32. Oakley #2
La vergüenza y el arrepentimiento me invaden, porque la respuesta ha llegado tan deprisa que debería haber sido evidente hace meses. No debería haber tenido que acabar aquí, suplicándole que me mirara o que escuchara lo que tenía que decir, para darme cuenta de que lo que hice fue... una mierda.
Aunque no llegué a ponerlo en marcha, sembré una semilla que podría haber arruinado la carrera de Quinn, todo su futuro en la NHL.
¿Y para qué? ¿Para ser el capitán del equipo durante una puta temporada?
¿Para cumplir algún papel en un legado que ni siquiera voy a transmitir a otra generación de Reed después de mí? ¿Para evitar tener que jugar con él?
Es repugnante, y me deja un sabor amargo en la boca. No puedo creer que no me haya dado cuenta antes.
Nada justifica arruinar el esfuerzo y la determinación de otra persona.
Desde luego, no justifica perderlo a él.
Asiento un par de veces, tragando saliva con dificultad antes de mirarlo a los ojos.
—Tienes razón. No, no lo justifica. Y, sí, el yo de hace cinco meses no lo habría detenido.
Pero eso no cambia el hecho de que el yo que tienes delante ahora sí lo haría.
Sí, claro que sí —digo, abriendo los brazos a los lados—.
Quería ser capitán. Quería verte bajar uno o dos peldaños, o diez, pero eso no justifica lo que hice.
Debería haberlo sabido, debería haberme dado cuenta, pero no fue así.
Y lo siento. De verdad, lo siento mucho.
Pero tienes que entender que ya no soy el mismo de antes.
—¿De antes?
—De antes de ver más allá de esa fachada de mierda, Quinn. —Me humedezco los labios y me acerco a él—. Cuando descubrí quién eras en realidad, todo empezó a cambiar. Todo empezó a transformarse y, por mucho que intentara frenarlo, me fue imposible.
Él asiente, sombrío, con una expresión a juego con la fina línea en la que se ha convertido su boca.
—No es una buena situación para alguien a quien le gusta tener el control, ¿verdad?
Niego con la cabeza y se me escapa un suspiro largo.
«No lo es, cariño. Ni de coña lo es».
—No sé... qué esperas sacar de todo esto. —Se rasca la nuca antes de volver a bajar la cabeza—. ¿Qué quieres?
«Muchas cosas. Pero lo más importante es... no perderte».
—Que me perdones —susurro—. No tiene por qué ser hoy, ni mañana, ni la semana que viene, ni dentro de un mes. Pero quiero tu perdón, por mucho que tarde en conseguirlo.
Cediendo al impulso de tocarlo, acorto los pocos centímetros que nos separan.
—Pégame. Hazme daño. Véngate. No me importa lo que hagas ni cómo lo hagas, pero, por favor, haz algo.
Cualquier cosa sería mejor que esto. —Tengo la garganta en carne viva, destrozada por la agonía al repetir las palabras que él dijo el día en que puso mi mundo patas arriba—.
Peléate conmigo, cariño. No hay nada que me apetezca más.
Cierra los ojos y sus rasgos reflejan pura angustia cuando apoya su frente en la mía.
—¿De verdad crees que eso es lo que quiero?
Por el tono de su voz, sé que no. Tampoco puedo culparlo.
Pero quiero que se pelee conmigo. Que luche. Porque, si lo hace, todavía hay una oportunidad. De arreglar esto. De que no la haya cagado para siempre.
De saber que todavía vale la pena luchar por nosotros.
Porque yo creo que sí. Solo espero que él también lo crea.
Cuando abre los ojos y su mirada vuelve a encontrarse con la mía reúno el valor para responder con toda la sinceridad de la que soy capaz.
—No sé qué es lo que quieres.
Niega con la cabeza y traga saliva.
—Bueno, entonces ya somos dos. Puedo decirte que no quiero venganza ni represalias ni ninguna de las tonterías insignificantes que me acabas de ofrecer. Al fin y al cabo, no valen nada. Eso me lo has enseñado tú.
—Quinn...
Vuelve a negar con la cabeza y desvía la mirada mientras habla.
—Puedo decirte lo que solía querer. Alguien que entendiera mi amor por el hockey.
Que me quisiera por lo que soy, no por el dinero o por un nombre.
Que me defendiera. Que estuviera de mi parte, aunque solo fuéramos nosotros contra el mundo.
Tenía todo eso muy claro antes de conocerte.
—Se humedece los labios y deja escapar un suspiro profundo—.
Pero, una vez que empezó todo esto entre nosotros, también me di cuenta de que quería a alguien que se riera de mí.
O conmigo, daba igual. Alguien que me retara a ser mejor.
Que me sacara de mis casillas e hiciera lo que quisiera conmigo.
Que me dijera que no me soportaba y luego me besara sin pensárselo dos veces.
Cada palabra que sale de sus labios me rompe más el corazón y, unida a la forma cruda y rota en que lo dice, me sorprende que siga latiendo en mi pecho.
Porque todas esas cosas que ha dicho puedo hacerlas o ya las he hecho. Son cosas que somos o que hay entre nosotros. Nos definen. Y... me dan esperanza.
Hasta que llega y la aplasta por completo.
—Pero, sobre todo —dice con voz ronca y entrecortada—, quería a alguien que no me traicionara, joder.
Sus palabras son un cuchillo que me atraviesa la piel, los músculos y los huesos, y se me clava directamente en el corazón, que apenas late. Pero ni siquiera puedo quejarme. No cuando yo fui el primero en clavárselo por la espalda.
—Lo siento, Quinn. Lo siento mucho.
Se muerde el labio inferior y vuelve a negar con la cabeza.
—No quiero oírlo, Oak. Estoy harto de oírte decir que lo sientes.
—Entonces déjame demostrártelo. Por favor. Te lo juro por mis padres, por mi hermano, por el hockey, por todo lo que amo —intento razonar—. Por favor, créeme cuando te digo que no lo sabía.
—Sigues diciendo eso, pero lo sabías, Oak. Me dijiste que había algo que creías que no cuadraba, pero decidiste no hacer nada al respecto.
—Sí, pero no lo sabía.
—Acabas de decir...
—No, no lo sabía, Quinn. No sabía que al final me importaría. No sabía que me importaría lo que Braxton hiciera o dejara de hacer, porque no sabía que me enamoraría de ti.
Las palabras salen disparadas de mi boca y, sinceramente, no me importa si su sola presencia lo destruye todo aún más. Puede que le haya ocultado un gran secreto sobre todo este lío con Braxton y el control antidopaje, pero ni de coña voy a guardarme lo que siento por él.
Está en cada latido de mi corazón. Y se merece saberlo.
Exhalo y me paso una mano por la cara, sintiendo cómo la ironía me golpea de lleno. Y no puedo evitar que se me escape una risa triste y patética.
—Pero eso es lo peor de todo. Ahí estabas tú desde el principio, diciéndome que no me enamorara de ti. Pero me enamoré igualmente. Y, si te hubiera hecho caso, esto no me dolería tanto. Porque duele saber que no confías en mí. Saber que ya no merezco tu confianza.
Todas las palabras y emociones reprimidas salen a borbotones de mi boca en lo que solo puede describirse como una avalancha, pero no me importa.
Dejo que fluyan sin control, entregándole todos los pedacitos que he estado demasiado ocupado guardándome para mí cuando debería habérselos entregado desde el principio.
Pero ahora soy consciente de que es demasiado poco y llega demasiado tarde.
Quinn aprieta los dientes y sus ojos azules brillan detrás de las gafas. Lo conozco lo bastante bien como para saber que oculta algo. Se guarda las palabras para sí mientras yo vendería mi alma por escucharlas. Son unas palabras que necesito oír.
Aunque sea rabia u odio. Aunque me diga que me vaya a la mierda y no vuelva nunca más.
Cualquier cosa sería preferible al silencio.
Al menos así sabría que he destruido lo que teníamos y que ya no hay forma de arreglarlo.
Pero lo único que obtengo es... nada.
Así que, en lugar de seguir peleando una batalla perdida, me alejo. Voy dejando pedazos de mi corazón a cada paso y él no hace nada para detenerme.