Capítulo 56
CABOS SUELTOS
L a siguiente tarea en la agenda era sencilla: cortar el único cabo suelto que quedaba pendiente.
Dylan Ayers.
Aquel joven le había visto la cara en innumerables ocasiones durante sus poco frecuentes visitas a la casa de la familia Haversham. Era un lastre, una amenaza, y una que debía ser aplastada. Pero el problema era que el escurridizo bastardo seguía vivo, como una cucaracha.
Para cuando ella hubo regresado a la finca tras secuestrar a Erica, el lugar estaba plagado de agentes de policía, por lo que se escabulló sin ser vista.
Y cuando llegaron las noticias de que Dylan había sido arrestado, supo que tenía la oportunidad de poner en marcha el Plan B.
Fue una verdadera lástima que Dylan no hubiese muerto durante la detención; le habría ahorrado un montón de molestias.
Plan B: entrar a hurtadillas, pasar de largo el mostrador de recepción atendido por civiles y luego hacerle una visita en su celda del calabozo.
Era algo simple, pero eso no significaba que fuera a ser fácil.
La suerte, sin embargo, estaba de parte de La Cábala esta noche.
Gracias a la ineptitud de Dylan y a la resaca de las drogas que aún tenía en su organismo, Darryl y el equipo necesitaban retenerlo durante el periodo completo de custodia de veinticuatro horas.
Lo que significaba que iba a estar en su celda durante las próximas dos horas, solo y sin que nadie lo molestara.
Justo donde La Cábala lo quería.
Saliendo de su coche de un salto, mantuvo la cabeza agachada mientras cruzaba el aparcamiento con cautela para entrar en el edificio.
Normalmente, habría inclinado la cabeza para saludar al personal de recepción, pero ahí estaba de nuevo la Dama Fortuna; un civil borracho acababa de entrar en el edificio para presentar sus respetos a la policía.
—Sabéis... yo... yo... de verdad respeto lo que hacéis por nosotros, ¿sabéis? Yo... es que... yo... yo no tendría huevos para hacerlo, tío —dijo el enviado del cielo ebrio, con el alcohol alimentando sus palabras.
Evitando la mirada de cualquiera, La Cábala se escabulló por delante del mostrador de recepción hacia unas puertas dobles.
Pasó su tarjeta de seguridad y esperó hasta que la puerta pitó y la cerradura chasqueó.
Luego avanzó por los pasillos. Se detuvo al llegar al área de custodia.
Era plena noche —uno de los momentos de más actividad en la comisaría— y, por tanto, el número de personas, tanto policías como civiles, superaba sus expectativas: unos veinte, moviéndose de un lado a otro, sin prestar a La Cábala la más mínima atención.
Invisible, mimetizada con su entorno.
Envuelta en el manto de la Dama Fortuna.
Avanzando hacia el otro lado de la sala, escaneó su tarjeta y se dirigió a la celda de Dylan: la cuarta a la derecha.
Buscando en su bolsillo, La Cábala encontró finalmente la llave que había copiado previamente y la introdujo en la cerradura.
Esperó. Controló su respiración. Pasó los dedos sobre la jeringuilla que llevaba en el bolsillo.
Cuando irrumpió en la habitación, la repentina perturbación desorientó y sobresaltó a Dylan. El hombre se despertó en un instante, pero el resto de su cuerpo llegó tarde a la cita, ofreciendo la oportunidad perfecta para atacar.
La Cábala no podía permitirse perder el tiempo. No podía permitirse quedarse allí a charlar.
Entrar y salir sin levantar sospechas.
Entrar. Salir.
—¿Qué...? ¿Qué pasa...? ¿Dónde...? —balbuceó Dylan mientras se incorporaba.
La Cábala no perdió el tiempo. Se situó detrás de él en un instante, con los brazos envueltos alrededor de su cuello y cabeza en la maniobra de estrangulamiento que había perfeccionado durante quince años de kárate.
Tras treinta segundos de forcejeo, el cuerpo de Dylan acabó quedándose flácido.
Una vez estuvo convencida de que estaba inconsciente —y de que no se despertaría en los próximos treinta segundos—, lo dejó sobre el pobre sucedáneo de colchón en el que le habían obligado a tumbarse.
Luego metió la mano en el bolsillo, sacó la jeringuilla y retiró el capuchón de plástico de la punta.
Dentro estaba el fármaco que le había pedido a su marido. Vicodin. Dosis alta, altamente letal.
Manteniendo el capuchón de plástico sujeto en la mano, La Cábala clavó la aguja en el cuello de Dylan y presionó el émbolo hasta que todo el líquido estuvo en su organismo.
Dylan Ayers ya estaba muerto para cuando ella lo dejó allí para que algún otro lo encontrara.
Un cabo suelto menos.
Quedaba otro.