Más allá del Temple CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El alba doraba tímidamente la muralla este y le confería a la piedra una calidez ilusoria.

Más allá, los campos despertaban con el rocío de la mañana, abrillantaban el verdor de las colinas y arrancaban destellos plateados al arroyo que descendía por la ladera.

El murmullo de la noche se diluía en toses, carraspeos, susurros graves y el tintineo que anunciaba el desayuno.

Jimena se desperezó frente a la ventana.

Por un instante, contempló con preocupación cómo las coloridas tiendas almohades comenzaban a bullir de actividad y rogó para que la decisión que se tomara en la tienda principal fuera la correcta.

Yarmun esperaría un mensaje, un plan, o cualquier indicio de que ella estaba bien y de que continuaba siendo su aliada infiltrada.

Pero ¿cómo comunicarse con él? Además, la situación se había complicado con el asesinato de la pobre Isabel.

Sintió un escalofrío y se abrazó a sí misma.

La mirada implacable y acusatoria del maldito templario se le había clavado en el pecho.

La creía culpable de prácticamente todo, recordó.

Debía de parecerle una auténtica diablesa.

Y tal vez lo fuera, al menos, ante sus ojos.

Amanecía. A pesar de tener un objetivo fijado y de ser tremendamente pertinaz, jamás acabaría con la vida de nadie, a no ser, por supuesto, que la suya peligrara.

Él no la conocía, en cambio, la juzgaba.

Era cierto que su actitud había sido condenatoria, pero ella sabía ver dentro de la gente.

Podía mirar a los ojos y percibir el alma de alguien, con algunas lamentables excepciones.

Lo que veía en ese iris plata era una mente brillante, de una inteligencia notable para ser un simple monje abocado a los mandatos de un libro tachado de sagrado, a pesar de estar escrito por simples humanos.

No obstante, Alvar resultaba un ejemplar masculino soberbio.

No solo admiraba su absoluto control, sus férreos principios, sino que también se sentía acicateada por ellos, por quebrarlos.

Suspiró y sintió un extraño cosquilleo en el estómago.

Se retiró de la ventana y sacó una túnica rosa del arcón.

Mientras se vestía, pensó de nuevo en él.

La atraía, y lo tendría si en algo valoraba sus muchas virtudes.

Aunque su apariencia era sin duda una baza más que favorable, sería con su ingenio que lo atraparía.

Tomó un peine y peleó con su rebelde melena; seguidamente se colocó un tocado y bajó a la sala.

No dormía con su esposo. Afortunadamente, él tenía problemas de sueño, por lo que tomaba un ponche específico que le equilibraba los humores del cuerpo y relajaba la tensión acumulada.

Se limitaba a pasar más de la mitad del día encerrado en su despacho para leer y escribir.

Ella pensaba que, si hiciera algún tipo de actividad física, llegaría tan agotado a la cama que no necesitaría pócimas de boticarios inútiles.

La mayoría de las noches lo oía deambular por los pasillos o intentaba asaltarla en su lecho con exigencias que ella debía cumplir.

Por eso, a escondidas, añadía al ponche jugo de adormidera: un efectivo ingrediente que había olvidado el boticario, visto los resultados.

La muchacha ingresó a la abarrotada sala; la mayoría de los habitantes del castillo tenía orden expresa de no salir, y el ambiente que se respiraba era tenso y agobiante.

La gente se sentía más acorralada que protegida, y ese caldo de cultivo, al que se añadía la incertidumbre por un posible asalto, provocaba más problemas que soluciones.

Su pareja era Mencia, así que la buscó y le pidió que la acompañara al patio.

Necesitaba evaluar la situación. En su cabeza ya comenzaba a tomar forma la manera de enviar un mensaje.

Mencia estaba ocupada en servir gachas de avena en cuencos; la dejó terminar y se dirigió al despacho de Guillén.

No lo encontró allí, por lo que se dirigió a la gran mesa de nogal y tomó un pergamino.

Miraba constantemente a la puerta y aguzaba el oído atenta a cualquier intromisión, escribió rauda el mensaje y lo metió en un cilindro metálico.

Luego, para conseguir llamar la atención de Yarmun, se quitó el tocado, tomó la daga que Guillén guardaba en su cajón y se cortó un largo rizo.

Lo enrolló concienzudamente en el cilindro de bronce.

Después, regresó al salón y tomó una gran manzana de un cesto.

Mencia la esperaba mientras se limpiaba las grandes y encallecidas manos en el delantal.

—¿Puede saberse qué se le ha perdido en el patio, muchacha atolondrada?

Sus regañinas siempre eran acompañadas con sonrisas, una cualidad maternal que hacía querer abrazarla. Si no hubiese sido por ella, su vida habría sido mucho más dura y apagada. Quería a aquella bondadosa mujer de dulce carácter y ánimo incansable.

—Necesito hablar con Alvar.

La mujer la miró intensamente, entornó sus grandes ojos castaños y apretó los labios. La evaluó con agudeza.

—Se ha convertido en un hombre muy apuesto nuestro Alvar, y muy inalcanzable —le advirtió.

Esta vez fue Jimena quien la miró con reprobación.

—Quiero hablarle sobre los asesinatos —aclaró—. Y el que se ha consagrado a Cristo es él, no yo.

—Quiero creer que no osarás llegar tan lejos.

Sé, mejor que nadie, lo que piensas sobre la Iglesia, el rencor que todavía anida en tu corazón, pero no englobes en tu odio a todos por igual.

Sé justa, porque, si no lo eres, no serás tan diferente de ellos.

Alvar es un buen hombre, cualquiera puede verlo y, si su mayor pecado es comulgar con una institución que tú repudias, creo que se merece que lo eximas.

Aquellas palabras pusieron un sabor amargo en su boca.

Jimena sabía que no era justa, pero tenía una misión importantísima que cumplir, y engatusar al comandante templario facilitaría enormemente sus planes.

Además, él solito se había interpuesto en su camino.

Se había entrometido en su vida al otorgarse un papel que no le correspondía.

Alvar sería su víctima, una baja colateral necesaria en una batalla vital para cambiar las creencias del hombre, para revelar a la humanidad la absoluta verdad sobre el cristianismo.

Ella creía en Dios, más no en sus emisarios.

Y Dios vivía dentro del hombre. Pero era un dios compasivo, comprensivo y misericordioso.

Sin imposiciones, sin restricciones, sin temor, sin reglas ni mandatos.

El mal también habitaba en nosotros, y esa pelea interna sería constante a lo largo de la vida, siempre en busca de una victoria favorable o, cuanto menos, un equilibrio soportable.

Era el individuo quien decidía la victoria de uno u otro bando, no un ministro eclesiástico.

—No soy justa, no puedo serlo. Pero, en honor a la verdad, te diré que, si Alvar no se interpone en mis planes, lo dejaré aparte. Pero sé que lo hará.

—Te salvó la vida —le recordó—. Creo que, al menos, merece que lo respetes.

—Sí, y lo respeto como a un igual. Será un digno rival.

La mujer sacudió la cabeza con pesar.

—Déjame recordarte algo: cuando se lanza una cuerda dentro de un pozo, se corre el peligro de que la soga se enrede en tus pies y caigas al fondo.

Jimena sonrió, aunque el gesto no alcanzó sus ojos.

—En tal caso, mi buena Mencia, te tranquilizaré: prometo que pondré mis pies lejos del pozo.

—Mas lanzarás la soga, a pesar de todo —le recriminó.

—Ya lo he hecho; ahora toca recogerla.

Una nube oscura empañó el orondo rostro de la doncella.

No dijo nada más, no hizo falta. Lo divisó en la muralla norte, ascendía hasta la almena de la torre.

Hablaba con dos de sus hombres cuando ella, por fin, lo alcanzó.

Mencia la aguardaba en el patio para evitar el sofoco de subir tanta escalinata.

Los tres hombres la miraron anonadados. Sus dos capitanes, con deleite; él, con indignación.

Ella sonrió con naturalidad y se acercó a ellos.

Su mirada se enlazó con la de Alvar y le sostuvo el frío acero de sus ojos.

—Señora, si no vais a respetar mis reglas, me obligaréis a encadenaros en vuestra alcoba.

La sola visión de ser esposada por él y, además, en la alcoba, le resultó demasiado excitante.

Sintió que las mejillas se le arrebolaban.

Para empeorar las cosas, comprendió que él le había leído el pensamiento.

Carraspeó molesto y miró incómodo hacia el horizonte.

Ella sintió nacer una sonrisa traviesa en sus labios.

—Alvar, iremos a la muralla sur. Hemos de vigilar todos los frentes —repuso uno de sus hombres.

Y, acto seguido, desaparecieron escaleras abajo.

—Sí, cumplo tus reglas —comenzó mientras contemplaba ese apolíneo perfil.

Desprendía una masculinidad subyugante; cada poro de su piel reaccionaba ante la proximidad de aquel hombre. Sentía la boca seca y un molesto aleteo en su estómago.

—Mencia me espera abajo —añadió en su defensa.

Entonces él la miró de nuevo. La frialdad de su mirada resultó un claro reto para ella: una barrera que derribaría.

—¿Qué deseas? A ti, pensó.

—Solo quería comunicarte que la gente hacinada en mi salón no aguantará más la reclusión. Creo que tu medida es demasiado radical —opinó.

Alvar exhibió una media sonrisa sardónica, terriblemente sensual. Jimena lo miraba embelesada.

¡Maldición!, pensó, ese hombre podría hacerle perder la cabeza.

—Lamento que mis medidas no sean de tu agrado —se burló—. Tal vez, desees ocupar mi cargo.

Jimena frunció el ceño y se acercó retadora a él. Lo vio retroceder alarmado y descubrió orgullosa que le temía.

—No anhelo tu cargo, te anhelo a ti —musitó atrevida.

El templario la miró con estupor.

—Tu osadía me desconcierta. Resulta dolorosamente obvio que nadie te ha dado unos buenos azotes —murmuró indignado.

—¿Te prestas para semejante cometido?