MERCY
Siempre supe que Gabriel era un hombre inteligente —la mayoría de los abusadores narcisistas lo son, hasta cierto punto—, pero también sabía que era arrogante.
Por eso, cuando nos sentamos por primera vez en la gran sala de reuniones que el MC llama su capilla, estaba convencida de que vería su cara de engreído en las grabaciones de seguridad.
Sin embargo, horas después, seguimos revisando las imágenes y lo único que tenemos son unas cuantas figuras sombrías con uniformes.
Una parte de mí está decepcionada. Quería ver su cara en esa pantalla.
Quería la satisfacción de pillarlo con las manos en la masa, tan arrogante que creía que nunca pagaría por lo que hacía.
Pero otra parte de mí —la que pasó años aprendiendo cómo funciona ese hombre— no se sorprende en absoluto.
Siempre ha sido cuidadoso. Siempre ha tenido a otro que le hiciera el trabajo sucio mientras él se hacía pasar por el poli héroe.
Pero no pasa nada. No necesitamos su cara en la cámara. Solo necesitamos el hilo que lo conecte con el incendio. Un solo hilo, y toda esa imagen que ha construido con tanto cuidado se vendrá abajo.
Cash, pálido pero decidido, tiene dos monitores funcionando a la vez.
Josie está sentada a la cabecera de la mesa, atendiendo llamadas mientras murmura notas legales.
Se supone que estoy catalogando vehículos sospechosos, pero las grabaciones empiezan a confundirse unas con otras: el mismo parpadeo de luces traseras, el mismo triste desfile de repartidores noctámbulos y borrachos.
Cada hora más o menos, Stone entra a ver cómo vamos; nunca dice mucho, pero siempre deja un peso en el ambiente.
Ginger pasa una vez con una bandeja de sopa y sándwiches de queso fundido que apenas probamos.
—Necesito estirar las piernas —dice Josie mientras se pone de pie y alza los brazos por encima de la cabeza como una gata con traje de chaqueta—. Si alguien quiere un descanso, ahora es el momento.
No espera a que respondamos; coge su bandolera, se encaja el teléfono entre el hombro y la oreja y sale a paso firme, ya ladrándole a alguien llamado Reggie sobre escritos judiciales y órdenes de alejamiento preventivas.
El silencio que sigue es denso. Cash se pasa una mano por la cara y suelta un quejido.
—Si tengo que ver una hora más a repartidores rascándose el culo, me voy a vaciar el cráneo y usarlo de cenicero.
Me levanto y giro el cuello; me cruje por la fatiga de llevar siete horas mirando pantallas borrosas.
—Vamos a tomarnos un descanso también —digo mientras le cojo la mano a Cash y tiro de él suavemente para sacarlo de la silla.
Se resiste al principio, pero luego deja que lo ayude a levantarse y aprovecha para cogerme la cara entre las manos y besarme tan profundamente que el suelo desaparece bajo mis pies.
No es un beso de alivio, de esos de «estoy vivo».
Es crudo y voraz, como si llevara horas enjaulado con solo pantallas y pena y estuviera muerto de ganas de que alguien lo tocara.
Quizás lo está. No me voy a poner exigente.
Me dejo llevar, agarrándole la camisa a puñados, pegándome a él hasta fundirme con su cuerpo desde la clavícula hasta la cadera.
Cuando por fin afloja, ninguno de los dos respira durante un segundo. Abro los ojos y me lo encuentro mirándome fijamente, con la pupila del ojo bueno dilatada y salvaje, como si solo estuviera a medias en esta habitación.
—Perdona —dice, aunque es mentira—. Es que... joder, lo necesitaba.
Niego con la cabeza, sin aliento, con una sonrisa.
—Vas a abrirte el labio otra vez.
—Merece la pena —murmura con la voz una octava más grave de lo normal. Algo en ese tono hace que se me derrita todo por dentro. Podría echarle la culpa al agotamiento o al estrés, pero la verdad es que cada vez que tengo a Cash a tiro, mis impulsos se vuelven básicos y primitivos.
Apoya la frente contra la mía y nuestros alientos se mezclan.
Los dos nos tambaleamos, y durante un minuto no existe nada más allá del espacio que ocupan nuestros cuerpos.
Quiero volver a decirle cuánto odié verlo magullado y sangrando.
Cómo la idea de perderlo sigue prendiéndose dentro de mí, tan brillante y despiadada como la llama de un soplete.
Pero no lo hago. Las palabras harían añicos el frágil control que tiene sobre sí mismo, y ahora mismo necesita la ilusión de ser inquebrantable más de lo que necesita sinceridad.
—Cierra la puerta con llave, ángel.
Lo hago, con la palma plana contra el metal frío, y luego apoyo la espalda en ella mientras Cash recorre como un depredador los dos pasos que nos separan.
—¿Estás seguro de esto? Estás herido —digo, solo porque necesito decirlo.
Y su respuesta es inmovilizarme contra la puerta con las caderas y besarme otra vez, más profundamente si cabe, con una mano enredada en mi pelo.
Es increíble lo fácil que resulta soltar el miedo entre sus brazos, saborear la adrenalina en su lengua y que no me importe lo más mínimo.
—Dios, Mercy —murmura con la boca rozándome la mandíbula, la mejilla, bajando hasta la garganta. Su peso es sólido, seguro, y me sujeta con la fuerza justa para que el mundo pudiera arder detrás de esta puerta y me diera igual.
Sus manos se deslizan bajo mi camisa, las palmas calientes contra mi piel.
Mi cuerpo le responde antes de que me dé cuenta, por puro instinto.
El daño en las costillas le arranca una mueca cuando me pego a él, pero es como si el dolor le agudizara el deseo en lugar de embotarlo, y siento esa corriente atravesarnos a los dos.
Un cable pelado vibrando al borde de la temeridad.
—Quizás deberíamos parar —susurro, pero mis manos ya se han colado bajo su camisa y estoy hambrienta de todo el calor de su piel, de la sensación imposible y perfecta de tenerlo sólido y real—.
Un puñado de matones disfrazados de polis acaba de usarte el estómago como saco de boxeo. Deberías estar en la cama, no...
Me corta embistiéndome con las caderas, aprisionándome con más fuerza.
—Si dices «reposo en cama», voy a tener que redefinir el concepto de forma muy creativa.
La mano que tiene en mi pelo me echa la cabeza hacia atrás, sus dientes me rozan el cuello y me derrito de las orejas a los tobillos.
No sé qué gemido se escapa primero, si el suyo o el mío.
Apenas me doy cuenta de que le engancho los dedos detrás del cuello y tiro de él hacia abajo para otro beso que es puro choque de dientes.
Lo quiero marcado en mi piel, grabado en huellas y temblores.
Lo quiero cosido a mi cuerpo para no tener que preocuparme nunca de perderlo, y menos ante los fantasmas de su cabeza o de la mía.
Nos tambaleamos hacia atrás y tiramos de la pared una vitrina con recuerdos del MC. A ninguno nos importa. Él tantea y luego intenta subirme a la pesada mesa de roble donde el club firma todos sus tratos. Pero entonces su cuerpo lo frena y suelta un gruñido de dolor.
—Joder.
En vez de eso, me aprieta las caderas con más fuerza, ralentiza el beso y apoya la frente contra mi clavícula. Respira de forma entrecortada, con el pecho subiendo y bajando contra mis palmas mientras lucha contra el dolor y contra lo que sea que lo esté devorando por dentro.
—¿Quieres parar? —le paso las manos por el pelo mientras tiembla contra mí.
—No —suelta entre dientes—. Quiero... Joder.
—Dímelo, cariño —susurro, acunando su mandíbula con ambas manos—. Dime qué quieres.
Suelta una risa entrecortada e intenta parecer arrogante, pero le sale en carne viva—. Quiero follarte aquí mismo. No quiero pensar en nada más que en cómo se siente estar dentro de ti. Por favor, ángel. Necesito... te necesito ahora.
Si me hubiera quedado aunque fuera un gramo de dignidad, habría desaparecido, esparcida como confeti sobre la larga mesa entre nosotros.
Sé que tenemos quince minutos como mucho antes de que Josie o Stone o cualquiera vuelva.
Pero nada de eso importa cuando la respiración de Cash es entrecortada en mi oído y sus manos tiemblan sobre mis caderas, luchando a partes iguales contra el dolor y el deseo.
Quiero darle algo que haga desaparecer todo lo demás, aunque sea solo por un instante breve y luminoso.
Pego los labios a su oído y siento el escalofrío que lo recorre hasta la médula—. Vale —susurro, dejando que la palabra vibre en el hueco de su mandíbula—. Pero déjame llevar las riendas. Me dices si algo te duele o si necesitas parar.
Ya está asintiendo, desesperado por rendirse. No lo dejo hablar. En lugar de eso, lo empujo hacia la mesa con las manos en sus caderas, y cuando sus muslos chocan contra la madera, lo retengo ahí y rompo el beso.
—¿Qué estás...?
—Confía en mí. —Las corvas se me vuelven de gelatina mientras me dejo caer, despacio, hasta quedar de rodillas sobre la alfombra desgastada.
Y por un segundo pienso en cómo Gabriel nunca me dejó llevar la iniciativa. Nunca confió en que yo supiera lo que hacía, lo que él necesitaba. Todo giraba en torno a él y a sus necesidades.
¿Pero Cash? Cash tiembla sobre mí, rindiéndose, confiando en que voy a cuidar de él.
Hay algo sacramental en esto, una nueva religión tejida con lujuria y el anhelo tácito de hacerlo sentir completo.
Levanto la vista y lo veo aferrarse al borde de la mesa para sostenerse—. ¿Estás bien?
Asiente, incapaz de aflojar la mandíbula lo suficiente para hablar, y la súplica en su ojo hace que cualquier última vacilación desaparezca.
Le deshago el cinturón lentamente, sin provocar, solo saboreando la sensación desconocida bajo mis dedos.
Sus manos se cierran con más fuerza en el borde de la mesa, los nudillos blancos, como si se preparara para algo catastrófico y hermoso a la vez.