Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 39
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Capítulo 39

BASURA DE FICCIÓN CRIMINAL

J ake tenía órdenes estrictas de esperar a que llegara el equipo de la científica antes de siquiera pensar en poner un pie dentro de la mansión de los Haversham.

En cualquier otra circunstancia, habría entrado por su cuenta de todos modos, pero como la tensión entre él y el resto del equipo estaba en su punto más álgido, no valía la pena correr el riesgo.

Además, Jake reconoció al agente de policía apostado fuera de la casa como el «gilipollas de uniforme» oficial.

El hombre tenía fama de irse de la lengua con un par de otros agentes del equipo por las cosas más insignificantes.

Como olvidarse de poner la fecha en el registro de asistencia a la escena del crimen; no firmar el registro correctamente; olvidarse de anotar cualquier información en los registros de decisiones.

Era un perfeccionista redomado, un mindundi que tenía el trabajo de mierda de estar parado en el mismo sitio doce horas al día hasta que alguien lo relevase y que, aun así, se sentía el rey de todos los que estaban por encima de él.

Un ego sobredimensionado para un hombre menudo y flaco.

Si no tenía cuidado, se lo llevaría el viento.

—Perdone, señor —dijo el agente, tendiendo la mano hacia Jake—. Esta es una escena del crimen activa. Voy a tener que pedirle que se marche.

Por supuesto que no se acuerda de mí. Capullo egocéntrico.

—Está bien, Phil. Puedes guardar la porra y las esposas. No me van esas cosas raras —dijo Jake, mostrando su placa.

—Tanner. Mis disculpas. No le había reconocido. —Phil se enderezó y sacó pecho un poco más en cuanto reconoció a Jake.

—Me gustaría que siguiera siendo así, gracias. No quiero que la gente piense que tengo amigos. —A Jake le gustaba que las conversaciones resultaran incómodas y violentas, especialmente con la gente que no le caía bien—. Imagino que te habrás deslomado de tanto estar aquí de pie.

Phil se encogió de hombros con suficiencia. —Se sorprendería. Por lo que he oído, Haversham era una especie de celebridad local por estos lares. Ha venido por aquí un montón de desconocidos y gente que afirmaba ser amigos y familiares para ver qué pasa.

—Es una suerte que estemos haciendo un buen trabajo para mantener a la prensa al margen de todo esto, ¿verdad?

—No creo que dure mucho. Si me pregunta a mí, deberíamos haberlo hecho público antes.

No te he preguntado, pero gracias por tu preocupación.

—Se armaría la de Dios si tú estuvieras al mando, Phil —respondió Jake, poniéndose las manos en las caderas—. Imagina la anarquía.

—Eso me recuerda algo —empezó Phil—. Una mujer vino ayer preguntando por usted; dijo que le sonaba su cara de todo aquel trabajo que hizo en la televisión. Creo que quería hablar.

—Soy una celebridad local por esta zona, Phil. Pronto me pedirá que tengamos hijos.

Afortunadamente, Jake se libró de seguir con aquella charla soporífera gracias a la llegada de un Volvo V60 frente a la casa. Dos agentes de la científica bajaron del vehículo y se acercaron a ellos. Uno de ellos llevaba un maletín en las manos mientras el otro hablaba por teléfono.

—¿Qué es esto? —preguntó Jake—. ¿No habéis recibido el aviso? Se supone que todos tenemos que venir con el uniforme para la fiesta.

—Qué gracioso —dijo el agente que llevaba el maletín. Dejó el maletín en la acera y sacó tres monos blancos, luego le entregó uno a Jake y otro a su colega.

—¿Hay algo que deba saber? —preguntó Phil.

—¿Nadie te lo ha dicho? Hemos venido a degollarte y esconder los restos —bromeó Jake, pero a juzgar por la cara de Phil, no le hizo ninguna gracia. Jake puso los ojos en blanco, se disculpó por la ofensa y luego explicó el verdadero motivo por el que estaban allí.

—No estaba al tanto de esto —respondió Phil.

—Bueno, ahora ya lo estás. ¿Dónde quieres que firme? ¿Al dorso de la página? ¿En tu brazo? ¿En la frente?

Phil le lanzó una mirada fulminante y señaló el recuadro del documento. Jake anotó sus datos, el motivo de su visita y luego firmó y puso la fecha en el extremo derecho de la hoja. Acto seguido, esquivó a Phil y entró en la casa.

—¿Sabéis a qué habéis venido? —preguntó Jake mientras los agentes de la científica le seguían de cerca.

—El ordenador de Erica Haversham —respondió Maletín.

—Correcto. Y todo lo que venga con él. Ratón. Teclado. Memorias USB. Cualquier cosa que encuentren. —Jake hizo una pausa—. Pues adelante.

—¿No vienes con nosotros?

Jake negó con la cabeza. —Me han dicho que me quede aquí plantado y que intente parecer guapo mientras vosotros hacéis todo el trabajo duro. Así que os estaré esperando justo aquí cuando terminéis.

Los agentes se encogieron de hombros como si fuera algo habitual, se ajustaron las mascarillas y subieron las escaleras.

En cuanto los perdió de vista y pudo oír cómo se ponían a trabajar en la planta superior, Jake se dirigió al despacho de Rupert Haversham con el mayor sigilo posible y empezó a abrir la puerta.

Las bisagras crujieron y el sonido resonó por toda la casa, así que la abrió solo lo justo para que cupiera su cuerpo y se deslizó dentro.

Sin perder tiempo, pasó a toda prisa por delante de las estanterías y la máquina elíptica hacia la impresora situada en la esquina del fondo.

Allí, se agachó y, usando la manga del mono como protección adicional contra sus huellas dactilares, levantó la tapa de la impresora.

Nada. Salvo su reflejo en el cristal del escáner.

Joder.

¿Dónde estaba la copia final de su acuerdo? ¿A dónde podía haber ido a parar? Estaba convencido de que Rupert la había puesto allí y luego se había olvidado de ella. ¿A menos que ya hubiera sido incautada como prueba por alguno de los expertos forenses?

Doble joder.

Pero no, aquello no podía ser, de lo contrario Darryl se le habría echado encima como un perro policía furioso en cuanto hubiera descubierto que Jake le había estado mintiendo. No. No. No. Estaba en otro lugar; necesitaba que estuviera en otro lugar.

¿Dónde cojones podría estar?

Jake se levantó, dio un paso atrás y cerró los ojos. Se transportó mentalmente a la reunión. Rupert a la izquierda. Él mismo a la derecha, sentado lo más lejos posible del escritorio. Rupert se inclinó. Puso el documento en la impresora. Lo escaneó. Y entonces…

Habían llamado a la puerta. Helena, la mujer de Rupert.

Allí de pie con sus mallas de licra y su top corto.

Acababa de terminar una sesión con su entrenador personal.

Al parecer, había sido dura; las gotas de sudor en su cara y pecho eran prueba de ello.

Pidió disculpas y dijo que no quería interrumpir, luego pidió hablar un momento con su marido. Jake respondió que no pasaba nada.

Rupert se levantó de la silla y un sonido llegó desde detrás de Jake —el sonido de la tapa del escáner abriéndose—, pero él le había prestado poca atención y, sin ningún pudor, se había quedado admirando a Helena Haversham. Se conservaba bien para ser una mujer de casi cincuenta años.

Luego Rupert lo distrajo explicándole que volvería en un segundo y, en cuanto se marchó, Jake volvió a prestar atención al escritorio y a la impresora, balanceándose torpemente en la silla mientras esperaba.

¿Pero qué había de diferente en la imagen? Había algo nuevo que no estaba allí hacía unos instantes.

Y entonces lo recordó.

Jake abrió los ojos y estiró el cuello para mirar el estante que colgaba sobre los monitores de los ordenadores.

Su mirada recorrió el bosque de carpetas y archivos hasta que finalmente se posó en una carpeta de color rosa claro.

La bajó, poniendo especial cuidado en la delicadeza, no fuera a ser que el resto se le cayera encima.

Había una pegatina blanca pegada en el frente de la carpeta. Acoso sexual: Mujeres.

Jake no estaba seguro de apreciar el código de colores, pero estaba más que agradecido de que le estuviera ayudando ahora.

Abrió la carpeta y contuvo el aliento, con las manos temblorosas mientras hojeaba las primeras páginas. Afortunadamente, el número de casos relativos a Acoso Sexual: Mujeres era relativamente escaso, así que no tardó mucho en encontrarlo.

Sr. Jake Isaac Tanner.

Sra. Elizabeth Isobel Tanner.

Entonces oyó pasos, acercándose, procedentes del piso de arriba. Cada crujido de las tablas del suelo le enviaba puñaladas de paranoia columna arriba y abajo.

Llevado por el pánico, arrancó el contrato de la carpeta de anillas, lo dobló varias veces y se lo metió en el bolsillo de la americana, debajo del mono forense.

Cerrando la carpeta de golpe con una mano, se subió la cremallera del traje hasta el cuello con la otra.

En el tiempo que había tardado en encontrar el contrato, las carpetas se habían caído y se habían apoyado unas contra otras en ángulo.

No tenía tiempo para recordar exactamente dónde iba la rosa, de lo contrario estaba seguro de que lo pillarían con las manos en la masa.

—¿Detective Tanner? —llamó un agente preocupado.

Él les ignoró y se centró en la pequeña —pero aparentemente insuperable— tarea de volver a colocar la carpeta en su sitio.

Tras encajarla entre una carpeta amarilla y otra verde, retrocedió de un salto hacia el centro de la habitación y fingió mirar los libros, justo cuando Maletín entraba por la puerta.

Durante un breve espacio de tiempo, la vida de Jake había sido como una escena de película; excepto por la falta de fama, gloria y el cheque multimillonario al final.

—¿Detective?

Jake dirigió la mirada rápidamente al hombre que estaba en el umbral, fingiendo sorpresa.

—Tenemos todo lo que necesitamos —explicó el agente.

—Excelente —señaló los libros—. ¿Te gusta leer?

—No especialmente.

—A mí tampoco —dijo Jake, encaminándose hacia el investigador—. Tampoco aguanto toda esa basura de ficción criminal. Casi nada de eso es realista. Los malos siempre parecen ser atrapados y los buenos salen ilesos.

—Por algo lo llaman ficción. —El investigador sonrió con sorna y se hizo a un lado para dejar pasar a Jake.

Justo al entrar en el pasillo, el móvil de Jake vibró. Se bajó la cremallera y sacó el dispositivo de su bolsillo.

Era Darryl.

¿Y ahora qué?

—¿Todo bien, jefe? —preguntó Jake con indulgencia al responder a la llamada.

—Jake, necesito que bajes a The Pit cuanto antes. Dylan y Erica Haversham acaban de entrar en directo en las redes sociales. Dylan amenaza con matar a Erica por Internet.