Capítulo Uno - Cole #2
Sin foto. Solo credenciales, y por lo que leo, seguro que la mujer no tiene ni unas botas de campo.
—¿Y estamos seguros de que Prescott Ridge sigue siendo la sede? —pregunto sin poder evitar el tono cortante—. Ya que todo lo demás está cambiando.
La señora Atwood parece genuinamente sorprendida. —Por supuesto. ¿Dónde si no?
—Solo preguntaba. —Noto que el pecho se me destensa un poco. Al menos no me están quitando eso.
—Cole —dice Wilson con suavidad—, necesitamos que esto funcione. Por el bien de todos.
Asiento con rigidez. —Entonces funcionará.
—Excelente —dice la señora Atwood, cerrando su carpeta con gesto definitivo—. Una cosa más. Como tú eres quien mejor conoce el viñedo, tendrás que trabajar codo con codo con la señorita Hart. Enséñale el lugar y explícale cómo funciona todo.
—Bien.
—Y recógela en la estación de tren mañana. A las once y media. Viene de San Francisco.
Por supuesto. Contratan la ayuda y a mí me toca hacer de chófer. Levanto la cabeza de golpe e intento no apretar los dientes al hablar. —No soy un servicio de taxi.
—Considéralo tu contribución a las limitaciones presupuestarias del comité —dice la señora Atwood con sequedad—.
Además, os dará la oportunidad de conoceros antes de que empiece el trabajo de verdad.
Noto los ojos de todos los miembros del comité clavados en mí, esperando a ver si Cole Prescott es capaz de colaborar o si va a ponerse difícil otra vez.
—Once y media —murmuro—. Allí estaré.
La reunión termina enseguida, como si temieran que pudiera cambiar de opinión si me dan demasiado tiempo para pensar. Estoy a medio camino de la puerta cuando Grant Vale se interpone en mi camino, con sus mocasines de diseño chirriando sobre el linóleo.
—Prescott. Mala suerte lo del festival.
Lo miro con frialdad. Vale se mudó a Willow Creek el año pasado, compró la vieja propiedad de los Henderson y desde entonces no ha dejado de husmear en los negocios locales.
Trajes elegantes, pelo engominado; dinero de Silicon Valley buscando una «oportunidad de inversión en el campo».
Ha venido a Prescott Ridge dos veces, haciendo preguntas sobre mis tierras.
Es el tipo de hombre que piensa que poseer la tierra es lo mismo que pertenecer a ella, y odio esa mierda.
—Nada de mala suerte. Es solo evolución, ¿no?
Sonríe enseñando todos los dientes. —Absolutamente. Aunque algunos negocios evolucionan mientras que otros... se quedan obsoletos. Si alguna vez decides que el negocio del viñedo te viene grande, estaré encantado de hablar de opciones.
Aprieto los puños. —Mi familia lleva cuatro generaciones cultivando uvas en esta tierra, Vale. Sobrevivimos a la Ley Seca. Creo que podremos con Instagram.
—Por supuesto. Solo digo que surgen oportunidades. Especialmente si el evento de este año no da resultados.
Me acerco un paso, aprovechando que le saco una cabeza. —El festival dará resultados. Y mi viñedo no está en venta.
—Todo está en venta al precio adecuado —dice, sin dejar de sonreír—. Especialmente cuando hay... consideraciones financieras.
El mío no. No mientras me quede un puto aliento.
La insinuación de que conoce mis problemas de dinero me recorre la espalda como un escalofrío. Me inclino hacia él y bajo la voz. —Que te quede claro. Lo único que te voy a vender es vino. Por botella o por caja. Punto.
Paso junto a él antes de decir algo de lo que me arrepienta, abro las puertas de un empujón y salgo al aire fresco de la tarde.
El trayecto de vuelta a Prescott Ridge dura quince minutos.
El polvo del camino cubre el salpicadero y la radio crepita hasta que se rinde en la misma zona muerta junto a la vieja torre de agua.
He conducido este tramo tantas veces que ya es pura memoria muscular, y mientras tanto, mi mente no para de dar vueltas.
Odio los cambios. Pocas cosas buenas me han traído en la vida. El derrame de mi padre lo cambió todo. El cáncer de mi hermana volvió a cambiarlo todo.
Ahora quieren cambiar lo único que he mantenido constante.
Aparecen las puertas de Prescott Ridge, tan familiares, y parte de la tensión se me escapa de los hombros.
Hogar.
Ciento ochenta acres de viñedos, barricas de roble y silencio. Mi refugio del mundo.
Aparco junto a la casa principal, una casona rural que construyó mi bisabuelo y que cada generación ha ido ampliando. El sol de la tarde se refleja en el cartel desgastado sobre la puerta de la sala de catas: «Viñedos Prescott Ridge, Est. 1924».
Mi bisabuelo talló la primera versión a mano. Lo hemos reemplazado dos veces, pero las muescas nunca coinciden del todo. Paso el pulgar por el viejo agujero del clavo sin darme cuenta.
El sonido de cristales rotos rompe el silencio.
Cruzo la puerta en segundos y sigo el ruido hasta la cocina, donde Evan está paralizado, con los ojos muy abiertos, rodeado de fragmentos de cristal verde y vino tinto que se extiende por el suelo de baldosas.
—Lo siento —suelta de inmediato, con la carita pálida—. Se me resbaló. Solo estaba mirándola.
La botella, un Cabernet del 2015, era de una de nuestras mejores cosechas. Una de las últimas que supervisó mi padre antes de su derrame.
Por un segundo, la ira me arde en el pecho. No tenemos botellas que desperdiciar. Cada cosecha cuenta. Cada venta importa. Pero los problemas de dinero no son cosa de niños. Me lo trago. Además, el crío tiene cara de sentirse culpable a más no poder, y esa carita me apaga la ira al instante.
Exhalo despacio. —¿Te has cortado?
Tengo que centrarme en lo práctico y arreglar lo que tengo delante, que ahora mismo es un niño arrepentido.
Niega con la cabeza, todavía clavado en el sitio.
—No te muevas. Hay cristales por todas partes.
Cojo la escoba de la despensa y levanto con cuidado a Evan de la zona de peligro para sentarlo en una silla de la cocina. El vino ha formado un charco carmesí perfecto que se filtra entre las baldosas. Manchará si no lo limpio rápido.
—Solo estaba mirando el año —dice en voz baja—, para mi proyecto de historia sobre negocios familiares.
La simple explicación me remueve algo por dentro. Se esfuerza tanto por encajar aquí, por no ser una molestia, por apañárselas solo con todo lo que puede.
—Está bien, campeón. —Barro los fragmentos más grandes—. Fue un accidente. La próxima vez puedes pedirme ayuda, ¿vale?
Asiente, con el labio inferior tembloroso. —Pero esta botella era importante. Te oí decirle al Sr. Wilson que era especial.
—Lo era, pero es solo vino. —Lo miro—. El vino se puede volver a hacer. Cada año tenemos otra oportunidad.
Sus pequeños hombros se relajan. —¿Entonces no estás enfadado?
—No. —Y es verdad, me doy cuenta. La reunión del comité y las amenazas apenas veladas de Vale me enfadaron. ¿Una botella rota? Eso es parte de la vida en el viñedo.
Limpio el vino con la fregona. Pero Evan sigue observándome, midiendo mi reacción, como si tuviera miedo.
—Te diré una cosa —digo mientras escurro la fregona—. El próximo fin de semana te enseñaré a catar vinos. Como es debido. Puedes ayudarme a revisar las barricas de este año.
Se le ilumina la cara. —¿En serio? ¿Como un adulto?
—Solo catar, no beber —aclaro—. Pero sí, como un profesional.
Sonríe, y luego recuerda algo. —¡Ah! Llamó la Srta. Jacobs. Dijo que te dijera que saqué un sobresaliente en mi proyecto de ciencias, pero que tengo que llevar el permiso firmado para la excursión.
—Muy bien lo del sobresaliente. —Le revuelvo el pelo—. El permiso está en mi escritorio. Lo firmé la semana pasada.
Salta de la silla. —¿Puedo ir a terminar mi dibujo? Estoy haciendo el viñedo en época de vendimia.
—Adelante. Yo tengo trabajo que hacer.
Sale corriendo, crisis olvidada. Ojalá yo pudiera recuperarme así de fácil. En cambio, mañana tengo que recoger a alguien en la estación de tren, a una desconocida que cree que puede reinventar el festival que llevo media vida perfeccionando.
Me sirvo una copa del Merlot que abrimos anoche y salgo al porche trasero.
La puerta mosquitera se cierra de golpe detrás de mí.
Las tablas del porche retienen el calor de la tarde, que sube en vapor a través de mis botas.
Hileras de vides se extienden ante mí, el viñedo avanza por las colinas onduladas y se tiñe de dorado bajo el sol del atardecer.
Mi tierra.
Mi responsabilidad.
La lista de cosas que tengo que hacer es larga e innegociable: fechas de heladas, nóminas, mantenimiento de bombas y el pedido de barricas que todavía no he hecho.
Pero me las apañaré. Prescott Ridge ha resistido cosas peores que una consultora demasiado entusiasta con ideas sobre redes sociales. Superaremos esto también.
Pero ya sé que voy a odiar cada segundo.
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