Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

No pienso disculparme

Blue

D e la misma forma en la que escaquearte del trabajo no significa eso si está tu jefa presente, colarte en la casa de tu vecino no implica allanamiento de morada si tienes la llave.

Una llave que él mismo te ha entregado, ¿no?

Así que sí, como podéis intuir —y exculpadme de todo cargo que se presente contra mi persona si se diese el caso—, la puerta que estoy cruzando en este instante no es la de mi casa, sino la de la suya.

Nada tiene que ver con el mensaje de Ash, porque todos los presentes que ya lo conocemos entendemos que no hay nada que le guste más al polémico jugador de los Wild Warriors que liarla allá por donde pasa.

Si me preguntáis, yo que me informo de los cotilleos y que estoy al tanto de las noticias, no tengo del todo claro qué se le da mejor, si el hockey o meterse en problemas.

—¿Aaron? —pregunto mientras me adentro en la estancia.

Hago un pequeño barrido por el salón en busca de algún indicio de que ya haya llegado.

No encuentro ninguna mochila en el suelo, dato que no me sorprende, dado lo organizado y meticuloso que es este chico.

Tampoco hay prendas desperdigadas, zapatillas a las que le falta su par o calcetines apestosos y sudados, cosa que es evidente que agradezco.

Porque una cosa es el desorden y otra ser un marrano.

—¿Aaron? —repito.

Al menos tendré la conciencia bien tranquila porque me he colado, pero he sido educada al llamarlo dos veces antes de continuar avanzando.

La luz del pasillo sí que está encendida y hace dos días, cuando subí antes de dormir para comprobar que todo estaba en orden, me aseguré de dejar cada cosa en su lugar y no solo eso, sino las luces apagadas.

Continúo caminando hasta colarme en su habitación.

Una pequeña mochila descansa a los pies de la cama, alineada a la perfección con un par de deportivas blancas, un pantalón de chándal gris y una sudadera con capucha del mismo tono.

Pongo los ojos en blanco porque este chico… , este chico es un caso aparte.

No me disculparé por pasar los dedos por encima de las prendas y tampoco por sujetar una de ellas entre las manos y aspirar su olor.

Ya sé lo que pensáis, ya sé que es un poco de obsesa que haga este tipo de cosas y, por encima de todo, de estar un poco demasiado pirada que cierre los ojos al hacerlo. Porque es justo lo que sucede.

Huele a él y me resulta extraño que algo tan sencillo como su aroma me haga sonreír de esa forma tan genuina.

Cuando Juniper nació, hacía este tipo de chorradas.

Me veía cada noche entrando en esa habitación que compartíamos, porque no había dinero para un espacio mayor, y repasaba por activa y por pasiva cada detalle.

Los dedos, que siguiesen siendo diez. La nariz, que tuviese el mismo tono sonrosado que me garantizaba que estaba calentita.

La respiración pausada, que indicaba que todo estaba en calma, y su olor, ese que me recordaba que ella siempre sería mi hogar.

Aparto ese pensamiento de la cabeza y me centro en los sonidos que me rodean, en el agua que cae de la ducha y en el demonio que toma asiento en primera fila y que me susurra que me acerque a la puerta y observe solo un segundo.

Un poco, porque no puede ser malo hacerlo, ¿no?

Si fuese de esa manera, ¿por qué la habría dejado entreabierta?

¿Cuela? En mi opinión, son argumentos de peso, y mi opinión importa y mucho, al menos, a mí, claro está.

Así que eso es justo lo que hago: acercarme a la pequeña rendija y echar un vistazo al interior del baño.

Aaron está apoyado en la pared de la ducha y el agua le corre por la espalda a su antojo.

«Quién fuese agua, joder». Uno de sus fuertes brazos descansa sobre el azulejo blanco que tiene enfrente y ese antebrazo en el que no me he fijado nunca —ojos en blanco aquí, por favor y gracias— está tenso.

Demasiado tenso. Y la joya de la corona es ese culo, justo ese con el que siempre bromeo y, para sorpresa de nadie, se presenta firme, redondo y del todo mordisqueable .

Ñam. Ñam.

Emito un gemido cuando me percato del motivo de la rigidez de su cuerpo. Con la otra mano está sujetándose la polla y no conforme con eso, la está moviendo entre los dedos.

Supongo que yo solita me he delatado porque mueve la cabeza en mi dirección y su mirada brillante y ardiente se clava en mi cara y… sonríe cuando me encuentra al otro lado. Presuntuoso, altanero y arrogante.

Empujo la puerta con decisión porque nunca he sido de las que les temen a los retos, tampoco de las que salen huyendo. Siempre me he enfrentado a las situaciones, sobre todo, si esas situaciones son tan deliciosas como esta en particular.

El pelo mojado de Aaron se le desliza por la frente, los mechones son tan irreverentes como la imagen que se presenta frente a mis ojos y es más que evidente que me lo como con la mirada. Solo una idiota dejaría pasar esa oportunidad.

«Desnudo». Pues sí que tenía razón.

Siempre he tenido claro que Aaron tiene un cuerpo de infarto.

A ver, es un deportista increíble, entrena siete días a la semana, cuida su alimentación y nunca jamás se excede, es recto y minucioso en cada aspecto de su vida y frente a mis ojos tengo el resultado de ese esfuerzo constante, de ese trabajo, de su dieta equilibrada y quizá, si su familia me cayese bien, añadiría un extra por su herencia genética.

Sin embargo, en el fondo sé…, sé que no es cosa del apellido Maddox, sino del nombre Aaron.

Lo que quiero decir es que tiene un cuerpo de escándalo y está a la altura de su polla.

—Perdona —me disculpo y evalúo si sería buena idea dar un paso atrás y huir o seguir admirando las vistas.

Me empapo de la imagen. Del capullo redondo y liso, de la polla larga y firme, del grueso y apetecible tronco.

—¿Estás segura? —pregunta a su vez.

Su mano sigue sujetándose el miembro y es imposible que una chica mala como yo aparte la mirada de ahí.

—No, no lo siento en absoluto —respondo sin un ápice de dudas. Porque es la realidad y porque con Aaron nunca he mostrado nada que no sea yo, mis pensamientos y mis sentimientos—. La puerta estaba abierta —añado como información a tener en cuenta.

—Y has considerado oportuno colarte.

—Lo he considerado de primera necesidad.

—Tengo la cara aquí arriba —me recuerda.

Un dato muy pertinente que nadie le ha pedido.

—Lo sé. Tampoco lo siento por eso —replico.

Aaron suelta una sonora carcajada y es lo único que hace que aparte la vista de lo gorda que la tiene y sus ojos y los míos se encuentren.

—Acércate —me pide.

Una orden. Un mandato. Una exigencia. Como la otra noche.

La mano le sube y baja por el tronco de la polla y con cada paso que doy me recuerdo que no me está pidiendo que intervenga, que me abalance sobre él, a pesar de que todo en mí me pide que lo haga.

—Ambos sabemos que querías echar un vistazo, ¿verdad? Pues entonces habrá que echar un vistazo como Dios manda —murmura.

La provocación con la que lo suelta me eriza el vello.

Y me excita.

La mano sube y baja. Sube y baja. Sube y baja. Y ahora entiendo que esa lista que me decía, esa con la que bromeábamos y que yo sabía que iba con doble intención por su parte y la mía, era larga. Lo que no me imaginaba es que lo fuese tanto.

—Vaya —susurro y me planto justo enfrente. Algunas gotas de agua me salpican y es una sensación deliciosa que me alivia el calor que siento en este instante. Un calor que provoca él y solo él—. Tenías razón.

—Aun a riesgo de arrepentirme después de preguntar…, ¿a qué te refieres?

—A lo larga que era…

Su ceño se frunce unos segundos y, de pronto, las comisuras de los labios se le alzan poco a poco a poco a poco hasta que entiende a lo que me refiero.

—¿Seguimos hablando de la lista? —finaliza él.

—Ambos sabemos que no —añado sin perder la compostura y deberían darme un premio por seguir comportándome, por seguir esperando para saber cuál es el siguiente paso.

Tal vez este sería un buen momento para recordarme que Aaron y yo solo somos amigos, que hemos sido buenos amigos desde que nos conocimos y que estoy sumamente agradecida por todos los detalles e instantes que ha compartido con nosotras.

Por sus visitas, los libros, las entradas, los cuentos, la cena, las llamadas, los mensajes, la sinceridad…

Y que no quiero fastidiar nada de eso. Sin embargo, a una parte de mí no le importaría estropearlo todo porque lo deseo con todas mis fuerzas.

Y porque siempre he sido una chica mala.

Es probable que ese sea otro puente que tendré que cruzar, uno en el que no quiero pensar ahora. Hoy.

—Tienes que quitarte esos pantaloncitos, Blue.

—Los señala mientras su mano sube y baja de nuevo por la polla.

Madre del amor hermoso, ¿cómo puede ser tan perfecta?

—. Esos pantaloncitos —gruñe y siento cierta satisfacción por ser capaz de provocarle algo tan primitivo— llevan robándome el sueño desde que te los vi puestos hace ya tantas semanas.

Joder.

—¿Qué?

—Así que —añade y el movimiento continúa: sube y baja, sube y baja—, si adivino lo que hay debajo, ¿me dejarás mirar? —pregunta.

Es un juego, nuestro juego, y no puede ser más perfecto.

Sonrío con suficiencia porque, si Aaron sabe ser travieso, yo también sé. De hecho, a mí se me da todavía mejor.

—Si adivinas lo que hay debajo, te dejaré hacer mucho más que eso.

Lo último que escucho es el gemido ronco que le sale de la boca y su mano estampándose contra los azulejos que tengo a ambos lados de la cabeza, encajonando mi cuerpo en el proceso.

Creo que he despertado a la bestia y no puedo sentirme más satisfecha de lo que lo hago.