Marzio Sorrentino - A punta de daga (Lazos de sangre y pasión nº 4) Los Cimientos Inquebrantables
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Los Cimientos Inquebrantables

Mia Sorrentino

El dolor del parto era un recuerdo vívido e inquietante, una tormenta de sensaciones que me hacía dudar de si volvería a pasar por ello.

Cada contracción había sido una ola de fuego que me consumía, un recordatorio que me dejó con un respeto renovado por todas las mujeres que atravesaban ese umbral.

Pero entonces miraba a Mattia, su cuerpecito cálido y pesado en mi regazo, su boquita decidida prendida a mi pecho, y todas las dudas se disipaban. Sentía su succión rítmica, un tirón dulce que me llenaba de una plenitud tan profunda que casi dolía.

Al otro lado de la habitación, Marzio intentaba, con una torpeza tierna que me enternecía, sacarle el aire al pequeño Antônio. Sostenía a nuestro segundo hijo con manos grandes, acostumbradas a la violencia, pero ahora increíblemente delicadas, como si temiera romper ese frágil milagro.

Antônio, sin embargo, parecía más interesado en dormir que en cooperar. De pronto, un pequeño eructo seguido de un chorro de leche tibia que se derramó sobre el hombro de mi marido.

—¡Porco Dio! —gruñó en voz baja para no asustar al bebé.

Antônio, ahora mojado y probablemente incómodo, rompió a llorar: un llanto fino e insistente. Marzio se quedó paralizado, presa de un pánico cómico, sin saber qué hacer.

Fue entonces cuando Banguela, que había estado tumbado a los pies de la cuna, se levantó.

Su hocico negro olfateó los piececitos de Antônio y emitió un lamento bajo, casi un tarareo.

Curiosamente, el llanto de Antônio se redujo a un quejido, como si el sonido familiar de nuestro fiel guardián lo calmara.

—Parece que tiene más maña que tú —comenté con una sonrisa.

Marzio puso los ojos en blanco, pero su mirada se suavizó al ver que Antônio se calmaba.

Cogió un pañal de tela y se limpió el hombro con un suspiro de resignación.

Ver a mi marido desconcertado y a nuestro perro velando por el bebé me llenaba de una felicidad tan intensa que casi no me cabía dentro. Quería esto.

Quería esta casa llena de vida, risas y desorden. Quería ahogar para siempre los susurros oscuros que habían acechado estas paredes durante tanto tiempo.

Mis pequeños tenían casi tres meses. Habíamos pasado poco tiempo en el hospital; eran guerreros, como su madre, había dicho Ciara cuando nos dieron el alta.

Ganaron peso enseguida, y mi cicatriz —una línea pálida y sinuosa en el vientre— había sanado con una rapidez que asombraba a los médicos.

La vida, insistente y fuerte, reafirmaba su dominio.

Estábamos en Sorrento, en la mansión que una vez había sido escenario de tensiones pero que ahora respiraba una paz nueva.

Giovanni y Ciara habían rechazado mudarse a la mansión; seguían viviendo en su casa, más próxima al hospital, aunque siempre andaban por aquí.

Mi madre, Ivone, por fin había regresado para estar junto a Petrus después de meses cuidándome con una devoción que me hacía sentir amada más allá de toda medida.

Se merecía su propia felicidad.

Fabrizia, nuestra ama de llaves, subió a la habitación de los gemelos a avisarnos.

—Señora Mia, señor Marzio, tienen visita. La señora Alcântara está en el salón.

¿Una visita? ¿Qué hacía mi cuñada aquí? Laís debería estar en Nueva York con el pequeño Leon, que era un mes menor que mis niños.

Una punzada de preocupación empezó a crecer en mi interior. Miré a Marzio, tan desconcertado como yo. Bajamos, yo con Mattia dormido en brazos y Marzio con Antônio, ya limpio y tranquilo, en los suyos.

El salón estaba bañado por la cálida luz de la tarde. Carolina permanecía de pie junto a la chimenea apagada, con su postura elegante y serena de siempre. Pero había algo en el ambiente, una solemnidad que me encogía el estómago. No estaba allí de visita.

—Carolina —saludó Marzio con voz neutra, aunque sus viejos instintos de lobo estaban claramente en alerta—. Tu presencia es una sorpresa.

—Marzio, Mia —sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos, que eran pozos de sabiduría antigua y algo triste—. Vuestros hijos son preciosos. Enhorabuena.

—Gracias —respondí mientras acomodaba a Mattia en el regazo. El bebé suspiró, profundamente dormido—. ¿Están bien Laís y Leon?

—Están perfectos —asintió—. He venido por Leon y por vuestros pequeños.

Hizo una pausa mientras su mirada recorría nuestros rostros, sopesando sus palabras. El silencio en la habitación se volvió denso, cargado de un presagio que no lograba descifrar.

—Como sabéis —comenzó con voz suave pero increíblemente clara—, el Primero tiene reglas. Tradiciones que trascienden generaciones y mantienen nuestra... estructura. Nuestra paz.

Marzio se tensó a mi lado. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Vuestros hijos, y el hijo de Laís y Henrique, son los primeros de la nueva generación —continuó Carolina, con los ojos fijos primero en Mattia, luego en Antônio—. Los primeros nacidos de los lazos que unen a nuestras familias. Y, como tales, están sujetos a un antiguo decreto.

Volvió a hacer una pausa, y esta vez el aire pareció abandonar la habitación.

—Cuando llegue el momento, cuando alcancen la edad adecuada... —sus palabras cayeron como piedras en un lago en calma—, estos tres —Mattia, Antônio y Leon— contraerán matrimonio. Cuando vosotros, Marzio, y Henrique les encontréis novias, llegado el momento para cada uno.

Miré a mi cuñada, que lucía esa sonrisa tan característica suya.

—Esa no es la regla, Carolina... —dijo Marzio.

—La regla es que vuestros hijos deben casarse con los hijos del líder.

Pero dado el parentesco tan cercano, hablé con Henrique y llegamos a un acuerdo —sonrió y se acercó a Mattia—.

Yo, como madre, jamás permitiría que mis hijos se casaran con alguien a quien no aman.

Hago esto como familia, aprovechándome un poco de mi posición privilegiada.

El mundo se detuvo. El sonido de mi propio latido se convirtió en un tambor sordo en los oídos. Miré a Mattia, con el ceño fruncido mientras dormía, su manita perfecta aferrada a mi dedo. Miré a Antônio, con el rostro sereno e inocente en los brazos de su padre.

Marzio fue el primero en romper el silencio helado, con la voz teñida de incredulidad y cautelosa esperanza.

—¿Qué quieres decir exactamente, Carolina? —preguntó con los ojos clavados en ella, en busca de la verdad tras esa máscara serena.

Carolina volvió la mirada hacia él, y por primera vez vi a la mujer detrás de la Emisaria del Primero. Sus ojos se suavizaron y una sonrisa genuina, aunque cansada, asomó a sus labios.

—Estoy diciendo, Marzio, que la tradición es una cadena pesada.

Pero incluso las cadenas más resistentes pueden aflojarse con la palanca adecuada —explicó mientras gesticulaba con delicadeza—.

La regla dicta que tus hijos deben unirse con los hijos del líder para fortalecer los lazos.

Una práctica arcaica que trata a nuestros hijos como moneda de cambio.

Hizo una pausa y su mirada recorrió los rostros de nuestros bebés con genuina ternura.

—Henrique y yo nos negamos a ser marionetas de un decreto ciego. Hablamos. Discutimos. Y logramos modificar la sentencia.

Mi corazón, que había estado latiendo de forma errática por el terror, comenzó a acelerarse con una nueva emoción: una frágil y temblorosa llama de alivio.

—¿Modificar cómo? —me salió la voz como un susurro ronco, casi una súplica.

—En lugar de un matrimonio arreglado entre primos, el decreto ahora establece una alianza —recalcó la palabra—.

Mattia, Antônio y Leon serán criados como hermanos.

Los educarán juntos, se protegerán mutuamente, y sus lealtades quedarán vinculadas de por vida.

Cuando alcancen la edad adecuada, la unión matrimonial no será una obligación, sino una posibilidad.

Solo si el amor florece de forma natural entre ellos.

Si no... —se encogió de hombros con un gesto elegante y decisivo—.

La alianza permanecerá, pero no se sellará con el matrimonio.

Lo importante es la lealtad entre las familias, no la unión forzada de vuestros hijos.

El aire que salió de mis pulmones fue un suspiro tan profundo que me sentí mareada.

Las lágrimas que contenía ya no eran de desesperación, sino de un alivio tan abrumador que me hizo temblar.

Miré a Marzio y vi la misma tormenta de emociones reflejada en su rostro.

La rigidez de sus hombros cedió, y su mano, que aún sostenía a Antônio, parecía menos tensa.

—¿Tú... hiciste esto por ellos? —pregunté con la voz ahogada.

Carolina se acercó y, con un gesto sorprendentemente maternal, acarició la mejilla de Mattia.

—Lo hice por todos nosotros, Mia. Por Laís, por Leon, por vosotros.

Lo hice porque creo que el verdadero poder no está en controlar destinos, sino en permitir que el amor y el respeto los moldeen.

El Primero necesita evolucionar, o será devorado por su propia rigidez.

¿Y qué mejor manera de empezar este cambio que con los más inocentes entre nosotros?

Marzio dio un paso adelante con la mirada seria.

—¿Y esto fue aceptado? ¿Sin represalias?

—Lo fue —confirmó con un asentimiento—. No fue fácil, pero Henrique tiene su... poder de persuasión. Y yo, mi posición. Usamos las herramientas que tenemos para proteger a nuestra familia. Esta es la nueva regla. Tendrán la libertad de amar. La alianza es lo que importa.

Al oír aquello, el último trozo de hielo en mi pecho se derritió. No era la libertad absoluta con la que había soñado, pero era una victoria. Era una oportunidad. Era el futuro que mis hijos merecían: no dictado por un decreto oscuro, sino guiado por la posibilidad del amor.

Miré a Mattia, luego a Antônio, y una nueva oleada de dulces lágrimas me llenó los ojos. No serían peones. Serían hermanos, aliados. Y, quién sabe, en el futuro podrían encontrar sus propios amores sin un arreglo como el que me había tocado a mí.

—Gracias, Carol —susurré, y las palabras parecían insuficientes ante la inmensidad de mi gratitud.