Más Allá del Honor (MÁS ALLÁ DEL HONOR - La historia de José Roberto nº 3) Quiero Volver a Casa
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Quiero Volver a Casa

La petición llegó en primavera.

José Roberto estaba en una ciudad del norte, no en el Castillo de Valdrim sino en una ciudad más pequeña, donde tenía su consulta el médico que Boanerge había encontrado.

Llevaba allí tres meses, con Marina y con Dannia, que había insistido en acompañarlos.

Tres meses de tratamientos que no revertían lo que no podía revertirse, pero que domaban los síntomas con la eficacia de una medicina que no puede curar y, aun así, puede hacer más habitable lo que queda.

Era una mañana de marzo. El médico había terminado la revisión mensual con el tono cuidadosamente neutro de quienes han aprendido a no prometer ni quitar esperanzas. Marina lo esperaba afuera. Dannia también.

José Roberto se quedó sentado en la silla de la consulta un momento después de que el médico saliera. Miró por la ventana: una calle del norte, edificios de piedra, el cielo gris de siempre y un viento con ese filo particular del norte que en Villa Nueva del Sur no existía.

Y pensó en el pan.

En el olor a pan antes del amanecer. En la lavanda del patio de Marina.

En el cementerio y sus tumbas bajo el ciprés.

En el campo del callejón del norte, donde Boanerge entrenaba cada mañana que pasaba en el pueblo.

En el mercado de los martes y su ruido de siempre.

En los cerros centinelas, que se veían desde la ventana de la cocina en los días claros.

En Villa Nueva del Sur.

Se levantó. Salió. Encontró a Marina y a Dannia en el pasillo y les dijo lo que había decidido, con la sencillez directa de siempre.

-Quiero volver a casa.

Marina lo miró. Sin sorpresa: con el reconocimiento de quien esperaba esas palabras desde hacía tiempo y las recibe con la calma de lo que ya estaba preparado.

-De acuerdo -dijo.

-El médico dice que… -empezó Dannia.

-Sé lo que dice el médico -la interrumpió José Roberto, sin brusquedad-. Y lo entiendo. Pero hay cosas que el médico no puede darme y Villa Nueva del Sur sí. -Hizo una pausa-. Quiero morir donde viví. No donde me trataron.

Dannia lo miró con los ojos de su madre, directos, sin desviarse. Y luego, con la determinación que era suya desde niña:

-Entonces volvemos.

El viaje de regreso duró dos días.

Boanerge bajó del castillo en cuanto recibió el mensaje, con la rapidez de siempre, sin preguntas innecesarias, con la eficacia de quien ha aprendido que las cosas que importan no se aplazan.

Organizó el viaje con la logística que había aprendido en la corte: el carruaje adecuado, las paradas necesarias, los cuidados que el estado de su padre requería en el camino.

José Roberto viajó mirando por la ventana del carruaje con la atención que ponía en todo lo que valía la pena mirar.

El paisaje cambiaba del norte al sur: las colinas se volvían más suaves, los árboles más bajos; el río Valdín apareció a la derecha con la amplitud tranquila que tiene cuando ha recorrido suficiente camino hacia el sur como para perder la prisa de la montaña.

La temperatura subía un grado imperceptible por hora.

Y el aire cambiaba, con ese cambio sutil que solo notan quienes conocen los dos mundos: el momento en que el aire del sur trae algo que no es solo temperatura y que no tiene nombre.

Marina viajó a su lado. Sin hablar mucho; no hacía falta. Con la mano en la suya cuando el camino se ponía irregular y los ojos puestos en el mismo paisaje que él miraba, pensando en paralelo, como habían hecho siempre.

El segundo día, cuando ya se veían las colinas del sur y empezaban a aparecer los primeros pueblos conocidos, José Roberto vio algo por la ventana que le hizo cerrar los ojos un momento.

A lo lejos, hacia el este, el desvío del camino de Altaverde. El sendero que subía dos colinas y bajaba por un valle estrecho hasta la curva del segundo descenso. El camino donde había muerto Lucía, años atrás.

Lo vio pasar. Abrió los ojos. Siguió mirando hacia adelante.

Hacia Villa Nueva del Sur.

Llegaron al atardecer del segundo día.

El pueblo los recibió con la discreción de los pueblos pequeños que saben que algo importante está ocurriendo y lo respetan sin convertirlo en espectáculo.

Las puertas de las casas, abiertas. Los vecinos saliendo a los umbrales con el saludo silencioso de quien reconoce a alguien y quiere que ese alguien sepa que ha sido reconocido.

José Roberto vio el pueblo desde la ventana del carruaje antes de llegar del todo. Los cerros centinelas. El campanario. Los caminos de tierra. El humo de las chimeneas en el atardecer frío de marzo.

Villa Nueva del Sur. El pueblo al que su padre había llegado al amanecer del tercer día de huida, con Rita de la mano y el barro seco en las botas.

El pueblo donde él había nacido, crecido, aprendido y amado.

El pueblo que había dejado tantas veces y al que siempre había vuelto.

El único lugar que había sido siempre, de verdad, su lugar.

El carruaje se detuvo frente a la casa.

La casa que olía a pan y a lavanda. Con los azulejos blancos de borde azul en la cocina. Con el horno de barro levantado por sus propias manos. Con el cajón donde guardaba el documento del rey, con los nombres de todos sus hijos, Marianita incluida.

Boanerge abrió la puerta del carruaje y le ofreció la mano para ayudarlo a bajar.

José Roberto la tomó. Y puso el pie en el suelo de Villa Nueva del Sur con la firmeza de quien sabe que ha llegado exactamente adonde tenía que llegar.

-Aquí -dijo en voz baja. Sin destinatario. Solo nombrándolo: el lugar, la llegada, la certeza.

Marina bajó a su lado y lo tomó del otro brazo.

Y los dos, ella y el hombre que había sido el hijo del herrero, el nieto del rey, el panadero, el guerrero, el padre y todo lo demás que había elegido ser, entraron en su casa.

A casa. Por última vez. Y la más completa de todas.