Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 26 La Carrera Contra el Tiempo
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Capítulo 26 La Carrera Contra el Tiempo

La herida en el hombro de Lachlan no era solo una lesión física; era una grieta en la armadura de su confianza colectiva.

Mientras Isla aplicaba cataplasmas de árnica y vendaba la carne desgarrada con lino limpio en la intimidad de sus aposentos temporales, el silencio entre ambos era más ensordecedor que cualquier grito.

El dolor de él era tangible, pero el miedo de ella era metafísico.

Brigid había sido un síntoma, no la enfermedad.

La verdadera infección era la desconfianza que ahora circulaba por las venas del grupo como un veneno lento.

Kael observaba desde la esquina con la frialdad de un entomólogo estudiando insectos moribundos; Malcolm limpiaba su espada con movimientos mecánicos, evitando mirar a nadie a los ojos; y Margaret se había retirado a su habitación, murmurando oraciones a dioses que ya no escuchaban.

—El vínculo se rompió —dijo Isla finalmente, atando el último nudo del vendaje.

Su voz sonaba hueca en la penumbra de la estancia—.

No podemos reconstruirlo con la misma técnica.

Kael tiene razón en eso. La duda es un parásito que se alimenta de la repetición.

Si intentamos forzar la conexión de nuevo, solo amplificaremos la fractura.

Lachlan flexionó el brazo, probando la movilidad con una mueca de dolor contenida.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Esperamos a que esos... Depredadores lleguen y nos devoren uno por uno mientras nos miramos con recelo?

Isla negó con la cabeza, acercándose a la ventana.

Afuera, la noche sobre Dunvegan había cambiado.

Ya no era la oscuridad natural de las Highlands.

El cielo tenía un matiz violáceo, enfermizo, como un hematoma extendiéndose sobre la bóveda celeste.

Las estrellas parpadeaban con un ritmo errático, sincopado, como si la luz misma estuviera sufriendo una arritmia cardíaca.

—No esperamos —respondió ella, sintiendo cómo el engranaje en su pecho resonaba con la disonancia exterior—.

Corremos. Aris dijo que el dispositivo contenía datos sobre cómo controlar mi poder sin consumirme.

Pero también hay algo más. Un protocolo de emergencia.

Una forma de crear un santuario temporal sin necesidad de la red psíquica completa.

Se giró hacia Lachlan, sus ojos brillando con una intensidad febril.

—Requiere un ancla biológica. No mental. Física. Sangre. Y no la de un sacrificio involuntario, sino la de una ofrenda consciente. Compartida.

Lachlan la miró, comprendiendo al instante.

—Tú y yo.

—Sí. Nuestra sangre mezclada con la energía del engranaje puede crear un campo de exclusión local.

Una burbuja donde las leyes de la causalidad externa no aplican.

Donde los Depredadores no pueden entrar.

Pero... —dudó, bajando la vista—, el costo es alto.

Drenará nuestra vitalidad. Nos dejará débiles, vulnerables.

Y si fallamos, la retroalimentación podría matarnos a ambos.

Lachlan se puso de pie, ignorando el dolor de su hombro. Caminó hacia ella y le tomó las manos. Sus palmas estaban calientes, ásperas por la empuñadura de la espada, vivas.

—Hemos estado muriendo lentamente desde que llegaste a este castillo, Isla. Al menos así, moriremos eligiendo. Juntos.

La decisión fue tomada sin más palabras.

Bajaron a la cripta familiar, el lugar donde todo había comenzado y donde, paradójicamente, debía encontrar su nueva definición.

El aire allí abajo ya no olía a muerte rancia, sino a ozono y piedra húmeda.

El pedestal de obsidiana estaba vacío, pero la memoria energética del vórtice aún impregnaba las paredes.

Isla sacó el dispositivo cuántico y lo colocó sobre el pedestal. Activó una secuencia que nunca antes había usado, sus dedos bailando sobre la interfaz holográfica con una destreza que pertenecía a otra vida. Un zumbido grave llenó la cripta, haciendo vibrar los dientes en sus mandíbulas.

—Ahora —susurró.

Ambos sacaron sus dagas. Sin dudarlo, sin dramatismo, se hicieron un corte superficial en la palma de la mano izquierda. Presionaron las heridas abiertas una contra la otra, entrelazando los dedos. La sangre caliente se mezcló, fluyendo sobre el dispositivo.

El efecto fue inmediato.

No hubo luz cegadora esta vez. No hubo explosión.

En cambio, sintieron un tirón visceral, como si alguien les estuviera extrayendo el alma a través de las venas.

Isla jadeó, sintiendo cómo su energía vital era succionada, canalizada a través de su sangre compartida hacia el núcleo del dispositivo.

Lachlan se tambaleó, su rostro palideciendo hasta parecer mármol, pero no soltó su mano.

Se aferró a ella como si fuera la única cosa real en un universo que se desmoronaba.

El dispositivo absorbió la ofrenda. Y luego, respondió.

Una cúpula de luz dorada, tenue pero sólida, se expandió desde el pedestal, envolviendo la cripta, atravesando la piedra, subiendo por las torres, cubriendo todo el perímetro del castillo de Dunvegan.

Era invisible para el ojo humano normal, pero para Isla y Lachlan, era tan tangible como una muralla de acero. Sentían su calor protector, su firmeza.

Y entonces, el cielo exterior cambió.

El matiz violáceo se intensificó, concentrándose directamente sobre la cúpula.

Algo golpeó la barrera. No fue un impacto físico, sino una presión ontológica, un intento de reescribir la realidad local.

La cúpula tembló, pero resistió. Los Depredadores habían llegado.

Y se habían estrellado contra su voluntad conjunta.

Dentro de la cripta, Isla y Lachlan cayeron de rodillas, exhaustos, temblando de frío y debilidad. Pero estaban vivos. Y estaban seguros. Por ahora.

—Funcionó —jadeó Lachlan, apoyando la frente contra la de ella.

Isla asintió, incapaz de hablar. Sentía la presencia de los Depredadores al otro lado de la barrera, arañando la luz dorada como bestias hambrientas contra un cristal. Eran muchos. Eran antiguos. Y tenían paciencia.

Pero también sentía algo más. Dentro de la burbuja, la atmósfera había cambiado.

La desconfianza que había envenenado al grupo se había disipado, quemada por la intensidad de su sacrificio compartido.

Malcolm, que había entrado en la cripta tras ellos, los miraba con una expresión de asombro reverente.

Margaret lloraba silenciosamente, no de tristeza, sino de reconocimiento.

Incluso Kael, el agente estéril, observaba la cúpula dorada con algo parecido a la admiración.

Habían creado un santuario. Pero un santuario es, por definición, un lugar de aislamiento. Estaban seguros, sí. Pero también estaban atrapados. Y la energía que sostenía la barrera era finita. Dependía de su vitalidad. De su amor. De su resistencia.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Malcolm, su voz ronca.

Kael consultó su dispositivo, que ahora mostraba lecturas estables.

—Con la tasa actual de drenaje... tres días. Quizás cuatro si reducimos la actividad metabólica al mínimo. Después de eso, la barrera colapsará. Y ellos entrarán.

Tres días. Setenta y dos horas para encontrar una solución permanente. Para entender qué eran realmente los Depredadores. Para decidir si vivían o morían.

Isla miró a Lachlan. Él la miró a ella. En sus ojos no había miedo. Solo una determinación tranquila, forjada en la sangre y el fuego.

—Entonces tenemos tres días —dijo Isla, poniéndose de pie con esfuerzo, ayudada por Lachlan—. Tres días para salvarnos. O para salvar lo que venga después de nosotros.

Arriba, en el cielo violáceo, las sombras arañaban la luz dorada. Pacientes. Hambrientas. Esperando.

La carrera contra el tiempo había comenzado. Y esta vez, el reloj no marcaba segundos. Marcaba latidos.