Más allá de nuestros ojos Capítulo 74
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Capítulo 74

F inalmente, había llegado el cumpleaños número dieciocho de Thomas, un día que había sido trágico por años. Pero hoy, tantos meses después de su regreso, era un día de festejo.

Thomas, para sorpresa de todos, no tardó tanto tiempo en recuperarse, al menos no tanto tiempo en desempeñar una vida y rutina normal.

Había retomado sus estudios poco tiempo después de su regreso, y se había vuelto un alumno bastante bueno, se había unido a un equipo de fútbol, y al mismo tiempo había vuelto a practicar tenis.

Nadie se hubiera imaginado que incluso recuperaría muchos de sus amigos de los viejos tiempos.

Ellos al enterarse de su reaparición, fueron a visitarlo en cuanto se encontraba más estable y le organizaron una pequeña fiesta de bienvenida.

Aunque al principio se lo hallaba tímido y callado, no tardó mucho tiempo en ser el de antes.

Quien lo viera el día que lo rescatamos y quien lo viera hoy, no podría pensar que era la misma persona.

Sus ojos habían recuperado la luz, su pelo había vuelto a vivir libre, había crecido en altura e incluso en cuerpo, aquel chico delgado y gris no era más que una sombra de lo que es mi hermano el día de hoy.

Todos sabíamos que seguramente él a menudo recordaba su vieja vida, pero realmente no era algo que avasallara sus conversaciones y su alegría.

Incluso algo que llamaba la atención de mis padres, es como él jamás habló mal de sus secuestradores, no diría que les guardaba cariño, pero tampoco rencor.

Él me confesó una vez, que ellos jamás lo maltrataron, que jamás lo insultaron, jamás le prohibieron comer o hacer algo que él quisiera en la casa; incluso confesó que muy seguido le compraban cosas con la intención de entretenerlo o alegrarlo, celebraban su cumpleaños y tenía una institutriz que le daba clases.

Sin dudas quien lo escuchara, no podría entender jamás su caso, dirían que era víctima de mentes desequilibradas, y sí, pero no precisamente la de sus captores.

Su fiesta la habían hecho con la temática del tenis, así que la mayoría vestían de blanco.

Sus amigos pululaban en la fiesta e incluso mis padres habían invitado a muchos de sus socios y amigos, entre todos ellos se encontraban los padres de Max, y por supuesto Isabelina.

Por mi parte, había enviado una carta de invitación a aquel viejo grupo de apoyo que en su momento me sostuvo a mí y luego a mi plan; tuve el privilegio de ver y saludar a algunos de ellos que tanto se alegraban por mí.

Y esperaba a Beatriz, aquella mujer que me prestó su oído durante meses y con el tiempo fue a la única a quien me atreví a confesarle la verdadera historia de lo que sucedió.

Yo andaba de acá para allá sirviendo y saludando a los invitados, preocupándome por recibir a muchos de ellos, cuando Max me llama:

—¡Amore! —me llamó, mientras me empujaba sutilmente hacia él para saludarlo— acaba de llegar Isabelina, puedes aprovechar para ir a saludarla ahora para

no tener que explicar porque la conoces. —Me dice apresurado y en voz baja.

—Es una genial idea, aparte Isabelina es muy discreta en las fiestas —le dije con una mueca extraña.

—Ni me lo digas, que tu padre casi nos llama acosadores en la última —terminamos por reírnos al unísono.

De inmediato me dirijo hasta la entrada de la casa con mi vestido blanco, esta vez, corto y algo ajustado, con cierto estilo minimalista, pero aun siguiendo la tradición que Celestino me inculcó, sea donde sea que esté.

Isabelina llega sola en un coche, debido a que su hijo ya se encontraba en la fiesta, portaba un vestido amarillo, que por momentos me trasladaba a los mágicos momentos que vivimos juntas, pero como siempre acorde a su fiel estilo elegante.

Al acercarme a ella, le di un fuerte abrazo, ya hacía mucho tiempo que no la veía, ni siquiera recordaba cuántos meses pasaron desde la última vez que nos reunimos.

—Estás cada día más hermosa mi niña —me asegura con una sonrisa, mientras sujeta mi brazo.

—Sabes que me quedo corta contigo —le devuelvo el halago comenzando a caminar—. Aunque si te soy sincera me recuerdas al Monte Sinaí.

Ella, esta vez, sí ríe con ganas, sobre todo porque claramente ella no sabe a qué me refiero.

—Y tú veo que le sigues haciendo honor a tu ángel amado... —señala mi vestido, claramente blanco.

—Pues sí... puede ser, pienso que es el vestido que él hubiera elegido para un día como hoy... —expresé con cierta melancolía—. Aún no entiendo cómo siendo que el ángel del Monte Sinaí me aseguró poder verlo cuando

yo quisiera, como es que él pudo desaparecer con tanta facilidad...

Isabelina se detiene un momento, y me observa con ternura.

—¿No lo has entendido aún verdad?

—¿Entender qué? —pregunté confundida.

—Tú me dijiste que, en el Monte Sinaí, te dijeron que mientras lo necesites y lo quieras a tu lado lo tendrás, ¿no es verdad?

—Si... fueron prácticamente sus palabras —respondí con la voz cansada.

—Y también me dijiste, que cuando él se fue, te aseguro que era porque no lo necesitabas, y sobre todo, porque no eras quien había elegido involucrarlo en tú vida. —Me recuerda.

—Pues sí... me estás diciendo cosas que ya hace mucho sé, y que no me han cambiado la realidad —terminé por decirle a Isabelina con tristeza.

—La realidad no ha cambiado, porque no has querido, tú jamás pediste su presencia y jamás dijiste que lo necesitas, jamás le pediste al cielo y al universo abrir tu cuarto ojo... ignoraste cada una de las pautas mi niña.

Isabelina al decirme esas palabras acaricia una de mis mejillas con una sonrisa estampada en su rostro, y decide tomar camino hacia dentro de la casa con lentitud. Antes de entrar, se detiene en la puerta.

En ese momento algo en mi cabeza hace click.

—Yo sé que tú sabrás qué hacer, hace mucho descubriste el valor que tiene tu palabra. —Termina por decirme antes de entrar.

Y no se equivocaba, pero al mismo tiempo me había quedado helada, al ver cómo siempre tuve todas

las respuestas frente a mi. Quizás yo quería a Celestino a mi lado, pero quizás la vida y quienes me rodeaban no lo necesitaban presente estos meses.

De una forma u otra, decido no perder más tiempo, me encamino unos metros lejos de la entrada de mi casa, aprovechando que no había nadie, para finalmente hablar al aire.

—Yo Iroda, te necesito Celestino y elijo tenerte presente en mi vida. Y por eso el día de hoy le pido a los cielos y a todas las fuerzas de la naturaleza, que me devuelvan aquel cuarto ojo que una vez fue mío.

Pasaron minutos, y segundos, uno tras otro y no sentí nada, no sentí ni pude ver ningún cambio.

Solo sentí un leve dolor en el pecho, solo sentí angustia atacando mi sistema.

Entre medio de la frustración, me volteo con la intención de volver a la fiesta decepcionada por haber reavivado unas esperanzas que ya estaban perdidas.

—Es un gusto volver, mi pequeña ilumini —pronuncia aquel chico alto y rubio de ojos color cielo, parado tras de mí, con una sonrisa divertida dibujada en sus labios.

—Te amo —me atreví a decirle, con la voz casi cortada y con una lágrima a punto de correr por mi mejilla.

—Lo sé… siempre lo he sabido —asegura con una voz dulce—, solo era necesario que lo recordaras.

—Creí que este día jamás llegaría... —afirmé, ahora sí dejando caer mis lágrimas.

Pero llegó, así como un granizo de verano, sin previo aviso ni sospechas. Su presencia en mi vida siempre había sido como el aire, envolvente, vital pero invisible. Ahora, se volvería camaleónica.

Nexo final.

Porque en la vida del alma, no hay finales, solo momentos.