Mariposa (Reinas al mando 1) Kade
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Kade

Kade

Es poco habitual, pero a veces pasa.

Estados Unidos me dio por muerto tras escuchar la historia de Violet y examinar las pruebas encontradas en la escena.

Aunque en realidad, me habían capturado en la montaña.

Cuando me dispararon en el pecho, mi chaleco antibalas evitó que la herida resultara letal.

La explosión me provocó quemaduras de tercer grado en el pecho, la espalda y los brazos, pero, por alguna razón, sobreviví.

Me quemaron, pegaron, dispararon y torturaron.

Encontré la forma de escapar de mis captores cuando me transportaban a una ubicación desconocida. Maté a tres amenazas con mis propias manos cuando intentaron torturarme para sacarme información.

Ese día escapé. Salté del vehículo en marcha en el que me llevaban. Viajé y me orienté como pude durante semanas, sobreviviendo a duras penas, hasta que encontré ayuda en un hospital.

Desde ahí, un grupo de Rangers me rescató y me llevó de regreso a casa. Le pedí a Slater que mantuviera todo esto en secreto para poder decirle en persona a mi futura esposa que había vuelto.

Me reencontré con Adam después de Greenville. Nos hablamos, aunque tampoco lo fuerzo. Sabe lo mío con Violet, lo cual fue una conversación bastante incómoda, aunque necesaria. Al principio estaba cabreado y distante, pero con los meses se ha ido relajando.

Después de un largo despliegue en Letonia, mi avión aterriza en Carolina del Norte.

Suelto un suspiro de alivio cuando el piloto lleva a cabo el aterrizaje más suave que he vivido nunca.

Miro por la ventana mientras frenamos. Pasamos junto a otros aviones aparcados.

Puedo ver las colinas llenas de árboles que rodean el aeropuerto.

En cuanto a El Cirujano... sigue en la lista de todos.

Hay teorías de que esta misión se la pasarán a Grim Reaper y a su equipo.

Danny Rider y yo entrenamos juntos durante años, pero mientras que él eligió unirse a los SEAL, yo opté por las Fuerzas Especiales.

Lo entrené porque su padre, Damian Rider, me lo pidió.

Nadie le dice que no a Damian, aunque tampoco me importó porque Danny y yo nos llevamos bien, lo considero un hermano pequeño.

Nuestras carreras nos separaron con el paso de los años, pero siempre seremos amigos.

Esta ha sido mi última misión, y no siento ni un ápice de arrepentimiento.

Pensé que sentiría algo cuando guardara mi equipo por última vez, o al despedirme de mis compañeros: miedo, rabia, culpa.

.., pero no. Solo un rayo de luz que me calienta el corazón cuando pienso en el próximo capítulo de mi vida.

Las ruedas del avión siguen girando y nos acercamos a la puerta de embarque. Quito el modo avión y se me llena la pantalla del móvil de mensajes. Mis hermanos y hermanas, mi hijo, Penny... y mi preciosa mujer. Se me dibuja una sonrisa en la cara.

Violet O’Connell.

Me encanta cómo suena.

Llevo siete meses sin verla. Le concedieron una baja honorífica del ejército. Ha vuelto a la universidad para estudiar la carrera de Literatura. Cada vez que pienso en ella, me siento en casa.

Me arrepiento de todo lo que le dije cuando intenté cortar con ella antes del accidente del helicóptero.

Me arrepiento de haber escuchado las mentiras de Karen.

En aquel momento, sentí el peso del equipo sobre mis hombros, la misión.

.. y nuestra relación prohibida fue algo que decidí apartar para no tener que preocuparme por ella.

Cuando solo sobrevivimos los tres al accidente, me di cuenta de lo poco que esta mujer me pedía. No quería casarse ni tener hijos, solo me quería a mí. Yo era suficiente para ella.

En cuanto se apaga la señal del cinturón, me levanto tranquilo y con paciencia. Dejo que todos los pasajeros se bajen del avión hasta quedar el último. Estoy cerca de la salida cuando veo a casi toda la tripulación esperándome frente a la cabina del piloto.

—Bienvenido a casa, soldado —dice la azafata junto a la piloto, y ambas me dedican una sonrisa acogedora.

—Gracias por su servicio —añade la piloto con un gesto amable.

Les ofrezco una media sonrisa nerviosa al acomodarme la mochila militar sobre el hombro dolorido. Nunca sé qué responder a eso, pero agradezco el gesto.

Cuando pongo un pie en la pista, me empieza a sonar el móvil.

Es Slater.

Me lo llevo a la oreja.

—¿Diga?

—¿Qué tal el vuelo, vejestorio?

Me río.

Cabronazo.

—Bastante bien. Sin turbulencias.

—Me alegro. Oye, hermano, te llamaba porque acabo de recibir un correo que dice que te van a otorgar la Estrella de Plata por lo que hiciste el año pasado.

—¿En serio?

—Sip. Booker también recibirá un reconocimiento. Su familia estará allí para recibirlo.

Se me cierra la garganta.

Mi hermano caído. No hay un solo día en el que no piense en mi mejor amigo. Una parte de mí murió esa noche. Y de no ser por Violet, dudo que yo siguiera vivo.

Slater se percata de mi silencio y cambia de tema.

—Me pasaré por tu casa esta semana para ir al campo de tiro. Y ni se te ocurra decirme que no, cabrón.

Me río y sacudo la cabeza.

—De acuerdo.

Colgamos.

Camino unos cinco minutos desde la puerta hasta las escaleras del recibidor. Es un aeropuerto pequeño y tranquilo, así que no está muy lejos. Esta vez no facturé ninguna maleta, por lo que voy directo a donde reciben a los pasajeros.

Entonces, la veo.

La mujer que me hizo creer de nuevo en el amor. Lleva puesto el mismo vestido rojo que usó aquella noche en The Drunken Shell. Abraza cada una de sus preciosas curvas y... su enorme barriga de nueve meses.

Violet sostiene una pancarta de color amarillo mostaza que dice: «Bienvenido a casa, soldado».

Es una cursi... pero es mi cursi.

Cuando me encuentro a unos diez pasos de ella, echa a correr hacia mí.

Me río al verla trotar como puede. Antes de que choque conmigo, suelto mi mochila y la levanto en volandas mientras estampo mi boca contra la suya.

Nos besamos como siempre lo hacemos. Llenos de pasión, como si solo existiéramos nosotros dos en nuestro pequeño mundo.

Sin importar quién nos mire. Cuando la bajo al suelo, le doy un último beso y un leve gruñido me vibra dentro del pecho.

—¿Preparado para Colorado? —me pregunta con una mirada vidriosa y cargada de esperanza.

Le acaricio la parte baja del vientre y sonrío.

—No había estado tan preparado en toda mi vida.

FIN