Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Caperucita y el lobo

Aaron

M e limito a observar la escena y regodearme en la jodida suerte que tengo de que ella esté aquí y no solo eso, sino que sus labios, esos putos labios que tiene, estén a escasos centímetros de los míos.

«Estás deseando esto, ¿verdad?».

«Llevo deseándolo mucho tiempo».

«No pares».

—Si sigues mirándome de esa forma, Blue, voy a tener que follarte esa boca tan apetecible que tienes —susurro.

Observo cómo Blue arquea una ceja y, no conforme con eso, me coloca ambas manos sobre el pecho y me empuja con suavidad, la justa para deslizar la vista por mí y posarla una vez más sobre mi polla.

Niega en repetidas ocasiones y sonríe con suficiencia.

—Si sigues hablándome así —replica con esa altanería que tanto me pone, con esa fuerza y ese coraje que la caracterizan, porque puede que a mí me guste dar órdenes; sin embargo, ella disfruta dejando claro que el juego empieza y acaba cuando ella lo diga.

Y no podría tener más razón—, es probable que te deje hacerlo.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral tras esas palabras, la polla se sacude entre mis dedos y sé que se ha dado cuenta de lo que provoca en mí.

De pronto, este espacio es más reducido, más pequeño.

Como la despensa del estadio, donde la arrinconé por primera vez, donde nos besamos, donde me pidió más, y yo quise darle hasta el puto último átomo del universo.

—Nada —suelto de pronto.

Su vista asciende de nuevo y sus dientes encierran esos labios que me piden ser besados, lamidos, follados, hasta que nuestros ojos se encuentran otra vez.

—¿Perdona?

—Debajo no llevas nada —aclaro para que nos entendamos.

El brillo travieso de su mirada me indica que es probable que sea cierto—.

Además… —Recorto la distancia hasta que mi polla se coloca sobre su abdomen.

No se aparta cuando jadeo sobre su cuello, tampoco cuando paseo la lengua por él o cuando muerdo la curva que hay entre el hombro y ese cuello delicioso.

Al contrario, gimotea desesperada—. Los dos sabemos que te has colado en mi casa, has cruzado esa puerta y has echado un vistazo sin unas putas bragas debajo porque querías esto.

—Me separo—. Venías buscando lo que pudiese darte porque eres una chica traviesa que quiere que la corrompan.

Dime si me equivoco, Blue, dímelo —le exijo mordiendo todavía más fuerte.

Ella niega con extrema lentitud a la vez que ladea la cabeza en busca de otra caricia.

—No me costaría nada apartar esa tela, meter los dedos dentro y encontrarte empapada. Dime que me equivoco.

—No te equivocas.

Que sea tan decidida me pone cantidad.

—Bien. Entonces quítate esos putos pantaloncitos y enséñame lo que hay debajo. Ya hemos esperado mucho. Dime que me equivoco. —Tampoco se lo planteo como una pregunta, y ella asiente y niega, ambas cosas.

Lo observo confundido.

—Hemos esperado mucho y no te equivocas.

Le acaricio la mejilla como respuesta y paseo los dedos por sus labios, ella los entreabre y aguarda expectante para saber cuál es mi siguiente paso.

Lo primero que pienso es en meter esos dedos en la boca y obligarla a que los chupe.

Sin embargo, eso no me contentaría en absoluto.

Ni de coña lo haría. Lo segundo que me planteo es que, si lo hago, me va a privar de terminar eso que empezamos.

Porque esa puñetera prenda me sobra desde hace semanas. Muchas semanas.

A regañadientes me aparto, y ella no duda, como si esperase mi aprobación para continuar con lo que nos traemos entre manos.

—Esa es mi chica —susurro cuando cuela los dedos en la cinturilla y tira de ellos sin delicadeza alguna.

Contengo la respiración cuando los deja caer y la prenda se arremolina a sus pies. Da un paso hacia la izquierda y entra un poco más en la ducha. Los calcetines se mojan con rapidez.

Me arrodillo frente a ella y se los quito, no porque me sobren, que también, sino porque la quiero completamente desnuda y a mi merced.

Mucho tiempo imaginando. Mucho tiempo esperando.

Mucho tiempo anhelando, y por fin, por fin, es mía.

Antes de incorporarme, le beso el pubis, y ella exhala todo el aire de sus pulmones cuando lo hago.

—Tan receptiva. Tan excitada —murmuro entre dientes.

No responde, no necesito que lo haga, porque es su cuerpo el que habla por sí solo. Mi mente se acelera. El cromañón que llevo dentro no vacila ni un solo segundo cuando vuelve a pegarse a la chica por la que está loco. Sí, joder, estoy loco por ella. Más que eso. Mucho más que eso.

—Eres una jodida reina, Blue Langley.

Jadea cuando cuelo dos dedos dentro de su coño.

—Tal y como esperaba. Chorreando por mí.

Los saco de ella y esta vez sí que los llevo hasta sus labios.

Blue no duda ni un solo segundo cuando los saborea, tal y como hizo la otra noche sin que yo estuviese presente.

Al menos, esta vez puedo disfrutar, y no solo imaginar, cómo se le enciende la mirada cuando lo hace, de la forma en la que sus ojos brillan anhelantes, del deseo que encierran sus jadeos. De lo que no dice, pero sí demuestra.

—Eso es, chúpalos, límpialos bien, Blue, y quizá, si te portas mal, te deje saborear mi polla —le prometo.

Sus ojos brillan y todo rastro de inocencia desaparece. Está aceptando el reto porque esto le gusta, le encanta que le digan lo que tiene que hacer porque en su día a día es ella la que marca las normas.

—Es eso, ¿verdad? —pronuncio en voz alta, ni siquiera cuando no entiende de lo que hablo deja de devorarme a su antojo—.

Te gusta que te den órdenes porque no tienes que ser tú la que controle todo, porque siempre eres tú la que marca las normas y te gusta que sea yo el que lo haga para poder saltártelas a tu antojo.

—¿Saltármelas? —pregunta y niega a la vez—. No, capitán. —Joder—. Lo que me gusta no es saltármelas. Cuarta norma —agrega decidida—, yo acato tus órdenes solo para recordarte que, incluso de rodillas, sigo siendo la que elige cuándo atacar y cuándo dejarte sin aliento.

—¿De rodi…?

Y no soy capaz de terminar esa frase porque eso es justo lo que hace, se arrodilla frente a mí, agarra mi erección y, cuando sus ojos y los míos se encuentran, ya se la ha metido en la boca.

Y menuda puta boca.

Contengo la respiración mientras la observo lamer desde la punta hasta la base y, no conforme con eso, Blue alza la mano y me agarra las pelotas a la vez que se la traga al completo.

—Espero que seas de esos a los que les gusta mirar, capitán.

Soy lo que ella quiera que sea. Como ella quiera que sea. Y cuando ella quiera que sea.

Y ese pensamiento no me sacude las entrañas, no hace que mi mundo se tambalee, no me asusta ni me acojona, solo se acomoda porque he tenido tiempo más que suficiente para entender e interiorizar que estoy enamorado de esta mujer y de todas y cada una de sus versiones, sin excepción.

—Mírame —le pido, y ella lo hace.

Una oleada de calor se extiende por mi cuerpo cuando conecta conmigo de nuevo.

No es algo cualquiera, está cargado de emociones.

Es sexi, es divertida, es fanfarrona y vanidosa porque sabe lo que está consiguiendo y también es genuina y familiar.

A veces creo que podría salvarme con solo existir así frente a mí y otras pienso que ya estoy perdido desde el primer día.

La sujeto del pelo y tiro de él mientras ella sigue chupándome la polla sin dudar, pendiente de mí en todo momento.

—Joder, Blue —jadeo perdiendo la compostura.

Me aprieta de nuevo los huevos y siento un calambre, uno familiar y conocido.

No me quiero correr todavía, no quiero hacerlo, esto es demasiado bueno para disfrutar tan poco de ello.

Y, sin embargo, aquí estoy, dejándome llevar por esos labios que saben a puro pecado y por esta chica que está de rodillas frente a mí sin saber que soy yo el que llevo meses estándolo por ella.

Arrastrándome por ella si fuese necesario—.

Lo estabas deseando, ¿verdad? —le pregunto.

Ella no duda. Nunca lo hace, no es su estilo.

—Sí. —Me da un beso en el glande antes de volver a metérsela en la boca—. Lo estaba deseando. Hace mucho que lo hacía.

Echo la cabeza hacia atrás y suelto un gemido ronco cuando la punta de mi polla choca contra su garganta.

Cómo me gusta que se la trague entera, joder, cómo me gusta eso.

Y cuando creo que ha llegado al límite, que no le cabe ni un solo centímetro más, respira por la nariz y traga como si no fuese suficiente para ella tampoco.

—Blue…

Sonríe al escuchar mi voz jadeante. De hecho, tengo la ligera sospecha de que le encanta tener el control porque puede que sea ella la que está de rodillas, pero soy yo el que está a sus pies.

—Lo estabas deseando, ¿verdad? —La observo y asiento sin más porque…, ¿para qué andarme con rodeos cuando ella sabe que es cierto?

—Desde hace mucho tiempo.

Mis palabras le complacen y la devora por completo. Le tiro del pelo, y ella alza la vista sin sacársela de la boca.

Suelto un gemido ronco cuando traga con fuerza. Mis embestidas se vuelven más largas y profundas y se me desenfoca la mirada.

—Blue… —Le tiro del pelo e intento que se separe—. Voy a…

No me permite que la aparte, al contrario, es como si se aferrase a mi miembro con más ganas, con más ansia, con más necesidad. Es como si disfrutase de esto tanto como lo hago yo, y eso es una puta locura.

—Voy a correrme —suelto para que lo entienda, para darle la oportunidad de que se mueva.

Sin embargo, y como siempre hace, es ella la que toma la decisión de quedarse ahí.

La polla me palpita ante el primer chorro caliente que sale de ella, y Blue, como la buena chica que es, traga con estoicidad.

No aparta en ningún momento la mirada de la mía mientras me corro en su boca, mientras su garganta acepta cada chorro que suelto.

Al contrario, me sujeta los muslos con fuerza y me clava las uñas con cierta satisfacción.

Dejo caer la cabeza hacia atrás cuando la saca y pasea la lengua por toda mi longitud.

—Ahora sí —murmura y nuestros ojos se encuentran otra vez—, ahora sí que estamos en paz.

Se levanta, agarra la ropa y sale del baño.

—No —niego—, ni de coña estamos en paz.