Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 34 El Juicio de la Bruja
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Capítulo 34 El Juicio de la Bruja

El despertar no fue gradual, sino una caída abrupta desde la cumbre de la paz hacia el abismo de la realidad.

Isla abrió los ojos y lo primero que sintió fue el frío metálico de unas esposas de hierro cerrándose alrededor de sus muñecas, apretando con una crueldad calculada que le cortó la circulación casi al instante.

El olor a ozono y musgo húmedo de la cueva había sido reemplazado por el hedor acre del sudor rancio, el moho antiguo y el miedo colectivo.

Ya no estaban en el santuario subterráneo.

Estaban en el Gran Salón de Dunvegan, pero el salón había sido transformado en un tribunal grotesco, una parodia de justicia donde las leyes de los hombres se mezclaban con los rituales oscuros de Margaret.

Lachlan estaba a su lado, también encadenado, arrodillado sobre las losas frías. Su rostro estaba magullado, sangrante, pero sus ojos, cuando encontraron los de Isla, brillaban con una furia contenida que era más aterradora que cualquier grito.

Detrás de ellos, formando un semicírculo impenetrable, estaban los guardias de élite de Margaret, vestidos con armaduras negras pulidas que reflejaban la luz tenue de cientos de velas dispuestas en círculos concéntricos.

Y en la cabecera, sentada en el trono del Laird como si siempre hubiera pertenecido allí, estaba Lady Margaret.

Pero no estaba sola. A su derecha, con una expresión de satisfacción malévola, estaba Malcolm.

A su izquierda, Kael, el Agente del Tiempo, observaba la escena con la indiferencia clínica de quien asiste a un experimento de laboratorio.

Y detrás de ellos, en las sombras de las galerías superiores, se agolpaban los nobles locales, los clanes aliados, los mercaderes y los curiosos.

Sus rostros eran máscaras de horror, fascinación y sed de sangre.

Habían venido a presenciar el fin de la "bruja" que había traído la plaga, el caos y la destrucción sobre sus tierras.

—Silencio —ordenó Margaret, golpeando el brazo del trono con su bastón de madera negra. El sonido resonó como un disparo en el silencio tenso del salón.

Se puso de pie, descendiendo los escalones del estrado con una lentitud teatral, arrastrando las túnicas bordadas que parecían absorber la luz. Se detuvo frente a Isla, inclinándose para examinarla de cerca, como un entomólogo observa a un insecto clavado en un tablero.

—Elara Vance —dijo, pronunciando el nombre verdadero de Isla con una precisión sibilante que hizo estremecer a la multitud—. O debería decir, Isla, la huérfana sin nombre. La anomalía. La grieta en nuestro mundo. ¿Qué tienes que decir en tu defensa antes de que la justicia divina te reclame?

Isla levantó la cabeza, ignorando el dolor de las esposas. Sabía que no había defensa posible ante un tribunal compuesto por fanáticos y traidores. Pero también sabía que el silencio era una forma de rendición.

—No tengo nada que defender —respondió, su voz clara, firme, resonando en la bóveda alta—. Porque no he cometido ningún crimen. He luchado por mi vida. He luchado por la verdad. Y he luchado por el amor, algo que vosotros, en vuestra ceguera moral, habéis olvidado cómo sentir.

Un murmullo de indignación recorrió la multitud. Malcolm soltó una risa burlona.

—¡Amor! —exclamó, dando un paso adelante—. ¡Habla de amor mientras sus demonios devoran nuestros campos! ¡Mientras la tierra tiembla bajo nuestros pies! ¡Ella es la causa de todo! ¡Es una bruja enviada por el Diablo para corromper nuestra sangre!

—Cállate, Malcolm —intervino Kael, su voz fría cortando el aire como un cuchillo—. No es el Diablo. Es la física. Es la entropía. Y debe ser contenida.

Margaret sonrió, complacida por la intervención del Agente.

—Exacto. No es cuestión de fe, pueblo de Escocia. Es cuestión de supervivencia. Esta mujer... esta cosa... ha abierto una puerta que no puede cerrarse. Ha traído consigo enfermedades del tiempo, plagas de la realidad. Y la única cura... es el fuego.

La palabra fuego cayó sobre la multitud como una sentencia de muerte.

Los rostros de los nobles se iluminaron con un fervor sanguinario.

Querían un chivo expiatorio. Querían creer que quemando a Isla, quemarían también sus propios miedos, su propia culpa, su propia complicidad en los crímenes de Margaret.

Entonces, Lachlan se puso de pie.

Las cadenas tintinearon violentamente mientras se incorporaba, desafiando a los guardias que intentaron empujarlo de nuevo al suelo.

Su postura era erguida, noble, a pesar de las heridas y la suciedad.

Sus ojos barrieron la sala, encontrando los de su padre, Alasdair, que observaba desde la primera fila con una expresión de dolor indecible.

—¡Padre! —gritó Lachlan, su voz rompiendo la compostura del salón—. ¿Vas a permitir esto? ¿Vas a permitir que maten a la mujer que amo? ¿A la mujer que ha salvado este castillo de la corrupción interna?

Alasdair bajó la mirada, incapaz de sostener la acusación de su hijo.

—Lachlan... —murmuró, con voz quebrada—. No puedo... Ella es... es diferente. Es peligrosa.

—¡Es humana! —rugió Lachlan, girándose hacia la multitud—.

¡Más humana que cualquiera de vosotros! Mientras vosotros escondíais vuestros secretos, mientras Malcolm asesinaba inocentes para alimentar sus rituales, mientras Margaret jugaba a ser diosa con vidas ajenas... ella luchaba. Ella sufría. Ella amaba.

Se volvió hacia Margaret, señalándola con el dedo manchado de sangre.

—¡Tú eres la bruja, tía! ¡Tú y tu sociedad de mentirosos! ¡Habéis usado la superstición para controlar, para matar, para robar! ¡Y ahora queréis culpar a una víctima de vuestros propios crímenes!

El salón estalló en gritos. Algunos aplaudieron a Lachlan, otros lo abuchearon. Malcolm desenvainó su espada, avanzando hacia su primo.

—¡Traidor! ¡Hereje! ¡Te unirás a ella en la hoguera!

Kael levantó una mano, deteniendo a Malcolm con un gesto autoritario.

—Basta. El espectáculo ha terminado. El veredicto ya está decidido. No por nosotros. Sino por la necesidad.

Miró a Isla con ojos vacíos.

—La sentencia es muerte. Por fuego. Para purificar la anomalía. Y para ti, Lachlan MacLeod... el exilio. Vivirás, pero lejos. Lejos de ella. Lejos de tu clan. Lejos de tu historia. Serás un fantasma en tu propia tierra.

Lachlan palideció, pero no retrocedió.

—Prefiero el exilio a la cobardía —dijo, con dignidad helada—. Pero no me separaréis de ella hasta el final. Iré con ella. Hasta la hoguera.

Margaret sonrió, una sonrisa triunfal, cruel.

—Como desees, sobrino. Tu sacrificio será parte del ritual. Tu dolor alimentará la llama.

Hizo una señal a los guardias. Estos arrastraron a Isla y Lachlan hacia la gran puerta del salón, que daba al patio exterior.

La multitud los siguió, vociferando, lanzando insultos, piedras, escupitajos.

Isla caminaba con la cabeza alta, sosteniendo la mirada de Lachlan, encontrando fuerza en su presencia.

No tenía miedo. Tenía un plan. Un plan desesperado, suicida, pero el único que podía funcionar.

Al salir al patio, vieron la hoguera.

Era enorme. Una pira de leña seca, empapada en aceite, apilada en el centro del patio. Las llamas aún no estaban encendidas, pero la estructura amenazante se alzaba contra el cielo gris, prometiendo dolor y muerte.

Los guardias los obligaron a subir a la plataforma de madera junto a la pira. Les quitaron las esposas de las manos, pero les colocaron collares de hierro conectados a cadenas ancladas al suelo, impidiendo cualquier intento de fuga.

Margaret subió al estrado elevado construido frente a la hoguera. Sostenía una antorcha encendida.

—Que comience la purificación —anunció, su voz amplificándose por la acústica del patio.

Arrojó la antorcha hacia la base de la pira.

El aceite se inflamó instantáneamente. Las llamas rugieron, ascendiendo rápidamente, lamiendo la madera seca, creando una pared de fuego infernal que separaba a Isla y Lachlan del resto del mundo.

El calor era intenso, sofocante, secando la humedad de sus ojos, quemando sus pulmones con cada respiración.

Isla miró a Lachlan. Él la miró a ella. No había palabras. Solo una comunicación silenciosa, profunda, de amor y despedida.

Pero Isla no se estaba despidiendo. Estaba esperando.

Porque sabía que hoy no era un día cualquiera.

Era el solsticio de verano. El día en que la alineación astronómica alcanzaba su punto máximo.

El día en que la anomalía temporal era más fuerte.

Y mientras las llamas comenzaban a rodearlos, Isla sintió cómo el engranaje en su pecho comenzaba a vibrar. No con dolor. Con anticipación.

El fuego no la mataría. El fuego la liberaría.