7. Oakley
OAKLEY
—¿Qué...?
El repentino empujón que me da en cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros me hace trastabillar.
El corazón casi se me sale del pecho mientras intento recuperar el equilibrio a ciegas en aquella habitación oscura y sin nombre.
Lo cual se vuelve mucho más difícil cuando se enciende la luz, cegándome por completo, y me aferro al borde de algo.
Un lavabo.
Un baño. Estamos en el puto baño.
Genial.
—¿Qué cojones, De Haas? —espeto, parpadeando para que los ojos se me adapten a la luz. Cuando miro hacia la puerta, me molesta aún más verlo apoyado contra ella con una sonrisa satisfecha. No dice nada, solo sigue sonriendo. Como si estuviera disfrutando de esto.
Pero eso no puede ser verdad, porque Quinton no disfruta de nada que no tenga que ver con una pelea, las pucktillas o su estúpida moto.
Y ninguna de esas cosas tiene nada que ver con estar encerrado en un baño conmigo.
A menos que...
—Esto no va a acabar convirtiéndose en una pelea en un baño, ¿verdad?
Arquea ligeramente las cejas e inclina la cabeza a un lado mientras me estudia.
—¿Cómo de borracho vas ahora mismo?
Frunzo el ceño.
—Me he bebido menos de una cerveza.
Sigue mirándome fijamente un segundo, con esos malditos ojos que arden como siempre.
—Entonces, ¿por qué coño piensas que vamos a pelearnos en un puto baño? El buen entretenimiento en una fiesta debería pasar —da unos golpecitos en la puerta que tiene detrás— ahí fuera. Ya sabes, para que todo el mundo pueda animarme mientras te parto la cara.
El razonamiento tiene la suficiente lógica como para que me lo crea. Incluso la parte en la que me parte la cara, porque este imbécil nunca parece renunciar a arreglar sus problemas a puñetazos. Pero eso no explica por qué...
—Entonces, ¿me explicas qué hacemos aquí encerrados?
La sonrisa de Quinton se vuelve maliciosa. Incluso depredadora, mientras se aparta de la puerta y se acerca a mí. Y no se detiene hasta acorralarme, literalmente, en una esquina. Como un cazador que acecha a su presa.
La frialdad de su mirada se suaviza. Hasta se le dilatan las pupilas cuando apoya las manos en el lavabo, a ambos lados de mis caderas.
La cercanía hace que el corazón me golpee las costillas con tanta fuerza que juraría que va a reventarme el pecho.
Una sensación que no hace más que empeorar cuando se inclina un poco más sobre mí, y el aroma de su colonia me envuelve y me envía una descarga eléctrica que va directa a mis partes.
«Joder, ¿qué coño está haciendo?».
—¿No es obvio? Estamos aquí para despejar tus dudas —me susurra, como si fuera capaz de leerme la mente.
Me roza el lóbulo de la oreja con los labios al mismo tiempo que presiona el pecho contra el mío. Siento un hormigueo por todo el cuerpo al notar sus pectorales firmes y esculpidos, y se me pone dura detrás de la cremallera.
—Estás de coña —susurro, esperando que solo yo perciba el temblor de mi voz.
—¿Que estoy de coña? —se burla, apartando una mano del lavabo para agarrarme por encima de los vaqueros—. Creo que el único que está de coña aquí eres tú, diciéndome que no te interesa lo que te ofrezco.
«Mierda».
Que mi cuerpo me traicione delante de mi peor enemigo no entraba en mis planes para esta noche.
—Apártate, De Haas. No va a pasar...
El resto de la frase se me queda atascado en la garganta cuando me acaricia por encima de la tela. Si a eso le sumo la forma en que sus labios me recorren ahora el cuello, dudo mucho que sea capaz de recordar qué estaba diciendo.
Lo único en lo que puedo concentrarme es en la descarga que recorre nuestros cuerpos y en las chispas que saltan allí donde nos tocamos.
Y, joder, me gusta. Me gusta demasiado.
Cierro los dedos en puños sobre la tela de su camiseta y hago todo lo posible por apartarlo, por mucho que mi cuerpo suplique justo lo contrario. Pero toda la determinación y la voluntad que me quedan no bastan. Ni siquiera la fuerza bruta serviría de mucho.
Estoy atrapado, completamente a su merced.
Y él lo sabe.
—Resístete, cariño. No hay nada que me ponga más.
La aspereza de su voz suena como si le estuvieran tocando a él y.
.. joder. Eso le hace algo absurdo a mi cerebro.
Hasta el punto de que dejo que el deseo se imponga al sentido común y permito que me desabroche los vaqueros.
Que siga con la cremallera. Que me baje los vaqueros y la ropa interior hasta dejarlos por debajo del culo para poder tocarme.
En el momento en que sus dedos se cierran a mi alrededor, creo que podría correrme allí mismo.
Quinton no pierde el tiempo: me masturba hasta ponerme durísimo mientras sus labios siguen explorando la piel de mi cuello. Provocándome y burlándose de mí, dos cosas a las que estoy más que acostumbrado cuando se trata de él. Pero nunca así.
A decir verdad, es la primera vez que quiero más de ese tormento suyo, aunque jamás le revelaría un secreto así.
—Pensaba que el plan era chupármela.
Provocarlo siempre hace que pierda el control, incluso saca su lado más impulsivo, pero es un riesgo que estoy dispuesto a correr para ponerlo a prueba y comprobar si lo suyo es solo palabrería. Porque es imposible que de verdad vaya a...
Un siseo agudo se me escapa entre los dientes cuando, de repente, me muerde el músculo que hay entre el hombro y el cuello y succiona como si fuera el puto Edward Cullen o algo así. Aunque, con ese pelo casi negro y esos ojos azul claro, se parece más a Damon Salvatore.
Pero, por muy sexi que resulte, eso no significa que me apetezca jugar a los vampiros.
—¿Qué cojones haces? —pregunto, empujándolo hasta que me suelta.
Se echa hacia atrás para sostenerme la mirada y juro por Dios que pestañea como si fuera la viva imagen de la puñetera inocencia. Pero el amago de sonrisa en la comisura de los labios lo delata.
—Has dicho que chupara. Estaba haciéndote caso.
«Oh, ya está bien».
Le clavo los dedos en el hombro e intento empujarlo hacia abajo.
—Mi polla, no mi cuello, De Haas. Va siendo hora de que me hagas una demostración.
Se le dilatan las fosas nasales, en un gesto de desafío, mientras dos hileras de dientes blancos asoman en una sonrisa maliciosa.
Después, se arrodilla sobre el suelo de baldosas y se inclina hacia delante, sin pestañear, sin detenerse.
Entonces, pasa la lengua por la punta de mi pene, saboreándome por primera vez.
Pero, en lugar de tomárselo con calma, se lanza a por mí como solo Quinton podría hacerlo: sin pensárselo dos veces, sin pararse a considerar lo que hace ni las consecuencias. Y, por una vez, no me molesta en absoluto.
—Hostia puta —gimo, contando hacia atrás desde diez para mantener la compostura.
Funciona, pero por los pelos, porque está aplicando la presión exacta y la técnica precisa para llevarme al límite y dejarme a punto de explotar en menos de un minuto.
Lo que me lleva a preguntarme: ¿ha hecho esto antes?
Y, por alguna razón, la idea no me gusta.
Sin embargo, no puedo darle muchas vueltas, porque mi cabeza vuelve inmediatamente a una sola cosa mientras Quinton sigue lamiéndome y chupándome la polla.
Pienso en correrme.
Pasa la lengua por la parte inferior de mi miembro, levantando la vista hacia mi cara mientras lo hace. La imagen es hipnótica. Una de las escenas más eróticas que he vivido nunca.
—Joder, menudas vistas —murmuro, echando ligeramente las caderas hacia delante cada vez que su boca baja por mi rabo—. Si hubiera sabido que esta era la mejor manera de hacerte callar, te lo habría sugerido hace años.
El comentario debe de tocarle alguna fibra, porque redobla el empeño y se la mete más a fondo, hasta que se atraganta. La sensación de ese músculo suave y húmedo cerrándose alrededor de mi polla dispara oleadas de placer que me recorren de arriba abajo.
—Mecagoenlaputa —jadeo con dificultad, aferrándome con fuerza al lavabo que tengo detrás.
En el fondo, sé que debería cortar esto antes de que vaya aún más lejos de lo que ya ha ido. Y nada menos que con Quinton. Nunca podría perdonármelo si no impido que haga que me co...
Bueno, qué más da. Esto ya no puede ir mucho peor.
Así que me abandono al deseo primitivo que me recorre la columna y una de mis manos deja la porcelana fría para enredarse en los mechones más largos de la parte superior de su cabeza.
Tenerlo sujeto por el pelo castaño oscuro me sirve de ancla y me permite colocarlo exactamente donde quiero mientras tomo lo que quiero.
El control pasa de él a mis manos, justo donde me gusta que esté, y no pierdo tiempo en ejercerlo. Lo guío arriba y abajo sobre mi polla mientras mis caderas avanzan con un ritmo rápido e implacable. La tensión se me acumula en la base de la columna y me dejo arrastrar por la necesidad de correrme.
El sonido entrecortado de mi respiración y los ruidos húmedos y descuidados que Quinton hace mientras sigue el ritmo de lo que le doy resuenan contra las paredes y se convierten en la banda sonora de una fantasía obscena que nunca supe que tenía.
Y es la hostia de perfecta.
Cada embestida me acerca un poco más al borde, a un orgasmo inminente. Y cuando alza una mano y me acaricia los testículos, la presión basta para que me corra sin previo aviso en lo más profundo de su garganta.
Las estrellas estallan tras mis párpados y sigo empujando las caderas hacia delante mientras él se traga mi orgasmo, mi semen, como si de verdad lo quisiera. Tampoco da señales de querer parar; solo se aparta mucho después de haberme dejado seco.
La saliva gotea de mi polla al suelo de baldosas, entre mis pies, y fijo la vista en ese punto mientras intento calmar los latidos acelerados de mi corazón tras lo que solo puede describirse como un orgasmo alucinante.
Pero ¿qué pasa cuando sales disparado, directo al espacio, hasta el punto de sentirte ingrávido?
Que siempre acaba llegando el momento de volver a la Tierra.
Y este regreso... es devastador. Lo bastante como para provocar una extinción masiva, como la de los putos dinosaurios.
Porque, en cuanto la respiración se me estabiliza, el subidón se disipa lo suficiente para recordar quién acaba de llevarme al cielo en el baño de una fraternidad.
«¿Cómo coño ha pasado esto? ¿Por qué no lo he parado?».
Bueno, sí sé cómo.
Tuve que ser el cabrón incapaz de dejar que ganara otra batalla en esta estúpida rivalidad nuestra. En vez de callarme e irme, dejé que me afectara. Le permití ver las grietas de mi armadura y le di la oportunidad de asestarme su mejor golpe.
Y la aprovechó sin vacilar.
En cuanto al porqué... bueno, eso todavía intento averiguarlo.
Se me forma un nudo en la garganta al verlo delante de mí, con los labios hinchados y el pelo revuelto por el sexo. Y, aunque he sido yo quien le ha dejado la boca así, soy lo bastante listo como para darme cuenta de que soy yo quien está a punto de salir perdiendo de verdad.
Porque ya no hay marcha atrás. Nunca volveré a tener la sartén por el mango.
Se pasa el pulgar por la comisura de los labios, recogiendo un poco de semen derramado (mi puto semen) antes de llevárselo a la boca.
La imagen hace que se me estremezca la polla y vuelva a animarse en contra de cualquier criterio sensato.
Lo cual ya es bastante horrible sin añadir el hecho de que sigue fuera, brillante de saliva, ahí mismo, a la vista.
En realidad, esto podría ser mi peor pesadilla.
Clava los ojos en los míos cuando se pone de pie frente a mí. Al hacerlo, me doy cuenta de lo pequeño que es este baño, sobre todo con dos jugadores de hockey de más de metro ochenta metidos aquí dentro.
Da un paso hacia mí y vuelve a acorralarme contra el lavabo, como antes. No tengo adónde ir a menos que pase por encima de él. Y, teniendo en cuenta la munición de la que dispone ahora, eso es exactamente lo que debería hacer. Tendría que poner distancia entre nosotros y largarme de aquí.
Lástima que mi cerebro esté completamente obsesionado con la sensación de su erección contra mi muslo, suplicándome que le devuelva el favor. Y, Dios, cómo me apetece hacerlo.
«Joder, no. Deja de pensar en esas mierdas».
El calor de su cuerpo se filtra a través de su ropa y de la mía, y solo empeora cuando apoyo la palma de la mano en su pecho para apartarlo. La hostilidad me recorre la piel como si me abrasara y acaba envolviéndome por completo.
Pero lo que hierve por debajo es algo mucho más peligroso.
Atracción.
Una que nunca me había permitido sentir por él, o al menos reconocer. Pero ahora la tengo delante y no puedo dejar de darle vueltas.
Después de aclararme la garganta, le digo las cuatro palabras más importantes que le he dicho nunca.
—Esto no ha pasado.
Se humedece el labio inferior y esboza una sonrisa burlona.
—Al menos en eso estamos de acuerdo, Reed.
Y, aunque estoy convencido de que todo termina aquí y de que retrocederá para marcharse, la situación vuelve a dar otro giro cuando se inclina, con la boca a apenas unos centímetros de la mía, y susurra:
—Pero céntrate en el partido de mañana y tal vez repitamos.