Máscaras en la sala de juntas (La Bratva Multimillonario 2) 48 Cass
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A la mañana siguiente, me despiertan y me asignan la tarea de la lavandería.

No es lo peor del mundo. Por lo menos es una tarea mecánica y que no requiere pensar.

Casi meditativa, por así decirlo. De entre todos los trabajos de la cárcel, muchos de los cuales tienen que ver con retretes atascados, este es el que las chicas del yoga y el matcha se disputarían con sus uñas bien cuidadas y dientes.

No es que haya muchas de ese tipo por aquí.

No dejan de mirarme de forma extraña y de soltar risitas ahogadas.

Una mujer incluso se ríe a carcajadas en mi cara y exclama—: ¡Al fin y al cabo debe de haber algo de justicia en el universo, porque nunca en mi vida había visto a una zorra rica y estirada como tú encerrada en un sitio como este!

Parece genuinamente encantada de verme. Me alegro de poder devolverle la fe en la retribución kármica.

En fin, ropa sucia. Podría ser peor. Me ayuda a no pensar en problemas más graves, como el bebé que llevo en el vientre y que quizá nazca en cautividad, o el cabrón de ojos azules que me prometió el oro y el moro y, en cambio, me ha conseguido una celda.

Estoy metida hasta los codos en un cesto de ropa de color caqui cuando una guardia se acerca al final de mi fila.

Es bajita y robusta, y lleva el pelo recogido en una trenza francesa tan apretada que parece soportar todo su peso.

Me preocupa de verdad la tensión que debe de sufrir la piel de su cuero cabelludo.

La etiqueta con su nombre en el pecho dice COLLINS.

—Snyder. Ven conmigo.

Dejo caer el fardo que estaba clasificando. —¿He hecho algo mal?

—No hagas preguntas, reclusa. Solo muévete.

Me seco las manos en la parte delantera de mi bata y me pongo detrás de ella. La mujer que me llamó zorra estirada me observa alejarme con una extraña mirada de lástima en los ojos.

No me gusta eso.

No me gusta nada.

Collins camina rápido, así que tengo que trotar para seguirle el ritmo.

Pasamos por el primer control sin que nadie nos mire, lo cual es extraño, porque, según mi breve experiencia aquí, los guardias de los controles miran todo.

Collins pasa una tarjeta por el lector, la cerradura suena y ya hemos pasado.

—¿Abogado? —me atrevo a preguntar, porque no puedo evitarlo.

—¿No te acabo de decir que no hagas preguntas?

El pasillo es más silencioso por este lado, con menos de esa energía enfadada y reprimida en el aire. Incluso las luces parecen hacer menos ruido que en el lugar de donde vengo.

Pero no es un silencio agradable. De hecho, el zumbido de ansiedad en mis oídos parece hacerse más fuerte para compensar esa inquietante quietud.

Intento acallarlo lo mejor que puedo. Me digo a mí misma: Cassandra, no seas una puta idiota. Hay un montón de razones por las que una guardia podría acompañarte por la cárcel. Quizá incluso algunas buenas razones.

Está claro que soy nueva en todo este juego, pero aun así las voy enumerando en mi cabeza: un abogado.

Un médico. Un responsable de disciplina.

Un interrogatorio a una rata. Quizá un reconocimiento médico sorpresa para el bebé.

Quizá la enfermera que me hizo el reconocimiento inicial llamó a alguien.

Y tal vez incluso…

Pero no. Ni se te ocurra pensar en eso. Tener esperanzas es lo más peligroso que puedes hacer aquí dentro. Mejor ni siquiera empezar.

Y, sin embargo, no puedo evitarlo. Cierro los ojos y evoco una imagen.

Ojos azules que emergen de la oscuridad. Piel pálida, barba incipiente oscura.

Es él.

No me permito decir su nombre ni siquiera en mi cabeza, porque la última vez que lo hice estaba tumbada en el colchón de la habitación de invitados lista para visitar el país de los sueños, gracias a ese medio miligramo de zolpidem, y el transporte no fue precisamente lo que esperaba.

Fue más bien una situación al estilo de la pata de mono.

Desear a Mat me trajo al interior de este lúgubre centro de detención de paredes grises.

Además, él también está metido en líos. Le han pagado la fianza, así que ¿por qué demonios volvería a meterse en una cárcel?

No, simplemente no puede ser él. Es una tontería tener esperanzas.

Aunque, si es él, estoy lista para darle una buena paliza. He dado un montón de discursos en el día y medio que llevo aquí, sobre todo a la pared encima de mi catre. La mayoría tratan de que nunca lo voy a perdonar. Son bastante convincentes, si me permito decirlo.

Pero en algún punto entre el tercer y el cuarto control, una puerta en mi cabeza que he estado manteniendo cerrada con ambas manos se abre de par en par, y de ahí salen a borbotones todos los deseos egoístas que he estado fingiendo no tener.

Por favor, que sea él. Por favor, que sea él. Por favor, por favor, por favor, que sea él.

Te perdonaré cualquier cosa si vienes.

Solo tienes que estar al otro lado de esa puerta.

Collins nos abre paso por un pasillo corto y estrecho que nunca había visto, con puertas a ambos lados a intervalos irregulares, como un hotel al que se le han ido añadiendo ampliaciones demasiadas veces.

Algunas de las puertas tienen pequeños números de latón, pero la mayoría no. Una de ellas, cerca del final, tiene una tarjeta insertada en una ranura en la que se lee: OCUPADO.

Collins se detiene delante de ella. —Llegamos.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Ella se limita a gruñir y pasa su tarjeta por el terminal. La cerradura se abre con un golpe sordo, liberando el pomo. La abre y me hace un gesto para que entre.

La miro una vez más. Su rostro está tenso e inexpresivo. Ha tenido años para aprender a mantenerlo impasible y ya no queda ni rastro de compasión. No voy a sacarle más respuestas, eso es seguro.

No es, en absoluto, mi amiga.

Ya no me queda ninguno de esos.

Así que, tras tragar saliva para armarme de valor, me doy la vuelta y entro, atrapada a medio camino entre la esperanza y el horror.

Esta no es una sala de abogados; esas tienen mesas y sillas, son espacios de trabajo, lugares para mantener conversaciones serias.

Esta es una sala de visitas conyugales.

Contra una pared hay una cama de matrimonio, con una colcha de poliéster granate tan bien estirada que se podría hacer rebotar una moneda de veinticinco céntimos sobre ella.

Junto a ella hay una mesita de noche de laminado y, en la esquina, una silla individual tapizada en tweed gris azulado industrial.

En esa silla, con un tobillo y las manos cruzadas sobre la rodilla, está sentado el senador Josiah DeMaris.

El traje le queda muy bien. Es un elegante traje azul marino con una corbata roja anudada bajo la nuez, en un perfecto nudo medio Windsor con hoyuelo.

Muy presidencial. Su cabello entrecano está recién cortado, y se ha afeitado a fondo la barbilla y las mejillas.

Huele levemente a la colonia que llevó en la boda de su hija.

Me sonríe con amabilidad. —Me alegro de verte, Cassandra.

La puerta se cierra con un clic a mis espaldas. Oigo el pitido de la tarjeta magnética de Collins y el golpe seco del pestillo al encajar en el marco. Estoy encerrada.

—¿Por qué no te sientas, cariño? —Me indica el borde de la cama con un gesto—. Vamos a charlar un rato, tú y yo.

Por razones obvias, no tengo ninguna intención de sentarme en la cama.

Si la cama es donde él quiere que esté, es el último lugar del mundo al que quiero ir.

He tenido cuatro años para sacarme la licenciatura en qué pasa cuando hombres como este dan órdenes relacionadas con la cama, y digamos que me gradué con matrícula de honor.

En lugar de eso, me preparo para la guerra.

Los gritos en mi cabeza se desvanecen poco a poco. Aplico una nueva capa de laca emocional sobre todas mis partes más sensibles.

Mamá, le digo al bebé, va a echarse una siesta. Mamá necesita ser la otra por un momento. La mala, la violenta. La que vio cómo enterraban a su hermana en un ataúd cerrado y juró allí mismo que mataría al hombre que lo había hecho, aunque fuera lo último que hiciera en su vida.

Dejo que mis labios se curven en una sonrisa con colmillos. —Senador —ronroneo—, tendrá que perdonarme por no haberme arreglado. No me dijeron que tuviera una visita masculina.

Él se ríe. —Oh, cariño —dice—, me caes muy bien. Es una pena lo que tiene que pasar a continuación.