Matar a Aquila (Matar a Aquila 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

E l sueño no le había llegado a Rona. No el sueño de verdad. Solo momentos de descanso entre períodos de vigilia. El tiempo se escurría como fractales de color en el caleidoscopio de un niño.

Ahora, el agotamiento le arañaba el pecho, amenazando con hundirla si se sentaba aunque fuera un momento. No se sentó. Caminaba de un lado a otro por la sala. Preparaba té. Lo dejaba enfriar y volvía a prepararlo.

Ahora estaba en la cocina, con la mano bajo el chorro de agua mientras fregaba la taza de té por milésima vez desde que Zoey había desaparecido de las cámaras del monitor del piso de arriba.

El asa resbaladiza de cerámica de la taza azul le parecía un frágil punto de apoyo en un mundo de territorio desconocido.

En ese momento, Flynn permanecía en el umbral como una sombra impotente.

Rona casi lo ignoró, pero era reconfortante tener a alguien con ella.

No quería enfrentarse a Hailee, que a esas alturas seguramente ya estaría despierta.

Tendría que darle noticias terribles otra vez.

Ya había sido bastante difícil contarle a Hailee la primera vez que habían secuestrado a su hermana mayor.

Al menos entonces tenían alguna idea de dónde estaba.

Pero ahora que había desaparecido por completo...

Rona tragó con fuerza, conteniendo el nudo en la garganta.

Arriba, dejó de oírse la ducha, y el agua siseó en las tuberías un momento más.

Rona se tensó. Maxwell había vuelto muy temprano esa mañana; su Range Rover negro en la entrada era un amargo recordatorio de que había perdido el rastro de Zoey.

—Va a llover —dijo Rona, mirando hacia fuera por la ventana.

Las palabras que salieron de su boca, con una voz que no reconocía como suya, sonaban repugnantemente normales.

Le sabían a serrín en la lengua. Podría haberse echado a reír.

Lluvia. Qué cosa tan natural en un mundo que se había puesto del revés y había difuminado la línea entre lo natural y lo antinatural.

La normalidad había desaparecido. Zoey había desaparecido, y la normalidad se había ido con ella. Rona apretó el asa de la taza.

—Rona —dijo Flynn con una voz dolorosamente suave—. Llevas días sin dormir bien. Necesitas descansar. Quedarte despierta no va a hacer que Zoey aparezca por arte de magia.

Rona se volvió; la taza se le resbaló de los dedos y se hizo añicos contra el suelo de baldosas.

Se quedó mirándola, con la sensación de haber fallado un escalón al bajar las escaleras.

Debería haber reaccionado. Debería haberse sobresaltado con el ruido.

Pero no lo había hecho. Solo sentía ese entumecimiento asfixiante en el pecho.

Rona tragó saliva y se obligó a hablar.

—Dormir tampoco servirá de nada.

Flynn se frotó la frente.

—Escucha. Al menos ve a sentarte y espera a que baje tu padre.

Rona se quedó mirando los trozos de cerámica en el suelo.

—¿Por qué nos está pasando esto?

Flynn se agachó y empezó a recoger los pedazos. Soltó un suspiro profundo pero no respondió mientras se levantaba para tirarlos a la basura.

—Ojalá pudiera hacer algo, Rona, de verdad —dijo con suavidad, sacudiéndose las manos—. Pero ahora mismo necesitamos a tu padre.

Rona lo miró fijamente.

—Hasta ahora no ha servido de mucho.

Flynn bajó la vista al suelo.

—Lo sé.

Rona se volvió y miró de nuevo por la ventana. Un mirlo solitario y atrevido saltaba por el césped delantero, hurgando en la hierba húmeda.

—Sé que no te interesa oírlo, pero en mi defensa, pensé que me enfrentaba a algo completamente distinto.

Rona se volvió, y toda su lentitud se esfumó al oír la voz de su padre. Maxwell estaba apoyado en el umbral, con el pelo negro aún mojado. Flynn se irguió de golpe, con las manos pegadas a los costados.

—Lo siento mu...

—Tú y yo hablaremos después —dijo Maxwell, fulminando a Flynn con la mirada mientras entraba en la cocina a grandes zancadas—. ¿Hay té? Estoy cansado.

Rona tragó saliva y retrocedió unos pasos mientras Maxwell se acercaba a la encimera.

—En la tetera.

Maxwell apoyó el dorso de la mano contra la tetera.

—Frío. Hazlo otra vez.

—¡No soy tu criada! —espetó Rona, con las emociones a flor de piel.

Podría haberle pegado un puñetazo. Que volviera sin Zoey, que volviera después de jurar que podía ayudar, era demasiado.

Se acercó a él, recuperando el espacio que le había cedido.

Maxwell suspiró y bajó otras dos tazas azules del armario.

—He dicho «hazlo otra vez», Rona. Como mínimo, prepararlo le dará tiempo a Hailee de llegar. No quiero tener que repetirme.

Se volvió hacia Flynn.

—Necesito que revises las grabaciones de las últimas horas. Averigua cuánto tiempo lleva pisándoles los talones. No tenemos mucha información, pero tendremos que trabajar con lo que hay.

—Sí, señor —asintió Flynn, y se estiró por detrás de Maxwell para encender el hervidor.

—Cuando termines, yo...

Rona tiró una de las tazas de la encimera de un manotazo. La segunda baja azul de la mañana.

—¿Es que soy invisible?

Maxwell se volvió y la miró fijamente; sus ojos grises —tan parecidos a los de Zoey— la atravesaron como si fuera un espécimen bajo el microscopio.

—Prácticamente lo eres.

—Tú... —empezó Rona, buscando un insulto adecuado. Pero no había insulto que pudiera lanzarle que hiciera mella en su padre. Asqueroso. Vil. Patético. Inútil. Pero nada contundente. Nada que dejara huella.

—¿Yo, qué? —preguntó Maxwell mientras el agua empezaba a hervir. La comisura de su boca se curvó en una sonrisa. Algo cruel y despiadado.

—Venga, Rona. ¿Yo, qué? ¿Qué me quieres decir?

—No creo que mamá simplemente desapareciera. Creo que te abandonó a propósito —siseó Rona, y giró sobre sus talones para salir de la cocina a grandes zancadas.

Una tercera taza pasó volando junto a su oreja y se estrelló contra el marco de madera de la puerta, haciéndose añicos.

Rona se detuvo en seco. Una mano le agarró el brazo.

Rona chilló cuando Maxwell la hizo girar y la estampó contra la pared.

No podía moverse. Los ojos de su padre podrían haberla fulminado.

Con el labio curvado en una mueca, Maxwell le apretó el brazo con más fuerza.

—No te atrevas, y digo que no te atrevas , a hablar de ella. No sabes nada de eso.

Rona lo miró boquiabierta y el labio inferior le tembló. Percibió movimiento en las escaleras, pero se negó a apartar la mirada de Maxwell ni por un instante.

—Vamos, Maxwell —suspiró Charity, con esa paciencia sufrida en la voz—. ¿Otra vez tirando cosas? ¿Y en mi casa? Creía que ya habíamos superado esto.

Rona contuvo la respiración mientras los ojos de su padre se apartaban de los suyos un instante.

Cuando sus miradas volvieron a cruzarse, una de las cejas oscuras de él se arqueó casi imperceptiblemente.

Rona soltó el aire de golpe y asintió levemente.

La tensión se desvaneció del rostro de Maxwell, y cuando se dio la vuelta, una sonrisa radiante ya le iluminaba la cara.

—Charity. Hemos preparado té. Espero que no te importe. Te necesito un momento antes de hablar con todos. Perdona el desastre. Lo limpiaremos —dijo Maxwell, saliendo a su encuentro en el último escalón.

Por el rabillo del ojo, Rona vio a Maxwell lanzarle una mirada sombría, y se quedó rígida.

Aparte de eso, no podía moverse. Sus ojos permanecieron fijos en los pedazos de cerámica esparcidos a sus pies.

Apenas registró el andar desigual de Charity mientras ella y Maxwell pasaban de largo.

Lo único real era el marco de la puerta clavándose en su espalda y el fantasma del agarre de Maxwell en su brazo.

Un brazo le rodeó los hombros, la guio hasta la sala de estar y la sentó en un sofá.

Rona se dejó llevar sin resistencia. Lo había olvidado, de alguna manera.

Las razones por las que nunca le replicaban a Maxwell volvieron a aflorar.

Se habían desvanecido de algún modo, perdidas entre todo el miedo de los últimos días.

Unos minutos después, alguien le puso un vaso de agua en las manos temblorosas.

¿Cuándo habían empezado a temblar? Alguien le había puesto una mano en el hombro, pero Rona solo podía concentrarse en las vetas de la madera de la mesa frente a ella.

Levantó la mano y se enjugó las lágrimas antes de que pudieran caerle.

—¿Qué ha pasado?

Simon. Rona levantó la vista al oír su voz. Estaba justo en el umbral de la sala de estar, a punto de dirigirse por el pasillo hacia la cocina.

—Una discusión familiar —dijo Flynn, sentado a su lado.

Flynn. Rona se volvió para mirarlo. Y en sus ojos marrones vio lástima. Bajó la mirada al suelo, y algo dentro de ella ardió de vergüenza.

—Las discusiones de los Blackmore son legendarias —dijo Simon, entrando en la sala en lugar de seguir hacia la cocina—. ¿Estás bien, Rona?

Rona asintió en silencio. Luego negó con la cabeza. El brazo le ardía ahora donde su padre —su propio padre— la había agarrado. Se llevó una mano a la boca y se mordió los nudillos, tratando de calmarse. La mano de Flynn se deslizó de su hombro. Calmarse antes de que Maxwell—

—Basta ya, Rona.

Rona se obligó a tragar saliva y contener las lágrimas.

Despejar la mirada y borrar cualquier expresión de su rostro.

Apretó los labios con fuerza y alzó la vista para encontrarse con la de su padre, que se apoyaba en la repisa de la chimenea.

Hailee entró en la habitación como una sombra y se sentó en silencio al otro lado de Rona.

—No encontré a Zoey —suspiró Maxwell.

Rona podría haberlo estrangulado. Toda la rabia de hacía un momento había desaparecido, sustituida por una pesadumbre que sonaba artificial.

—¿Dónde está? —preguntó Hailee, con los ojos marrones muy abiertos.

Maxwell tragó saliva.

—No lo sé. Ha desaparecido. Os prometo a todos que no dejaré de buscarla, y Flynn se quedará aquí para intentar localizarla. Por ahora, no hay nada que pueda hacer. No sé dónde está. Yo...

Charity avanzó un paso cojeando y le apoyó la mano en el antebrazo.

La sombra de una sonrisa cruzó los ojos de Maxwell.

Por el rabillo del ojo, Rona vio a Simon tensarse en su asiento, un músculo que se movía en algún lugar de la mandíbula.

Apareció y desapareció antes de que Rona estuviera segura de haberlo visto.

—¿Qué pasa, Maxwell? —preguntó Charity.

—Sé con quién está, pero eso solo me preocupa aún más.

—¿Maxwell? —preguntó Hailee con un hilo de voz. Se aclaró la garganta, pero cuando habló, la voz se le quebró—. ¿Quién?

Maxwell levantó la barbilla.

—Se llama Sascha Sarajevo. Es un criminal a sueldo, y es excepcional en lo que hace. Nuestra única opción es esperar a que Sarajevo mueva ficha y revele dónde están.

—¿Por qué no vas a por él ahora? —preguntó Hailee, mientras unas lágrimas le escapaban por las comisuras de los ojos.

Maxwell clavó la mirada en ella, y Rona vio cómo se le endurecían los ojos. Sé amable. Por favor, por el bien de Hailee, sé amable. Pero Rona sabía que no lo sería. Su padre era brutal en el mejor de los casos, salvaje en el peor.

—Creo que la matará si siente que lo están rastreando. Zoey no sería la persona más joven que ha matado. Para él sería solo un número más. No podemos presionarlo hasta que mueva ficha.

Rona quería levantarse de un salto, gritar, montar en cólera, chillar. No había necesidad de que dijera eso. Pero no se movió; el fantasma del agarre de su padre aún le palpitaba en el brazo.

—¿Qué hacemos mientras tanto? —preguntó Simon, que le puso una mano en el hombro a Hailee cuando ella se giró con el labio inferior tembloroso.

El labio de Maxwell se curvó un segundo, antes de que pudiera borrar la expresión.

—Me quedaré aquí una temporada. Esperaba que con solo trasladar a Rona y Hailee aquí estarían lo bastante seguras, pero ahora que Sarajevo está metido en esto, me temo que puede que me haya equivocado.

—¿Por qué? —preguntó Rona, con la voz mucho más débil y vacilante de lo que le habría gustado.

Maxwell ladeó la cabeza y miró a Charity, que se encogió de hombros.

—Tendrán que saberlo tarde o temprano —dijo ella.

Él cruzó los brazos tras dejar la taza de té sobre la repisa.

—Creo que Zoey ha sido secuestrada por una red de trata de personas como represalia por el trabajo que he estado haciendo en el extranjero. No puedo permitirme ser tan descuidado con vosotras dos.

Rona se quedó mirando a Maxwell. Notaba lo tenso que estaba Flynn a su lado, con los puños cerrados sobre los muslos y los nudillos blancos. Su expresión no era del todo descifrable, pero si Rona hubiera tenido que apostar, habría dicho que estaba furioso.