Capítulo 36
EL CHIVATAZO
D arryl cerró la puerta con suavidad y cruzó la habitación; bajó las persianas y las giró hasta que no quedó nadie más que ellos dos. Nadie podía entrar. Nadie podía salir. No sin su consentimiento.
Lo que fuera que le esperaba iba a ser duro.
Jake retrocedió ligeramente hacia el centro de la habitación y se apoyó en el respaldo de una silla, buscando un apoyo tanto emocional como físico.
—No creo que usted y yo nos estemos llevando muy bien últimamente, Jake —dijo Darryl. Era el eufemismo del año—. ¿Qué más necesito saber?
—¿Sobre qué, jefe?
Hacerse el inocente siempre funcionaba. La mayoría de las veces.
—Sobre todo. ¿Qué cree que estaba haciendo anoche en The Pit? Solo. Sin ningún tipo de apoyo.
Jake pensó que la respuesta era obvia, pero decidió no decirla.
—Lo siento, señor —empezó—, pero de verdad que no veo dónde está el problema.
He quitado de las calles a un criminal peligroso.
Corrección: he encontrado al hombre responsable de enviar a Brendan al hospital.
¿Y ha decidido que quiere echarme la bronca por ello?
Perdone, señor, pero no entiendo cómo funciona esto.
¿Preferiría que me quedara de brazos cruzados y dejara que los criminales vuelvan a apoderarse de esta ciudad?
—Cuide su tono, Jake.
—¿Preferiría que no hiciera mi trabajo?
—Le he dicho que cuide su tono.
—Y yo le he dicho que solo intento hacer mi trabajo —vaciló un momento para calmar su respiración—.
Sabe, hay algo que me ronda la cabeza. Ha estado yendo a por mí estos últimos días.
Criticándome desde todos los ángulos, a cada paso.
Y si hay algo que he aprendido en este oficio es que, cuando eso empieza a ocurrir, suele ser por una razón.
—No me gusta lo que está insinuando, Jake. Si todavía quiere conservar su puesto de trabajo al final del día, será mejor que tenga mucho cuidado con lo que diga a continuación.
D de Darryl…
La Cábala sigue ahí fuera…
Caminando a sus anchas…
Jake tragó saliva y luego se aclaró la garganta.
Estaba en un tren que se dirigía directamente al campo de batalla, y el tren no tenía intención de detenerse.
—He estado reflexionando un poco; bastante, de hecho, últimamente.
Esta mañana, anoche, cuando me arrestó… ¿Y sabe lo que he pensado?
Se me ha ocurrido que quizá haya una razón por la que se ha opuesto a todo lo que he hecho hasta ahora durante esta investigación.
Quizá lo he estado persiguiendo a usted durante los últimos cuatro años y aún no me había dado cuenta.
Quizá estoy muy cerca de descubrir exactamente quién es usted .
Llegó aquí de la nada después de que Liam se fuera para poder vigilarlo todo.
Siempre tan cerca de la acción, sabía qué evitar.
Sacrificando a Henry Matheson. Usando a Richard Candy como chivo expiatorio, como su número dos.
Matando a Rupert Haversham y colocando pruebas en mi contra para cargarme los asesinatos a mí. Ahora todo encaja.
Jake esperaba una reacción mayor. Algo explosivo. Algo que provocara que Darryl rompiera su coraza y revelara quién era realmente. Pero ocurrió lo contrario. Se acercó a Jake tranquilamente, se apoyó en la pared junto a él y se metió las manos en los bolsillos.
—Siéntese —dijo.
Jake miró el asiento en el que se apoyaba. —Prefiero—
—Siéntese —insistió Darryl.
Con cautela, Jake rodeó la silla y se sentó en el borde.
Potencialmente estaba sentado a pocos palmos de La Cábala —la persona que le había hecho la vida imposible los últimos años—, por lo que debería haberse sentido nervioso, asustado.
Pero no era así. Jake había logrado desgastar a La Cábala hasta el punto de que ahora estaban en igualdad de condiciones, como iguales, y ya no quedaba rastro de ese ejercicio de poder y control que La Cábala ejercía sobre él.
—Vaya, así que es capaz de seguir instrucciones —dijo Darryl con sarcasmo, acercándose más—.
Voy a ser sincero con usted por un momento, Jake.
Probablemente no quiera oírlo, pero me importa una mierda.
Tiene un problema de algún tipo; un vicio del que no puede librarse por mucho que lo desee.
Puedo verlo en sus ojos, en su cara, en toda su actitud.
Por eso está tan cansado. Parece que no ha dormido en días.
Necesita descansar. Estoy seguro de que Elizabeth le ha estado diciendo lo mismo.
Está dejando que todo le sobrepase. Está estresado al límite y no quiero eso.
Es un detective estelar, y este cuerpo no sería nada sin usted.
Pero he visto que esto les ocurre a muchos otros detectives en el pasado: se obsesionan, se vuelven demasiado adictos al caso, el trabajo los consume.
Se obsesionan hasta que inevitablemente llegan al punto en que les arruina la vida.
Y entonces ya no hay vuelta atrás. Ahí es cuando empiezan los problemas.
La adicción. Los problemas financieros. Los problemas matrimoniales.
Las relaciones empiezan a desmoronarse. Aparece la depresión.
El estrés postraumático, y todo lo demás…
Ya se ha convertido en parte de su vida.
Y no estaría haciendo mi trabajo si no hiciera algo al respecto.
Tengo el deber de velar por todos mis empleados y necesito anteponer sus necesidades a todo lo demás.
Como he dicho, Jake, es un buen detective y no podemos permitirnos perderle.
—Pues no lo haga —dijo Jake con un aire de extrema ignorancia y rebeldía.
Odiaba que le dieran lecciones. Lo odiaba .
Sabía que tenía un problema; había sido el primero en darse cuenta.
Y no necesitaba que otros le recordaran que era un desastre, alguien que había perdido el control de su propia vida.
Iba a dejar el juego y todo lo demás. Por Elizabeth.
Por Maisie. Por Ellie. Solo era una lástima que hubiera tardado tanto —y que Elizabeth lo hubiera dejado— en darse cuenta, en mirar, en reparar sus errores.
—No me obligue a tomar una decisión que no quiero tomar, Jake —dijo Darryl tras un largo silencio—. No soy quien cree que soy, así que puede quitarse eso de la cabeza inmediatamente.
Jake no se iba a rendir tan fácilmente. —Demuéstrelo —dijo.
—¿Perdón?
—Demuéstrelo. Leyton Cameron está ahí abajo, en su celda, pensando que están a punto de llevárselo para entrar en el programa de protección de testigos.
—¿Por qué iba a pensar eso?
—Porque aceptó dar información a cambio de convertirse en un gran informante y pasar a ser otro nombre en la lista. Le dije que era un trato cerrado.
Darryl se rascó la nuca con frustración. —¿Por qué cojones haría usted eso?
—Porque dice que sabe dónde se aloja Erica Haversham. No quería decir nada delante de todo el mundo, pero no hablará hasta que sepa que va a entrar en protección de testigos.
—Sabe que no es tan fácil, Jake. Debería haberme consultado primero.
—Como he dicho, esta es solo la segunda vez que le veo esta mañana.
Hacerlo de esta manera supone que pueda demostrarme quién es.
Haga que suceda: meta a Leyton en el programa de protección de testigos sin que se filtre ni una palabra a nadie.
No me importa cómo lo haga, pero hágalo.
Entonces encontraremos a Erica y usted podrá quedar como el héroe.
Somos los únicos que sabemos algo de esto, así que si le pasa algo a él, sabré a quién culpar.
Darryl se separó de la pared y avanzó gradualmente hacia la puerta, todavía rascándose la nuca. Jake observó cada uno de sus movimientos.
—¿Y si me niego? —preguntó, poniendo la mano en el pomo.
—Ya sabe lo que pasará. No encontraremos a Erica. Y entonces iré a por usted como fui a por todos los demás. Y no pararé hasta haber descubierto la verdad.
Darryl miró al suelo, derrotado, y luego volvió a mirar a Jake. —Vuelva al trabajo —dijo mientras abría la puerta.