Capítulo 25 Celos Mortales
La biblioteca del castillo de Dunvegan, antaño un santuario de polvo y silencio sepulcral, se había transformado en el centro neurálgico de una conspiración contra el destino.
Las mesas de roble macizo, antes cubiertas de libros genealógicos y tratados de cetrería, ahora estaban abarrotadas de pergaminos desenrollados, mapas estelares trazados con tinta plateada y el dispositivo cuántico que Aris Thorne había entregado a Isla.
La luz de las velas parpadeaba, proyectando sombras largas y danzantes que parecían observar con curiosidad morbosa los extraños símbolos holográficos que el dispositivo proyectaba ocasionalmente sobre la madera oscura.
Isla trabajaba con una intensidad febril.
Sus ojos, cansados pero brillantes, escaneaban los datos que fluían desde el aparato futurista, traduciendo conceptos de física avanzada a un lenguaje que Lachlan, Malcolm e incluso el renuente Agente pudieran comprender.
No era fácil. La brecha cognitiva entre el siglo XVIII y el siglo XXII era un abismo que requería puentes de metáfora y paciencia infinita.
—Mira esto —dijo Isla, señalando una proyección tridimensional de una onda sinusoidal que se retorcía sobre sí misma—.
Esta es la firma energética de la "Puerta".
No es estática. Es orgánica. Crece. Se alimenta de emociones intensas: miedo, amor, odio.
Por eso Margaret y Malcolm usaban sacrificios.
El trauma emocional genera picos de energía masivos.
Pero hay otra fuente. Una más pura. Más estable.
Lachlan, sentado a su lado con el brazo vendado, frunció el ceño, estudiando la luz flotante.
—¿El amor? —preguntó, con una media sonrisa incrédula.
—La conexión profunda —corrigió Isla—. La lealtad inquebrantable.
Es por eso que tu presencia me estabiliza, Lachlan.
Eres mi ancla emocional. Sin ti, el engranaje me consumiría.
Conmigo... conmigo, puedo controlarlo. Pero necesitamos amplificar esa señal.
Necesitamos crear un campo de protección alrededor del castillo, una burbuja temporal que oculte nuestra firma energética de los Depredadores.
Malcolm, que permanecía de pie junto a la ventana, observando la noche con una expresión sombría, se giró hacia ellos. Su arrogancia habitual había sido reemplazada por una humildad tensa, fruto del terror existencial que había experimentado en la capilla.
—¿Y cómo hacemos eso? —preguntó, su voz carente de su usual burla—. No somos físicos cuánticos. Somos nobles escoceses del siglo dieciocho. Lo máximo que sabemos manipular es la pólvora y la intriga política.
El Agente, cuyo nombre real parecía ser Kael, intervino desde la sombra de una estantería.
Había pasado los últimos días en un silencio hostil, observando, evaluando, esperando una oportunidad para recuperar el control o escapar.
Pero la realidad de estar atrapado en el pasado, sin comunicación con la Agencia, lo había obligado a una tregua pragmática.
—Necesitamos un ritual de enlace —dijo Kael, su voz monótona pero precisa—.
No mágico. Psíquico. Un vínculo consciente entre todos los portadores de residuos temporales.
Vosotros tres —señaló a Isla, Lachlan y Malcolm— tenéis rastros de exposición directa al vórtice.
Margaret también, aunque su conexión es más débil, más corrupta.
Debemos sincronizar nuestras frecuencias mentales. Crear una red neural compartida.
Isla asintió. Era peligroso. Abrir la mente a otros, especialmente a personas como Malcolm o Kael, era invitar al caos. Pero no tenían opción. Los Depredadores llegarían pronto. Y cuando lo hicieran, necesitarían estar unidos.
—De acuerdo —dijo Isla—. Esta noche. En la sala principal. Preparad vuestras mentes. No habrá lugar para secretos. Ni para celos.
La palabra celos quedó suspendida en el aire, pesada y punzante.
Isla lanzó una mirada involuntaria hacia la puerta, donde Morag, o mejor dicho, Brigid, la hermana gemela que había sobrevivido y ahora servía como espía doble dentro del nuevo orden, estaba de guardia.
Brigid la observaba con una intensidad que iba más allá del deber.
Sus ojos oscuros seguían cada movimiento de Lachlan, cada roce casual entre él e Isla, cada sonrisa compartida.
Brigid no era parte del círculo interno de poder, pero estaba cerca. Demasiado cerca. Y su lealtad era tan fluida como el mercurio.
La ceremonia de enlace tuvo lugar en el gran salón, despejado de muebles para crear un espacio sagrado geométrico.
Cinco sillas dispuestas en un pentágono.
Isla en el vértice norte, Lachlan al este, Malcolm al oeste, Margaret al sur y Kael en el centro, actuando como facilitador técnico con su dispositivo ajustado a modo de amplificador psíquico.
Las velas fueron apagadas. Solo quedaba la luz de la luna entrando por los altos ventanales, bañando la habitación en una plata fantasmal.
—Cerrad los ojos —ordenó Kael—. Concentraos en vuestra respiración. Visualizad un hilo de luz que sale de vuestro pecho y se conecta con el de los demás. No luchéis contra las imágenes que vengan. Aceptadlas. Son parte de la red.
Isla cerró los ojos. Sintió cómo su conciencia se expandía, saliendo de los límites de su cuerpo físico. Al principio, fue confuso. Ruidos blancos, fragmentos de pensamientos ajenos. Luego, las conexiones se establecieron.
Sintió la mente de Lachlan: cálida, sólida, llena de un amor protector feroz, pero también de dudas profundas sobre su propio valor, sobre si era digno de ella. Sintió su miedo a perderla, un miedo tan grande que dolía físicamente.
Sintió la mente de Malcolm: fría, calculadora, llena de ambición residual, pero también de un arrepentimiento genuino y aterrador. Vio recuerdos de sus crímenes, no con orgullo, sino con vergüenza. Vio su deseo de redención, no por bondad, sino por supervivencia espiritual.
Sintió la mente de Margaret: vieja, agrietada, llena de dolor por pérdidas antiguas, por hijos muertos, por un amor no correspondido que la había llevado a la locura. Era un pozo de tristeza infinita.
Y luego, sintió la mente de Kael: vacía. Estéril. Como un desierto de hielo. No había emociones, solo datos, protocolos, órdenes. Era aterradoramente eficiente.
Pero entonces, hubo una intrusión.
Una presencia externa, pequeña pero afilada como una aguja, intentando colarse en la red. No era uno de los cinco. Era alguien más. Alguien que estaba escuchando desde las sombras.
Isla abrió los ojos mentalmente, enfocándose en la periferia de la conciencia colectiva. Vio una figura encorvada, acechando detrás de una columna. Brigid.
No estaba participando en el ritual. Lo estaba sabotear.
En la red mental, Isla vio cómo Brigid introducía un pensamiento virus: una imagen distorsionada de Lachlan traicionando a Isla, entregándola a Kael a cambio de poder.
Una mentira fabricada con precisión quirúrgica, diseñada para sembrar la duda, para romper el vínculo de confianza que era la base de su defensa.
Isla sintió cómo la duda comenzaba a corroer la conexión de Lachlan. Vio su hesitación, su dolor repentino.
¡No! gritó Isla en el plano mental. ¡Es una trampa! ¡Brigid nos está atacando!
Pero antes de que pudiera cortar la conexión o alertar a los demás físicamente, sintió un dolor agudo en el mundo real.
Abrió los ojos.
Brigid estaba de pie frente a ella, sosteniendo una daga corta. No apuntaba a Isla. Apuntaba a Lachlan, quien estaba distraído, luchando contra la ilusión mental.
—¡Lachlan! —gritó Isla, lanzándose hacia adelante.
Pero fue demasiado tarde.
Brigid clavó la daga en el hombro de Lachlan. No fue un golpe mortal, pero fue suficiente para romper su concentración, para romper el vínculo del ritual.
La red colapsó.
Kael gritó, cayendo de rodillas mientras el dispositivo se sobrecargaba, emitiendo chispas. Malcolm y Margaret despertaron de golpe, confundidos y mareados.
Lachlan cayó al suelo, sangrando, mirando a Brigid con incredulidad.
—¿Por qué? —jadeó.
Brigid sonrió, una sonrisa torcida, llena de veneno.
—Porque él me prometió que sería mía —susurró, mirando a Kael—. Me dijo que si ayudaba a debilitaros, me llevaría con él. Al futuro. A un lugar donde no soy una sirvienta. Donde soy importante.
Kael se puso de pie, limpiándose las chispas de la ropa. Miró a Brigid con desprecio absoluto.
—Eres una herramienta defectuosa —dijo fríamente—. Y las herramientas defectuosas se desechan.
Levantó su mano. Un haz de energía invisible salió de su palma, golpeando a Brigid en el pecho. Ella voló hacia atrás, chocando contra la pared con un crujido seco. Cayó al suelo, inconsciente, quizás muerta.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de traición y violencia. Isla corrió hacia Lachlan, rasgando su camisa para ver la herida. No era profunda, pero sangraba abundantemente.
—Estoy bien —murmuró él, apretando los dientes—. Solo... duele.
Isla lo miró, furiosa no con él, sino con la situación, con la fragilidad de su posición.
—Ya no podemos confiar en nadie —dijo, con voz temblorosa—. Ni siquiera entre nosotros. La duda es su arma. Y la han usado.
Kael se acercó, recogiendo su dispositivo dañado.
—El ritual ha fallado. La red está rota. Los Depredadores sentirán esta disonancia. Vendrán antes de lo previsto.
Isla miró a Lachlan, luego a Malcolm, a Margaret, a Kael. Estaban rotos. Divididos. Heridos.
—Entonces tendremos que luchar solos —dijo Isla, con una determinación fría—. Porque si no nos unimos de verdad, si no superamos nuestros celos, nuestros miedos, nuestras ambiciones... moriremos. Todos.
Se levantó, ayudando a Lachlan a ponerse de pie.
—Curad sus heridas. Preparad las defensas. Y esta vez... sin trucos. Sin mentiras. O será el fin.
Mientras salían del gran salón, dejando atrás el cuerpo inmóvil de Brigid, Isla sintió una punzada en el pecho. El engranaje latía con fuerza.
Algo se acercaba. Algo grande.
Pero esta vez, no habría advertencias.