Capítulo 2
Colomba fue la única que vio al hombre de metal, pero la pintada en la pared está ahí para demostrar que no se lo inventó todo y que no está delirando por el shock y las quemaduras, que están siendo tratadas por los paramédicos, incluida la nuca con el pelo rapado, donde una quemadura de segundo grado le duele de un modo insoportable.
Toda la provincia de Florencia se ve encerrada en una tenaza por la policía con la ayuda del ejército: cada coche y cada peatón son controlados.
Los guardas forestales baten los bosques y colinas circundantes.
Los perros detectores olfatean restos de gasolina quemada y conducen a sus adiestradores a un claro situado a unos dos kilómetros de la Maison.
Encuentran rastros de un vehículo todoterreno que ha logrado huir, evitando cuidadosamente todas las cámaras de la zona.
También aparecen de forma espontánea dos ciclistas que vieron al hombre de metal caminando por los campos. No se preocuparon.
—Llevaba un fumigador en la mano —dicen—. Parecía un controlador de plagas.
Sueltan a Colomba y Dante a altas horas de la noche de la comisaría de Florencia después de que presten declaración como testigos y los acompañan hasta su coche. Es ahí donde Colomba ve por primera vez el desastre de su cabeza en el espejo del parasol y rompe a llorar. Dante la abraza.
—Estarás fantástica con el pelo a cepillo. Pero si quieres le diré a mi maquillador que te haga una peluca.
Colomba lo rechaza.
—¡Me importa una mierda el pelo! —dice entre lágrimas—. ¡Ese cabrón llevaba un lanzallamas!
—¿Te duele la cabeza?
—¡Sí! ¡Y también los brazos y la espalda! ¡Pero ese no es el problema! Ya estoy harta de asesinos en serie que secuestran a niños o queman a la gente. ¡No quiero saber nada más, ya basta! ¿Por qué nos tienen que tocar todos a nosotros, me lo puedes explicar?
Dante se deja ir contra el respaldo.
—¿Quieres una respuesta seria?
—¿Tienes una?
—Sí, pero no sé si es la que quieres oír.
—No quiero oír nada, así que di lo que quieras.
—Creo que el mundo está lleno de seres monstruosos que hacen cosas horribles. Solo que la mayoría de la gente no es capaz de verlos sin ayuda.
—¿Y por qué nosotros sí podemos?
—Porque somos anomalías. A mí me crio un asesino en serie, a ti casi te matan dos de ellos. ¿Cuántas personas en el mundo pueden decir lo mismo?
Ella ni siquiera lo mira.
—Tuve un ataque mientras estaba allí dentro. Dejé de respirar justo cuando ese tipo intentó quemarme viva. ¡Hacía dos años que no me pasaba!
—Y a lo mejor no volverá a sucederte en otros dos. Hiciste lo que podías y más, deja que sea la policía la que se encargue del resto.
—Ese cabrón intentó abrasarme, así que es cosa mía, vaya que si es cosa mía. Matad a los ricos por mis cojones —dice Colomba—. Espérame aquí.
Colomba se baja del coche y se dirige a las puertas de entrada de la Maison: el personal de seguridad la reconoce y la deja pasar: su nombre aún está en la lista de visitantes autorizados.
Llega hasta la gran nave de madera quemada y se para ante las cintas bicolores de los carabineros.
Aparte del techo, la estructura externa parece intacta: apesta a plástico quemado y a ceniza mojada.
Fingiendo atarse el zapato, aparta dos grandes piedras del borde del sendero y recupera el móvil destrozado de la diseñadora de moda que había escondido.
Luego vuelve junto a Dante y se lo pone en la mano.
La pantalla tiene una larga grieta y señales de calor en la carcasa.
—Desbloquéalo.
—Dáselo a tus amigos del DIS, que tienen más medios.
—No sé qué tiene Sermonti en la cabeza, pero seguro que no voy a pedirle que mire ahí dentro antes que nosotros. Conduce tú, que a mí me duelen mucho los brazos.
Colomba se encierra en su habitación en casa de Dante.
Le ha subido la fiebre y duerme veinticuatro horas.
Dante le lleva comida y bebida y le cambia las vendas.
Mientras tanto, la noticia de la muerte de Cristina Rinaldi da la vuelta al mundo.
Más aún cuando se difunde una imagen de su asesino.
Fue tomada con una cámara de fototrampeo para animales en los prados cercanos a la Maison, y en ella se ve a un hombre vestido con un mono plateado que camina entre los árboles.
Granulada y de baja calidad, se convierte enseguida en un meme, ampliada, redibujada por la inteligencia artificial y pegada en abundancia por las paredes.
Lo llaman Mr. Aluminio.
Lo único que sabe Colomba por el momento es que Mr. Aluminio cortó una de las vallas en una zona ciega para las cámaras y que huyó por el mismo sitio tras realizar la pintada.
Aunque la policía procedió a taparla, fue fotografiada por uno de los bomberos, quien la colgó en sus redes sociales y se hizo tan famosa como su autor.
Febril, Colomba sale de su habitación la mañana del segundo día, y descubre que Dante está acabando de grabar un vídeo en un rincón de la terraza donde ha montado una pizarra y un telón de fondo de colores.
Se encuentran rodando ahí dos colaboradores y también está la ayudante italobrasileña, muy sexy, con la que está casi segura de que ha tenido un rollo.
Don’t ask, don’t tell .
—¿Cómo es que te cae tan mal mi ayudante? —le pregunta Dante cuando el equipo se va.
—¿Quién, la zorra? Ya ves tú —dice Colomba.
Dante pone los ojos en blanco.
—¿Pero qué te ha hecho?
—Nada, nada. He leído algunas noticias en la red.
— Las aventuras de Mr. Aluminio . ¿Has visto que han detenido a un tipo que volvió a hacer esa pintada en las paredes de la catedral de Milán?
—Menudo gilipollas —refunfuña ella. Es una mañana nublada y corre una brisa fresca que le acaricia las quemaduras—. ¿Quién es?
—¿Mr. Aluminio? El que mató a Müller y Martínez. ¿O crees que nos hemos topado por el camino con otro asesino?
Colomba ha pensado en ello cada vez que se despertaba.
—No..., aunque me gustaría decirte que sí. No hay nada en común entre los tres asesinatos, eso suponiendo que todos sean asesinatos. A Müller y Martínez los mataron fingiendo un accidente; a Rinaldi, de la forma más clamorosa posible.
—No estoy de acuerdo en que no haya nada en común. A Müller y Martínez los asesinaron a escondidas, es cierto, pero en la técnica del asesinato podemos encontrar la idea de un contrapaso. Hielo para el Rey del Hielo, medicinas para el Señor Big Pharma.
—A Rinaldi no la mató la ropa —dice Colomba.
—No, pero he hallado una posible conexión.
¿Recuerdas que te había dicho que algunas de sus prendas eran confeccionadas por menores de edad en el sudeste asiático?
Mira. —Le entrega una hoja impresa en inglés de una página web de Save the Children.
Se habla en ella de una fábrica en Bangladesh que se incendió cinco años antes.
El dueño había cerrado con llave para evitar que escaparan sus trabajadores, que quedaron atrapados en el interior.
Cincuenta de ellos murieron, de los cuales veinte eran niños.
—Aunque la investigación ha durado mucho tiempo, al final la CRM está a punto de ser llevada ante la administración de justicia por contratación ilegal de mano de obra.
—Estás forzando un poco las cosas, Dante. Si la hubieran apaleado hasta matarla, podrías decir que fue porque apaleaban a los niños. Encontrar puntos en común es fácil.
Dante se enciende un cigarrillo mientras se prepara otro expreso Blue Mountain. —Si tú no lo hubieras visto entre las llamas, esta vez tampoco habría testigos.
—Dejó la pintada.
—La dejó mientras huía. Tal vez pensó que a esas alturas daba lo mismo que firmara su obra.
O bien no tenía otra forma de matar a Rinaldi.
Pero te daré otra explicación. Al primero que mató fue a Müller, ¿verdad?
No importa que muriera después, ya que el envenenamiento empezó unos días antes de la muerte de Martínez.
—Okey...
—Si hubiera matado a Müller con un disparo, se habría abierto una investigación y cabría la posibilidad de que alguien se hubiera dado cuenta de que faltaban las llaves de la Jungla.
En vez de eso, le cambió la medicación. Usando este sistema, se dio tiempo para utilizar las llaves y matar a Martínez, fingiendo, eso sí, un accidente, porque no quería que Cristina Rinaldi se pusiera en guardia.
—¿Así que ahora ha acabado? ¿Tenía en mente un triplete?
—No estoy seguro. Rinaldi siempre estaba de viaje por todo el mundo, y cuando estaba en Italia se quedaba en su villa, mucho más vigilada que la Jungla Urbana.
Tal vez el asesino se dio cuenta de que para matarla tenía que utilizar una acción directa.
O actuó al descubierto, porque está lanzando su campaña.
—O bien porque no tiene nada que ver con Martínez.
—No, eso es imposible. He desbloqueado el teléfono, ven a ver.
—Dante está sentado con las piernas cruzadas en el suelo de la terraza, se levanta con un solo movimiento, sin usar las manos.
Colomba lo sigue con más dificultad. Entran en el invernadero mientras estalla otra tormenta tropical que arrecia violentamente encima de ellos.
Un relámpago cegador devuelve a Colomba por un instante al set fotográfico en llamas.
—Estaba segura de que lo lograrías —le dice a Dante, casi gritando para superar el ruido de la tormenta—. Pero ¿no se supone que el iPhone es a prueba de hackers ?