Capítulo 11
Cash
Lo más terrible de ser un hombre como yo es el aislamiento.
Recuerdo, sin pizca de gracia, estar viendo una entrevista deportiva —una de esas viejas grabaciones que los canales de deportes repetían en bucle en plena madrugada para insomnes y otros pobres desgraciados como yo— tirado en mi sofá, con una bolsa de patatas fritas como única compañía, medio borracho y bastante abatido.
En la pantalla estaba Mike Tyson, alardeando de que no le interesaba el cinturón ni los títulos, y que lo único que quería era arrebatarle la salud a su oponente.
Bastante aterrador, lo sé. Pero lo que de verdad se me quedó grabado fue cuando declaró que el boxeo era «el deporte más solitario del mundo».
No estuve de acuerdo allí mismo, en mi sofá, y aún hoy sigo sin estarlo.
Pocas cosas se comparan con ser un hombre de rodeo ermitaño, lobo solitario, lesionado e hijo pródigo.
Yo era mala compañía y, además, tenía un listón casi imposible de alcanzar para quienes pudiera considerar buena compañía. Esa combinación hacía que hacer amigos y conservarlos fuera tarea difícil.
Y por eso voy camino del motel, a ver a Petunia y conseguir unos consejos sobre citas que me hacen mucha falta.
Subo pisando fuerte las escaleras de hormigón; el golpeteo de mis botas contrasta con el silencio hueco que suele llenar mi vida. Me detengo frente a la habitación de Petunia y aporreo la puerta con el puño.
—¡Petunia! —ladro, echando un vistazo al reloj.
Son poco más de las dos de la tarde, pero con ella el tiempo es un concepto flexible.
—Abre.
Se oye un ruido de arrastre dentro, seguido de una maldición ahogada y el sonido inconfundible de algo pesado cayendo al suelo.
Un momento después, la puerta se abre de golpe, sujeta por la cadena de seguridad.
Un ojo receloso me observa desde un rostro enmarcado por un pelo que parece peinado con un soplador de hojas.
—¿Tienes ganas de morir, Reynolds? —dice con voz ronca, pastosa de sueño—. ¿O es que tu casa está ardiendo?
—Ninguna de las dos cosas —digo, apoyando el brazo en el marco de la puerta—. Te devuelvo el favor. Te has pasado entrometiéndote en mi vida; supongo que debería dejarte terminar el trabajo.
Gruñe, desengancha la cadena y abre la puerta de par en par.
—Tienes suerte de que me caigas bien. Si no, te habría sacudido con una escoba.
Entro, y la transformación de la habitación me para en seco.
Han pasado un par de semanas desde que se registró, supuestamente para supervisar la transición del negocio, pero en realidad, creo, para vigilarme a mí.
La colcha beige de serie está cubierta con una vibrante manta tejida a mano en una explosión de colores que no pegan ni con cola.
Pero son las superficies las que me llaman la atención.
Cada superficie plana —la cómoda, la mesita de noche e incluso la mesa coja junto a la ventana— está cubierta de cristal.
Me acerco a la cómoda, picado por la curiosidad.
Docenas de diminutas e intrincadas figuras de cristal están dispuestas en lo que parece una jerarquía social específica.
Caballos, ciervos, pájaros con alas tan delicadas que se romperían si les soplases mal.
Cojo una, un pequeño semental encabritado, y le doy vueltas entre mis manos callosas.
Es pesada, fría al tacto, y atrapa el rayo de luz que se cuela entre las persianas.
—¿De dónde demonios has sacado todo esto? —pregunto.
Es una afición tan extraña y delicada para una mujer que probablemente podría tumbar a un novillo si se lo propusiera.
Petunia se acerca arrastrando los pies y se ajusta el cinturón de la bata de seda.
—Una mujer tiene que tener sus secretos, Cash. Deja eso antes de que lo hagas añicos con esas zarpas.
Coloco el semental con cuidado de vuelta en su manada.
—Siento haberte despertado —digo, aunque no sueno especialmente arrepentido—. Pero necesito ayuda.
—Ya lo veo —murmura, dejándose caer en el borde de la cama—. Pareces un mapache que se ha metido en la basura. ¿Qué pasa?
—Quiero invitar a salir a Hadley —digo; las palabras me salen pesadas y extrañas—. Como Dios manda. No una cosa de restaurante. Una cita.
Las cejas de Petunia se disparan hasta perderse en el nacimiento del pelo. Una lenta sonrisa de gato de Cheshire se extiende por su cara.
—Vaya, el infierno se ha congelado. El lobo solitario quiere cortejar a la dama.
—No lo llames cortejar —gruño, notando cómo el calor me sube por el cuello—.
Solo... quiero llevarla a un sitio privado.
Lejos de los ojos curiosos de este pueblo.
Si la llevo al restaurante, para mañana todo el valle nos tendrá casados y con gemelos.
Necesito un sitio tranquilo. Fuera del pueblo. ¿Es buena idea?
Petunia canturrea pensativa, tamborileando con una uña arreglada en la barbilla.
—Privado está bien. Romántico. Conozco un sitio. Le Petit Jardin.
—Eso está a dos pueblos.
Levanta una ceja.
—Y es discreto, la comida es francesa y la luz es tan tenue que ocultará ese ceño fruncido tuyo.
—¿Francesa? —hago una mueca—. No sé pronunciar ni la mitad de lo que pone en un menú francés.
—Ella apreciará el esfuerzo, pedazo de zoquete. Yo hago la reserva —dice resuelta, echándome con un gesto de la mano—. Ahora largo de aquí. Ve a pedírselo a la chica. Y por el amor de Dios, aféitate.
La clínica está llena de gente, nada que ver con los últimos días que he pasado aquí. Empujo las puertas y entro con la cabeza gacha.
Sarah está en el mostrador de recepción. Me ve acercarme y entorna los ojos detrás de las gafas.
—Señor Reynolds —dice con voz seca como el polvo—. No tiene cita. Y si viene a atracar el local, va mal vestido para eso.
Me inclino sobre el mostrador y le dedico la sonrisa que suele funcionar con todas las mujeres, jóvenes o mayores.
—Vamos, Sarah, me hieres. Solo vengo a ver a la jefa. Estrictamente administrativo.
Resopla, nada impresionada, pero le tiembla la comisura de la boca.
—Está en su despacho. No la entretengas mucho. Tenemos dos enfermeras de baja; brote de gripe.
—Sí, señora.
Paso junto al mostrador y recorro el pasillo familiar. La puerta del despacho de Hadley está abierta, pero la habitación está vacía. Entro y al instante me envuelve el olor a antiséptico mezclado con su champú de vainilla. Es un aroma que ha empezado a colarse en mis sueños.
Cierro la puerta con cuidado y me acerco a la repisa de la chimenea.
La mirada se me va directamente a la foto enmarcada que descansa allí.
La última vez que estuve aquí, contemplando la imagen de la niña, sentí que me retorcían las entrañas con un hierro al rojo vivo.
Celos, posesividad, rabia hacia el hombre desconocido que la había tocado, que le había dado esa hija.
Pero hoy no siento esa ira.
Cojo el marco. Becky me devuelve la sonrisa, una expresión radiante y mellada que le ilumina todo el rostro.
Trazo la curva de su mejilla con el pulgar.
Pienso en la cena, en cómo me había mirado con esos ojazos escrutadores, y en su determinación cuando intentaba imitar mis trucos con la cuerda en el picnic.
Es una niña genial. Lista. Divertida.
Una calidez incipiente me invade el pecho, desplazando la antigua amargura. Quiero conocerla. No solo como la carga que viene con Hadley, sino como persona. Quiero saber si le tiene miedo a la oscuridad, si ha heredado la vena obstinada de su madre.
—¿Cash?
La voz me sobresalta. Dejo la foto rápidamente y me giro para ver a Hadley de pie en la puerta. Parece agotada, pero sus ojos reflejan confusión.
—¿Qué haces aquí? —pregunta mientras se acerca a su escritorio y deja caer una pila de archivos—. Tus citas son los martes y jueves. ¿Ha pasado algo? ¿Te duele el hombro?
—El hombro está bien —digo, apoyándome en la repisa y cruzándome de brazos—. Solo pasaba por aquí.
Me lanza una mirada escéptica.
—En realidad —me aparto de la repisa y me adentro en su espacio. El aire entre nosotros cambia, se carga con esa electricidad estática que parece seguirnos—, tengo una sorpresa para ti.
—¿Una sorpresa? —se pone en guardia al instante—. ¿Ah, sí? La última vez que me sorprendiste, acabé cubierta de barro.
—Eso fue en el instituto —le recuerdo—. He refinado mis métodos.
Me estudia con esa pregunta silenciosa en la mirada.
—¿Qué tipo de sorpresa?
Doy un paso más hacia ella y bajo la voz.
—No de ese tipo. No seas malpensada, doctora.
Se sonroja, un precioso tono rosado que le resalta los pómulos.
—Yo no estaba...
—Es una buena —la interrumpo con suavidad—. Quiero llevarte a cenar. Esta noche.
—Cash, no puedo. Tengo a Becky, y el trabajo...
—Becky puede quedarse con una canguro. El trabajo puede esperar —le sostengo la mirada, suplicándole en silencio que diga que sí—. Solo una noche. En algún lugar donde nadie nos conozca. Donde no tengamos que ser la Heredera y el Vaquero.
Se muerde el labio; en sus ojos, la duda lucha contra el deseo. Finalmente exhala y deja caer los hombros.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo?
—Sí. De acuerdo.
—Bien —digo, retrocediendo hacia la puerta antes de que pueda cambiar de opinión—. Te recojo a las siete. Ponte un vestido.
El sol del atardecer se derrama en el horizonte cuando aparco la camioneta frente a su casa.
He pasado la última hora dando vueltas, cambiándome de camisa tres veces antes de decidirme por una negra impecable con botones y mi mejor chaqueta.
Estoy nervioso. Inquieto. Como si estuviera a punto de montar un toro que no he visto en mi vida.
Camino por el sendero y la puerta principal se abre antes de que pueda llamar.
Se me corta la respiración.
Hadley sale y, por un segundo, mi cerebro simplemente deja de funcionar.
Lleva un vestido largo de un verde esmeralda intenso que se ciñe a sus curvas como una segunda piel.
Es elegante, le abraza la cintura y se ensancha ligeramente en las caderas, con un escote que baja lo justo para dejarme la boca seca.
—Hola —dice, con una timidez inusual en ella. Se alisa la tela con las manos—. ¿Está... bien? Hace siglos que no me arreglo.