Más Allá de los Límites (Universidad Pine Barren 1) Capítulo 25
73%

Capítulo 25

veinticinco

LEA

Llamo a la puerta del apartamento de Declan con el portafolio apretado bajo un brazo y el cuaderno de bocetos balanceándose encima.

El pasillo está en silencio salvo por el golpeteo lejano de la música cargada de graves de alguien y el repiqueteo de mi pie, nerviosa de que nos pillen antes de estar los dos a salvo dentro.

Mis nervios son completamente ridículos.

Llevamos semanas viéndonos a escondidas, y esta es solo otra noche, otra sesión de dibujo —la última de nuestros bocetos de práctica antes del proyecto final.

A la mierda con eso. A quién quiero engañar.

Vamos a estar los dos. Solos. En su apartamento.

Con una cama perfectamente funcional a pocos metros.

Concentración total, Altman. Concentración profesional absoluta.

La puerta se abre, y todo mi profesionalismo cuidadosamente construido se evapora ante el calor abrasador de la sonrisa de Declan.

Tiene el pelo húmedo, como si acabara de ducharse, y lleva una camiseta desgastada de Metallica que se le ciñe al pecho de una forma que me dan ganas de tocarlo como si fuera una guitarra.

—Hola —dice, con voz de terciopelo cálido—. Pas…

No lo dejo terminar antes de invadirle el espacio, y mi portafolio se desliza al suelo con un golpe suave cuando le planto la boca en la suya. Él suelta un ruidito adorable de sorpresa que se transforma rápidamente en un gemido, y sus manos me encuentran las caderas y me atraen hacia él.

—Alguien se alegra de verme —murmura contra mis labios.

—Han pasado dos días —susurro, enredando los dedos en su pelo—. Demasiado tiempo.

Su risa resuena a través de nuestros dos cuerpos.

—Ayer compartimos clase.

—Eso no cuenta. —Me cuelo bajo su camiseta y le recorro la espalda caliente con las palmas—. Te sentaste al otro lado del aula y fingiste que yo no existía.

—No fingía —me corrige, presionándome contra la pared junto a su puerta todavía abierta—. Sobrevivía.

Su boca me encuentra el cuello y ladeo la cabeza para darle mejor acceso, cerrando los ojos mientras la sensación me inunda. Todo mi cuerpo vibra, cada terminación nerviosa crepitando de energía. Pero cuando oigo una risa a la vuelta de la esquina, me doy cuenta de dónde estamos.

—Declan —susurro, incluso mientras me arqueo contra él—. Estamos en el pasillo.

—Mmm —concede, sin inmutarse lo más mínimo mientras continúa con lo suyo.

Le empujo los hombros sin ningún efecto, riéndome.

—Para, nos van a pillar.

—Me da igual —masculla, pero se aparta, con esos ojos azules oscurecidos de deseo.

La parte lógica de mi cerebro —la porción cada vez más pequeña que no está consumida por las ganas de arrancarle la ropa y dejar que me folle hasta perder el sentido— me recuerda por qué estamos aquí, y que aunque vayamos a follar, es mejor hacerlo donde Mike o cualquiera de los otros chicos del equipo no nos vea.

—Proyecto de arte —digo, aunque me sale con más jadeo del que pretendía—. Último dibujo. ¿Te acuerdas?

Suspira con dramatismo y se aparta para dejarme entrar.

—Claro. Porque te invité a venir a dibujar, obviamente.

Recojo mi portafolio caído con toda la dignidad que puedo reunir, que no es mucha teniendo en cuenta que las piernas me fallan como la pasta recocida del comedor.

Y cuando paso junto a él y me dirijo al salón, ignoro con determinación lo bien que huele, no sea que volvamos a lanzarnos el uno al otro.

—He tenido una idea para esta noche —digo, dejando mis materiales en la mesita—. Algo diferente.

Su expresión pasa de juguetona a intrigada.

—¿Sí?

—Creo que deberíamos dibujarnos el uno al otro. —Levanto una mano antes de que pueda hablar—. Y si Linc aparece, se acabó. No más sesiones de estudio con el Duende Verde.

Declan enarca una sola ceja, porque claramente entiende la importancia del asunto.

La última vez que nos dibujamos mutuamente —oficialmente, al menos, en lugar de hacerlo por nuestra cuenta— fue justo antes de aquel incidente en el baño.

Con la explosión de emociones que vino después, lo hemos evitado…

Hasta ahora.

—Creo que estoy lista —digo con una sonrisa.

Una media sonrisa le asoma en la comisura de los labios.

—¿Me estás sugiriendo que entreguemos dibujos de desnudos del otro para un proyecto oficial de la universidad?

Porque me encantaría plasmar tu cuerpo en papel…

—Su mirada desciende lentamente por mi cuerpo, y lo siento como un contacto físico—.

Pero no estoy seguro de que la profesora Lucas lo apreciara…

Le doy un empujón en el hombro, y el calor me sube a las mejillas.

—No, pervertido. Con ropa. Las arrugas de la tela añadirán textura, luciremos más nuestras habilidades.

—Qué lástima. —Me atrapa la mano y me acerca de nuevo—. Me estaba entusiasmando con adoptar un enfoque más… anatómico para nuestro trabajo.

—No tienes remedio. —Pero no puedo evitar sonreír.

—Empiezo yo. —Se mueve hacia el sofá y se estira de lado con la cabeza apoyada en el codo y una pierna doblada. La postura le hace cosas ridículas al cuerpo: resalta la longitud de su torso, la amplitud de sus hombros y la línea marcada de su mandíbula.

Me quedo mirándolo un momento.

Las últimas semanas han sido… mágicas es la única palabra que encaja. Después de todo, hemos aterrizado de algún modo en esta burbuja perfecta y secreta. Mi primer año de universidad no se parece en nada a lo que había planeado, pero es mejor, y siento que he vuelto a encontrar mi rumbo.

Me siento centrada.

Tranquila.

Feliz.

—Me estás mirando fijamente —señala.

—Se supone que tengo que mirarte fijamente. Te estoy dibujando.

—Todavía no has cogido un lápiz.

Agarro un lápiz y lo sostengo como un arma.

—Ya está. ¿Contento?

—Ya casi. —Sus labios se curvan en esa sonrisa lenta que nunca falla en revolverme el estómago—. Estás preciosa esta noche.

Me miro la ropa: unos simples leggings y un suéter enorme con la Torre Eiffel que se me resbala de un hombro.

—Nada del otro mundo. Ni siquiera me he arreglado.

—Por eso funciona —dice, sin más.

Ordeno mis lápices con mucho ajetreo, esperando que no vea el rubor que me sube por el cuello.

Incluso después de semanas de esto —de nosotros— todavía no me acostumbro a cómo me mira.

Como si fuera algo valioso. Algo que merece la pena contemplar.

Algo que corre el riesgo de devorar en cualquier momento.

—Deja de distraerme —digo con firmeza, aunque me tiembla un poco la voz—. Esto es tiempo de arte serio.

—Sí, señora. —Ajusta ligeramente su postura, y la camiseta se le sube dejando ver una franja de abdomen tonificado—. ¿Te funciona esta pose?

Aprieto el lápiz con más fuerza.

—La pose está bien. Solo no te muevas.

Mis primeros trazos son vacilantes. No me lo está poniendo fácil, tumbado ahí como una pintura renacentista que ha cobrado vida.

Cuando se quita el uniforme de hockey, Declan es todo músculo fibroso y gracia fluida.

Incluso en reposo, hay una energía contenida en él, como si pudiera entrar en acción en cualquier instante.

Es un artista, con el alma gentil de un artista.

Pero con el cuerpo del Increíble Hulk.

Incluso mientras mi lápiz se mueve más rápido sobre la página, le echo un vistazo a la cara y me arrepiento de inmediato. Me observa con esa mirada penetrante que me convierte las entrañas en líquido.

—Deja de mirarme así —murmuro.

—¿Así cómo?

—Como si me estuvieras desnudando mentalmente.

—Es que te estoy desnudando mentalmente. —Le baja la voz—. ¿Quieres que pare?

Escondo la sonrisa detrás del bloc de dibujo.

—Sí. Somos artistas profesionales.

—Claro. Profesionales. —Se mueve, y veo que también está aguantándose la sonrisa.

—Declan… —Suspiro.

Sonríe abiertamente.

—Debería señalar que los artistas y sus modelos tienen un historial de…

—No termines esa frase —le advierto, pero me estoy riendo—. Tenemos un trabajo que entregar.

Mientras trabajo, trazando la curva de su mandíbula y la amplitud de sus hombros, me asombra lo cómodo que se siente esto. Lo correcto. Un silencio fácil cae entre nosotros, roto solo por el suave rasgueo de mi lápiz y alguna indicación puntual para que ajuste la posición.

Y entonces me golpea, con la fuerza de un mazazo.

Lo quiero.

La revelación me congela la mano a mitad de trazo. ¿Cuándo pasó esto? Este sentimiento tan enorme que me duele el pecho por la presión de contenerlo. Es aterrador. Es estimulante.

Es increíblemente inoportuno.

Porque querer a Declan significa que lo que está en juego acaba de multiplicarse.

Ya no se trata solo de escondernos y pasarlo bien.

Se trata de mentirle a mi hermano. De fracturar potencialmente su relación con su compañero de equipo. Del ojeador, del hockey, del futuro de Declan y de mi futuro y un millón de complicaciones más.

—Eh. —La voz de Declan atraviesa mi espiral de pensamientos—. Parece que acabas de ver un fantasma. ¿Se me ha puesto la cara tan difícil de dibujar de repente?

Fuerzo una sonrisa.

—Perdona. Solo… pensando.

—¿En qué?

No puedo decírselo. Todavía no. No cuando aún lo estoy procesando yo misma.

—En… cosas.

—Muy específico. —Se incorpora, la preocupación reemplazando la picardía en sus ojos—. ¿Estás bien?

—Sí, es solo que… —Suspiro y dejo el lápiz—. He visto a Mike hoy. Hemos comido juntos.

La expresión de Declan cambia sutilmente.

—¿Cómo está?

—Sigue raro. Distante. —Me enrollo un mechón de pelo en el dedo.

—¿El tobillo?

—Puede ser. —Me encojo de hombros—. No quiere hablar del tema. Cambia de conversación cada vez.

Mike lleva evitando a todo el mundo últimamente, pasando más tiempo solo y cortando cualquier conversación sobre hockey o su futuro.

No le ha dicho nada ni a mí, ni a Declan, ni a nadie del equipo, y mucho menos a nuestros padres, y cada vez que estoy con él, siento el peso aplastante de la culpa por lo de Declan. Como si lo estuviera traicionando.

—Odio mentirle —admito—. Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro.

A Declan se le ensombrece ligeramente el rostro.

—Lo sé. Yo también lo odio —dice.

—Pero no quiero dejar… esto. —Señalo el espacio entre los dos—. Y me siento fatal.

Se sienta a mi lado en el sofá y me toma la mano.

—Eh, mírame.

Lo hago, a regañadientes, porque mirarlo solo intensifica todo lo que siento.

—Va a salir bien —dice, apretándome la mano—. Lo resolveremos. Y si quieres contárselo antes, podemos hacerlo.

La ternura en su voz me hace un nudo en la garganta.

—No, yo… no sé lo que quiero ahora mismo… aparte de a ti. Solo… tengo muchas cosas en la cabeza.

Me aparta un rizo de la cara.

—Lo entiendo. Y estoy aquí, para cuando necesites hablar. —Se le tuerce la boca—. O no hablar. También se me da bien eso.

Me río a pesar de todo, dándole un empujón suave en el hombro.

—Sé exactamente qué tipo de «no hablar» se te da bien, Andrews.

—Culpable. —Me guiña un ojo, y luego su expresión se suaviza de nuevo—. Pero en serio. Cuando yo tengo cosas que me pesan, sobre todo con el hockey, dibujo.

—¿Por eso tienes tantos bocetos de jugadores de hockey con cara de frustración? —bromeo.

—Pues sí, la verdad. —Parece ligeramente sorprendido de que me haya fijado en eso—. Para cuando termino de volcar toda esa frustración en el papel, es como si… no sé. Como si me hubieran fregado por dentro. Los problemas pasan de ser montañas a ser granos de arena.

Le estudio la cara, la pasión genuina que hay cuando habla de arte. Me recuerda a aquella primera noche en Marie's Diner, antes de las complicaciones, cuando solo era un chico guapo al que le encantaba dibujar tanto como a mí.

—¿El hockey te frustra? —pregunto con cautela, acordándome de lo poco entusiasmado que estaba con el interés del ojeador, algo que debería haber sido un sueño cumplido.

Duda, y lo veo decidiendo cuánto compartir.

—A veces. Es… complicado.

Quiero insistir, entender esta pieza del puzle que todavía no encaja del todo con el resto. Pero algo en su expresión me dice que no está preparado para sacarlo todo a la luz.

Así que, en vez de presionar, vuelvo a alcanzarle la mano y le devuelvo sus propias palabras.

—Bueno, cuando necesites hablar, o no hablar, yo también estoy aquí.

—Lo sé. —Sonríe, inclinándose para darme un beso suave en los labios—. Hablando de dibujar, te toca posar a ti.

Sonrío.

—Quieres decir que me toca a mí ser devorada con los ojos.

—No puedo evitarlo —admite, con la mirada imposiblemente cálida—. Mereces que te devoren con los ojos.

Ajusto mi posición en el sofá, intentando adoptar una pose artísticamente interesante sin dejar de estar cómoda.

—Solo me quieres por mi cuerpo —bromeo.

Pero no se ríe. En cambio, su expresión se vuelve seria, casi vulnerable.

—Sabes que eso no es verdad, ¿no?

El pulso se me acelera dolorosamente en el pecho. Porque sí lo sé. Y eso es lo que hace que todo esto sea tan aterrador y maravilloso a la vez.

—Lo sé —susurro.