Capítulo 6
Y a había caído la noche cuando Max me dejó en casa, estaba algo preocupada porque le había dicho a Inés que volvería antes, sobre todo porque a mis padres no les encanta demasiado que salga un día como hoy.
Para mi suerte, cuando puse un pie en la casa, aún no habían llegado del trabajo, y por ende, nadie les diría nada.
Seguramente ni siquiera los vería hoy, les cuesta dejar el trabajo y darle la cara a nuestra realidad en días ordinarios, ni que hablar en los días tétricos…
—¿Se puede? —pregunta mi madre desde el otro lado de la puerta justo cuando estaba a punto de recostarme, sorprendiéndome con su presencia.
—Adelante —le digo desde la habitación.
—¿Cómo estás...? —consulta dudosa mi madre, con voz suave y tenue.
—Bien... ¿y tú?, ¿cómo estás?
—Muy bien —me contestó segura. Aunque desde varios metros puedo ver su cansancio reflejado en sus ojeras, y un aspecto demacrado en su semblante. Suele ser una mujer muy hermosa, a pesar de que su mirada este eternamente cargada de tristeza—. ¿Dónde estabas?
—Con Max, compré el vestido para mañana ¿por? —mantengo mi tono rígido y la tirantez en mis palabras. Ya que lamentablemente no tengo deseos de ser benevolente en un día que es claramente gris.
—Ah... porque no pensé que fueras a salir hoy... —confiesa dudosa.
—Veo que dejaste el teatrito de que no pasa nada... —rio irónicamente ante su respuesta, más que obvia pero inesperada.
—¿De qué hablas, Iroda? Sabes bien que esto no es ningún “teatrito” —afirma mi progenitora ya con menos paciencia en sus gestos.
—¿No lo es? ¿y entonces me puedes explicar porque les encanta fingir que cada cuatro de noviembre es un día como cualquier otro? —pregunté desafiante.
—No fingimos nada, Iroda... pero con encerrarnos en nuestra tristeza cada cuatro de noviembre no vamos a cambiar nuestra realidad de todos los días, la vida sigue... y llegado un momento hay que aceptar que Thomas está en el cielo y ya no volverá con nosotros.
—¡THOMAS NO ESTÁ MUERTO! —grité tan fuerte como si eso pudiera hacerlo más cierto.
Mi madre solo me observaba con desesperación.
—¿Qué está pasando aquí?, ¿qué son esos gritos? —pregunta mi padre entrando a la habitación de golpe.
—Nada, cariño... Iroda está alterada —manifiesta mi madre tratando de evadir la situación nerviosamente.
—Lo que pasa es que a ustedes les encanta vivir una mentira, haciendo como si nada pasara —sentencie ya más calmada, pero aun con la voz elevada y la mandíbula tensa.
—No digas eso, Iro... sucede que... tu no logras comprender nuestra forma de manejar las cosas —intenta dar una pobre justificación mi recién llegado padre.
—No, no, lo que sucede es que son unos cobardes —asegure mientras lo interrumpo, sacándolos del cuarto a empujones, para finalmente pegar un portazo.
Los gritos no tardaron en hacerse lágrimas y sollozos, cuando finalmente mis sábanas ya acariciaban mi cuerpo, y la falsa soledad parecía el lugar más seguro.