Marigold Valley Capítulo 24
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Capítulo 24

Alexander

El sonido de la cerámica al hacerse añicos es ensordecedor. Más fuerte que los truenos de anoche.

Fragmentos azules patinan por el suelo de madera, giran y se posan en el polvo. Uno cae cerca de la punta de mi bota. Otro se cuela bajo la vitrina. Es un signo de puntuación violento, irregular, para la frase que acaba de gritarme.

Sal de mi vida.

Todavía resuena en mi cabeza, en el silencio absoluto que sigue. Es un vacío. Absorbe el aire de la habitación y no deja más que el olor a café y la toxicidad radiactiva de mis propias decisiones.

Me quedo paralizado, con las manos todavía medio alzadas en un gesto de rendición que ahora resulta patético. El corazón me martillea contra las costillas, frenético, pero el cuerpo lo siento frío.

Miro a Mia.

Espero ver fuego. Ver a la Mia que me cobró un impuesto por ser un imbécil y defendió a sus amigos con la ferocidad de una leona.

Quiero a la Mia que me lanzó harina y me retó a ser mejor, y espero el calor que ha definido cada encuentro entre nosotros, desde la primera discusión hasta la fricción de nuestra piel anoche.

Pero no hay calor. Ya no. Lo peor —lo que hace que me flaqueen las rodillas y se me revuelva el estómago— es que su mirada no es de ira.

Es solo vacío.

Es una devastación aterradora, vacía. Como si, después de que la rabia encontrara su salida, ese mismo agujero se hubiera convertido en la vía de escape para todo lo demás que la hace ser quien es.

Parece una casa después de un incendio, cuando las llamas se han apagado y no queda más que un armazón carbonizado que se derrumbará al menor roce.

La luz que suele bailar en sus ojos —la inteligencia, el humor, la calidez— se ha extinguido.

Y yo lo hice.

Soy el pirómano. Preparé el fuego. Vertí la gasolina, y aunque no encendí la cerilla esta mañana, soy quien acumuló el combustible.

—Mia —digo.

La voz me sale destrozada, áspera, como si hubiera tragado cristales—. Por favor. Tienes que dejarme explicar.

—Explicar —repite.

No lo pregunta. Solo lo dice como una palabra en un idioma extranjero que no entiende. Mia se abraza el cuerpo, los nudillos blancos de aferrar la tela de mi camisa, esa camisa que la envuelve entera y la hace parecer pequeña y frágil.

—No autoricé la presentación esta mañana —digo, y las palabras me salen a borbotones, desesperadas—. La Junta... Marcus... me pasaron por encima. Sabían que estaba vacilando. Sabían que iba a cancelarlo todo. Ejecutaron el plan de contingencia sin mi firma.

Doy un paso adelante, con cuidado de no pisar la cerámica rota.

—Bajé aquí para detenerlo —continúo, suplicando al vacío que nos separa—. Iba a cancelar la moción de zonificación. Iba a redactar un acuerdo de asociación. Iba a salvar la Academia, Mia. Te lo juro.

Ella me observa. No parpadea.

—Una asociación —dice con voz apagada.

—Sí. Todos salimos ganando. Nos quedamos con el terreno, franquiciamos la marca y Cash mantiene el control. Lo tenía todo resuelto en mi cabeza.

—En tu cabeza —repite como un eco.

—Sí. Iba a decírtelo mientras tomábamos café. Quería darte una sorpresa.

Me detengo. Las palabras quedan suspendidas en el aire, pudriéndose en cuanto salen de mi boca.

Quería darte una sorpresa.

Suena a mentira. Incluso a mis propios oídos, suena como la maniobra escurridiza y calculada de un hombre que intenta salvar la cotización de sus acciones. Suena a control de daños.

—Querías darme una sorpresa —susurra.

Despliega un brazo y señala con un dedo tembloroso el portátil que tiene detrás. La pantalla sigue brillando, acusadora.

—¿Y la carpeta? —pregunta—. ¿La carpeta con el material de presión? ¿La Junta también escribió eso? ¿Marcus vino aquí y me sacó fotos en el mercado?

Me quedo helado.

—No —admito en voz baja.

—Tú la escribiste —dice. Su voz suena muerta—. Escribiste un plan para aislarme. Para crear dependencia. Para usarme como palanca y quebrar a un hombre que nunca te ha hecho nada.

—Eso fue antes —digo, con la desesperación arañándome la garganta—. Eso fue antes de conocerte. Eso eran negocios, Mia. Era solo... era solo una estrategia.

—Solo una estrategia —dice.

Se ríe, pero es una risa de puro dolor—. ¿Eso fue anoche? ¿Una estrategia? ¿Yo era solo una variable que necesitabas despejar?

—¡No! —la negación me sale desgarrada—. Anoche fue real. Anoche fue lo único real que he sentido en quince años. Te quiero, Mia. Tienes que creerme.

Se estremece. Retrocede de golpe, apretando la espalda contra el estante del pan como si mis palabras fueran puñetazos.

—Para —dice.

—No puedo parar. Tengo que hacerte entender...

—¡Tienes que parar!

El volumen repentino agrieta la fachada hueca por un segundo y revela la agonía que hay debajo. Cierra los ojos con fuerza; las lágrimas se le escapan y trazan surcos en la harina de su mejilla.

—Soy tan estúpida —solloza, y la voz se le quiebra hasta volverse un susurro—. Soy una tonta. Hadley me lo dijo. Cash me lo dijo. Todos me dijeron que eras un tiburón. Pero yo pensé... pensé que era especial.

Abre los ojos. La devastación ha vuelto, más fría que antes.

—Pensé que me veías —dice—. Pero solo estabas buscando un punto débil.

—Te veo —insisto, pisando un fragmento de cerámica. No lo siento—. Te veo, Mia. Lo veo todo.

—No las ves —dice ella, negando con la cabeza—. Ves activos. Ves pasivos. Ves ventajas. No sabes ver a las personas, Alexander. Solo sabes poseerlas.

Abro la boca para discutir, para luchar, para usar hasta el último gramo de mi costosa habilidad retórica y desmantelar su argumento.

Quiero hablarle de la pobreza, del miedo, de por qué construí los muros.

De que ella es la única persona que ha logrado tocarme, que los atravesó como si fueran tan sólidos como el aire.

Pero la miro a la cara.

Miro cómo tiembla, cómo vibra con la fuerza de su desgarro.

Y me doy cuenta de que la lógica no puede arreglar esto. No hay forma de negociar una salida a este incumplimiento de contrato.

Rompí la única regla que importa. Mentí. Por omisión, por demora, por estrategia… mentí.

Me desplomo. La energía abandona mi cuerpo, se escurre por los talones. Los hombros se me caen.

—Iba a arreglarlo —susurro. Un epitafio débil para nuestra relación.

Mia se limpia la cara con el dorso de la mano. Respira hondo, con un temblor. Parece recomponerse, recoger los pedazos dispersos de su dignidad.

Se da la vuelta.

Se vuelve hacia el mostrador. Cierra el portátil.

El brillo se apaga. La habitación queda instantáneamente más oscura.

Lo recoge. Es un aparato pesado y caro, cargado de datos y destrucción. Lo sostiene con las dos manos, como si fuera un arma cargada.

Se vuelve hacia mí. Avanza.

No me muevo. No puedo.

Se detiene a un paso de mí. Me clava el portátil en el pecho.

Lo agarro por instinto. Mis manos rodean el metal frío.

—Tómalo —dice.

—Mia…

—El impuesto del scone —susurra.

La miro desde arriba. Sus ojos están secos ahora, áridos y desolados.

—¿Qué?

—El impuesto del scone —repite—. Los cinco dólares que pagaste por arrogante. Eso fue todo, ¿verdad? La única transacción honesta que tuvimos.

Las palabras me golpean más fuerte que la taza.

—Todo lo demás… —gesticula vagamente entre nosotros, abarcando las noches en vela, los melocotones, las bromas, el desván de arriba—. Todo lo demás fue solo un fraude.

—Eso no es verdad —digo con voz rasposa.

—No importa si es verdad para ti —dice—. Es verdad para mí. Y como tú eres quien tiene el aviso de desahucio, creo que me toca a mí decidir cuál es la verdad ahora mismo.

Retrocede. Se abraza a sí misma de nuevo, cerrando el hueco donde mi camisa se le había abierto un poco. Se está cerrando ante mí. Está tapiando las ventanas y echando el cerrojo a las puertas.

—Vete —dice.

Es un despido. Es la voz de una mujer que ha terminado.

—Mia, ¿adónde se supone que voy a ir? —pregunto—. Necesito… necesito detener el trámite.

—Me da igual —dice—. Vete a Nueva York. Vete al infierno. Pero sal de mi tienda antes de que llame a Cash.

Me mira con una advertencia repentina y afilada.

—Y si llamo a Cash —añade—, no vendrá con un abogado. Vendrá con una escopeta. Y ahora mismo, no le culparía si la usara.

Lo dice en serio.

Y tiene razón. Me merezco la escopeta. Probablemente me merezco algo peor.

Miro el portátil en mis brazos, la taza rota en el suelo, a la mujer que amo de pie entre los escombros que yo creé.

Tengo que irme. Si me quedo, solo la torturo y la obligo a mirar la fuente de su dolor.

—Lo siento —digo.

Las palabras son pequeñas. Son piedras sin peso lanzadas a un cañón. Ni siquiera pueden soñar con llenarlo. Pero tengo que intentarlo. Tengo que decir algo. Lo que sea.

No responde. Gira la cabeza y mira por la ventana hacia la calle gris y húmeda. Se niega a presenciar mi salida.

Aprieto el portátil con más fuerza. Noto el calor del procesador a través de la carcasa metálica. Sigue funcionando. Sigue trabajando, calculando, destruyendo.

Me doy la vuelta.

Las botas me pesan como plomo. Camino hacia la puerta. La distancia es de apenas seis metros, pero parece kilométrica. Cada paso es un esfuerzo físico.

Llego a la puerta. Pongo la mano en el pomo.

Me detengo. Quiero mirar atrás. Quiero verla una última vez. Quiero memorizar cómo la luz de la mañana le atrapa el pelo, cómo se mantiene de pie, cómo respira.

Pero no lo hago. No tengo derecho.

Empujo la puerta y salgo.

La campanilla anuncia mi partida con la misma indiferencia alegre con que anunció mi llegada hace semanas.

Salgo a la acera.

El aire está frío. Demasiado frío. La tormenta habrá pasado, pero ha dejado un mundo húmedo y crudo. Los charcos en la acera reflejan un cielo que no sabe si quiere ser azul o gris.

Me quedo allí un momento, con el portátil pesándome en los brazos.

Soy Alexander Krum. Valgo miles de millones. Puedo comprar esta manzana. Puedo comprar este pueblo.

Pero aquí, de pie, tiritando en camiseta, echado de la panadería que huele a vainilla y a hogar, conozco la verdad.

Estoy en bancarrota en el único sentido que, ahora lo sé, realmente importa.

Miro el teléfono que se me cayó antes. Sigue allí, tirado boca abajo en un charco junto al bordillo.

Me acerco y lo recojo. Limpio el agua fangosa de la pantalla. Está agrietada, una telaraña de fracturas cruza el cristal.

Lo desbloqueo.

Veo el borrador del correo que nunca envié.

Asunto: CESE Y DESISTA.

Se burla de mí.

Lo elimino. Ya no importa.

Llamo a Finn.

Responde al primer tono.

—¿Alex? ¿Lo... lo arreglaste?

—No —digo.

Mi voz suena muerta.

—Está roto. Todo está roto.

—¿Qué quieres hacer?

Miro a través del escaparate de la panadería una última vez.

Mia se ha movido. Está de rodillas en el suelo. Está recogiendo los fragmentos de la taza azul. Lo hace con cuidado, metódicamente, juntando los pedazos del desastre que provoqué.

Se corta el dedo. La veo hacer una mueca, meterse el dedo en la boca.

Quiero volver corriendo. Quiero buscar una tirita. Quiero darle un beso para que se cure.

Pero el cristal está entre nosotros. El contrato está roto.

Le doy la espalda a la ventana.

—Dile a Jacob que prepare el avión —le digo a Finn—. Vuelvo a Nueva York.

—¿Y el trámite? —pregunta Finn—. ¿Procedemos con el desalojo?

Cierro los ojos. Veo el rostro demacrado de Mia. Veo la devastación.

—No —digo—. Congélalo. Retrásalo. Haz lo que tengas que hacer para mantener al sheriff alejado de esa propiedad durante cuarenta y ocho horas.

—Alex, la Junta...

—Voy a por la Junta —digo.

El frío que llevo dentro se endurece hasta convertirse en hielo. Es familiar. Es una armadura.

—Voy a entrar en esa sala de reuniones y los voy a destrozar.

—Alex, suenas...

Finn duda.

—Sueno como el Buitre —digo—. Lo sé.

Camino por la calle, alejándome de la panadería, alejándome del calor, alejándome de la única vida que siempre quise.

—Si quieren un monstruo —digo al teléfono—, les voy a enseñar exactamente lo que es un monstruo.