Capítulo 15
Ferreiro investiga
Mientras Elena gestionaba el interrogatorio fallido de Rodrigo Vidal y las consecuencias administrativas del incidente en la calle de la Galera, Ferreiro había estado haciendo algo que no había mencionado todavía: investigar por su cuenta una línea que había guardado para sí durante días porque no estaba seguro de si era una pista real o una intuición sin base.
Tomás Ferreiro había nacido en Carballo, a cincuenta kilómetros de A Coruña, en una familia de pescadores de tres generaciones.
Conocía el mundo del puerto no desde la academia sino desde dentro, desde los olores y los ritmos y las jerarquías no escritas que regulan quién puede estar dónde y qué puede preguntarse sin que nadie se moleste.
Era ese conocimiento el que le había hecho fijarse, meses atrás, en algo que en aquel momento no tenía contexto suficiente para entender.
En las fiestas de agosto, un concejal del Ayuntamiento de A Coruña había aparecido en la inauguración del nuevo pantalán del puerto deportivo.
Nada inusual: los políticos locales aparecían en todas las inauguraciones.
Pero el concejal en cuestión, un hombre llamado Gerardo Pampín, había llegado con Adrián Seoane.
Habían llegado en el mismo coche. Y en la fiesta posterior, Ferreiro había observado que se comportaban no como dos conocidos que comparten coche por comodidad, sino como dos personas que comparten algo que no está en el programa oficial del evento.
Gerardo Pampín era el concejal de Desarrollo Económico y Portuario del Ayuntamiento de A Coruña. Era el hombre que firmaba los permisos de uso de espacio portuario. Era el hombre cuyo departamento gestionaba las licencias de almacenamiento.
Era el hombre que, sin su firma, el almacén cuatro de los Pedrosa no existiría oficialmente.
Ferreiro había estado revisando, con la discreción de quien sabe que ciertas consultas dejan rastro, los registros de concesión de licencias de los últimos tres años.
El almacén cuatro había renovado su licencia dieciocho meses atrás.
La firma en el documento de concesión era la de Gerardo Pampín.
Hasta ahí, perfectamente normal: era su competencia y su firma.
Pero en el expediente de renovación había una particularidad: la empresa solicitante no era la de los Pedrosa directamente.
Era una sociedad interpuesta, Galicia Náutica S.L.
, que a su vez era propietaria registrada de la concesión.
Y Galicia Náutica S.L. tenía como uno de sus administradores a un hombre llamado Francisco Pampín.
Francisco Pampín era el hermano del concejal.
Ferreiro había presentado estos datos a Elena esa tarde, en la sala de operaciones, con la parquedad de quien no quiere hacer ruido innecesario alrededor de algo que todavía no tiene el peso suficiente.
Elena lo había escuchado sin interrumpirlo. Cuando terminó, se quedó en silencio durante un momento.
—¿Has hablado de esto con alguien más en la jefatura? —preguntó.
—No.
—Bien. No lo hagas. —Hizo una pausa. —Ferreiro, lo que acabas de contarme puede ser una coincidencia completamente inocente.
—Puede ser.
—Puede ser también la razón por la que alguien querría que esta investigación se detuviera.
—También puede ser.
—Y si el concejal Pampín está implicado en esto, eso significa que hay una dimensión política que complica todo lo que hacemos.
Ferreiro asintió. Lo había pensado.
—¿Lo ponemos en el cuadro? —preguntó.
Elena miró el tablero de operaciones. Las fotos, los hilos, los nombres. El del Armador todavía en blanco.
—Todavía no. Todavía no está en el cuadro. Está en tu libreta y en la mía y en ningún otro sitio. Necesitamos más antes de mover nada en esa dirección.
—¿Cómo de más?
—Contactos bancarios entre las empresas de Pampín y las redes que ya tenemos identificadas. Movimientos de comunicaciones si podemos ampliar la autorización de la jueza. Y necesito saber si el concejal ha hecho viajes en los últimos dos años, con quién y a dónde.
Ferreiro anotó en su libreta.
—¿Y la implicación del incidente de esta mañana? —preguntó. —¿Crees que fue encargado por Seoane o por alguien con más nivel?
—No lo sé todavía. Pero que llegue a nivel de concejal cambia la dimensión del problema.
—En A Coruña, un concejal con conexiones en el Ayuntamiento puede bloquear cosas. —Ferreiro lo dijo con el tono neutro de quien describe hechos. —Puede interferir en cómo ciertos expedientes progresan localmente.
—Lo sé. Por eso esta línea no sale de este equipo hasta que tengamos algo sólido. ¿Entendido?
—Entendido.
Esa noche, Elena llamó a Montoya para el parte diario. Le informó del incidente de la calle de la Galera, de los avances en el rastreo financiero, de la conexión con la empresa pantalla de Vigo. No mencionó la línea de Pampín.
No porque desconfiara de Montoya. Sino porque había aprendido, en doce años, que las cosas que se dicen en voz alta antes de tiempo a veces llegan a oídos inesperados.
Y las conexiones políticas tenían la costumbre de filtrar información hacia arriba con una velocidad que no tenía relación con la cadena formal de mando.
La línea de Pampín seguiría siendo, por ahora, un secreto entre dos personas.
Dos personas y la libreta de hojas cuadriculadas de Elena Vargas, que esa noche durmió con la pistola en la mesilla y el teléfono con el volumen al máximo.