucho más pequeño que el mío, Perry entorna los ojos mirando a lo lejos.

—Creo que puede que tengas razón.

Se vuelve hacia el agente inmobiliario.

—De acuerdo, nos vemos en el siguiente.

Suspira antes de dirigirse a mí.

—Sobre el papel me encantaba, pero no podría vivir con esa cocina, ¿y tú?

Echo un vistazo a la destartalada puerta que da a una cocina diminuta y cutre.

—No. Habría que tirarlo todo y abrir el espacio. Podría quedar increíble.

El agente nos mira alternativamente.

—Es un precio muy bueno para la zona, acorde con el nivel de reforma que necesita.

Perry asiente. Yo sonrío.

El agente sigue hablando:

—¿Es su primera casa juntos?

Nos reímos.

—No —dice Perry.

Yo no respondo.

Ambos suspiramos nada más entrar en la siguiente propiedad. Está completamente reformada y, aunque desde luego no es de mi gusto, es muchísimo mejor que donde vive Perry ahora.

—¿Qué te parece? —le pregunto.

Pone los ojos en blanco.

—No es para mí —dice mientras entra en la cocina—. Más indicada para una familia, creo —le dice a la agente, que parece reprimir el impulso de poner los ojos en blanco a juzgar por la mueca que hace.

Nos vamos los dos un poco desanimados.

De vuelta en mi piso, Perry se tumba en el sofá y saca su iPad. Navega por las webs inmobiliarias, desesperado por encontrar algo nuevo. Le preparo un café y, cuando se lo llevo, deja el iPad con un suspiro.

—Si puedo permitírmelo, es horrible. Si me encanta, no puedo permitírmelo. ¿Tienes idea de a cuánto se venden los pisos de este edificio?

Niego con la cabeza.

—Le pregunté a Martin y me dijo que no sabe de nada que vaya a salir a la venta. También dijo que se enteraría porque solo hay doce pisos en este bloque y todo el mundo confía en él.

—Qué pena. Me encantan estas vistas…

Sonríe.

—…casi tanto como las del otro lado del río.

Me río con él.

Se queda a pasar la noche y no volvemos a hablar de la búsqueda de piso; en vez de eso, nos centramos en su negocio, un poco en mi pintura y mucho en nuestras familias.

Hablamos de novios anteriores y admito que no he tenido ninguno serio.

Se muestra sorprendido, finge escandalizarse.

Él ha tenido dos; uno acabó cuando su pareja murió.

Parece tan triste, tan desolado, que no me atrevo a preguntarle de qué murió por si le afecta.

Sigo charlando sobre mis padres, mis hermanos y sus familias, y por supuesto, más sobre Angie.

Le cuento lo unidos que hemos estado siempre, que soy el hijo que nadie planeó ni esperaba.

—Oye, me alegro de que nacieras —dice, acurrucándose contra mí—. ¿Te importa si nos acostamos pronto? Mañana trabajo.

—Oh, claro.

Apenas son las nueve y media y estaba disfrutando de la charla. Entonces se me ocurre que quizá no quiere solo dormir.

Pero apaga la luz de la mesilla y ya está roncando antes de que yo haya terminado siquiera en el baño.

—Oye, min kärlek , tengo que irme.

Estaba profundamente dormido; fuera todavía está oscuro.

—¿Ah? Hola. No me había dado cuenta.

—Ya lo sé, lo siento. Vuelo a Escocia esta mañana y necesito cambiarme, así que tengo que pasar antes por mi casa.

—Vale. ¿Quieres que te lleve?

Empiezo a salir de la cama.

—No, no. Hay un Uber esperando fuera. Debería volver esta noche. ¿Puedo quedarme contigo? He empezado a hacer las cajas para la mudanza y aquello es un desastre.

Sonríe.

¿Cómo resistirme a esa sonrisa?

—Por supuesto.

—Te llamo luego.

Se inclina, me besa suavemente en los labios, sabe a pasta de dientes; prefiero no pensar a qué sabré yo. Y se va.

No sé nada de él en todo el día, pero me digo que estará ocupado.

A las seis de la tarde ya espero una llamada o un mensaje, pero no llega nada.

A las ocho empiezo a preocuparme, aunque si ha volado a Escocia y ha terminado tarde de trabajar —y eso que no sé qué planes tenía allí— podría estar aterrizando ahora mismo.

Le envío un mensaje.

A las nueve no ha respondido.

A las diez estoy buscando en internet noticias de accidentes aéreos. Le he enviado tantos mensajes y le he llamado tantas veces que roza el acoso.

A las once decido que no va a venir. No entiendo qué hice mal para que me esté ignorando así. Me meto en la cama, derrotado, angustiado, preocupado por si le ha pasado algo y nadie sabe que tiene que avisarme.

Me quedo en la cama mirando las luces del río, que dibujan formas en el techo. Estoy a punto de quedarme dormido cuando suena el telefonillo.

Es la policía, pienso.

—¿Diga?

—Tiene una visita.

La voz es áspera y desconocida, otro conserje de la agencia.

—Bien.

Me espabilo para concentrarme.

—Dice que se llama Perry no sé qué.

—Que suba, ahora.

Me quedo junto a la puerta abierta observando cómo sube el ascensor; parece que va a cámara lenta.

El ascensor se detiene, las puertas se abren y durante unos segundos no pasa nada. Entonces sale Perry, arrastrando su pequeña maleta de ruedas. Parece agotado, con el rostro ceniciento.

—¿Estás bien? —pregunto mientras corro hacia él y le cojo la maleta. Tiene las manos frías.

—Estoy bien. He venido directamente. Perdona que sea tan tarde.

—He estado llamándote y enviándote mensajes.

—La batería —dice, poniendo los ojos en blanco—. Ni siquiera llevaba la batería portátil. Perdona si te he preocupado.

—Mientras estés bien ahora.

Lo hago pasar a mi piso.

—Ha sido un día de mierda —dice, y va directo a la cocina a servirse un vaso de agua del grifo.

—Tengo agua mineral fría en la nevera.

—Me da igual —dice, y se bebe el agua de un trago.

—¿Qué ha pasado?

Niega con la cabeza y vuelve a llenarse el vaso del grifo.

—Tengo un dolor de cabeza terrible.

Lo observo mientras se bebe un segundo vaso; el agua le gotea por las comisuras de la boca.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí, estoy bien. De verdad. Iba de camino al aeropuerto para coger el vuelo de vuelta cuando, de repente, un camión embiste el taxi. Salimos volando por los carriles y chocamos contra la mediana.

Se detiene, con la mirada perdida, como si reviviera el momento.

—¿Te hiciste daño?

—No, yo no. Tuve suerte. Solo fue el susto. Pero el taxista murió.

—Dios mío.

—Sí.

Se echa a llorar. Doy un paso adelante y lo abrazo con fuerza.

Podría haberlo perdido; me ha costado todos estos años encontrarlo y podría haberlo perdido así, sin más, igual que ese pobre taxista.

—Sí, así que estuve con los paramédicos, luego la policía quería tomarme declaración, después perdí el vuelo y tuve que coger otro.

Murmura todo esto contra mi pecho mientras lo abrazo más fuerte.

Los dos damos vueltas en la cama antes de rendirnos al sueño.

Como consecuencia, nos quedamos dormidos.

Me despierto poco después de las nueve y salgo de la cama con el mayor sigilo posible, me doy una ducha rápida, me visto y contemplo a mi amante dormido.

Después de tomarme un café y unas tostadas, vuelvo a ver cómo está.

Son casi las diez y todavía tiene los ojos cerrados. Me vuelvo para irme.

—Oye, Adam, ¿qué hora es?

—Casi las diez.

Se incorpora despacio y mira alrededor de la habitación con el ceño fruncido mientras se orienta. Parece confundido; luego niega con la cabeza.

—No trabajas hoy, ¿verdad? Es que te he dejado dormir. Pensé que te vendría bien.

—No trabajo. Tengo que ir a ver a mi madre más tarde, pero no trabajo, gracias a Dios.

—He hecho café, ¿quieres?

—Sí. Quizá me lo tome en la bañera. Me apetece un buen baño.

Sonrío.

—Adelante, te llevo el café.

Está recostado, con los ojos cerrados, cuando le llevo el café. Acerco un taburete y dejo la taza.

Abre los ojos.

—Te he puesto el móvil a cargar.

—Mierda, anoche se me olvidó. Seguro que está lleno de mensajes.

—La mayoría míos. Seguramente.

—¿Los has mirado? —Se incorpora un poco.

—Claro que no. Además, se ha apagado solo.

—Ah, sí.

Vuelve a recostarse en la bañera.

—¿Cómo te encuentras ahora?

—Bien. Supongo. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de ese pobre hombre. Sangre por todas partes.

Niega con la cabeza y se limpia los ojos con el dorso de las manos.

—¿Quieres que te lave el pelo? —pregunto, con la esperanza de distraerlo.

—Oye, sí, eso estaría bien. Muy bien.

Estoy terminando de aclararlo —su pelo necesita muchísimo acondicionador— cuando los dos nos sobresaltamos al oír una voz.

—¿Qué demo...? —dice Perry, alarmado.

—Es Jasper.

Me seco las manos y le grito:

—¡Ya voy!

—No lo dejes entrar aquí —dice Perry.

—Tranquilo, no lo haré.

—Tampoco quiero conocerlo, hoy no. No estoy de humor para hacer vida social.

Asiento. Una pequeña parte de mí se alegra de que no me incluya en esa categoría de gente .

Me siento tan cómodo con Perry, como si nos conociéramos de toda la vida, y creo que él siente lo mismo.

Estoy muy triste por el taxista, pero en cierto modo creo que lo que ha pasado nos ha unido más.

Cierro bien la puerta del baño al salir.

Jasper se está sirviendo café cuando salgo del baño.

—Adam, cariño, tengo otro encargo para ti.

—Genial, gracias.

—Podrías mostrar un poco más de entusiasmo.

—Lo siento, es solo que…

Ladea la cabeza, esperando a que me explique.

—Cosas mías —digo, sin querer contarle más.

—Oh, ¿te he interrumpido? ¿Está aquí tu amante?

No me gusta cómo dice «amante».

—¿Puedo conocerlo?

—No. Está en la bañera, tardará un rato.

—Puedo esperar.

—Ahora no es buen momento. Trae tu café al estudio y me pones al día allí.

Jasper pasa media hora explicándome los detalles del encargo. Incluye una reunión con el cliente, algo que siempre me ha gustado. Por fin salimos del estudio y casi espero encontrarme a Perry esperándome, pero no hay ni rastro de él.

—Oh —dice Jasper, que obviamente también esperaba ver a Perry.

No lo invito a sentarse, no le ofrezco otro café. —Envíame los detalles por correo y organizaré una visita al cliente —le digo.

—Lo haré, querido muchacho. Probablemente te acompañe.

Me lo pienso un instante. —De acuerdo. —Tampoco es que sea raro, me ha acompañado muchas veces a ver clientes.

—Oh, casi se me olvida —dice, deteniéndose cerca de la puerta principal—.

Gerard quedó tan encantado con tu exposición que quiere hacer otra.

¿Te bastan tres meses para producir suficiente obra y llenar la galería?

Nos quedan algunas piezas de la última vez, pueden volver a exponerse.

Si quieres seguir adelante, no tiene problema en guardar lo que tiene en su almacén con el resto de sus cosas.

—¿No puede dejarlo a la venta en la galería?

—No, él no funciona así, solo hace exposiciones de artistas concretos. Pensaba que lo sabías.

—Sí, perdona. Claro. Tengo algunas ideas. Ámsterdam me inspiró bastante.

—Excelente. —Me abraza y por fin se va.

Cierro la puerta tras él y me apoyo en ella.

Perry aparece en el pasillo que da a los dormitorios.

—Siento que haya tardado tanto —digo—. Deberías haber salido a conocerlo, creo que se muere por conocerte.

Perry niega lentamente con la cabeza. —Hoy no estoy de humor, la verdad. De todos modos, he aprovechado para ponerme al día con los correos y mensajes.

—¿Desayunamos? —le pregunto.

Asiente despacio.

—Oye —dice, con tono vacilante—. Tu amigo Jasper, ¿siempre entra así, sin más?

—Supongo que sí. ¿Qué te apetece, cereales con tostadas o huevos?

—Claro. —Frunce el ceño—. Si no le hubieras llamado, ¿se habría puesto a buscarte por la casa?

Me lo pienso un segundo más de la cuenta. No sé por dónde busca Jasper cuando no estoy. Nunca me lo había planteado. Confío en Jasper ciegamente.

—Puede ser.

—Sí, eso me temía. Podría pillarnos en la cama.

Podríamos estar, ya sabes… Te dije que teníamos que ocuparnos de tu seguridad, y lo primero es cambiar la cerradura y hablar con los de abajo.

Nadie debería entrar aquí como Pedro por su casa.

Me preocupo por ti, min kärlek . Y después de lo de ayer, más todavía.

—Estoy bien. Después de lo de ayer, el que me preocupa eres tú. —Saco huevos del frigorífico—. ¿Revueltos te van bien?

Asiente. —Tienes que decirle a Jasper que esto se acabó. Después de desayunar, llamo a un cerrajero. Se acabó esto de que entre aquí el que quiera.