Capítulo 18
U n amanecer rosado cedió paso a una mañana brillante y despejada.
Zoey se puso una camiseta limpia y se detuvo junto a la ventana de su dormitorio.
Sascha se había quedado con ella en silencio hasta que el sol salió por completo.
Solo cuando se elevó sobre las montañas, finalmente se marchó.
Zoey no podía evitar sentirse agradecida.
Había algo reconfortante en su silencio.
Había estado allí por si quería hablar, sin resultar agobiante ni insistente.
Zoey contempló la mañana, las montañas pintadas de verde y dorado bajo el sol temprano.
El cielo era del tono más suave de azul grisáceo, aferrado aún débilmente a los bordes de la noche.
Tenues volutas de niebla se elevaban desde los pinos de la ladera.
Había algo limpio y luminoso en el amanecer.
Las estrellas de la noche se habían ido hacía rato, llevándose consigo su luz distante.
Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Zoey, que se dio la vuelta al percibir un leve olor a tostadas que subía de abajo.
Sascha había cocinado la mayoría de las comidas durante el tiempo que ella había pasado con él, y era buen cocinero.
Mejor que ella, aunque Zoey normalmente intentaba evitar cocinar en casa.
Rona era la experta en la cocina. Zoey sonrió ligeramente mientras bajaba las escaleras.
El cristal empañado a través del cual había visto a Sascha durante la primera semana de esta convivencia parecía ahora más transparente.
Había algo... fácil en todo esto. Una facilidad sin nombre.
Una previsibilidad. Algo que le gustaba.
Apoyó una mano en el muslo mientras se acercaba al final de la escalera.
Zoey dobló la esquina al final de las escaleras y se apoyó en el respaldo de uno de los sofás del salón.
Sascha estaba de pie en la cocina, con una tostada en una mano y el móvil en la otra.
Junto a él, sobre la encimera, humeaba una taza.
Tenía una expresión concentrada, un pequeño surco entre las cejas.
La sonrisa de Zoey se acentuó al recordar a Rona en una pose similar una mañana de hacía unos meses.
Sascha levantó la vista con una sonrisa que le iluminó los ojos.
—Buenos días —dijo—. Las tostadas están en la encimera. El té está en la tetera, el café en la prensa francesa. Me temo que el café es descafeinado, pero sírvete el que prefieras.
—¿Tienes algo en contra de la cafeína? —preguntó Zoey mientras entraba en la cocina.
—Me hace temblar las manos —dijo Sascha con una risita—. No puedo permitirme manos temblorosas en mi trabajo. Alguien podría salir herido.
Zoey se rio suavemente, sin querer, y una inesperada oleada de calidez se instaló en su pecho. ¿Afecto? No podía ser. No debía ser. Sacudió la cabeza y se llevó una mano al muslo. Notaba el paso más firme esta mañana. Casi normal. ¿Cuánto faltaría para poder quitarse las vendas definitivamente?
Zoey se sirvió una taza de té y cogió una tostada antes de volverse hacia Sascha.
Estaba absorto en el móvil de nuevo, con aquella mirada concentrada otra vez en el rostro.
¿En qué estaría pensando? Zoey levantó la taza.
Había visto esa misma expresión de concentración en el rostro de su padre y en los de sus hermanos. Pensativa. Reflexiva.
—Hazme una foto, que dura más —dijo Sascha sin levantar la vista del móvil.
Zoey contuvo el rubor que amenazaba con teñirle las mejillas. Pillada. —Lo siento. Solo estaba... solo me preguntaba qué te tenía tan absorto.
—Pregunta. No hace falta que me estudies en silencio —se rio entre dientes mientras se guardaba el móvil en el bolsillo. Luego sonrió con suficiencia—. Aunque agradezco el halago.
Zoey abrió la boca, con el rubor ya en las mejillas, y buscó una respuesta. —Parecías preocupado por algo. ¿En qué piensas?
—Un contacto quiere reunirse conmigo esta noche en Innsbruck. En Austria.
—¿Ah, sí? —preguntó Zoey mientras daba un mordisco a la tostada—. ¿Sobre qué?
—Tu pasaporte —respondió Sascha. Sus ojos brillaron con lo que a Zoey le pareció diversión—. Puede que viva deprisa y conduzca deprisa, pero no pensarías que había estado recorriendo Alemania, Austria y Suiza por diversión , ¿verdad?
—No sabía qué pensar. La verdad es que no sabía que habías ido tan lejos —respondió Zoey.
Dio un sorbo de té. ¿Cuánto faltaría para que su pasaporte estuviera listo?
Levantó la vista de la taza y una oleada de gratitud afloró en algún lugar profundo de su pecho.
Aquella calidez regresó, instalándose junto a la gratitud y asentándose justo detrás de las costillas.
Tragó saliva, intentando disiparla, pero no hubo manera.
Sascha carraspeó. —Estoy tentado de recrear el pasaporte de Gabrielle Lavaud que OMNI falsificó para ti, pero creo que sería demasiado obvio. ¿Qué te parece Janine Genet?
—Yo... no lo sé. ¿Tiene que ser francés?
Hizo una pausa. —No. Solo pensé que sería una forma de fastidiar a OMNI.
—Muy gracioso. ¿Quizás algo inglés? ¿No tendría más sentido?
—¿Heather Hunt?
—Suena perfecto. —Zoey hizo una pausa y se rio—. Eso ha sido rápido.
—Crear identidades falsas es difícil, pero inventar alias es un pasatiempo. Supongo que estoy acostumbrado. —Sascha asintió y cogió la taza—. ¿Quieres venir a Innsbruck conmigo?
—¿Qué? —preguntó Zoey mientras dejaba la taza—. ¿Yo? ¿Ir contigo?
—¿Por qué no? Has estado encerrada aquí, y si yo fuera tú, estaría deseando ir a algún sitio y hacer algo. Puedo dejarte cerca de la universidad, si quieres. Pasarías desapercibida. Tienes mi número. Puedo hacer lo que necesito y luego quedar por la noche.
—Pero... este grupo OMNI me está buscando. ¿No me reconocerían?
—Es una posibilidad, pero vamos, Zoey, no te llevaría conmigo indefensa. Eso sería una irresponsabilidad. Te daría una pistola.
—¡¿Qué?! —exclamó Zoey, boquiabierta. Buscó una respuesta—. ¿Una pistola ? Yo... no, no podría. Ni hablar. Nunca he tocado una siquiera.
A Sascha le tembló la mano con la que sujetaba la taza. Sus labios se apretaron en una línea fina. —¿Perdona?
—No sé disparar una pistola. Y mucho menos dispararle a alguien... —Zoey se llevó una mano al muslo y una extraña oleada de pánico le estalló en el pecho.
—No, no, no, no, no. No me refería a eso, Zoey —Sascha dejó su taza—. ¿Nunca has tocado una?
— No . ¿Por qué iba a necesitarlo?
Sascha se detuvo, y Zoey se removió incómoda bajo su mirada. Él parpadeó y negó con la cabeza.
—Dios.
—¿Por qué te cuesta tanto creerlo?
Sascha se pasó una mano por el pelo corto.
—Me resulta increíble que tu padre te enviara tan indefensa. Que te dejara vivir prácticamente sin protección. Es casi como si quisiera que te atraparan. Es vergonzoso. No me sorprende. Pero vergonzoso de todos modos.
Zoey resopló. Luego lo miró frunciendo el ceño.
¿Sascha? ¿Molesto por algo que había hecho su padre?
¿Por qué? No se conocían. ¿O sí? Si era así, su padre nunca había mencionado a Sascha —aunque tampoco mencionaba gran cosa—, y Sascha solo había mencionado a Maxwell de pasada.
Quería preguntar a qué se refería; la curiosidad le picaba. Pero no lo hizo.
—No sabes ni la mitad —dijo, cruzándose de brazos.
Sascha bajó la vista hacia su taza y una expresión pensativa y sombría le cruzó el rostro, fugaz pero inconfundible.
Zoey estaba segura de haberla visto. Ira.
Sin embargo, de algún modo sentía que no era una ira dirigida hacia ella.
Sascha alzó la mirada con una leve sonrisa asomando en la comisura de los labios.
Cualquier rastro de ira había desaparecido.
Ella cambió de postura y levantó su taza.
—Creo que ya sé a qué nos vamos a dedicar hoy —dijo mientras se acercaba al fregadero y enjuagaba su taza.
—¿Ah, sí?
Zoey inspiró hondo mientras lo observaba. Tenía la sensación de que ya sabía lo que Sascha iba a decir. El corazón le latió con más fuerza, aunque, de nuevo, no era miedo. Tragó saliva. ¿Emoción, quizá? O algo más parecido a la aprensión.
Él se volvió.
—Voy a enseñarte a disparar. Hace apenas unas horas dijiste que querías aprender a protegerte, y no voy a poder estar contigo todo el tiempo. Si alguna vez necesitas manejar un arma, sabrás hacerlo. ¿Qué te parece?
Zoey respiró hondo. Era una oportunidad. Una oportunidad de estar cerca de Sascha y pasar tiempo útil con él. En cierto modo, era exactamente lo que había querido: la ocasión de conocerlo mejor. Y era algo que deseaba hacer desde que la secuestraron. Aprender a protegerse.
—Creo que me gustaría. No, sé que me gustaría.
Sascha sonrió.
—Estupendo. Te veo fuera en quince minutos.
~ ~ ~ ~ ~ ~
De pie en el patio trasero, Zoey se frotó el hueco entre las clavículas; sus dedos empezaban a acostumbrarse a la ausencia del collar.
Alzó la vista del suelo empedrado y observó a Sascha acercándose.
Sobre la mesa del jardín, entre ambos, descansaban dos cajas negras de plástico cuyas tapas relucían bajo el sol de media mañana.
Las sillas habían sido apartadas y amontonadas junto a las paredes.
Más allá de Sascha, sujeta a un árbol, había una gran caja de madera con un respaldo metálico.
En el centro colgaba un papel. Zoey entornó ligeramente los ojos y se cruzó de brazos, nerviosa.
Sentía como si la gran diana negra del papel la estuviera observando.
—¿En qué piensas? —preguntó Sascha, de pie junto a la mesa.
Se había quitado la camiseta, el pantalón de chándal y los calcetines, y ahora llevaba una camisa de manga larga, pantalones negros y botas.
Había algo inquietante en el cambio. Zoey se apretó los brazos con más fuerza.
Peligroso. Parecía peligroso. Respiró hondo. Dos caras de él.
—Solo me pregunto cómo vas a enfocar esto —dijo Zoey—. Lo más cerca que he estado de un arma de fuego fue... bueno, hace poco.
—Iremos despacio. Acércate —dijo Sascha mientras abría los cierres de la primera caja negra.