52 Epílogo - 5 Años Después
EMMA
El sol de última hora de la tarde se filtra a través de las cortinas vaporosas del cuarto de los niños, proyectando una luz dorada sobre las paredes amarillo pálido.
Acuno a mi hija recién nacida contra el pecho, con su diminuta boca prendida a mi pezón mientras mama plácidamente.
Tiene los ojos cerrados, las pestañas oscuras descansando sobre sus mejillas regordetas, y no puedo evitar sonreír mientras acaricio el suave pelito de su cabeza.
A través de la ventana, observo el caos que se despliega en nuestro jardín trasero.
Artur está junto a la barbacoa, con sus anchos hombros tensando la tela de su camiseta negra mientras da la vuelta a las hamburguesas con una mano y gesticula como un loco con la otra, seguramente contando alguna historia disparatada.
Rurik se apoya contra la mesa del patio, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa sonrisa burlona tan familiar dibujada en los labios mientras escucha.
Eduard se mueve entre la multitud con una soltura ensayada, estrechando manos y dando palmadas en los hombros; es la viva imagen de un líder diplomático, incluso en una barbacoa familiar.
El corazón se me hincha al contemplarlos. Cinco años. Cinco años desde que todo cambió, desde que mi mundo se puso patas arriba y, de algún modo, acabó del derecho de la forma más inesperada posible.
La bebé emite un suave sonido y bajo la mirada para descubrir que está adormilada por la leche, con la boca entreabierta.
Me ajusto con cuidado el sujetador de lactancia y la camiseta, luego la subo hasta mi hombro para sacarle los gases.
Es tan pequeña, tan perfecta. Nuestra tercera hija. Nuestra pequeña Anastasia.
Fuera, veo a mis otros dos hijos correteando como locos con los niños del vecindario.
Mikhail, mi hijo de cuatro años, persigue a su hermana mayor, Katya, alrededor de los columpios; los dos chillan de risa.
El pelo oscuro de Katya ondea tras ella como una bandera, tan parecido al de Rurik.
Mikhail tiene la mandíbula obstinada de Artur y los ojos calculadores de Eduard.
Y la pequeña Ana, en mis brazos, ya los tiene a los tres comiendo de la palma de su diminuta mano.
Nunca imaginé que esta sería mi vida. Emma Moore, exagente del FBI, ahora esposa de tres de los jefes de la Bratva más poderosos. Madre de sus hijos. Parte de un mundo que en otro tiempo investigué y cuyos miembros mandé entre rejas.
Pero aquí estoy. Y no cambiaría ni una maldita cosa.
Un golpe en el marco de la puerta hace que me vuelva. Krystal está allí, con el pelo rubio recogido en una elegante coleta, unos vaqueros de diseño y una blusa de seda. Ha recorrido un largo camino desde que era propiedad de Volkov.
—¿Está dormida? —pregunta Krystal en voz baja mientras entra en la habitación.
—Casi. —Me levanto con cuidado y voy hasta la cuna para acostar a Ana. Ni siquiera se remueve cuando la dejo boca arriba y la arropo con una manta ligera.
—Se te da bien —observa Krystal.
—A la tercera va la vencida. —Le sonrío y enlazo mi brazo con el suyo mientras bajamos las escaleras—. ¿Qué tal va el negocio?
Sus ojos se iluminan.
—Acabamos de conseguir otra casa segura en Connecticut. Con esta ya son quince en total. Solo en el último año hemos ayudado a más de doscientas mujeres y niños.
El orgullo me llena el pecho. La red clandestina de Krystal se ha convertido en algo increíble.
¿Y lo mejor? Mis hombres la apoyan por completo.
Es más, la han integrado en su modelo de negocio.
Cualquier miembro de la Bratva al que pillen traficando en su territorio queda eliminado. Sin preguntas. Sin piedad.
—Es increíble, Krystal.
—No podría hacerlo sin la información que aportan tus chicos. —Me aprieta el brazo—. Hablando de eso, Eduard me ha pedido que investigue una operación de la que se rumorea que existe en Boston. Al parecer, han estado pasando chicas por el puerto.
Se me tensa la mandíbula.
—¿Qué has encontrado?
—Lo suficiente para hundirlos. —Su sonrisa es afilada, peligrosa—. Mañana me reúno con tus maridos para repasarlo todo.
Salimos al patio y el ruido de la fiesta nos envuelve.
Debe de haber cuarenta personas aquí, quizá más.
Familia, amigos y socios de confianza. Incluso veo al agente Morrison, del FBI, junto a la mesa de las bebidas, riéndose de algo que dice el primo de Artur.
El hecho de que haya agentes del FBI en nuestra barbacoa familiar todavía me deja alucinada, pero la alianza que mis hombres forjaron se ha mantenido firme.
Información a cambio de protección. Todos ganan.
—¡Mamá! —Katya se estrella contra mis piernas y casi me tira al suelo. Tiene la cara colorada y sudorosa, y el vestido manchado de hierba—. Mikhail ha dicho que no puedo trepar al árbol grande, pero sí puedo, ¿verdad?
—Tu hermano está siendo protector —le digo, alisándole el pelo revuelto—. Pero sí, puedes subirte al árbol. Solo ten cuidado.
—¡Ja! —Le saca la lengua a Mikhail, que ha aparecido detrás de ella, frunciendo el ceño.
—Papá ha dicho que las niñas no deberían trepar a los árboles —insiste, obstinado.
—¿Qué papá? —pregunto, divertida.
Se lo piensa.
—Papá Artur.
Claro. Echo un vistazo hacia la barbacoa, donde Artur está discutiendo ahora con Rurik sobre la temperatura adecuada de la carne; sus voces se oyen al otro lado del jardín.
—Pues papá Artur se equivoca. Las niñas pueden hacer cualquier cosa que puedan hacer los niños.
Katya sonríe radiante, triunfal, y sale corriendo. Mikhail parece inseguro, pero luego se encoge de hombros y va tras ella. Los observo alejarse mientras niego con la cabeza.
Unos brazos fuertes me rodean la cintura por detrás y me recuesto contra el sólido pecho de Eduard. Sus labios rozan mi oreja.
—¿La bebé está dormida?
—Como un tronco. —Me giro entre sus brazos, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo. Levanto la mano y le enseño el vigilabebés que llevo para oírla cuando se despierte. Han pasado cinco años y él sigue acelerándome el corazón—. ¿Te lo estás pasando bien?
—Estoy viendo a mi mujer, a mis hijos, a mis hermanos y a mi familia en un mismo lugar. A salvo. Felices. —Sus ojos grises se suavizan—. Sí, Emma. Me lo estoy pasando bien.
Me estiro para besarlo, con dulzura y suavidad. Sabe a whisky y a humo.
—¡Iros a una habitación! —grita Rurik, y le hago una peineta sin romper el beso. Eduard se ríe contra mi boca.
Cuando por fin nos separamos, me mantiene cerca, con una mano extendida posesivamente sobre la parte baja de mi espalda.
—Krystal me ha hablado de Boston.
—Imaginé que lo haría.
—Nos encargaremos de ello. —Su voz baja de tono y adopta ese matiz frío que todavía me provoca escalofríos—. Nadie mueve mercancía así en nuestro territorio. Ya no.
Esta es la realidad de mi vida. Niños preciosos y barbacoas familiares, sí.
Pero también violencia, sangre y la amenaza constante del peligro.
Mis hombres son asesinos. Han hecho cosas terribles y seguirán haciendo cosas terribles.
Pero también han construido algo mejor. Un código.
Unas normas. Protección para los inocentes.
No es perfecto. Pero es nuestro.
La tarde se desangra hasta convertirse en noche. Comemos demasiada comida, los niños devoran su peso en sandía y galletas, y alguien saca una botella de vodka que probablemente es más vieja que yo. Se hacen brindis, se cuentan historias y las risas llenan el aire.
Acabo sentada entre Artur y Rurik en el sofá del patio, con Eduard en la silla de al lado, contemplando cómo el sol se pone sobre nuestra finca.
Los niños siguen corriendo de un lado a otro, aunque sus energías empiezan a flaquear.
Katya está sentada en el regazo de Eduard, luchando contra el sueño.
Mikhail está tumbado sobre la hierba, imaginando formas en las nubes.
—Esto está bien —dice Artur en voz baja, con la mano descansando sobre mi muslo—. Por esto luchamos.
El brazo de Rurik se posa sobre mis hombros.
—Joder, sí.
Eduard levanta su copa.
—Por la familia.
Todos bebemos por eso.
Más tarde, mucho más tarde, después de que los invitados se hayan ido a casa y los niños estén por fin, benditamente, dormidos, los cuatro nos desplomamos en el salón.
Estoy acurrucada en el sofá entre Rurik y Artur, con los pies en el regazo de Eduard mientras me los masajea distraídamente.
En la tele ponen una película ridícula de mafiosos y todos nos burlamos de ella sin piedad.
—Así no se hace desaparecer un cadáver —se burla Rurik ante la pantalla.
—¿Y tú qué sabrás? —lo pico.
Me dirige una mirada que es puro pecado.
—Cariño, yo escribí el puto manual.
Artur resopla.
—Tu manual tendría una sola página: «Dispárales, quémalos y tíralos al océano».
—Eficiente —se defiende Rurik.
—Chapucero —replica Eduard, hundiendo los dedos en el arco de mi pie de la forma más deliciosa—. Hay que ser estratégico. Planear con antelación y no dejar rastro.
Los escucho discutir sobre la forma adecuada de cometer un asesinato y no puedo evitar reírme. Esta es mi familia. Tres hombres letales, peligrosos y poderosos que incendiarían el mundo por mí y por nuestros hijos. Que me aman con una intensidad que todavía me deja sin aliento.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Artur, mirándome.
—Vosotros. Esto. Todo. —Hago un gesto impreciso hacia la tele, hacia ellos y hacia nuestra casa—.
Hace cinco años, estaba empeñada en acabar con la Bratva para encontrar a Krystal.
Ahora estoy casada con tres jefes de la Bratva, tengo tres hijos, mi mejor amiga dirige una red clandestina para víctimas de trata y estoy aquí sentada, escuchándoos debatir técnicas de asesinato mientras vemos El padrino.
—El padrino es un clásico —protesta Rurik.
—Y también es completamente irrealista —dice Eduard.
—¡Ese es mi argumento! —Me incorporo y los miro a cada uno—. Todo esto es una locura. Mi vida es una locura. Y me encanta. Os quiero. A todos vosotros. Muchísimo.
El ambiente cambia, se suaviza. Artur me toma la cara entre las manos y me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Nosotros también te queremos. Más que a nada.
Rurik me besa la sien.
—Eres nuestro puto mundo entero, Emma. Tú y los niños.
La mano de Eduard se cierra alrededor de mi tobillo y lo aprieta con suavidad.
—Todo lo que somos, todo lo que hemos construido, es para ti. Para nuestra familia.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pero son lágrimas de felicidad. Los atraigo hacia mí, a estos tres hombres imposibles que poseen por completo mi corazón. Nos quedamos así durante un largo momento, enredados unos con otros, con la película olvidada.
Al final, volvemos a acomodarnos. La película sigue avanzando. Rurik hace otro comentario sarcástico. Artur le tira un cojín. Eduard les dice a los dos que se callen. Sonrío, satisfecha, cálida e increíblemente feliz.
Esta es mi vida ahora. Caótica, peligrosa y absolutamente perfecta. Tengo a mis hombres, a mis hijos, a mi mejor amiga y un futuro que se extiende ante nosotros, lleno de posibilidades.
No la cambiaría por nada del mundo.
Mientras salen los créditos y Artur empieza a discutir qué ver después, cierro los ojos y dejo que el sonido de sus voces me envuelva. Hogar. Esto es hogar. Estos hombres, esta familia, esta vida que hemos construido juntos a partir de sangre, balas y un amor imposible.
Y estoy deseando ver qué viene después.