Capítulo 52
DENUNCIA
N unca en todos los años que llevaba casado con Elizabeth se había sentido tan mal por decir la verdad como durante el trayecto al Hospital Whipps Cross, en Stratford.
Tras terminar en la prisión, Jake había recibido una llamada del hospital para notificarle que Garrison había despertado de nuevo y preguntaba por él por su nombre.
Por él. Por Jake. Por su nombre. El mismo hombre que lo había asustado hacía apenas unos días.
No tenía sentido, pero no iba a rechazar la oportunidad de ver a un viejo amigo y, con suerte, obtener algunas respuestas.
—Es Garrison. El hospital me ha llamado hace un momento. Pregunta por mí personalmente —explicó Jake.
—Y tus hijos preguntan por ti personalmente, Jake. ¿O es que te has olvidado de ellos?
Jake suspiró y puso los ojos en blanco mientras atravesaba las concurridas calles de Londres, adelantando a ciclistas y autobuses en cuanto tenía ocasión.
—Sabes que los echo de menos. Sabes que me alegra que estés de vuelta. Por favor, no lo hagas más difícil de lo que ya es, Elizabeth.
Odiaba usar su nombre completo de esa manera. Solo lo hacía cuando estaban en mitad de una discusión y quería dejar algo claro.
—¿Cuándo estarás en casa?
—Tan pronto como pueda —respondió Jake.
Colgó antes de que Elizabeth tuviera oportunidad de encontrar un fallo en su respuesta y empezar a quejarse.
Antes de darse cuenta, estaba dentro del hospital y esperaba frente a la habitación de Garrison. Dos enfermeras estaban ocupadas atendiéndolo. Una de ellas sostenía una carpeta en una mano y un bolígrafo en la otra, mientras que la otra dejaba una bandeja con comida sobre el regazo de Garrison.
Jake esperó pacientemente hasta que las enfermeras terminaron.
—Me alegra volver a verle —dijo la enfermera de la otra noche—. Esperemos que esté un poco más receptivo que la última vez.
Jake fingió una sonrisa. Era lo que más temía de su visita. —¿Supongo que el hecho de que pregunte por mí por mi nombre es buena señal, no?
—Es la mejor señal que hemos visto hasta ahora. Puede entrar cuando quiera. —La enfermera cerró la puerta y se dirigió al otro extremo del pasillo, donde se puso a hablar con una colega sobre el siguiente paciente que requería su inestimable experiencia.
Durante un buen rato, Jake se quedó mirando el pomo de la puerta, obligándose a tirar de él.
Cinco segundos. Diez. Veinte. Plantado en el suelo por miedo a que la historia se repitiera.
Consciente de los peligros de su visita, tanto para su relación con Garrison como por el efecto que tendría en la salud mental del otro hombre.
Finalmente, tras casi un minuto, Jake tragó saliva y abrió la puerta.
—Hola, colega —dijo, forzando una sonrisa mientras cerraba la puerta tras de sí—. ¿Cómo te encuentras? Las enfermeras han dicho que estás mejorando. Espero que no les estés dando mucha guerra.
Sin respuesta. Garrison seguía en la cama, sentado, mirando fijamente a Jake mientras este cruzaba la habitación.
Por favor, no pierdas los estribos.
Jake acercó una silla hacia su amigo y se sentó.
—¿Has traído galletas digestivas esta vez? —preguntó Garrison con delicadeza, dejando entrever en su voz su amistad olvidada hace tiempo.
Esas palabras sorprendieron a Jake. ¡Garrison se acordaba!
—Esta vez no, compañero. Se me ha olvidado. Pero la próxima traeré unas cuantas para ti.
—Puede que no quiera volver a verte —bromeó Garrison con una leve sonrisa asomando a su rostro.
—Buena suerte intentando mantenerme alejado.
Entonces la mirada de Jake cayó sobre la mesita de noche más cercana. Ya había un paquete de galletas Hobnobs allí. Las señaló. —¿De dónde has sacado esas?
Garrison gruñó y se encogió de hombros.
—¿Puedo coger una?
Jake recibió la misma respuesta. Lo interpretó como un sí, así que cogió una. Mientras se la metía en la boca, continuó: —Sabes, Pete, no estoy seguro de si lo sabes, pero lamento lo de tu mujer. Hay que ser una perra desalmada para dejarte cuando estás así.
—A enemigo que huye, puente de plata —dijo Garrison con indiferencia—. La mejor excusa del mundo.
—Las enfermeras me han dicho que una amiguita viene a verte todas las noches. Una chica. ¿Quién es? ¿Familia? ¿Una amiga? ¿Una antigua amante?
Garrison no respondió. En lugar de eso, se incorporó y le lanzó el mando a distancia a Jake. En cuestión de segundos, empezó a gritar llamando a las enfermeras, y sus alaridos alcanzaron un tono febril.
La historia se repetía.
En un tiempo todavía menor, las enfermeras llegaron y lo rodearon, aplacándolo con susurros y toques suaves y delicados. La enfermera con la que Jake había hablado hacía un momento lo acompañó fuera de la habitación disculpándose. Jake no las culpaba; no podía. Solo estaban haciendo su trabajo.
La historia se repetía.
—Dele algo de tiempo —dijo la enfermera cuando Jake salió al pasillo—. Acabará entrando en razón tarde o temprano.
Sabía que lo decía con buena intención, pero eso no hacía que le doliera menos. Durante los dos minutos siguientes, Jake deambuló por los pasillos del hospital, dirigiéndose a la salida.
Una vez al aire libre, bajó un pequeño tramo de escaleras y cruzó el aparcamiento de vuelta a su coche, sintiéndose desinflado.
Pero algo no iba bien.
Había alguien de pie junto a su coche.
La directora de la funeraria del funeral de Mark Murphy. Y entonces recordó de qué más le sonaba: de fuera de la escena del crimen de Haversham. Había sido la periodista que le hacía preguntas molestas e incesantes.
Jake se acercó con cautela.
—Supongo que encontrarnos aquí no es una coincidencia, ¿verdad? —preguntó Jake al llegar a su coche. Por suerte, ella estaba al otro lado y había media tonelada de metal separándolos. Por si acaso.
La mujer levantó la cabeza. Sus miradas se cruzaron.
—Si de verdad quiere averiguar qué le pasó a Mark y de qué va todo esto, puedo ayudarle.
Pero necesito que confíe en mí. — Sacó algo del bolsillo y lo deslizó por el techo del coche—.
Nos vemos esta noche. Le enviaré la hora y la dirección por mensaje.
Venga solo. Entonces le responderé a todo.
Si de verdad quiere desenmascarar al Cónclave, vendrá.