Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2)
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1
Wendy
—Wendy, quiero que nos demos un tiempo.
Parpadeo.
Una vez.
Dos.
Después miro a Ray esperando que añada algo que consiga que esas siete palabras tengan un poco más de sentido.
No lo hace.
Estamos sentados en el sofá del apartamento que compartimos desde hace casi cuatro años. Hace apenas unos minutos le he contado que el dueño del restaurante donde trabajo ha decidido cerrar a final de mes.
Esperaba comprensión.
Ánimo.
Un «seguro que encontrarás otra cosa, cariño».
Desde luego, lo último que esperaba era que mi novio aprovechara el momento para poner nuestra relación en pausa.
—¿Qué?
Ray se pasa una mano por el pelo.
—Necesito pensar.
—¿Pensar en qué?
—En nosotros. En lo que quiero. Últimamente siento que no sé qué quiero, Wendy.
Lo miro fijamente.
—Llevamos casi siete años juntos.
—Lo sé.
—Pues me parece un poco tarde para no saber si quieres estar conmigo.
Ray cierra los ojos un instante y sé que el comentario le ha dolido.
Bien.
A mí tampoco me está encantando esta conversación.
Me levanto del sofá porque necesito moverme. Hacer algo. Cualquier cosa que no sea quedarme sentada a su lado mientras intento comprender cómo he pasado de perder mi trabajo a quizá perder también a mi novio en aproximadamente quince minutos.
Tiene que ser algún tipo de récord.
—¿Hay otra persona?
—No.
La respuesta es inmediata.
Me giro hacia él.
—¿Seguro?
—Claro que estoy seguro. No tiene nada que ver con nadie más.
No sé si eso consigue que me sienta mejor.
Creo que no.
Si hubiera otra mujer podría enfadarme. Podría llamarlo cabrón, tirarle algo a la cabeza y pasar los próximos seis meses contándole a todo el mundo que mi ex me engañó después de siete años juntos.
Esto es mucho peor.
Porque Ray está sentado en nuestro sofá con cara de sentirse fatal y yo ni siquiera sé exactamente contra qué estoy peleando.
—Entonces no lo entiendo.
—Yo tampoco. Ese es el problema.
Se levanta y da un par de pasos hacia mí, pero se detiene antes de tocarme.
—Llevo un tiempo sintiéndome raro. No sé si el problema somos nosotros o si simplemente me he perdido un poco después de tantos años haciendo la misma vida. Necesito tiempo para aclararme.
Eso sí duele.
Porque, aunque me duela admitirlo, una parte de mí entiende a qué se refiere.
Últimamente nuestra relación se ha convertido en una sucesión de rutinas tan perfectamente organizadas que podría escribirlas en un calendario.
Trabajo, casa, cena, alguna serie antes de dormir.
Los viernes pedimos comida. Los sábados intentamos hacer algo juntos.
Cada pocos meses hablamos de algún viaje que terminamos posponiendo.
No somos infelices.
Al menos yo no creía que lo fuéramos.
Pero quizá llevar tanto tiempo sin estar mal me ha impedido preguntarme si de verdad estábamos bien.
—¿Y qué significa «darnos un tiempo»?
—Que necesito unos días para pensar.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
Suelto una risa sin humor.
—Fantástico. Me encanta lo concreto que está siendo todo.
—Wendy...
—No, tranquilo. Esta mañana tenía novio y trabajo y ahora resulta que dentro de unas semanas quizá no tenga ninguna de las dos cosas. Entenderás que necesite un momento para actualizar mi planificación.
—No quiero hacerte daño.
—Pues esa parte no te está saliendo especialmente bien.
Ray baja la mirada.
Inmediatamente me siento mal.
Y eso me cabrea todavía más.
Porque sigue siendo Ray. Mi Ray. Aunque ahora mismo no tenga ni idea de qué significa eso.
—Esta noche voy a dormir en casa de David —dice al cabo de unos segundos—. Creo que nos vendrá bien tener un poco de espacio.
David es uno de sus compañeros de trabajo.
Trago saliva, con el corazón atragantado en la garganta.
—Vale.
—Cogeré algunas cosas.
—Vale.
Finalmente desaparece por el pasillo.
Yo me quedo de pie en mitad del salón.
Escucho cómo abre el armario de nuestra habitación. Un cajón. Otro. Después el sonido de una cremallera.
Y de repente todo se vuelve demasiado real.
Cuando regresa lleva una mochila y una bolsa de deporte.
Se detiene delante de mí.
—Te llamaré.
Asiento.
Esta vez sí se acerca y parece que va a besarme, pero finalmente solo me aprieta el brazo antes de dirigirse hacia la puerta.
No intento detenerlo, la puerta se cierra y me quedo sola en el apartamento. Miro alrededor.
Su chaqueta sigue colgada detrás de una silla. Sus zapatillas están junto a la entrada. Esta mañana dejó una taza en el fregadero y su cargador continúa enchufado al lado del sofá.
Todas sus cosas siguen aquí.
Toda nuestra vida sigue aquí.
Así que supongo que eso debería tranquilizarme, pero no lo hace.
Hace que tenga todavía menos claro si mi novio acaba de pedirme unos días para pensar o si acabo de presenciar el principio de una ruptura que él todavía no se atreve a llamar por su nombre.
***
Horas más tarde, decido llamar a mi mejor amiga.
Mila vive en California desde hace un año, desde que conoció a Nash, se enamoró perdidamente de él y decidió cambiar Nueva York por el resort de lujo de un pueblito llamado Golden Cove.
Ahora están prometidos y, aunque me alegro muchísimo por ella, hay días en los que todavía no me acostumbro a tenerla a casi cinco mil kilómetros de distancia.
La echo de menos.
Joder, cómo la echo de menos.
Y esta noche más que nunca.
He pasado las últimas horas haciendo exactamente lo que no hay que hacer cuando tu novio de casi siete años te pide tiempo: llorar, dejar de llorar, volver a llorar, mirar fotografías antiguas y analizar conversaciones de hace seis meses en busca de señales que, evidentemente, ahora me parecen clarísimas.
También he abierto una botella de vino.
Eso último sí me ha parecido una decisión bastante sensata.
Estoy tumbada en el sofá, con una manta cubriéndome las piernas y una copa medio vacía sobre la mesa, cuando cojo el móvil y busco el nombre de Mila.
Durante un instante me quedo mirando la pantalla.
En California son tres horas menos y probablemente esté haciendo algo infinitamente más agradable que escuchar cómo se desmorona la vida de su mejor amiga.
Pero para algo están las mejores amigas.
Pulso su nombre.
Mila responde después de varios tonos.
—¿Wendy?
Solo necesito escuchar su voz para que todas las horas que llevo intentando mantenerme medio entera se vayan a la mierda.
—Mila… —Mi voz se rompe—. Ray acaba de pedirme tiempo.
Dice que necesita pensar, que últimamente ya no sabe qué quiere.
Ha recogido unas cuantas cosas y se ha marchado de casa.
Y, por si fuera poco, hoy el dueño del restaurante nos ha reunido a todos para decirnos que cierra a final de mes. Me voy a quedar sin trabajo.
Durante unos segundos no dice nada y yo aprieto los labios, intentando contener otro sollozo.
No funciona.
—Estoy en shock, Mila. —Mi respiración se entrecorta—. ¿Cómo puede irse todo a la mierda en un solo día? Esta mañana tenía novio, trabajo y una vida completamente normal... y ahora siento que no me queda nada.
—Eh... escúchame.
Me seco las lágrimas con la manga de la sudadera y miro alrededor del apartamento. Hay cosas de Ray por todas partes. Siete años de relación repartidos por ochenta metros cuadrados.
—No sé qué voy a hacer.
—Lo primero, respirar. Lo segundo, dejar de pensar que tu vida se ha acabado porque te prometo que no es así.
Suelto una risa amarga.
Fácil decirlo desde California, donde tiene un prometido increíble, un trabajo que le encanta y vistas al Pacífico.
Aunque, siendo justa, hace un año era ella la que estaba hecha polvo por culpa de su ex y yo la que intentaba convencerla de que su vida no se había terminado.
Maldito karma.
Al otro lado de la línea se hace un pequeño silencio y estoy a punto de preguntarle si sigue ahí cuando vuelve a hablar.
—Wendy… ¿Qué te parecería venirte a California este verano? Acabo de darme cuenta de que aquí hay un trabajo perfecto para ti. Tendrías alojamiento, estarías cerca de mí y podrías empezar de cero mientras decides qué hacer con tu vida.
Parpadeo.
Creo que el vino me ha frito la claridad mental.
—¿Qué?
—Lo que oyes. Ven a Golden Cove.
Me incorporo un poco en el sofá, apartándome la manta de las piernas.
—No sé si es buena idea irme ahora, tal y como están las cosas. Ray ha dicho que necesita tiempo. Supongo que tendremos que hablar cuando se haya aclarado.
Mila tarda unos segundos en responder.
—Wendy, ¿tú crees de verdad que te ha pedido tiempo?
Frunzo el ceño.
—Es literalmente lo que ha dicho.
—No te he preguntado qué ha dicho. Te he preguntado qué crees tú.
Bajo la mirada hacia mi copa.
Y odio que me haga esa pregunta porque conozco la respuesta.
Pienso en el último año. En cómo desde el verano pasado empecé a notar que Ray estaba cada vez más distante.
En los planes que dejamos de hacer, las conversaciones que se hicieron más cortas y todas esas pequeñas cosas que fui atribuyendo al trabajo, al cansancio o simplemente a llevar casi siete años juntos.
Lo había notado.
Simplemente no había querido preguntarme qué significaba.
—Creo que me ha dejado —digo finalmente.
Las palabras me hacen un daño completamente distinto al decirlas en voz alta.
Mila no intenta contradecirme.
—Yo también.
Me seco otra lágrima.
—Pues podría haber tenido la decencia de utilizar la palabra ruptura .
—Quizá ni siquiera él está preparado para admitirlo.
—Fantástico. Pues ya lo admito yo por los dos.
Me quedo mirando las cosas de Ray repartidas por el apartamento y algo termina de asentarse dentro de mí.
No voy a esperar a que vuelva dentro de una semana para confirmar algo que los dos sabemos.
Después de casi siete años, Ray y yo hemos terminado.
Joder.
Creo que necesito más vino.
—Háblame de California —murmuro.
—Kai necesita una niñera para Imogen durante el verano. María, la mujer que la cuida habitualmente, se marcha a El Salvador con su familia y él estaba diciendo precisamente ahora que necesita encontrar a alguien de confianza. Sé que tú serías perfecta para este trabajo.
Kai.
Conozco el nombre, claro. Es el socio de Nash en el resort Golden Dolphin y Mila me ha hablado de él suficientes veces como para que tenga una imagen bastante definida en mi cabeza, aunque no lo conozca en persona. Sé que tiene una hija, que está divorciado y que, según Mila, trabaja demasiado.
También sé que es uno de los mejores amigos de Nash.
Hasta ahí llega mi exhaustivo conocimiento sobre mi posible futuro jefe.
—¿Y Kai estará dispuesto a dejarme a cargo de su hija sin haberme visto en su vida?
—Eres mi mejor amiga, te conozco. Se te dan bien los niños y Kai estará mucho más tranquilo si deja a Imogen al cuidado de alguien de confianza que de una completa desconocida.
—Técnicamente sigo siendo una completa desconocida para él.
—Pero una desconocida con referencias excelentes.
Pongo los ojos en blanco, aunque no puedo negar que la idea empieza a parecerme un poco menos disparatada.
Además, Mila tiene razón en una cosa: se me dan bien los niños.
Quizá porque con ellos nunca he sentido la necesidad de fingir que tengo la vida más ordenada de lo que realmente la tengo.
Los niños quieren jugar, hacer preguntas incómodas, aprender cosas nuevas y cambiar de actividad cuando la anterior deja de interesarles. Básicamente, son mi público ideal.
Durante la universidad trabajé varios años como niñera y, durante un tiempo, también ayudé con las actividades infantiles de un centro comunitario.
Me encantaba estar con los niños. Siempre se me han dado bien, probablemente porque tengo una paciencia infinita para algunas cosas y absolutamente ninguna para otras.
Lo fui dejando porque necesitaba un trabajo más estable y terminé en la restauración casi sin darme cuenta.
Como casi todo en mi vida.
Empiezo una cosa, me entusiasmo, encuentro otra, cambio de dirección y, cuando quiero darme cuenta, estoy haciendo algo completamente distinto a lo que había imaginado.
Quizá por eso, mientras Mila sigue hablándome de California, de Imogen y de empezar de cero durante un par de meses, la idea empieza a gustarme.
Hace unas horas ni siquiera sabía que necesitaba empezar de cero.
Ahora parece que no me queda otra opción.
El restaurante va a cerrar. Ray y yo hemos terminado. Y, por primera vez en casi siete años, no tengo ningún plan para lo que viene después.
Es aterrador.
Pero también hay una parte muy pequeña de mí, enterrada debajo de toda la tristeza y las ganas de beberme el resto de la botella, que empieza a preguntarse si quizá no tener un plan tiene algo de bueno.
Podría quedarme en Nueva York, buscar otro trabajo en cualquier restaurante y seguir haciendo exactamente lo mismo que hacía antes, solo que sin Ray.
O podría irme a California durante un par de meses.
Estar con Mila. Trabajar. Conocer un lugar nuevo. Darme tiempo para descubrir qué coño quiero hacer con mi vida ahora que ya no tengo una relación de siete años formando parte de cada decisión.
Respiro hondo.
—Está bien, acepto el trabajo. ¿Cuándo empiezo?