Máscaras en la sala de juntas (La Bratva Multimillonario 2) 14 Cass
26%

14 Cass

CASS

Raymond ronca a mi lado, con la boca abierta, y los mechones blancos de su bigote se agitan con cada exhalación nauseabunda. Huele a eructos, whisky y sudor, una mezcla agria que he llegado a asociar con su particular tipo de resaca.

Anoche no probé ni una gota de alcohol, pero me siento tan aturdida y desorientada como si hubiera estado bebiendo chupitos sin parar durante horas.

Todo está fuera de lugar. Las sábanas dan demasiado calor.

El edredón pesa demasiado. La luz que se cuela por la rendija equivocada de las cortinas me da de lleno en el ojo, mi vejiga está a punto de estallar y mi estómago da vueltas lentas y nauseabundas, una y otra vez, como una noria que está a punto de salirse de sus goznes y caer rodando por el campo en cualquier momento, dejando a su paso el caos y la desolación.

Me quedo muy quieta y hago mi balance matutino.

¿Estoy embarazada? Sí.

¿Estoy casada con un monstruo? Sí.

¿Tengo ahora una alianza secreta con un asesino ruso para matar a dicho monstruo? También sí.

Va a ser un año de infarto.

Saco una pierna de debajo de las sábanas, luego la otra, y me incorporo poco a poco, con cuidado, intentando no hacer ruido.

Raymond gruñe y me quedo paralizada. Luego resopla, gime y se da la vuelta sobre la espalda antes de volver a roncar con un tono ligeramente más agudo y un volumen considerablemente más alto.

No me muevo hasta estar segura de que se ha vuelto a quedar dormido. Solo entonces me dirijo de puntillas al baño.

Cierro la puerta tras de mí y la echo el cerrojo; luego me siento en el inodoro y me cubro la cara con las manos.

Lo de anoche pasó. Anoche, de verdad, sin lugar a duda, sin posibilidad de dar marcha atrás, pasó de verdad. No dejo de revivir el apretón de manos en el armario, con los ojos de Matvei brillando de un azul intenso en la oscuridad.

Vamos a matar a mi marido.

Aparto las manos de la cara y las miro, convencida de que encontraré algún indicio de lo que he hecho. Curiosamente, no me tiemblan. ¿No es increíble?

Hace un mes, no podía servirme zumo de naranja sin derramarlo por toda la encimera de los nervios, y ahora, aquí estoy, tranquila como un pepino zen, tramando un asesinato antes del desayuno.

Quizá, después de todo, esté hecha para esto.

O quizá solo esté disociándome.

Tiro de la cisterna solo para que todo parezca normal por si Raymond está escuchando, me lavo las manos dos veces, me echo agua fría en la cara y me la seco con palmaditas.

Dios mío, qué mal aspecto tengo. El rímel corrido que se me escapó anoche al desmaquillarme antes de acostarme se mezcla con un moratón que ninguna toallita desmaquillante puede eliminar.

Al menos mi barriga sigue plana. Lo suficientemente plana, al menos.

Por ahora.

Me pongo la palma de la mano sobre el estómago, muy suavemente, y susurro—: Seis semanas, pequeño. Aguanta. Mantente delgadito. Mamá te lo suplica.

Luego me pongo la bata y voy a preparar café para dos, a la taza de Raymond le echo un buen chorro de Kahlúa, el remedio para la resaca, porque eso es lo que hacen las buenas esposas la mañana de Año Nuevo.

Raymond se arrastra fuera de la cama sobre las diez. Lo oigo antes de verlo: el gemido largo y teatral, el arrastrar de pies de Frankenstein por el pasillo, el sonido húmedo y chasqueante que hace con la boca cuando se despierta deshidratado.

Aparece en la puerta de la cocina con un pijama de seda granate a juego y entrecierra los ojos ante la luz como si esta le ofendiera personalmente. —Dios mío.

—Buenos días…

—No grites.

No estaba gritando. De hecho, apenas susurré. Pero me limito a sonreír y le empujo la taza de café por la isla de la cocina hacia él.

Coge la taza sin mirarme ni darme las gracias y da un largo sorbo. Luego se deja caer en un taburete de la isla y se frota las sienes con la mano libre.

—¿Has bebido demasiado? —le pregunto.

Gruñe—: Ya basta con la puta Inquisición. Haz algo útil, mujer, y mete un poco de pan en la tostadora.

Sin dejar de lucir mi sonrisa de mil vatios, pongo a tostar dos rebanadas de pan de masa madre.

Luego le doy la espalda para poder dejar que mi cara haga lo que quiera por un segundo.

En cuanto dejo de actuar para Raymond, las comisuras de mi boca caen hacia abajo y mis párpados siguen la misma dirección.

Mi mano quiere volver a deslizarse hacia mi vientre, pero no me atrevo a llegar tan lejos.

Aun así, sería tan agradable, solo tocarlo, para confirmar que…

—Cassandra

—¿Sí, cariño? —Rápidamente recompongo mi expresión.

—Ven, siéntate.

Le sirvo la tostada, se la llevo y me siento en el taburete a su lado. No frente a él, con una buena barrera entre nosotros, sino a su lado, como a él le gusta, para que pueda ponerme la mano en el muslo cuando le apetezca sin tener que estirarse.

Por suerte, no lo hace. Todavía no. Está demasiado resacoso para eso. Gracias a Dios.

Tampoco habla de inmediato. Se limita a masticar ruidosamente su tostada, esparciendo migas por todas partes, y sorbe el café de forma tan descuidada que le empapa la barba y tiñe las puntas rizadas de su bigote de un marrón turbio.

—Bueno —dice al fin—, he estado pensando.

No puedo evitar murmurar entre dientes—: Espero que no te hayas hecho daño en el intento. Mantengo la voz deliberadamente baja e ininteligible para que sea imposible descifrarla.

¿Es inteligente jugar así con fuego? No, pero son las pequeñas cosas las que me ayudan a pasar el día. Sin ellas, la vida apenas merece la pena, ¿no?

Raymond me lanza una mirada de reojo. Pongo cara de indiferencia y atención, como si no hubiera dicho nada. Decide que no le importa lo suficiente como para hacerme repetir lo que he dicho y vuelve a su gran revelación.

—El mes que viene —anuncia—, te llevaré al extranjero.

Me quedo paralizada. —Ah, ¿sí?

—Nos vamos a las Islas Caimán. Unos días al sol te vendrán bien; estás terriblemente pálida. Y tengo unos amigos que quieren conocerte.

Me cuesta más que nunca mantener la compostura. —Mm. ¿Alguien de quien haya oído hablar?

—No —Arranca una esquina de su tostada—.

Y no necesitas saber absolutamente nada; no estaba invitando a que me hicieras preguntas.

Solo tienes que estar guapa, callarte y dejarme hablar a mí.

Igual que anoche. Lo hiciste bien anoche.

En general —Frunce el ceño y añade—: Excepto cuando te alejaste. Eso no me gustó.

—Ya te lo dije, la cola para el…

—Ya sé lo que me dijiste. —Traga saliva ruidosamente mientras un enorme trozo de tostada empapada en café se desliza por su esófago—. No lo vuelvas a hacer.

—No lo haré.

—Buena chica.

Todo lo que no he comido esta mañana amenaza con volver a salir. Lo trago a duras penas con fuerza de voluntad y le sonrío por encima del borde de mi taza.

Me lanza una mirada curiosa, y me pregunto si se me habrá escapado algo sin querer, alguna intención sutil, un indicio de todas las cosas que tanto deseo hacerle.

Pero entonces su mirada se desvía hacia mi bata, hacia la línea de mi clavícula, donde se ha dejado entrever el escote justo lo necesario para distraerlo de cualquier interrogatorio que estuviera a punto de lanzarme.

Me preparo para lo que sé que está por venir.

Efectivamente, un segundo después, esa mano pesada se posa sobre mi muslo con una palmada contundente. Solo la fina seda de mi bata impide el contacto piel con piel que tanto temo. Tengo que luchar contra cada músculo de mi cuerpo para no apartarme de un sobresalto.

—¿Sabes? —reflexiona, masticando con la boca abierta—, hace tiempo que no lo hacemos.

Me quedo completamente inmóvil, como un conejo sorprendido al alejarse demasiado de la espesura.

—Un hombre tiene necesidades, Cassandra —Su mano se desliza más arriba—. Vuelve a la cama, ¿por qué no?

—Ray, yo…

—En realidad no era una pregunta.

Deja la taza sobre la mesa con un golpe seco que deja claro que ya lo ha decidido por los dos.

Su mano se ha deslizado hasta mi cadera, con los dedos trepando cada vez más arriba, y se inclina tanto hacia mí que puedo oler el Kahlúa en su aliento mezclado con los eructos, el olor a sudor y cualquier otra cosa asquerosa que se haya acumulado en su lengua durante la noche.

Pienso más rápido de lo que jamás he pensado en mi vida. —Raymond, yo… yo… tengo la regla.

Su mano deja de moverse.

—De hecho, me vino anoche. Justo después de llegar a casa. Por eso me fui a la cama tan rápido —Frunzo los labios en una mueca pequeña y contrita—. No quería estropearte la velada.

Retira la mano de mi muslo como si le hubiera quemado. —Dios mío.

—Lo siento, cariño.

—No quiero tus putas disculpas —Empuja el taburete hacia atrás, alejándolo de la isla, con un chirrido que me pone los dientes de punta—. Joder. Te dije que empezaras a llevar un control de eso en el móvil. Te lo he dicho cien veces. No quiero sorpresas.

—Lo sé. Tienes razón, claro. Lo haré. Me descargaré la aplicación hoy mismo.

—Asegúrate de hacerlo.

Se levanta, tambaleándose un poco, y agarra su taza de café de la encimera. Se derrama una gota sobre el mármol, pero no la limpia, porque Raymond Snyder nunca ha limpiado ni una sola gota de nada en toda su vida. Para eso están las esposas.

—Me voy a duchar —anuncia, como si yo se lo hubiera pedido—. No me molestes.

—No lo haré.

—Y ponte algo que no sea esa bata espantosa. Con ella puesta pareces un esqueleto.

—Sí, cariño.

Sale arrastrando los pies de la cocina, murmurando entre dientes algo sobre una puta sincronización, inútil y algunas otras palabras que no me molesto en descifrar. Entiendo la idea general; no es nada que no haya oído mil veces antes.

En cuanto oigo cerrarse la puerta del dormitorio al final del pasillo, suelto un suspiro silbante y asustado.

Mi mano por fin se desliza hasta mi vientre. Solo un segundo. Solo un pequeño segundo robado.

Mientras sea un secreto.

Mientras sea seguro.

Así que, por si quedaba alguna duda por aclarar, ahora está claro que Matvei no estaba fanfarroneando. Todo lo que me contó anoche en ese armario es real, y todo eso está pasando.

Sin ningún motivo en particular, mi mente vuelve a la primera vez que Raymond me pegó.

Llevábamos un mes casados y se me había quemado un asado.

Llegó a casa, olió el olor a quemado desde el recibidor, irrumpió en la cocina y me abofeteó tan fuerte que me mordí la lengua y empecé a sangrar por todo el suelo de baldosas.

Después me dijo que me limpiara y salimos a comer sushi. Me cogió de la mano al otro lado de la mesa y me dijo que me amaba, que lo sentía y que nunca volvería a pasar.

Hasta este preciso momento, no me había permitido darme cuenta del todo de lo que es en realidad. Siempre supe que era un hombre malo, no, mejor dicho, malvado, pero ni siquiera en mis peores pesadillas lo habría imaginado así.

Un hombre violento que mató a mi hermana ya es lo suficientemente horrible.

¿El jefe de una auténtica organización criminal? Eso es infinitamente peor.

Cuando me comprometí por primera vez con esta misión de venganza en el funeral de Giana, pensé que todo acabaría pronto. Si me hubieras dicho entonces que su asesino seguiría vivo cinco años después, no te habría creído y, además, te habría mandado al puto infierno.

Sin embargo, no solo sigue vivo, y no solo su muerte está resultando más complicada que nunca, sino que además me he visto más comprometida de lo que jamás había planeado.

Matvei es mi única salida. Si no cumple sus promesas… estoy, por decirlo sin rodeos, jodida.

Te retendrán y te utilizarán como moneda de cambio… O algo peor.

Una rehén de una oscura organización criminal, en un país donde la ley es lo que diga el hombre más rico de la sala… Una rehén embarazada, nada menos…

Hubo un tiempo, antes de esa doble línea rosa, en el que solía pensar que, si solo fuera mi vida la que estuviera en peligro, podría permitirme ser imprudente.

Podría lanzarme a todo esto con las dos manos y no importarme si me arrancaban los dedos de un mordisco.

Le había jurado a Giana, ante su ataúd cerrado, que lo atraparía, y lo decía en serio; y si moría en el intento, bueno, la vería al otro lado y tendríamos una buena y larga charla al respecto.

Sigo sintiéndome así respecto a mi vida, en gran parte. Que mi vida se vaya al traste. Vale. Lo he aceptado.

Pero ya no se trata solo de mi vida.

Hay una persona ahí dentro. Una persona diminuta, del tamaño de un arándano, que no se ha apuntado a nada de esto y que ahora mismo comparte mi torrente sanguíneo con cuatro años de cortisol.

Dentro de seis semanas, esa frutita diminuta estará en un avión rumbo a las Islas Caimán, el equipaje de mano oculto dentro de una mujer a la que están conduciendo a una habitación llena de hombres que no dudarían en meterle una bala si eso les acercara un centímetro a lo que sea que quieran.

Oigo el tintineo y el gorgoteo de las tuberías sobre mi cabeza cuando Raymond empieza a ducharse. Un momento después se oye la descarga del inodoro. Su realidad biológica sigue tan inalterable como siempre. Es un hombre, solo un hombre, blando, con resaca y vulnerable.

Y sin embargo.

Y sin embargo.

Sé hasta la médula de mis huesos de lo que es capaz. Si subo a ese avión, no voy a bajar de él. No de verdad. No como yo. Quizá mi cuerpo vuelva a casa al JFK, pero el resto de mí, y esa cosita que hay dentro de mí, no lo hará.

Un cabrón de ojos azules es lo único que marca la diferencia entre cuál de esos destinos se hará realidad.

No me siento mal por lo mucho que tengo que confiar en Matvei. Ni siquiera tengo miedo. Siento algo mucho más cruel y mucho más constante que eso, algo que no había sentido desde que me incliné sobre el ataúd de Giana e hice mi promesa ante la tapa cerrada.

Siento rabia.

Resulta que la mamá osa tiene dientes. Y ahora tiene un amigo.

¿Será eso suficiente?