Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 33 Intimidad Prohibida
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Capítulo 33 Intimidad Prohibida

La cueva, tras la partida de Angus y Fiona hacia la superficie para preparar la resistencia, se convirtió en un santuario silencioso, aislado del caos que rugía allá arriba.

El aire era denso, cargado con el olor a tierra húmeda, musgo antiguo y la electricidad residual de la paradoja temporal que acababan de sobrevivir.

La única luz provenía de la pequeña linterna de aceite que Lachlan había logrado encender de nuevo, proyectando un círculo dorado y vacilante sobre las paredes de piedra negra, creando un universo privado donde solo existían ellos dos.

Isla estaba sentada contra la roca fría, con las piernas extendidas, observando cómo Lachlan vendaba sus propias heridas con movimientos lentos y meticulosos.

La adrenalina de la caída, de la revelación en el limbo temporal y del encuentro con Aris se había disipado, dejando en su lugar un agotamiento profundo, visceral, que pesaba en cada músculo como plomo fundido.

Pero más pesado que el cansancio físico era el peso emocional de la verdad desnuda.

Ya no había máscaras. Isla le había mostrado su origen, su nombre real, su naturaleza fragmentada. Y él seguía allí. No huyó. No la rechazó. La miraba con una intensidad que la desarmaba completamente.

Lachlan terminó de vendar su brazo y dejó caer los trapos sucios al suelo.

Se giró hacia ella, y en la penumbra, sus ojos parecían pozos de agua oscura, reflejando la llama tímida de la linterna.

No dijo nada. No necesitaba palabras. El silencio entre ellos había dejado de ser una barrera para convertirse en un puente, un espacio sagrado donde las almas podían tocarse sin el ruido del mundo exterior.

Se acercó gateando hasta quedar frente a ella. Extendió una mano temblorosa y rozó suavemente la mejilla de Isla, trazando la línea de su mandíbula con una reverencia que hizo que el corazón de ella se detuviera por un segundo.

—Eres real —murmuró él, su voz ronca, apenas un susurro que resonó en la cavidad torácica de Isla—. A pesar de todo lo que eres, a pesar de dónde vienes... eres real. Y te amo. No a la científica. No a la anomalía. A ti. A Isla. A Elara. A quienquiera que decidas ser mañana.

Las lágrimas, contenidas durante días de terror y supervivencia, brotaron finalmente de los ojos de Isla, cálidas y liberadoras.

No eran lágrimas de tristeza, sino de una gratitud abrumadora.

Se inclinó hacia adelante, cerrando la distancia mínima que aún los separaba, y presionó sus labios contra los de él.

El beso no fue urgente ni desesperado, como los anteriores nacidos del miedo a la muerte.

Fue lento, profundo, exploratorio. Un reconocimiento mutuo de la humanidad compartida.

Los labios de Lachlan eran suaves pero firmes, sabían a sal y a hierro, a vida cruda.

Isla respondió con una entrega total, dejando que sus manos se enredaran en el cabello desordenado de él, atrayéndolo más cerca, buscando fundirse con su esencia.

El beso se intensificó, ganando profundidad y calor.

Las manos de Lachlan descendieron por la espalda de Isla, acariciando la columna vertebral a través de la tela rasgada de su vestido, enviando escalofríos eléctricos por todo su cuerpo.

Isla sintió cómo el engranaje en su pecho, normalmente una fuente de dolor y vibración constante, se calmaba, sincronizándose con el latido acelerado de su corazón, como si reconociera en ese acto de unión la frecuencia correcta, la estabilidad que había buscado inútilmente en la física fría de su futuro.

Lachlan la recostó suavemente sobre el lecho de musgo, cuidando de no lastimarla, cubriéndola con su propio cuerpo como un escudo contra el frío y la oscuridad.

Sus manos exploraron su rostro, su cuello, sus hombros, con una ternura que contrastaba violentamente con la brutalidad del mundo exterior.

Cada toque era una promesa, cada caricia una afirmación de existencia.

—Isla —susurró él contra su oído, su aliento caliente erizando la piel sensible de su nuca—. Déjame mostrarte quién eres para mí. Déjame amarte aquí, ahora, en este instante que nos pertenece.

Isla asintió, incapaz de hablar, sus ojos cerrados mientras las manos de Lachlan deslizaban lentamente los restos de su vestido, revelando la piel pálida y marcada por cicatrices recientes bajo la luz tenue.

No había vergüenza en su desnudez, solo una vulnerabilidad poderosa.

Se sentía expuesta, sí, pero también protegida. Amada.

Lachlan besó su clavícula, su pecho, su vientre, adorando cada centímetro de su ser con una devoción casi religiosa.

Isla arqueó la espalda, respondiendo a sus caricias con una pasión que había estado reprimida durante meses, una pasión que ahora fluía libremente, desbordante, incontenible.

Sus manos recorrieron la espalda musculosa de él, sintiendo la tensión de sus músculos, la fuerza contenida, el calor de su piel.

Cuando finalmente se unieron, no fue solo un acto físico.

Fue una colisión de almas. Un entrelazamiento de destinos.

Isla sintió cómo Lachlan entraba en ella, llenando no solo su cuerpo, sino el vacío existencial que había llevado consigo desde el futuro.

Era una sensación de plenitud, de retorno a casa.

El dolor inicial dio paso a un placer intenso, profundo, que se expandió desde su centro hacia cada extremidad, iluminando su interior con una luz blanca y cálida.

Se movieron juntos con un ritmo lento, sincopado, guiados por la respiración entrecortada y los gemidos ahogados que escapaban de sus gargantas.

El tiempo dejó de existir. No había pasado ni futuro.

Solo el presente absoluto, el ahora palpitante de sus cuerpos entrelazados, sudorosos, vibrantes.

Isla miró a Lachlan a los ojos, viendo en ellos su propio reflejo, su propio amor multiplicado.

En ese momento, supo que no importaba si morían al amanecer.

Había vivido. Había amado. Había sido real.

El clímax llegó como una ola gigante, arrastrándolos a ambos hacia una cima de éxtasis puro, donde el dolor y el placer se fundían en una sola sensación abrumadora.

Isla gritó suavemente, enterrando el rostro en el hombro de Lachlan, mientras él se derramaba dentro de ella con un gemido largo y profundo, abrazándola con fuerza, como si temiera que pudiera desvanecerse entre sus brazos.

Permanecieron así, entrelazados, respirando al unísono, escuchando los latidos acelerados de sus corazones desacelerar gradualmente hasta encontrar un ritmo común, tranquilo. El musgo bajo ellos era suave, acogedor. La oscuridad ya no era amenazante; era un manto protector.

Lachlan rodó a un lado, pero mantuvo a Isla pegada a su cuerpo, pasando un brazo protector alrededor de su cintura. Besó su frente, sus párpados cerrados, su nariz.

—Te amo —suspiró, con una certeza absoluta—. Te amaré incluso si el tiempo se detiene. Incluso si el mundo se acaba.

Isla sonrió, acurrucándose contra su pecho, sintiendo el calor sólido de su corazón contra su mejilla.

—Y yo a ti —respondió, con voz somnolienta, llena de paz—. Soy tuya, Lachlan. Siempre.

Cerraron los ojos, dejándose llevar por un sueño profundo, reparador, el primero en semanas que no estuvo plagado de pesadillas. Estaban seguros. Estaban juntos. Y por unas horas breves y preciosas, el universo entero pareció conspirar a su favor.

Pero el universo es caprichoso. Y la paz, en tiempos de guerra, es siempre prestada.

Mientras dormían, la entrada de la cueva, oculta tras la cascada temporal, comenzó a iluminarse con una luz azulada, fría, artificial. Pasos silenciosos, múltiples, resonaron en la piedra húmeda. No eran los pasos torpes de los guardias de Margaret. Eran pasos precisos, tácticos, profesionales.

Los Depredadores habían encontrado la grieta. No venían solos.