32. Oakley
OAKLEY
MARZO
Fuera del hockey, no he tenido interacción alguna con Quinton en tres semanas.
Tres putas semanas. Veintiún días.
Una cantidad obscena de horas, minutos y segundos pasando sin saber dónde está ni qué piensa.
A pesar de que el equipo sigue ganando, aunque nuestra superstición se interrumpiera de golpe, él no ha dicho nada. No ha hecho ninguna broma ni ningún comentario sarcástico; ni siquiera me ha mirado en estas tres semanas.
Ni siquiera dijo nada al día siguiente de nuestra pelea, cuando dejé su puck de la suerte en el estante de madera de su taquilla. Lo vi cogerlo. Lo hizo girar entre los dedos cuando creyó que no lo miraba. Vi cómo tragaba saliva mientras lo apretaba en la palma antes de guardárselo en la bolsa.
Esa imagen me destrozó por dentro.
Tampoco me habló después de que el entrenador lo llamara a su despacho antes del partido de ese mismo día para devolverle la capitanía, aunque también le dejó claro que Braxton y yo seríamos castigados por nuestra implicación en la manipulación de la muestra y la consiguiente suspensión.
Sin embargo, dado que mi papel no fue tan importante como el de Braxton, me libré con bastante facilidad.
Una audiencia con un comité de la universidad que no llegó a ninguna parte.
Después de todo, una idea es solo una idea hasta que se pone en práctica, y, como yo no participé en la manipulación de la prueba, desestimaron el caso poco después.
Pero Braxton ya no forma parte del programa de hockey de la Universidad de Leighton.
Al principio lo suspendieron, pero poco después lo expulsaron.
Cuando eso ocurrió, no tardó en mudarse y nos informó de que se trasladaría a otra universidad el año siguiente.
Mejor así. Nadie, ni en el equipo ni en casa, confiaba en él después de enterarse de lo que había hecho.
Joder, si ahora empiezan a fiarse de mí de nuevo.
Lástima que la única persona cuya confianza me importa de verdad ni siquiera me mire.
Si no fuera por los entrenamientos y los partidos, en los que al menos puedo verlo y oír su voz, creo que ya me habría vuelto loco.
Incluso con esos pocos momentos, sigo sintiendo que pierdo la cordura.
Este silencio es ensordecedor; resuena en el enorme agujero que tengo en el pecho y que no deja de crecer cada día que pasamos sin hablar.
Hoy ha sido insoportable. Hasta el punto de hacer lo único que juré que no haría, no solo ante mí mismo, sino también ante Cam, Holden y Theo la noche en que todo estalló.
Voy a verlo.
Y, cuando llamo a su puerta, una mezcla de expectación y ansiedad me desgarra por dentro.
Me arrastra en direcciones opuestas: entre lo que sé que debo hacer y lo que mi corazón anhela.
Solo quiero verlo.
Fuera del entrenamiento.
Allí se espera que esté concentrado y atento a cada movimiento. Centrado, con los sentimientos y las emociones en piloto automático.
No, necesito verlo sin las protecciones y los patines que lleva como si fueran una armadura impenetrable.
«Quiero saber que está bien».
Por desgracia para mí, no es Quinn quien abre la puerta unos segundos después. Es Hayes. Y, por la forma en que frunce el ceño, está claro que no le hace ninguna gracia que esté aquí.
—Lárgate, idiota. No quiere verte.
—Hayes... —empiezo a decir, pero ya me ha medio cerrado la puerta en las narices.
«Mierda, mierda, mierda».
—Yo tampoco quiero oírte, Reed —dice cuando la puerta está casi cerrada.
Muevo la mano con rapidez y la detiene antes de que desaparezca toda esperanza de hablar con Quinn.
—Por favor, Hayes. Déjame hablar con él. Necesito verlo, aunque solo sea un minuto. Quiero decirle...
De repente, la puerta se abre de golpe, dejándome tan descolocado que casi me caigo en el umbral y choco contra la persona que está al otro lado.
Y, cuando recupero el equilibrio lo suficiente para levantar la vista, me sorprende descubrir que es Quinn.
El corazón se me encoge al verlo, martilleándome en el pecho con un dolor insoportable.
Un dolor que ha estado ahí desde el momento en que salió de mi habitación, y de mi vida, hace semanas.
Y ese dolor se convierte en un latido agonizante cuando la gélida mirada azul de Quinn se posa en mí, solo para descubrir que sus ojos están completamente vacíos.
No hay ni una pizca de emoción en ellos al verme.
Su atención se desvía hacia Hayes.
—Gracias, tío, pero no hace falta.
—¿Estás seguro, Q? —Hayes me fulmina con la mirada antes de volver la vista hacia Quinn—. No me importa partirle la cara y mandarlo de vuelta a su casa.
Él suspira suavemente y asiente.
—Sí. No pasa nada. Yo me encargo de esto.
Por muy contento que esté de poder hablar con él a solas (algo que no parecía probable hace un minuto, cuando Hayes ha abierto), no puedo evitar sentir un escalofrío ante sus palabras.
«Esto».
Como si no fuera más que un montón de basura que hay que sacar o un chicle que raspar de la suela de un zapato.
Por otra parte, eso es exactamente lo que siento que soy, así que supongo que quien se pica, ajos come.
Hayes nos deja y vuelve al apartamento, pero no sin antes lanzarme una mirada asesina. Una que estoy dispuesto a admitir que merezco.
Solo cuando Quinton y yo nos quedamos solos por primera vez en semanas, me mira a los ojos y habla.
—¿Qué haces aquí, Oakley?
Niego con la cabeza, porque ahora que por fin tengo un momento para hablar con él, no sé qué decir. No sé por dónde empezar.
—Yo... No lo sé.
Arquea las cejas y cruza los brazos sobre el pecho.
—¿De verdad vas a seguir mintiéndome?
«Me parece justo».
No le culparía por no volver a creerse nada de lo que salga de mi boca, así que más vale que le cuente toda la verdad. No tengo nada que perder.
—Supongo que solo estaba preocupado.
—¿Por qué?
—Porque te he visto hoy en el entrenamiento.
—Me ves en el entrenamiento todos los días —contesta.
—Sí, pero hoy ha sido distinto. Ibas en piloto automático y...
Se burla.
—Y te preocupa que eso se note en los próximos partidos. Bueno, pues no te preocupes por eso, Reed. Me aseguraré de estar totalmente centrado cuando llegue el momento, para que puedas ganar tu campeonato de mierda.
La forma en que me llama por mi apellido es como una puñalada en el corazón, pero no me duele tanto como la acusación que me lanza.
—¿Qué? ¿El campeonato? Eso es lo último que me importa ahora mismo.
—Entonces, ¿qué es lo que te importa?
—¡Tú! Me importas tú, joder. Si no, no estaría aquí ahora mismo solo para asegurarme de que estás bien.
Sale al pasillo y la puerta se cierra detrás de él.
—Dime una cosa, Oakley. ¿Tengo buen aspecto?
Me tomo un segundo para mirarlo. Mirarlo de verdad. Y odio lo que veo.
A principios de esta semana me di cuenta de que había perdido algo de peso al verlo ajustarse las protecciones antes del entrenamiento. No mucho, pero sí lo suficiente para notar que el pecho y los hombros ya no le llenaban la camiseta como antes.
Levanto la mirada y me encuentro con una expresión vacía grabada en sus facciones, empezando por los ojos. Antes estaban llenos de luz y fuego, pero ahora parecen huecos.
Vacíos.
Y odio saber que yo soy la razón. Me parte el corazón.
Por eso lo único que puedo hacer es negar con la cabeza.
—Bueno, pues ahí lo tienes. Ya tienes tu respuesta. Ahora puedes irte —dice, señalando el ascensor.
La derrota me golpea como un maremoto y es entonces cuando me doy cuenta de que quizá nunca consiga llegar hasta él.
Quizá nunca tenga la oportunidad de explicarle lo que significa para mí, lo mucho que me importa.
Hasta dónde estaría dispuesto a llegar para arreglar las cosas entre nosotros.
Por eso, aunque sé que debería irme, no hago ademán de marcharme, como me está pidiendo.
—Espero que sepas... que lo siento de verdad. No sabía que Braxton llegaría tan lejos. Si lo hubiera sabido, habría...
Quinton golpea la pared que tiene detrás con el puño, frustrado, antes de dejarse caer contra ella. Dos hileras de dientes blancos y perfectos le muerden el labio inferior mientras inspira hondo, y me doy cuenta de que está intentando dominar su temperamento.
Algo que no le ha costado contener desde hace bastante tiempo.
Por otra parte, yo siempre he sido quien más lo ha hecho arder.
Vuelve a soltar un suspiro largo y profundo antes de hablar.
—No vuelvas a mentirme, me cago en todo, Oakley.
Los dos sabemos que no habrías hecho nada.
Y lo sé porque no paras de mencionar el nombre de Braxton como si tú no tuvieras la misma culpa.
Puede que no cometieras el delito, pero lo sabías.
Podría haberme costado mi futuro en el hockey.
Y no hiciste una mierda para arreglarlo, incluso después de lo que pasó entre nosotros.
.. —Se interrumpe con una sacudida de cabeza y la mirada clavada en el suelo—.
Puede que no empuñaras el arma, pero ayudaste a apretar el gatillo.
Eres responsable de tus decisiones. Ahora te toca vivir con ellas.
Tiene razón. Todas las personas de este planeta tienen que vivir con las decisiones que toman y acarrear con las consecuencias.
El problema aquí es que... yo no puedo vivir con las mías. Porque eso significa vivir sin él.
Una nube sombría se cierne sobre nosotros, retorciéndose y enroscándose mientras espera el momento perfecto para desatar un torrente de emociones. Todas las que he estado conteniendo con todas mis fuerzas durante las últimas semanas, solo para poder llegar al final de la temporada.
Pero siento que todo está a punto de desbordarse cuando las lágrimas asoman a esos ojos azul hielo que conozco mejor que los míos.
A pesar de carraspear, la voz le sale áspera, como si la hubieran arrastrado sobre fragmentos de cristal roto. Y ese sonido me atraviesa el corazón.
Pero no tanto como las palabras que pronuncia.
—Déjame preguntarte una cosa. ¿El fin justificó los medios?
«No».
Y así, sin más, la tormenta que se cierne sobre nosotros se desata.