Capítulo 78
ENCUENTRO
E l colérico río de color pardo rugía ante ella, escupiendo agua al aire y hacia la bahía. Su mundo se estaba desmoronando y, durante mucho tiempo, había contemplado la idea de conducir hasta la desembocadura para ahogarse, dejando que sus pulmones y su cuerpo se llenaran de aquellas aguas tóxicas.
Llevaba en el mismo punto de la ribera del Támesis, en Gallions Point, desde las primeras horas de la mañana, desde que Henry Matheson le había enviado un mensaje en mitad de la noche con una foto en la que aparecía él junto a su marido, vivo y coleando.
Yuri y Arti, en quienes había empezado a confiar para el suministro de droga durante los últimos meses, estaban muertos.
Y lo que era más acuciante todavía: Henry Matheson estaba fuera de la cárcel.
Aquello era inexplicable de por sí. Había intentado averiguar cómo lo había conseguido, pero pronto se había dado cuenta de que era una pérdida de tiempo ineficiente.
Los hechos eran los hechos.
Henry Matheson estaba fuera de prisión y, en el poco tiempo transcurrido desde su fuga, ya había matado a sus proveedores y la había traicionado en lo único que ella le había pedido: matar a su marido.
Y ahora él estaba recomponiendo su imperio de la droga mientras el de ella se hundía.
Y no había nada que pudiera hacer al respecto.
Los hechos eran los hechos, y punto.
Su móvil vibró en el asiento de al lado.
—Jean... ¿va todo bien? —respondió ella.
—Acabas de tener una visita.
—¿Quién?
—Él.
Su cuerpo se quedó frío y se le puso la piel de gallina. —¿Estás segura?
—Recuerdo la foto que me enseñaste. Un chico guapo. Buena cara.
—Basta de flirteos. ¿Qué quería?
—Dijo que quería hablar contigo. No dijo de qué se trataba.
Oh, Jake, qué chico tan listo.
Conocía su verdadera identidad y ahora quería ponerse al día.
Los hechos eran los hechos, y no había vuelta de hoja.
Pero ¿cómo se había enterado? ¿Dónde había metido la pata? ¿Y por qué cojones no lo habían arrestado todavía?
—Necesito un favor —dijo Lindsay.
—¿Ah, sí?
—¿Aún conservas tus contactos?
—¿Cárcel o Parlamento?
—P1.
—Creo que puedo hacer unas cuantas llamadas. ¿Qué necesitas?
—¿Sería posible hacer que un interno desapareciera durante el día?
—¿De quién estamos hablando?
—Un asesino a sueldo. Muy bien entrenado. Con mucho éxito. Muy eficiente.
—¿Por qué no buscas a otro que no esté en chirona? —preguntó Jean.
Lindsay sacudió la cabeza. —No, no. Tiene que ser este tipo. Es el único que me conoce, conoce mis métodos y mis necesidades.
Hubo una pausa. Larga. Cada segundo que pasaba llenaba a Lindsay de más y más preocupación.
—Se puede hacer. Pero va a costar mucho y hará falta mucha persuasión. Tendrá que estar de vuelta antes de medianoche.
Una mueca de satisfacción asomó a su rostro. Pero no duró mucho; aún no estaba fuera de peligro. —Como he dicho, es eficiente.
—¿Qué necesitará cuando salga?
—Una pistola. O dos. Un coche, algo rápido, pero no demasiado llamativo. Un teléfono. Un portátil. Acceso a mi casa. ¿Aún tienes las llaves que te di?
—Por supuesto.
—Fantástico. Déjale entrar cuando llegue.
—¿Dónde vas a estar tú?
—Ocupándome del otro problema.
—¿Tengo que ponerle al corriente cuando llegue?
—Por favor.
—¿Y qué debo decirle?
Lindsay se lo explicó, colgó el teléfono e inmediatamente hizo otra llamada a un número que había memorizado hacía años. El único número que había necesitado recordar jamás.
Su último recurso. Su última vía de escape.
Y no hubo respuesta.
Lindsay se golpeó la rodilla con frustración y soltó un pequeño grito; luego apretó el teléfono por ambos lados y empezó a doblar el dispositivo. Se detuvo en cuanto oyó un chasquido amenazador.
Probó con el número otra vez.
Esta vez, la persona a la que llamaba respondió. En todos sus años como El Cónclave, Lindsay Gray solo se había reunido con ellos una vez.
—No deberías llamar a este número.
—Necesito una salida. Dijisteis que llamara si alguna vez necesitaba desaparecer.
Hubo una breve pausa mientras Lindsay esperaba impaciente. Se removió en el asiento y su cuerpo temblaba por los nervios. Solo habían pasado unos segundos, pero le parecieron minutos.
—Puente de Westminster. Lado este. Mediodía. Un Renault negro te recogerá. No se lo digas a nadie.