Capítulo Uno - Cole
AVANCE
Ya llevo cinco minutos de retraso cuando aparco frente al Ayuntamiento de Willow Creek. Los neumáticos del Jeep crujen sobre la grava al meterme en el único hueco libre, justo al lado del impoluto Buick blanco de Dorothy Atwood.
Genial, ya está dentro. Nada como empezar una reunión con la antigua directora del instituto ya cabreada conmigo.
Salgo del coche y me quedo mirando el edificio de ladrillo desgastado donde tiene lugar casi todo el drama de este pueblo.
Hoy nos juntamos para organizar el Festival de la Cosecha, como cada año por estas fechas.
El lugar tampoco ha cambiado: la pintura descolorida por el sol en los mismos sitios, las campanillas de viento sonando desafinadas desde la tienda de antigüedades de la señora Adler, al otro lado de la calle.
Alguien ya ha encendido velas con aroma a canela en una de las ventanas del piso de arriba, imposible no notarlo en un pueblo donde cada olor llega a todas partes.
Voy hacia el ayuntamiento cuando lo veo: el viejo Jenkins peleándose con una pila de carpas plegables junto a su vieja camioneta. Le tiemblan las manos curtidas mientras intenta subir una monstruosidad de lona a la caja.
Mierda. No puede con ellas.
No debería andar levantando nada a su edad. Pero en Willow Creek, los hombres como Jenkins no se jubilan; simplemente aprenden a callar el dolor.
Miro el reloj. Ya llevo doce minutos de retraso, y seguro que la señora Atwood tiene un cronómetro en marcha.
Pero Jenkins tiene ochenta años cumplidos, y esas carpas parecen pesar más que él.
Suspiro y voy hacia él. El viento me atraviesa la franela y me recuerda que debería haberme puesto una chaqueta de verdad. Llevo las botas de trabajo cubiertas de barro de la inspección de esta mañana, y los mismos vaqueros que tenía puestos cuando revisaba las líneas de riego.
—¿Necesita ayuda? —le pregunto mientras me acerco.
Jenkins se gira y entorna los ojos para mirarme desde debajo de una gorra desgastada con el logo del instituto casi borrado. —Cole Prescott. Ya era hora de que apareciera alguien con agallas.
Agarro la carpa con la que está peleando y la subo a la caja de la camioneta. —¿Son de la Feria de Otoño? —Las carpas todavía huelen a palomitas caramelizadas del año pasado y a lona húmeda.
—Sí. Se las llevó el comité, que luego se olvidó por completo de devolverlas —frunce el ceño y señala tres carpas más apoyadas contra la camioneta—. Llevan dos semanas en el almacén. He tenido que venir a buscarlas yo mismo, ¿te lo puedes creer?
Cargo otra carpa. —El comité siempre ha tenido memoria selectiva.
—¿Selectiva? —Jenkins resopla—. Se olvidarían hasta de la cabeza si no la tuvieran pegada. Dorothy Atwood me pidió prestada la olla con la que gané el concurso de chili hace tres festivales. Todavía estoy esperando a que me la devuelva.
No puedo evitar reírme. —¿Por eso no has presentado tu chili al concurso?
—Exactamente. No se puede hacer un chili de campeonato en una olla cualquiera. Es por el curado del metal —se toca la sien como si estuviera compartiendo secretos de estado—. Olla especial. Chili especial.
El pueblo entero se amotinaría si Jenkins volviera a quedarse sin presentar su chili en el próximo concurso.
Cargamos las dos últimas carpas y Jenkins cierra la compuerta de golpe con una fuerza sorprendente para un hombre de su edad.
—Gracias por la ayuda, hijo. Tu padre habría hecho lo mismo —se ajusta la gorra—. ¿Cómo está ese chico tuyo?
—¿Evan? Bien. Últimamente lo dibuja todo.
Jenkins asiente, satisfecho. —Un chico creativo, igual que tu hermana —se le suaviza la mirada—. Dile que el viejo Jenkins le manda saludos.
—Se lo diré.
—Y dile a Dorothy que quiero que me devuelva la olla.
Todavía me estoy riendo cuando empujo las puertas dobles del Ayuntamiento. La risa se me muere en la garganta al ver que una docena de cabezas giran hacia mí. La sala de reuniones se queda en silencio y la señora Atwood me lanza una mirada que cortaría la leche.
—Qué amable por su parte unirse a nosotros, señor Prescott —dice, con las gafas posadas en la punta de la nariz como si fueran armas.
—Lo siento. Estaba ayudando a Jenkins con las carpas que ustedes pidieron prestadas —no me molesto en ocultar la sonrisa burlona.
El granjero Wilson, sentado junto a la puerta con su eterna camisa de cuadros, me señala los pies. —Para, para, Cole. Estás arrastrando medio viñedo por el suelo limpio de Marion.
Me miro las botas cubiertas de barro. —Un poco de tierra nunca mató a nadie, Wilson. Esto es zona de campo, no la mansión del gobernador.
—Algunos todavía creemos en los buenos modales —bufa la señora Atwood.
Pongo los ojos en blanco, pero golpeo las botas contra el marco de la puerta para soltar lo peor del barro. Bienvenido a la política de pueblo. Siempre el mismo baile.
Me siento en el único sitio libre, justo enfrente de la señora Atwood.
La silla se tambalea sobre la misma pata coja de siempre.
La estabilizo con el tacón de la bota, por costumbre.
Nadie la ha arreglado en años porque todos saben dónde no hay que sentarse.
Cuando por fin me acomodo, me encuentro con las caras familiares de los cotillas más dedicados de Willow Creek mirándome fijamente.
Es gente que conozco de toda la vida. Gente que me vio crecer, hacerme cargo del viñedo tras el funeral de mi padre, y volver a dar la cara cuando mi hermana murió y me dejó a Evan.
Y aun así, todavía me miran como si fuera el chaval de dieciocho años que metió la camioneta en el estanque de Miller. Un fallo con la transmisión atascada y cargas con la fama para siempre. Así funcionan las cuentas en Willow Creek.
La señora Atwood carraspea. —Ahora que estamos todos, podemos seguir con lo del Festival de la Cosecha y el Patrimonio de este año.
Me recuesto en la silla y cruzo los brazos. —Como siempre, ¿no? Tres días, vendedores locales, catas de vino al atardecer, lo de siempre. Prescott Ridge está listo. Los campos tienen buena pinta este año.
El silencio que sigue me pone la piel de gallina.
La señora Atwood cruza una mirada con Meredith, de la Cámara de Comercio.
—Verás, Cole —dice Meredith, con una voz demasiado suave—, hemos estado pensando en hacer algunos cambios este año.
Lo noto antes de oírlo, ese pequeño cambio en el ambiente cuando la gente cree que está a punto de hacerte daño de verdad.
Se me tensan los hombros. —¿Qué clase de cambios?
—Del tipo que pone este festival al día —dice la señora Atwood—. Hemos decidido traer ayuda externa para modernizar el evento.
Ahí está. La palabra que me tensa la mandíbula: externa.
¡No puedo creer que quieran cambiar el festival que llevo organizando quince años seguidos! Este es el festival que mi padre fundó. El festival que da a conocer los vinos de Prescott Ridge.
—¿Qué quieres decir con ayuda externa? —pregunto con voz gélida. La mantengo neutra. No quiero darles el gusto de ver que este golpe me ha dado de lleno.
—Solo una consultora —se apresura a aclarar Meredith—. Se especializa en desarrollo de turismo rural y promoción en redes sociales. Ha hecho un trabajo increíble con pueblos pequeños como el nuestro.
Wilson se inclina hacia delante. —Cole, las casas rurales están en apuros. Los Miller podrían tener que vender si el negocio no mejora. Necesitamos una perspectiva nueva.
—¿Y mi perspectiva no es lo suficientemente nueva? —Las palabras salen más cortantes de lo que pretendía.
La señora Atwood suspira como si estuviera explicándole aritmética a un niño particularmente lento. —¿Cuándo fue la última vez que publicaste en Instagram, Cole?
—¿Qué es eso? —gruño. No vivo pegado al móvil. Vivo en mi maldita tierra, algo que todos en este pueblo deberían estar haciendo.
—Exactamente. Es una red social donde los turistas descubren destinos hoy en día. Necesitamos atraer a un público más joven, gente que gaste dinero en experiencias como fines de semana de cata de vinos y artesanía local.
Aprieto los dientes. El Festival de la Cosecha no es solo un evento para mí. Es el legado que mi padre construyó, la tradición que he mantenido. Tres días en los que Prescott Ridge se convierte en el corazón de este pueblo, cuando mis vinos son los protagonistas.
Y quieren traer a alguien que probablemente piensa que Willow Creek es solo otro punto en un mapa digital.
—Así que me estás diciendo que ya no sé dirigir mi propio festival.
—No es tu festival —corrige la señora Atwood, con mirada afilada tras esas gafas—. Es el festival del pueblo. Simplemente se celebra en tu viñedo.
La distinción duele más de lo que debería.
Meredith interviene. —Cole, nadie cuestiona tu contribución. Tu viñedo es lo que hace especial este evento. Pero necesitamos evolucionar. La consultora tiene contactos con blogueros gastronómicos, influencers de viajes...
—¿Influencers? —Prácticamente escupo la palabra—. ¿Queréis llenar mi viñedo de gente haciéndose selfies?
—Queremos llenar tu viñedo de gente que compre vino —contraataca Wilson—. ¿No es eso lo que importa?
Me ha pillado, y lo sabe. El festival del año pasado apenas cubrió gastos. Dos malas cosechas seguidas han dejado a Prescott Ridge en una situación delicada. Incluso con los precios de nuestros vinos de reserva, los números no mienten.
Necesito un buen año. Evan merece estabilidad. Y mi orgullo no merece que arriesgue ninguna de las dos cosas. Eso no significa que me guste su plan. Solo significa que sé hacer cuentas.
—Bien. —Exhalo lentamente—. ¿Cuál es el plan?
Sé elegir mis batallas y no tengo tiempo que perder luchando contra algo que voy a perder de todos modos. El alivio se extiende por la mesa. La señora Atwood desliza una carpeta hacia mí.
—Se llama Lila Hart. Llegará mañana para empezar con los preparativos. Aún quedan ocho semanas para el festival, lo que le da tiempo de sobra para implementar su estrategia.
Abro la carpeta. Un currículum: título en marketing, clientes en Napa y Sonoma, testimonios de pueblos de los que nunca he oído hablar.