Marigold Valley Capítulo 14
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Capítulo 14

Alexander

La casa está fría. Estéril.

Me siento cansado, agotado y, sin embargo, extrañamente ligero.

Flotando. Como si pudiera echar a volar en cualquier momento.

Dormir no me ha servido de nada. Estoy simplemente...

vacío. Pero también eufórico. Es como si me hubieran quitado un peso enorme de los hombros.

Todavía hay dolor, sí, por supuesto. Todavía está el dolor de comprender lo que fui para Andrea, lo que siempre seré para ella.

Pero ahora me siento mejor.

Le doy la vuelta al teléfono y veo otras tres llamadas perdidas del mismo número.

Me pregunto cómo habrá conseguido mi número privado, pero resoplo y sacudo la cabeza.

Mujeres como ella —mujeres como Andrea— siempre se salen con la suya.

Las cosas siempre les salen bien. Sería admirable si no fuera tan triste.

Esta casa está en silencio, y el silencio es ensordecedor. Echo de menos la panadería, cómo vibra de vida y huele a levadura y azúcar, tan distinta de este lugar. Este lugar solo huele a productos de limpieza y a vacío. Me inquieta en vez de calmarme como pensé que haría.

Pero ¿qué esperaba?

E incluso la idea de volver a salir, de ir a la panadería, me llena de pavor. No puedo imaginar lo que sería ver esas caras que me miran. Todo el mundo lo sabe.

Voy a mi despacho y enciendo el ordenador.

Lo primero que hago es buscar en internet si ha habido alguna mención del incidente.

No me sorprendería. Los paparazzi harían cualquier cosa —y digo cualquier cosa— por una historia.

Ya me imagino los titulares: El jefe multimillonario pierde los papeles.

El multimillonario se derrumba. Encontrarían un par de titulares horribles y rebuscados, mejor aún si riman.

Pero no encuentro nada. Nada en absoluto. Y eso me sorprende.

—Vaya —comento a la habitación vacía.

Es raro. Habría pensado que se lanzarían a por la oportunidad de ganar dinero fácil. Pero no lo han hecho.

Así que paso a otra cosa y abro mi hoja de cálculo de adquisiciones para la compra de Cash Academy. Este es mi terreno. Datos fríos y duros.

Pero los números, los datos —a pesar de ser mis compañeros más cercanos, mis mejores amigos— hoy me traicionan. Se difuminan ante mí. Miro las columnas de valoración, pero los dígitos bailan.

Cada vez que parpadeo, veo los ojos de Mia en el almacén a oscuras.

Siento su mano suave en mi pecho. Siento sus pechos apretados contra mi cabeza.

Tan suaves. Se suponía que debía consolarme, pero no puedo dejar de pensar en ello.

Y no solo en un sentido sexual. Lo echo de menos.

Echo de menos ese contacto. Y soy un idiota por ello.

Joder.

Cierro el portátil de golpe. Estoy furioso conmigo mismo por haberme dejado afectar. Por perderme a mí mismo, perder el juicio, perder el sentido común, perder mi fuerza. Perder todo lo que me hace ser yo por un fallo temporal.

Sentimientos.

Es consecuencia del ataque de pánico, seguro. No son emociones reales, me digo para tranquilizarme. Solo necesito recuperar el control de mi mente, mi mente traidora.

Pero entonces, sin pedirlo, su imagen sigue apareciendo en mi cabeza.

Intento —de verdad que intento— distraerme con el trabajo, pero no funciona, lo que me deja pocas opciones.

No soy un hombre acostumbrado a descansar ni a hacer otra cosa que no sea trabajar.

El trabajo es lo único que me importa. Pero no puedo trabajar, y eso es doblemente irritante.

Es extraño para un hombre como yo estar completamente solo en una casa, pero prefiero la soledad. El aislamiento. No hay chófer; no hay mucho más. La asistenta viene de vez en cuando, pero apenas la veo. Solo estoy yo, y lo prefiero así.

Me recuerdo a mí mismo que lo prefiero así.

Necesito una ducha.

Voy al baño. El agua está caliente, casi demasiado. Mientras cae sobre mí, mi mente divaga hacia ella. Hacia Mia.

Mi mano —mi mano traidora— desciende por mi torso y agarra mi miembro duro y palpitante.

—Joder —siseo.

No quiero; no debería, y sin embargo me rodeo con los dedos y me acaricio desde la base hasta la punta. Una vez, dos veces. Mi mente evoca imágenes de ella. De sus labios.

Me acaricio con más fuerza. Pienso en su camiseta, en la suavidad de sus costados, en su cintura que mis manos podrían abarcar. Me acaricio aún más fuerte, más rápido. La sensación de su pecho con mi cabeza apretada contra él.

Está mal, lo sé, pensar en ella de esa manera cuando solo me estaba consolando.

Pero mi mente sigue diciéndome que ella quería que lo hiciera.

O al menos, quería algo. Lo había visto antes en sus ojos.

Quizá fue una alucinación, mi mente gastándome una mala pasada, pero quiero creer que es verdad.

Quiero creer que me desea así: con desesperación, con necesidad.

Mi mano vuela sobre mi polla, acariciándola hasta la punta una y otra vez.

—Joder —siseo de nuevo—. Mia.

Gruño su nombre mientras me muerdo el labio inferior.

El dolor me ancla, pero en lugar de sacarme de mi excitación, solo la intensifica.

Me acaricio aún más rápido. Veo sus labios.

Me imagino mi mano hundiéndose en la piel suave de sus muslos.

Imagino el sabor de sus labios. ¿Sabrá a limón? ¿A canela?

Huele a canela. Sabrá a canela.

Me sumerjo en la fantasía. Me acaricio aún más fuerte.

Cuando me corro, es una explosión. Mi cuerpo vibra con la intensidad de las emociones. Mi liberación sale disparada, cubriendo la pared de la ducha con gruesos chorros nacarados.

—Joder —jadeo, temblando.

El agua sigue cayendo sobre mí, y siento vergüenza. Vergüenza por pensar en ella de esa manera, pero no puedo evitarlo.

Dios, ¿qué coño me pasa?

No lo sé. Y eso me preocupa.

Me visto deprisa, sin pararme siquiera a mirarme en el espejo. No lo necesito. Necesito salir de aquí. Necesito concentrarme.

Necesito recordarme por qué estoy aquí. Estoy aquí para adquirir un activo. Para asegurar otra victoria. Pero las palabras suenan huecas incluso a mis propios oídos. Me doy cuenta de que necesito ver el activo como un objeto, no como un proyecto comunitario. Es un objeto. Es solo un negocio.

Decido conducir hasta el recinto del rodeo para hacer un reconocimiento sigiloso.

Me digo que solo busco algo que pueda usar en su contra: vigas agrietadas, vallas oxidadas, violaciones de seguridad.

Lo que sea. Lo que sea que justifique la demanda de zonificación.

Lo que sea para que la destrucción de este lugar parezca un servicio público.

Paro en una agencia de alquiler y consigo un coche, un sedán anodino. Los controles me resultan casi ajenos; hace mucho que no conduzco algo así. Pero le cojo el tranquillo enseguida.

Aparco el coche a cierta distancia, oculto bajo la sombra de un mezquite, y observo la arena principal a través del parabrisas. Me siento como un depredador al acecho.

Pero ¿acaso no es eso lo que soy? ¿Lo que siempre he sido? Un depredador. Un carroñero. Un ave de presa.

El sol empieza a ponerse, asomándose entre las nubes para proyectar largas sombras sobre el polvo. Veo movimiento en el corral. Es Cash Reynolds con un pequeño grupo de adolescentes.

Observo con los brazos cruzados y expresión imperturbable. Espero ver algo caótico, algo poco profesional. Quizás algo que sea otra demanda en potencia.

Mi atención se centra en un adolescente. Veo a un chico en silla de ruedas. Parece aterrorizado, y todo su cuerpo transmite el mismo impulso de huir que sentí ayer en la panadería.

Observo a Cash. No fuerza al niño. Se acerca y se agacha, hablándole en voz baja. Están demasiado lejos para que pueda oír lo que dice. Pero sea lo que sea, funciona. Veo cómo el chico se calma visiblemente.

Entonces Cash trae un caballo enorme —una yegua cuarto de milla, creo—. El caballo baja la cabeza y sopla sobre las manos del chico.

Presencio el cambio, y es... sobrecogedor. Me deja sin aliento. Es como presenciar algo sagrado, algo que no debería estar mirando, especialmente con las intenciones que albergo.

El chico toca el hocico del caballo y el terror de su rostro se desvanece. Sus hombros se relajan. Una sonrisa le ilumina la cara: pura alegría.

La revelación me golpea con fuerza física. Reconozco la mirada en los ojos del chico porque, de algún modo, sé que es lo mismo que sentí cuando Mia me abrazó. El pánico que cesa. Encontrar seguridad en alguien que se ha convertido en tu refugio.

Pero mi mente, analítica como siempre, intenta calcular el valor de lo que he visto. Y se queda corta. No hay partida presupuestaria para esto. ¿Cómo cotizaría en bolsa «darle confianza a un niño aterrorizado»? No existe métrica para la esperanza.

Por primera vez, veo la Academia no solo como terreno que reurbanizar o explotar, sino como una máquina. Solo que es una máquina que fabrica lo único que el dinero no ha podido comprarme: paz.

Y eso me perturba.

Mi ensimismamiento se rompe cuando la vibración del teléfono contra la consola central me reclama la atención y destroza el momento.

La pantalla parpadea con un nombre. Finn.

Lo miro fijamente un momento antes de contestar.

—¿Qué pasa, Finn?

—Buenas noticias, Alexander —la voz de Finn es nítida, triunfante, rebosante de la confianza de un tiburón de Manhattan—. La orden judicial de zonificación está redactada. Encontramos una discrepancia en sus permisos de uso de agua agrícola de 1998. Es el golpe definitivo.

Miro a través del parabrisas. El chico ríe ahora, con la cara hundida en las crines del caballo.

—¿Quién te pidió que redactaras eso? —pregunto en voz baja.

—Los socios —responde Finn, sin percibir el cambio en mi estado de ánimo—.

Me contactaron esta mañana. Querían asegurarse de que estuviéramos listos para actuar antes de que acabe el trimestre.

Podemos presentarlo electrónicamente en los próximos diez minutos.

El sheriff estará notificando a Reynolds antes del desayuno.

—No autoricé la presentación, Finn.

Hay una pausa al otro lado de la línea.

—Lo sé, Alex. Pero la Junta se está impacientando. Me copian en correos preguntando si el «encanto local» te está afectando. Quieren saber por qué el Buitre sobrevuela sin lanzarse en picado.

Aprieto el teléfono con más fuerza.

—¿Desde cuándo les respondes a ellos en lugar de a mí?

—Desde que empezaron a cuestionar si has perdido tu ventaja —contraataca Finn, y su tono pierde el barniz amistoso—.

Mira, esta demanda ata a la Academia en un litigio que no pueden permitirse.

Fuerza una venta en sesenta días. Es limpio, es brutal, y es exactamente la jugada que tú inventaste. Solo da la orden.

Solo da la orden.

Tierra arrasada. Eso es lo que soy. Eso es lo que hago.

Miro al chico. Miro a Cash, que acaricia el flanco del caballo.

—Espera —digo.

—¿Perdona? —Finn suena desconcertado—. Alex, el papeleo está...

—¡He dicho que esperes! —espeto—. Necesito... verificar los límites de la propiedad. Podría haber una usurpación de linderos en el lado norte que podemos aprovechar para conseguir un precio más bajo. Si presentamos ahora, enseñamos nuestras cartas demasiado pronto.

Es una mentira. Una mentira torpe y transparente.

—Alexander —suspira Finn, bajando la voz—. Tú y yo sabemos que eso es mentira. Y la junta también lo sabrá. El estudio topográfico está limpio.

Finn lleva conmigo más tiempo que ningún otro empleado. Se ha ganado el derecho a expresar su opinión en cualquier momento. Pero no a desobedecer una orden.

—No presentes esa moción, Finn. Es una orden directa. Si la presentas, estás despedido.

Cuelgo antes de que pueda replicar.

Tiro el teléfono al asiento del copiloto y me froto la cara con manos temblorosas.

Joder.

Me detesto por esta vacilación. Me detesto por esta debilidad. Pero no puedo dar la orden de destruir lo que estoy viendo.

Pero conozco a Finn. Y conozco a los socios. He empujado una roca por un precipicio, he desatado una avalancha que ya no puedo detener a base de gritos.

Vienen a por este lugar.

Miro a Cash. Miro hacia el pueblo donde Mia hornea pan.

No puedo detenerlo.

Que Dios me ayude.