6. Oakley
OAKLEY
No sé qué hago en una fiesta de fraternidad después de la paliza que nos acaban de dar sobre el hielo, la quinta de esta temporada.
Lo que sí sé es que no quiero estar aquí después de haber jugado tan mal esta noche y, sobre todo, porque sé perfectamente que no debería.
No cuando mañana por la noche tenemos otro partido y necesitamos concentrarnos lo suficiente para conseguir la primera victoria de la temporada.
Pero, cuando eres el mejor amigo de un tipo como Holden, pasa lo que pasa: siempre está dispuesto a salir de fiesta, al parecer incluso un jueves por la noche, y rara vez acepta un no por respuesta cuando quiere que lo acompañes.
Esta noche es el ejemplo perfecto, porque, en lugar de dejar que me fuera a casa y me tirara en la cama, me ha arrastrado hasta aquí.
«Para que desconectes y pases un buen rato», dijo.
Pero él no es el que juega mañana.
Y, aunque lo hiciera, le daría lo mismo. Siempre quiere divertirse a lo grande cada vez que se le presenta la ocasión, esté o no en plena temporada de fútbol... y luego sigue jugando cada sábado como la gran promesa que es.
Lo admiraría si no fuera un puto grano en el culo.
—Bébete esto —me ordena, tendiéndome un vaso rojo lleno de espuma. Pero lleno de verdad, porque quienquiera que haya servido esta cerveza no tiene ni puta idea de cómo hacerlo.
Pero mejor así. No tendré que beberme esa mierda en cuanto Holden encuentre a su ligue de la noche. Con un poco de suerte, podré escabullirme de aquí en cuanto desaparezca en algún rincón oscuro de la casa para echar un polvo con la chica, o el chico, que haya elegido.
Me fijo en sus ojos dorados, color miel, y hago una mueca.
—¿Por qué te empeñas en torturarme?
Se ríe antes de darme una palmada en el hombro.
—Porque me lo pones fácil de cojones, Oak. Ahora bebe. Relájate un poco. Nos iremos antes de las once, te lo prometo. —Esboza una sonrisa diabólica antes de añadir—: Sé que necesitas tu descanso reparador para seguir estando guapo.
—Que te jodan. —Me río y le doy un empujoncito en el hombro, en broma—. Ahora vete a follar para que yo pueda irme a casa a dormir. Mañana tengo partido.
—Ajá, ¿ves? —dice, señalándome—. Que lo ignores demuestra que mi teoría es correcta. Pero ¿quién ha dicho que haya venido aquí para follar?
Levanto las cejas y lo miro con incredulidad.
—¿Esperas que me crea que no has venido aquí a ligar? ¿En serio, Hold? ¿Se te ha olvidado que llevo viviendo contigo los últimos tres años?
Al menos tiene la decencia de parecer un poco avergonzado, aunque solo sea por un segundo.
—Vale, vale, me has pillado. Por suerte para ti, ya he tanteado el terreno con este ligue. No debería llevarme más de una hora.
Suelto una risa burlona al ver su cabeza rubia abrirse paso entre la multitud mientras doy un trago a mi vaso lleno de espuma.
Lo sigo con la mirada y me sorprende verlo detenerse junto a nada menos que Kason Fuller.
Un buen chico sureño, algo reservado, con un físico imponente y más músculos de los que deberían estar permitidos.
Además de uno de los mejores tight ends que ha tenido esta universidad en mucho tiempo.
Pero también es compañero de equipo de Holden.
Y eso me arranca un suspiro de desaprobación.
Puede que sea mi mejor amigo, pero nunca he dicho que sea listo.
Llámalo demasiados golpes en la cabeza o una falta total de sentido común, da igual.
Liarse con un compañero de equipo solo trae problemas tarde o temprano, sobre todo cuando las cosas se tuercen.
Y con Holden siempre se tuercen, porque parece que no sabe ni lo que significa la palabra «monogamia».
Pero eso es algo que tendrá que resolver por sí mismo, por mucho que yo le diga que no la cague.
Cuando aparto la mirada de Holden, observo los cuerpos que se mueven y se contonean en la pista de baile improvisada al ritmo de «Blackout», de Breathe Carolina, que retumba por los altavoces.
Todo el mundo se lo está pasando en grande, sin preocuparse por nada, mientras la cerveza se derrama de los vasos de plástico y cubre la pista con un líquido brillante, resbaladizo y espumoso.
Recorro la escena con la mirada, contemplando algo sacado directamente de American Pie .
Me sorprende ver a varios de mis compañeros de equipo, ya sea buscando a una chica guapa que les alivie el mal trago de la derrota o intentando borrar por completo su recuerdo a base de alcohol.
No puedo culparlos, pero me preocupa un poco, sobre todo teniendo en cuenta que mañana por la noche tenemos otro partido contra Lakewood Heights.
Lo único que quiero esta temporada es ver a los Timberwolves ganar la Frozen Four... y no sé cómo vamos a conseguirlo si media plantilla sale de fiesta hasta la madrugada en vísperas de un partido.
Pero lo último que me apetece ser, después de esta derrota, es un aguafiestas. Así que, en lugar de decirles nada, subo las escaleras para vigilar. Para asegurarme de que no hagan más tonterías de las que ya están haciendo. Como meterse en una pelea de borrachos.
Empiezo a escribirle un mensaje a Holden para decirle dónde encontrarme cuando esté listo para irnos y me dirijo al piso de arriba, que da al salón.
Aquí hay mucha menos gente, al menos en comparación con el caos de abajo.
La mayoría está fumando marihuana o buscando un lugar donde restregarse descaradamente antes de encontrar una habitación en la que tener algo de intimidad.
No va conmigo, pero, desde aquí arriba, asomado a la barandilla, tengo una vista perfecta de todo lo que ocurre abajo.
Estoy a punto de enviar el mensaje cuando alguien me da un golpe en el hombro, haciendo que la cerveza espumosa del vaso se derrame por el borde y me moje la mano.
«De puta madre».
La irritación se apodera de mí mientras me seco la mano en los vaqueros y me guardo el móvil en el bolsillo. Es lo que pasa en fiestas como esta: la gente se empuja y se roza porque hay demasiada gente apiñada en un espacio pequeño y cerrado. Pero tampoco cuesta tanto disculparse.
Solo que, cuando miro a mi izquierda y veo quién me ha empujado, me quedo de piedra.
Quinton.
Está apoyado en la barandilla, con la mirada fija en la escena que se desarrolla abajo. Pero sé que me ha visto. Por eso me ha empujado. Hará cualquier cosa con tal de sacarme de quicio.
Vestido con sus característicos vaqueros, camiseta y chaqueta de cuero, está claro que ha venido en moto esta noche. Como si beber y conducir no fuera una mala idea. Y, a juzgar por el vaso de plástico que lleva en la mano, es evidente que eso es exactamente lo que piensa hacer.
Es la última persona que esperaba ver aquí. No solo porque supuse que se mantendría al margen por el escándalo del dopaje, que aún lo persigue como un hedor imposible de quitarse de encima.
Además, está lo que ha pasado con su padre esta noche.
Si yo fuera él y mi padre me hablara así me pasaría semanas metido en la cama. Absolutamente destrozado por la falta de apoyo de la persona más importante de mi vida.
Sin embargo, aquí está, con una cerveza en la mano, de fiesta, como si nada.
En lugar de dejar que gane este jueguecito con el que intenta sacarme de quicio, opto por otra vía y lo ignoro. Igual que hizo él conmigo cuando quise que habláramos hace unas horas, después del partido.
Pensar en esto hace que me plantee volver a intentar hablar con él, pero este no es ni el momento ni el lugar. Lo último que quiero es que alguien nos escuche. Claro, toda la universidad sabe que han acusado a Quinton de algo relacionado con las drogas, pero ellos no saben lo que yo sé.
Bueno, lo que estoy bastante seguro de saber.
La verdadera pregunta es: ¿lo sabe Quinton?
Eso es precisamente lo que quería averiguar esta noche, antes de que me empujara contra la pared y me gritara.
Pero, si tuviera alguna sospecha, ya la habría dejado caer.
Habría soltado algún comentario sarcástico en algún momento.
Y Braxton ya habría salido del programa de hockey si Quinton sospechara que tuvo algo que ver.
Así que, en lugar de sacar el tema y arriesgarme a sembrar dudas, mantengo la boca cerrada, doy otro trago a la asquerosa espuma de mi vaso de plástico y procuro olvidarme del asunto.
Pero enseguida mi indiferencia parece frustrarlo. Lo noto por la forma en que no deja de golpear el vaso contra la barandilla. Por eso no me sorprende en absoluto que sea el primero en romper el silencio.
—¿No deberías estar en casa, niño bonito?
—Estoy de niñera —murmuro, ignorando su «niño bonito». Señalo con la mano hacia donde están Holden y Kason pegados el uno al otro en la pista de baile y continúo—: Mi compañero de piso necesitaba mojar el churro.
Por primera vez desde que se ha plantado a mi lado, noto sus ojos sobre mí, entrecerrados, escrutándome. Me molesta.
—¿Qué? —pregunto, sosteniéndole la mirada.
—Muy propio de ti: juzgar a la gente a la que llamas amigos —se burla, pasándose los dedos por el pelo oscuro—. Con colegas como tú, ¿quién coño necesita enemigos?
—No lo estoy juzgando.
No es exactamente mentira. No estoy juzgando a Holden por querer acostarse con alguien. Estoy juzgando con quién ha decidido hacerlo.
La expresión de Quinton es, como mínimo, escéptica.
—Oh, por favor. Guárdate esas mierdas para alguien a quien de verdad le importen.
—Bueno, a ti no te importa nada, así que...
Pone los ojos en blanco.
—Entonces, como mi vida no gira en torno a un puck y un par de patines, ¿eso significa que no me importa nada?
Esto sí que puedo hacerlo. Lanzarle pullas hasta que algo le haga reaccionar. Y, por la mirada que me lanza, puedo decir que está a punto de hacerlo.
—No, pero sí explica por qué el entrenador no te devolvió el puesto de capitán después de tu pequeña suspensión.
Resopla.
—Por favor. La única razón de que eso pasara es que compartís apellido, y los dos lo sabemos.
—O quizá sea porque yo sí sé lo que significa ser un líder. Lo que implica darlo todo por el deporte y por el equipo. Algo que los dos sabemos que tú no puedes decir.
Se le dilatan las fosas nasales.
—Yo doy por este equipo todo lo que tengo y más.
—¿De verdad? —hago una pausa e inclino la cabeza a un lado—. Porque esta noche, sobre el hielo, no lo parecía.
Debo de haber dado con la tecla, porque Quinton alarga el brazo y me agarra con fuerza por la parte delantera de la camiseta. El movimiento brusco hace que los dos vasos salgan despedidos por encima de la barandilla y se pierdan entre la multitud.
—Parece que alguien se está enfadando —lo provoco. Me gusta ser yo quien consigue sacarlo de quicio.
—Y parece que alguien cree haber jugado el partido de su vida esta noche, cuando no darías con la portería ni aunque la tuvieras metida por el culo.
Se me escapa una carcajada.
—¿Otra vez con los chistes sobre gais, De Haas? ¿No se te ocurre ninguna otra forma de ser homófobo?
Curva los labios en una mueca de desprecio.
—Oh, chúpamela. Puto gilipollas.
Sonrío y me inclino hacia él, aprovechando en mi favor la cercanía entre los dos.
—Sácatela. Me arrodillo aquí mismo, ahora. Te haré la mejor mamada de tu vida, te lo garantizo.
A Quinton se le enciende la mirada, abrasándome con ella, mientras el puño con el que me sujeta la camiseta se cierra todavía más. Luego vuelve a clavar la vista en mí, como si pudiera atravesarme.
Y no me gusta.
—¿La mejor mamada de mi vida? Estás muy seguro de ti mismo, Reed.
Noto un cosquilleo en el vientre. Su respuesta me desconcierta, pero hago todo lo posible por mantener la voz firme.
—¿Quién podría chuparla mejor que alguien que tiene polla?
Se burla.
—Mucha gente, seguro. Yo mismo, sin ir más lejos.
Me río porque, vamos a ver, ¿en serio? ¿Hasta ahí quiere llegar? ¿A decir que él, que es heterosexual, podría chupar pollas mejor que alguien como yo, que lleva años haciéndolo?
No tiene ningún sentido.
—Eso está por ver —se me escapa antes de que pueda evitarlo.
Se humedece el labio inferior y se lo muerde.
—Podría hacerlo, pero creo que te gustaría demasiado.
Sí, es bastante probable.
Puede que lo odie por principios, pero el cabrón es el tío más sexi que he visto en mi vida.
Créeme, he hecho todo lo posible por no fijarme en él.
Ser abiertamente gay en un equipo de deportistas hace que ya de por sí me mantenga más al margen en el vestuario que cuando aún no había salido del armario.
No quiero que ninguno de mis compañeros se sienta incómodo y, por suerte, ellos tampoco me hacen sentir así.
Por supuesto, como Dios me odia, la única excepción es Quinton.
Por eso procuro apartar la vista de él más que de nadie. Y lo seguiré haciendo, porque es heterosexual y el mayor imbécil del planeta.
Pero tengo que admitir que verlo chuparme la polla sería...
«Deja de pensar en eso. Para, para, para».
Por suerte, mi cerebro capta el mensaje y corta en seco cualquier pensamiento sobre el imbécil que tengo delante. Al menos, en ese sentido. Y enseguida lo sustituye, una vez más, una punzada de furia al detectar un destello de diversión en sus ojos.
—Dudo mucho que lo disfrutara —espeto.
La forma en que arquea las cejas delata su sorpresa ante mi respuesta. Casi como si no pudiera creer que no fuera a aprovechar la oportunidad de tenerlo de rodillas, con la boca alrededor de mi polla.
De repente, el puño de Quinton abandona mi camiseta y se aferra a mi hombro. Al hombro malo. Apenas tengo tiempo de asimilar el dolor que me atraviesa la articulación antes de que tire de mí para apartarnos de la barandilla.
Un escalofrío me recorre el cuerpo ante la posibilidad de que esté a punto de hacer una estupidez monumental, como tirarme por la puta barandilla y lanzarme sobre la masa de gente que hay debajo.
Pero, por suerte, a medio camino de las escaleras se da la vuelta y me empuja hacia una puerta que tiene detrás.