Capítulo 8
Colomba espera a estar de vuelta en el Hotel Dei Fanti antes de sacar el tema de la Aeon.
Duda si hacerlo, porque tiene una buena impresión de Glenn, algo más que una buena impresión, y eso podría cambiar según lo que él le responda.
Él le pregunta si quiere tomar algo antes de marcharse a su casa, ella le pide una cerveza rubia, sentada en la terraza, mirando Roma desde arriba.
Los camareros son invisibles, los guardaespaldas están en el parque debajo de ellos o al otro lado de la suite.
Glenn hace un par de llamadas —una a su madre, según le parece— y luego vuelve a su lado.
Se ha quitado el esmoquin y se ha vuelto a poner los pantalones cortos y la camiseta.
Colomba sigue con el vestido, porque le da pereza la idea de cambiarse. Se ha quitado los zapatos —muy bonitos, pero incómodos para ella, que no está acostumbrada a los tacones— y apoya los pies descalzos en la balaustrada. Glenn se sienta a su lado.
—Tu colaborador es un buen tipo —dice él—. Aunque de entrada resulte un poco irritante.
—Me lo dice todo el mundo. Tendría que haber dejado que los perros robot se lo llevaran.
—No le hacían nada, solo se quedaron a su alrededor, con los ojos echando destellos. ¿Cómo os conocisteis?
—Hace cinco años secuestraron a un niño en Roma, él me ayudó con la investigación. La historia es mucho más complicada, pero tendrás que conformarte con esto.
—¿Y estáis juntos?
—No. Solo somos amigos.
—No lo parece.
—Hemos pasado juntos algunas cosas que nos han unido mucho.
—¿Divertidas?
—Horrorosas —lo corta ella—. Glenn, ¿qué es la Aeon? —Glenn se pone en pie de un brinco, Colomba se lo esperaba, dado cómo reacciona cuando está nervioso—. ¿Vas a tirarte a la piscina?
Glenn niega con la cabeza.
—No... ¿Fue el padre de Cristina quien te lo explicó?
—Solo me dijo que es una ciudad que no existe y que ese fue el motivo de la ruptura entre tu hermano y su hija. Lo hizo en tono religioso.
—No lo sabía. Si lo hubiera sabido, te lo habría dicho enseguida.
—Mira, no tienes que justificarte. Trabajo para ti, no puedo exigirte nada.
—Así no es como... —se interrumpe. Vuelve a empezar—. No quería ocultarte nada. Sé que necesitas tener toda la información, pero Aeon es un proyecto que se abortó definitivamente hace dos años, y hasta esta noche ni se me había ocurrido que pudiera tener algo que ver.
—Ni siquiera me lo mencionaste.
—No es algo de lo que hable de buena gana.
—¿Por qué?
—Aeon iba a ser una ciudad autosuficiente para cien mil personas.
—¿Y cuál es el problema?
—Debería haberse construido en la Antártida.
—¿Me tomas el pelo? —dice Colomba, aturdida.
—En uno de los llamados oasis secos, fuera de la capa de hielo permanente. Tienes a tu disposición toda el agua que necesites, el aire es el menos contaminado del mundo...
—El clima no creo que sea el ideal —dice Colomba, a la que todo le parece absurdo.
—Dentro de la ciudad eso no habría sido ningún problema, no sé cómo, pero el proyecto era crear una especie de microclima cálido, y por debajo del permafrost mi hermano quería excavar cámaras de hibernación a disposición de los ciudadanos de Aeon, antes o después de la muerte.
—Mira, sé que era tu hermano, pero nadie puede colonizar la Antártida. Existen tratados internacionales.
—Pero en la Antártida se pueden establecer bases científicas, la Aeon habría empezado así, como un centro de investigación.
—Aun con todo, creo que habría tenido algunos problemillas —dice Colomba.
—Mi hermano siempre decía que si los problemas se pueden resolver con dinero, no son problemas.
—Y había mucho en juego allí, me parece entender.
—Solo la construcción de la ciudad habría costado un billón.
—¿Un millón de millones?
—El plan pretendía encontrar mil familias dispuestas a pagar un millardo cada una para garantizarse un lugar en el paraíso. El resto se reservaría a sus colaboradores y a los trabajadores de la ciudad. Trabajadores de mantenimiento, obreros, soldados... Esa gente pagaría su billete con su trabajo.
—¿Y tu hermano encontró a esos mil con el dinero?
—Se detuvo a los veinte, fue un fracaso, aunque siguió insistiendo hasta hace dos años. —Suspira—. Después de que Dante me explicara que el asesino utiliza una especie de..., no sé cómo decirlo en inglés..., cuando te imponen una pena que es igual a tu pecado...
—Solo lo conozco en italiano, contrappasso .
—Pensé que tal vez la Aeon podría tener algo que ver.
Hace mucho frío en la Antártida. Tal vez a eso es a lo que se refería el asesino al matar a mi hermano de esa manera.
Pero, Colomba, te juro que solo era un proyecto, todo estaba en la cabeza de Jez y de unas cuantas personas más. Y ahí se quedó.
—¿Y tú qué pensabas del tema?
—Yo no estaba de acuerdo. El impacto sobre el ecosistema habría sido devastador, a pesar de todas las garantías de Jesús. Y luego me molestaba toda la cuestión de los trabajadores. ¿Trabajo de por vida a cambio de alojamiento y comida? Era un poco servil ...
—Siervos de la gleba, sí, bastante. ¿Cómo se tomó tu hermano tu posición?
—Mal. Me dijo que si no me casaba con el proyecto, tendría que dejar su empresa.
—Y tú te fuiste. —Colomba contiene una sonrisa, se siente más ligera. No deberían importarle un pimiento las ideas de Glenn, pero se alegra de que no tenga fantasías de dominador del mundo—. Y, al final, ¿por qué se rindió?
—Porque murió uno de los socios más activos, con el que había empezado. James Howard Hargrave. Era un armador sudafricano, coleccionista de aviones antiguos, murió con su hijo al estrellarse con un biplano.
Colomba siente un escalofrío.
—¿Estamos seguros de que fue un accidente?
—Eso parece. Nunca tuve la oportunidad de ponerlo en duda. Y, aparte de mi hermano, nadie más de la Aeon ha muerto.
—¿Conoces a todos los miembros?
—Sus nombres y los documentos de la Aeon estaban en la nube de mi hermano. El resto de las informaciones útiles se lo pasé a tus colegas en Francia. Esto, sin embargo, me lo guardé para mí...
—Aparte de ti y de los socios, ¿cuántos conocían esta ciudad ideal?
—El comité científico. Pero mi hermano se había puesto en contacto con mucha gente que no se mostró interesada. Como Cristina.
—Que, a su vez, habrán hablado a otras personas de ello. —Colomba suspira—. A estas alturas, habrá mucha gente que estará al corriente. Más aún después de la muerte de Jesús. ¿Tú crees que también se pondría en contacto con Müller?
—Puede que ocurriera, pero como ya habrás comprendido, a mí nunca me interesó la Aeon de verdad. Y no sé con quién habló Jez antes de cerrarlo todo. ¿Crees que los asesinatos podrían estar relacionados con la Aeon de alguna manera?
—Como te he dicho, estoy buscando todo lo que no sé. ¿Puedo tener la lista completa?
Glenn asiente.
—Los abogados de la empresa se me echarán encima si el tema sale a la luz.
—Espero que eso no ocurra. Pero no puedo garantizártelo. —Colomba mira la hora en su móvil casi sin batería. Es la una—. Ahora tengo que irme a casa y consultarlo con la almohada. Pero antes me cambio, así te dejo el vestido.
—Oye, puedes quedártelo. Me gustaría que lo hicieras.
—No procede, sé que puedes permitírtelo, pero ya me pagas bastante por mi trabajo.
—No tiene nada que ver con el trabajo, Colomba —dice él.
Está como a medio metro de ella y Colomba nota que se le está acelerando el pulso.
—También por eso será mejor que te lo devuelva.
—¿Puedo al menos echarte una mano para quitártelo? —pregunta.
Colomba sabe que debería decirle que no.
Pero no se lo dice.