Más allá del Temple CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Alvar la taladró con la mirada. Había puesto un escudo a sus emociones. Se escondía tras ese condenado control al que sabiamente se aferraba.

—Créeme que lo haría gustoso, pero de pequeño me enseñaron a no tocar serpientes.

Jimena alzó furiosa la mano con intención de abofetearlo, pero el hombre le apresó la muñeca.

Forcejearon un breve instante. Ella alzó la otra con idéntico resultado.

Inmovilizada por él y todavía iracunda optó por lanzarle una patada.

Él, al prever su intención, la tomó por la cintura y la pegó a su cuerpo al tiempo que le sujetó las muñecas tras la espalda.

Aprisionada por aquel cuerpo poderoso, se revolvió contra él.

De pronto, se dio cuenta de que aquel acercamiento jugaba a su favor.

Lo miró con intensidad para ahondar en sus ojos.

Y él se perdió en los de ella, que vio cómo flaqueaba.

De pronto le miró los labios y supo que deseaba besarla.

Ella entreabrió los labios con calculada premeditación y se los humedeció, asomando lentamente la punta de la lengua para recorrerlos lentamente.

La mirada del hombre cambió. Un fuego arrasador pareció fundir el frío acero hasta convertirlo en plata bruñida.

Alzó el rostro para tentarlo y frotó su cuerpo contra él para sentir cómo aquel pecho cálido y duro le oprimía los senos.

Vio la lucha interna que lo desgarraba y por un instante se apiadó de él.

De repente, él se inclinó sobre ella y le rozó los labios.

Jimena se sintió desfallecer. El corazón comenzó a atronarle en el pecho; cada latido era como el retumbar de un tambor que le arrancaba vibraciones en cada fibra de su ser.

Nunca, en su vida, había sentido nada semejante.

Aquel roce se volvió más exigente. Ella abrió la boca para él y notó cómo el hombre, hambriento, aceptaba gustoso su muda invitación.

No fue un simple beso, fue una tormenta de emociones descontroladas.

Sus lenguas se buscaron con frenesí y se enrollaron en un paroxismo desatado.

Un deseo oscuro e intenso los envolvió en su halo.

Alvar la pegó contra el muro de la torre que los ocultaba, y le soltó las manos para apresarle la mandíbula mientras la devoraba.

Jimena jadeaba inmersa en una pasión salvaje y desconocida.

Rodeó el cuello del hombre, le sumergió los dedos en su espesa y suave melena, lo oyó gemir y lo atrajo más.

Él, enloquecido, completamente rendido al deseo que lo consumía, le acariciaba el cuerpo con hambre acumulada.

El sabor del hombre le caló los huesos, y Jimena deseó más, deseó poseerlo con una intensidad que la asustó. Sintió cómo la aferraba de la cintura, al tiempo que su otra mano palpaba casi con violencia sus senos. Pensó que la tomaría allí mismo y no le importó.

Deseó que lo hiciera. De pronto, dejó de besarla y la miró paralizado. Ella, con la mirada obnubilada por la pasión, no comprendió aquel cambio. Hasta que él le metió la mano en el escote y extrajo el maldito cilindro que protegía el mensaje.

Alvar, asombrado, sacudió la cabeza. La mirada se le oscureció como una nube de tormenta a punto de descargar un violento chaparrón. Se separó tembloroso y, aturdido, abrió el tubo. Extrajo el pergamino, y lo leyó en silencio. Entonces, la miró con todo el desprecio y el rencor que lo embargaba.

—¡Eres una perra desalmada y sin escrúpulos!

—profirió colérico—. ¡La mujer más detestable y perversa que he tenido el disgusto de conocer!

Tú eres la traidora —continuó—; lo peor es que lo intuía y, aun así, has conseguido seducirme.

Mi debilidad ha estado a punto de costar este castillo y la vida de cuantos moran en él.

Jimena sintió los ojos arrasados en lágrimas. Negaba con la cabeza, un inesperado dolor le apresó las entrañas.

—Te equivocas —logró articular—. Ese mensaje salva la vida de mi gente. Solo trato de evitar un asalto; ruego a Yarmun que negocie la rendición y que evite el ataque.

—Yarmun… —pronunció Alvar con repugnancia—. Otro de tus amantes, imagino.

Jimena ya lloraba abiertamente.

—A partir de este momento, considérate prisionera. Serás condenada por traición y llevada ante el rey. Tienes suerte de que sea él quien decida tu castigo y no yo.

Entonces la tomó violentamente del brazo y la arrastró escaleras abajo.

—Acataré mi castigo, pero te ruego que lances el mensaje —suplicó—. Sabes que el castillo está perdido, es inútil resistirse. Yo solo pretendía evitar el desastre.

Él la miró furibundo y despectivo.

—Sé mejor que nadie cómo tratan los sarracenos a los esclavos y no pienso entregar estas almas a su capricho. El castillo resistirá hasta que lleguen refuerzos.

Jimena no replicó, ni se resistió. El peso que pendía de su pecho se lo impedía.

El odio del hombre la abrumaba. Había fracasado, pero curiosamente no era eso lo que la angustiaba.

Se negó a pensar, de nada serviría. En ese momento, su único pensamiento era escapar de allí, de su castigo y de aquel hombre implacable.

* * *

—Si habían acordado comunicarse, y no recibe noticias de ella, el tal Yarmun sospechará que algo va mal —opinó Martín.

Alvar ya había pensado en ello y tenía decidido su próximo paso.

—Mandaremos el mensaje —resolvió—, pero con un contenido muy distinto.

Durán sonrió y estampó el puño contra el tablero de la mesa.

—Les tenderemos una trampa, Dios nos envía su bendición con este golpe de suerte.

Alvar asintió.

—Sí, les haremos creer que ella ha encontrado el modo de hacerlos entrar en la fortaleza —confirmó.

Bernardo se atusó la espesa barba castaña y sacudió pensativo la cabeza.

—¿Y los dejaremos entrar? —inquirió.

—Solo a un pequeño grupo que reduciremos sin problemas —explicó con determinación.

—No entiendo —replicó Martín—. ¿Qué sentido tiene reducir a un grupo pequeño cuando fuera nos aguarda el grueso de las tropas?

—Mi objetivo es capturar al comandante, y, con él en nuestro poder, podremos negociar la retirada.

Durán frunció el ceño; su semblante hosco se oscureció dubitativo.

—Un comandante nunca participa de escaramuzas, ni avanzadillas. Si envían un grupo de asalto para infiltrase en el castillo con el fin de abrir el rastrillo de entrada, de seguro que el líder aguardará tras su ejército.

Alvar había meditado largamente sobre aquello tras encerrar a Jimena en los calabozos y comunicar a los habitantes lo sucedido, sin mencionar, por supuesto, su deleznable flaqueza. Había concentrado la mente en cómo aprovechar aquel mensaje maldito.

—Vendrá si le damos algo valioso que tenga que supervisar personalmente.

Sus hombres lo miraron confundidos.

—Tenemos que revelarle la entrada a los túneles —declaró.

Durán, de nuevo, estrelló su enorme puño contra el tablero, lo que sacudió las jarras posadas en él.

—¡Jamás! Es demasiado arriesgado.

—Yo opino igual —intervino Bernardo—. Es demasiado imprudente acercar a los herejes a los tesoros de la Orden.

Martín guardó silencio; era el único que confiaba en la sagacidad de Alvar.

—Dejadle continuar —pidió.

Alvar miró con detenimiento a sus hombres; en su cabeza maduraba un plan temerario, pero que, bien ejecutado, les aseguraría una victoria brillante.

—Tengo el convencimiento de que nuestro comandante sarraceno es amante de…

—Le costaba hasta pronunciar su nombre—.

De ella. Por lo que es fácil deducir que deben de compartir, además, secretos y ambiciones.

Sorprendí a la mujer buscando la entrada a los túneles.

Sabe de su existencia y, por descontado, él también.

Tomar este castillo y todo el fuero, no solo se debe al deseo de integrar nuestra región al dominio musulmán, sino que también ambicionan robar nuestros tesoros y destruir nuestras reliquias. Algo que el Papa jamás nos perdonaría.

Alvar bajó la mirada hacia el zurrón que portaba atado en su cinto y lo abrió. Desplegó un pequeño pergamino sobre la mesa y lo recorrió con el dedo índice.

—Estos planos corresponden a todos los corredores subterráneos que llevan a la cripta principal. Solo uno es el correcto, los demás acaban en los fosos o son túneles ciegos.

Los hombres se inclinaron sobre el ajado y amarillento esquema, al tiempo que seguían con atención las explicaciones. Alvar señaló un corredor que salía del castillo y llegaba hasta una vieja capilla medio derruida: la entrada exterior.

—Si entran por aquí, llegarán directo a la sala circular de la que parten los demás pasadizos.

Ahí los aguardaremos. El túnel es muy estrecho, por lo que accederán a la sala uno a uno y, antes de aventurarse a otro pasillo, se reagruparán allí en espera de la decisión del comandante. Entonces los emboscaremos.

Bernardo alzó la cabeza y lo miró sin mucho convencimiento.

—Sigo sin comprender cómo tienes la certeza de que Yarmun irá con ellos.

—En la misiva, además de indicar el acceso a los túneles, les describiremos alguna de las riquezas que ocultamos, además de documentos confidenciales.

Eso será suficiente para que cualquier comandante desee supervisar en persona el traslado de un botín tan magnífico. Además, será ella quien los guíe.

—Pero, si fracasamos, todo estará perdido —musitó Durán con temor.

—No fracasaremos, controlaremos cada detalle, planificaremos cada movimiento y nos anticiparemos a ellos. No tenemos otra opción.

Martín, Bernardo y Durán se miraron entre sí, después clavaron sus ojos en él. Todos asintieron.

—Hay algo que has pasado por alto —aseveró Durán—. ¿Qué impedirá al resto del ejército venir a rescatar a su comandante si conocen la entrada a los túneles?

Alvar negó con la cabeza y sonrió complaciente.

Él nunca dejaba cabos sueltos.

—Cuando derrotemos a la avanzadilla, correremos hasta la salida del túnel exterior y derribaremos los puntales de carga, lo que provocará un derrumbamiento que sellará la entrada.

Martín lo miró con admiración y sonrió a sus hermanos.

—¿Qué os dije? Si pudimos tomar Constantinopla, capturar un comandante enemigo será un juego de niños.

—No os pido que tengáis fe ciega en mí, pero tenedla en él —alegó Alvar al tiempo que tomaba la cruz de madera que colgaba de su amplio pecho y la besaba con devoción.

Los guerreros hicieron lo mismo. Alargó el brazo con el puño extendido. Uno a uno, sus hermanos se aferraron a él, una mano sobre otra; símbolo de la unión y la fuerza.

—Haz lo que puedas. —Profirieron al unísono el lema templario, con voz grave y pausada—. Con lo que tengas. En donde estés. Pero siempre llévanos a la gloria.