Capítulo 9
W aldkirch, Alemania. Un hotel cuyo nombre no había retenido.
La noche había pasado. Era de mañana. Bajó la toalla blanca que había usado para secarse el pelo.
Limpia. Olía levemente a lejía. Se la sostuvo frente al cuerpo y estudió su rostro en el espejo del hotel.
Demacrado. Parecía medio muerta. El cabello le colgaba lacio, apenas rozándole los hombros.
Sombras oscuras le marcaban la piel bajo los ojos.
Los pómulos se le marcaban prominentes. El corte en el lateral del labio había formado costra.
Se le heló la sangre solo de pensar en Bouncer. La última imagen que tenía de él era su cuerpo sin vida en aquella carretera desierta. Zoey tragó saliva. No podía pensar en eso. No debía. Enterrarlo. Reprimir los recuerdos hasta que estuviera lista para enfrentarse a ellos.
Se llevó una mano al muslo izquierdo. Un vendaje blanco, todavía ligeramente húmedo tras el cuidadoso enjuague que había conseguido darse, junto con un grueso acolchado de gasa, seguía envuelto firmemente alrededor de la pierna.
Debajo de esa capa, las tiras adhesivas de aproximación le mantenían la piel unida.
La herida era un recordatorio espeluznante de la noche anterior. Una bala perdida de la pistola de Bouncer le había rozado la parte superior del muslo izquierdo durante el accidente. Había tenido suerte. Podría haber sido peor.
Inspiró bruscamente y apartó la mirada del espejo, volviéndose hacia la pequeña ventana del baño.
A través del cristal podía ver el mundo exterior.
Las vacas mugían en los pastos de las colinas cercanas.
Montañas cubiertas de árboles enmarcaban el pueblo.
Verde. Todo era tan verde. Rebosante de vida. La paz parecía flotar sobre el pueblo.
La noche anterior solo había podido ver lo que las farolas iluminaban, pero por primera vez en lo que parecía una eternidad, sabía vagamente dónde estaba.
La mañana revelaba una ciudad antigua, de tejados rojos y piedra.
Había algo tranquilizador, quizás casi inquietante, en la paz del pueblo.
Como si no fuera real y nunca pudiera serlo.
Una quietud impregnaba el aire. Incluso el canto de los pájaros madrugadores parecía distante.
Zoey respiró y se aferró a la toalla que sostenía, sin apartar la mirada de la ventana.
Las fibras le resultaban ásperas contra la piel.
Eso era real. El campanario de una iglesia se elevaba sobre tejados rojos y piedras color crema.
Ninguna estructura se alzaba más que él. Eso era real.
Zoey respiró, dejó la toalla sobre la encimera y se aferró al lavabo de porcelana.
Lo notaba frío bajo las manos. Ella era real, y estaba viva.
Sascha había aparecido. De alguna manera.
Como una especie de intervención divina.
La pesadilla con Groper y Bouncer había terminado.
Unos cuantos mirlos cruzaron el cielo azul. Más vacas mugían a lo lejos.
Zoey levantó la cabeza, evitando mirarse a los ojos en el espejo.
Este era el lugar donde Sascha había decidido parar la noche anterior.
Por qué precisamente aquí, no lo sabía. Y no había preguntado.
Anoche no había sido el momento adecuado.
Acababan de arrancarla de las garras de Groper y Bouncer, la habían convencido de subir al coche de Sascha y se la habían llevado de allí.
Después de un rato en la carretera —Zoey no había llevado la cuenta de cuánto tiempo habían conducido—, Sascha le había curado la pierna en un arcén a oscuras, pero después de eso habían vuelto a ponerse en marcha.
Ahora, sin embargo, estaban en un extraño estado de parálisis.
Zoey tenía a la vez demasiado y muy poco que decirle, eso lo sabía.
El aire estaba tenso. Espeso. Incómodo. Como si ninguno supiera qué decirle al otro.
Ella desde luego no sabía qué decirle. Tenía más preguntas que respuestas, y ni idea de por dónde empezar.
Zoey tragó saliva y volvió a vestirse. La ropa estaba sucia.
La llevaba puesta desde el sábado por la mañana, había viajado con ella y había sangrado abundantemente sobre ella.
Se miró los vaqueros negros. Un gran desgarro había partido una de las perneras.
Los vendajes blancos asomaban por debajo.
Podía oler la sangre impregnada en la tela.
Le revolvía el estómago. Apartar la mirada.
Tenía que hacerlo. Zoey alzó la barbilla y volvió a mirarse en el espejo.
Se alisó la camisa. Era un desastre. Echaba de menos la ropa limpia, sus propias cosas...
pero más que eso, echaba de menos a su gente.
A su Rona, a su Hailee. Incluso Hereford, lo echaba de menos.
Su hogar. Pero quedarse aquí añorándolos no la llevaría a ninguna parte.
Zoey respiró hondo para calmarse y abrió la puerta del baño.
Sascha yacía en el centro de la cama más cercana a la puerta.
Exactamente donde estaba cuando Zoey se había refugiado en el baño.
En la última hora no se había movido ni un centímetro.
Seguía con las manos cruzadas sobre el abdomen.
Los tobillos, cruzados también. Solo el subir y bajar de su pecho indicaba que seguía vivo.
Zoey cruzó los brazos y se apoyó en el marco de la puerta del baño.
Lo estudió. Era alto y corpulento. Hombros anchos y piernas largas.
Emanaba una tranquila sensación de poder.
Había en él una agudeza que le confería un aire anguloso.
El cabello rubio le caía hacia atrás, acentuando la nitidez de su perfil.
Había tanto que quería, que necesitaba, preguntarle.
Pero ¿cómo podía formular sus preguntas?
¿Por dónde empezaba? ¿Sascha siquiera le respondería?
Cruzó los brazos con más fuerza. Solo había una manera de averiguarlo.
Se aclaró la garganta.
—¿Vas a decirme qué está pasando?
Una pausa. Zoey ladeó la cabeza y miró hacia la puerta. ¿Estaba Sascha dormido? Cambió el peso de un pie a otro. Unos segundos más. Sin reacción. La puerta de la habitación no quedaba lejos. Unos nueve metros, quizá. Dio un paso hacia ella. Una tabla del suelo crujió bajo su pie.
—¿Estás segura de que quieres hacer eso?
Zoey tragó saliva y miró a Sascha. No se había movido.
Ni siquiera había abierto los ojos. Inspiró con un temblor.
No había habido agresión en su tono, ni siquiera un desafío...
pero no tenía por qué haberlo. Si estos últimos días le habían enseñado algo, era que no hacía falta ira ni agresión en el tono de alguien para que hiciera algo indecible.
Un escalofrío le recorrió la espalda de nuevo al pensar en las palabras de Erik en el aeropuerto.
—¿Eres adivino o algo así? —preguntó, luchando por controlar la voz.
Un puño frío de miedo se le asentó en el pecho; no estaba segura de si alguna vez se había ido.
Una comisura de la boca se le curvó hacia arriba, los ojos todavía cerrados.
—Entiendo bien a las personas. Por lo general puedo predecir lo que alguien va a hacer a continuación.
—Pues yo no. Así que te lo preguntaré otra vez: ¿vas a decirme qué está pasando? Porque estoy...
Zoey se detuvo.
Notaba cómo se le cerraba la garganta por las lágrimas contenidas. No debía llorar. No aquí. No delante de él. No podía mostrarle ninguna debilidad. Calmarse.
Tragó saliva e inspiró con calma.
—Estoy un poco confundida.
Los ojos se abrieron de golpe. Azules. Ese mismo azul penetrante que había cautivado a Zoey la primera vez que lo conoció. Le sostuvo la mirada a Sascha con toda la firmeza que pudo. Aquella intensidad la hacía sentirse tan al límite como la noche anterior.
—Me sorprendería que no lo estuvieras —dijo Sascha.
Descruzó las piernas y se incorporó a medias, apoyándose en los codos. No era precisamente una posición amenazante, pero Zoey tuvo que resistir el impulso de retroceder hacia el baño.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella.
—Necesitabas ayuda.
—Sí.
—Te ayudé.
—Sí.
Sascha se puso de pie. Zoey levantó la barbilla y echó los hombros hacia atrás. Él era mucho más alto, más musculoso que ella. No le cabía duda de que podría dominarla si quisiera, pero esta vez no pensaba caer sin luchar. Se plantó, afirmándose sobre los pies con toda la firmeza que pudo.
Él levantó las manos, mostrando las palmas abiertas.
—No estoy aquí para hacerte daño.
Zoey entrecerró los ojos y apretó la mandíbula. Relajarse no entraba en sus planes.
—¿Cómo puedo saberlo? ¿Por qué debería confiar en ti?
Sascha suspiró quedamente, y Zoey parpadeó, confundida.
Las manos de él volvieron a caer a los costados.
Zoey observó el espacio entre ellos. Incluso si no hubiera estado herida, sabía que él podría salvar la distancia mucho más rápido de lo que ella podría esquivarlo.
Con la lesión que tenía... un tropezón y estaría acabada.
Se puso rígida cuando él inclinó la cabeza hacia un lado.
—Zoey, si estuviera aquí para matarte, lo habría hecho anoche.
Un escalofrío de horror le recorrió el cuerpo, y apartó la mirada bruscamente, aunque sin perderlo de vista. ¿La habría matado anoche?
—No apartes la mirada así. Es verdad, y no pienso mentirte sobre lo que te ha pasado. Quieres respuestas. Te las daré, te guste o no lo que tenga que decir.
Zoey respiró hondo y volvió a mirarlo.
—Entonces, ¿qué quieres tú de mí? ¿Qué va a pasar ahora? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién eres tú? O sea, solo sé tu nombre. Nada más.
Sascha levantó una mano. Zoey se encogió instintivamente y lo observó con recelo, pero se relajó un poco cuando él hizo un gesto tranquilizador.