50 Emma
EMMA
Hoy es el día.
Estoy delante del espejo del baño, con las manos aferradas al borde de la encimera de mármol con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos. Mi reflejo me devuelve la mirada, con ojeras y una tensión alrededor de la boca que apenas ha cedido en tres meses cada vez que pensaba en Langford.
Tres meses recluida en la finca mientras la fiscalía construía su caso contra Langford. Tres meses de declaraciones, preparación de testigos e interminables reuniones con abogados que me trataban como una prueba en lugar de como a una persona. Tres meses esperando este momento.
Hoy testifico contra el hombre que fue como un padre para mí.
Se me revuelve el estómago y apoyo la mano sobre la creciente curva bajo mi vestido.
El bebé da una patada, un leve aleteo que me ancla.
Estoy ya de seis meses, y resulta imposible ocultar la barriga bajo el sobrio vestido azul marino que he elegido para el juicio.
La tela se ciñe sobre mis pechos, que han aumentado de tamaño, y cae hasta justo debajo de las rodillas de una forma profesional y recatada.
Parezco una agente federal. Parezco creíble. Eso es lo que querían los fiscales. Pero también parezco una mujer corriente, una futura madre, lo que, según dijeron, también dará credibilidad a mi testimonio.
La puerta del baño se abre y Rurik aparece reflejado detrás de mí.
Sus ojos azul pálido se encuentran con los míos, evaluando mi estado con esa intensidad que siempre tiene.
Lleva un traje oscuro que hace que sus anchos hombros parezcan aún más imponentes, con la mandíbula apretada por la tensión que apenas logra contener.
—¿Estás preparada? —Su voz es baja, controlada.
—No. —La sinceridad se me escapa antes de que pueda contenerla—. Pero voy a hacerlo de todos modos.
Sus manos se posan sobre mis hombros, cálidas y firmes a través de la fina tela de mi vestido. —No tienes por qué hacer esto. Podemos irnos ahora mismo. Desaparecer antes de que nadie sepa que nos hemos ido.
La oferta es tentadora. Dios, es tan tentadora. Pero niego con la cabeza. —Tengo que llegar hasta el final. Tengo que verlo pagar por lo que hizo.
Los dedos de Rurik se tensan ligeramente sobre mis hombros y entonces se inclina para posar los labios en la coronilla de mi cabeza. —Entonces estaremos allí. Justo detrás de ti.
El FBI y los U.S. Marshals querían ponerme bajo custodia protectora hasta después del juicio.
Se presentaron en la finca con documentación oficial y expresiones severas, explicando que, de lo contrario, no podían garantizar mi seguridad.
Que Langford tenía contactos que podrían intentar silenciarme antes de que pudiera testificar.
Mis hombres les dijeron que se fueran a la mierda.
El recuerdo hace que se me curven ligeramente los labios pese a todo.
Rurik, Eduard y Artur se plantaron en el vestíbulo principal de la finca, con los brazos cruzados y expresiones frías, e informaron a los agentes federales de que estaría más segura con ellos que en cualquier piso franco del Gobierno.
Que, si alguien intentaba tocarme, antes tendría que enfrentarse a tres familias de la Bratva.
Los agentes se fueron sin mí.
Coincidía con la valoración de mis maridos. Aquí estoy más segura, rodeada de guardias armados y de hombres que morirían antes que permitir que alguien me hiciera daño. El bebé vuelve a dar una patada y aprieto la mano con más firmeza contra el vientre.
—Hoy está muy activa —murmuro.
La mano de Rurik cubre la mía, con la palma cálida contra la curva de mi barriga. —Sabe que hoy es un día importante.
En realidad no sabemos si el bebé es una niña. Decidimos no averiguarlo porque queríamos llevarnos la sorpresa. Pero Rurik insiste en que es una hija, desde el momento en que les dije que estaba embarazada. Eduard cree que será un niño. A Artur le da igual, siempre que el bebé esté sano.
Me vuelvo entre los brazos de Rurik y apoyo la cara contra su pecho, inhalando el aroma limpio de su colonia. —Lo quería. De verdad quería a Langford como si fuera de mi familia.
—Lo sé. —La mano de Rurik se desliza entre mi pelo y me sostiene la nuca—. Eso es lo que hace que duela tanto.
Las lágrimas me escuecen detrás de los ojos, pero las contengo. No puedo llorar. Ahora no. No cuando necesito ser lo bastante fuerte para enfrentarme a Langford en el tribunal y contarle al mundo lo que me hizo. Además, no quiero tener que retocarme el maquillaje.
Eduard y Artur nos esperan abajo cuando bajamos. Los ojos grises de Eduard se muestran serios mientras examina mi aspecto; su mirada se demora en la curva de mi barriga antes de subir a mi cara. La habitual sonrisa ladeada de Artur ha desaparecido, reemplazada por algo más duro.
—Estás preciosa —dice Eduard en voz baja, acercándose para besarme la sien.
La mano de Artur encuentra mi cintura y sus dedos se extienden de forma posesiva sobre mi cadera. —Y aterradora. Langford se va a cagar encima cuando te vea.
La cruda valoración me hace reír pese a todo. —Ese es el plan.
El trayecto hasta el juzgado es tenso. Voy sentada entre Eduard y Rurik en la parte trasera del SUV blindado, mientras Artur viaja delante con el conductor. Ninguno habla. Pero ¿qué queda por decir que no se haya dicho ya?
Me tiemblan ligeramente las manos sobre el regazo, y Eduard se da cuenta enseguida. Entrelaza sus dedos con los míos y los aprieta suavemente. —Estamos contigo.
Asiento, sin fiarme de mi voz.
El juzgado está rodeado de medios de comunicación cuando llegamos. Los flashes estallan mientras nuestra comitiva se detiene ante la entrada vigilada. Veo fugazmente a los periodistas gritando preguntas, sus voces amortiguadas por el cristal antibalas.
Por dentro, el edificio tiene suelos de mármol y techos altos que devuelven el eco de los pasos y las conversaciones en voz baja.
Hay agentes federales por todas partes, y sus expresiones van de la curiosidad a la hostilidad mientras nos observan avanzar por los pasillos.
Reconozco algunos rostros de mi época en la Agencia, gente con la que trabajé antes de que todo se fuera al infierno.
Me miran como si fuera un fantasma. Y supongo que, en cierto modo, lo soy. Oficialmente muerta desde hace meses, ahora resucitada para testificar contra uno de los suyos.
La sala está abarrotada cuando entramos.
Agentes del FBI ocupan la mayoría de los asientos, todos allí para presenciar la caída de uno de los suyos.
Sus ojos siguen mis movimientos mientras avanzo por el pasillo central; sus miradas se detienen en mi vientre embarazado antes de desplazarse a los tres hombres que me flanquean.
Rurik, Eduard y Artur ocupan posiciones en la última fila, y resulta imposible ignorar su presencia.
Los tres llevan trajes oscuros que hacen que parezcan exactamente lo que son: hombres peligrosos que no encajan entre el público de una sala federal.
Varios miembros más de la familia están repartidos entre los asientos, con expresiones cuidadosamente neutras.
Los agentes del FBI no dejan de lanzar miradas nerviosas hacia el fondo de la sala, claramente incómodos con la presencia de la Bratva. Veo a un agente joven susurrarle algo a su compañero, con los ojos muy abiertos mientras contempla las expresiones frías de mis maridos.
Bien. Que se pongan nerviosos.
Langford ya está sentado en la mesa de la defensa cuando entro. Parece mayor de lo que recuerdo; su pelo plateado está más ralo y su rostro, demacrado. Pero sigue manteniendo la espalda recta y una expresión serena. No me mira al pasar; tiene la vista fija en la mesa frente a él.
La fiscalía me llama al estrado después de los alegatos iniciales.
Tengo las piernas inestables mientras cruzo la sala, y la mano se me va automáticamente al vientre.
El alguacil me toma juramento y me acomodo en el sillón de los testigos, con el corazón martilleándome con tanta fuerza que puedo oírlo en los oídos.
La fiscal es una mujer de unos cuarenta años, de ojos afilados y actitud directa. Me guía a través de mi declaración, formulando preguntas diseñadas para construir el caso contra Langford pieza a pieza.
Les cuento todo. Cómo estaba investigando la red de subastas de novias.
Cómo comprometieron mi operación. Cómo acabé encadenada en un escenario mientras los hombres pujaban por mí como si fuera una propiedad.
Cómo rastreé la traición hasta Langford a través de registros financieros, registros de acceso y su propia confesión.
—Y los hombres que la compraron —dice la fiscal, señalando hacia el fondo de la sala—. Rurik Novikov, Eduard Balabanov y Artur Lenkov. ¿Qué papel desempeñaron en todo esto?
Me giro ligeramente en el asiento y mi mirada encuentra la de mis maridos. Me observan con idénticas expresiones de feroz protección, con los cuerpos tensos como si estuvieran listos para intervenir si alguien siquiera me mirara mal.
—Se intercambió dinero —digo con cautela, eligiendo las palabras con precisión—. Pero ellos me rescataron. —Hago una pausa, dejando que la distinción cale antes de volverme para mirar directamente a Langford—. Después me ayudaron a encontrar al topo.
La mandíbula de Langford se tensa, pero no me devuelve la mirada.
El testimonio continúa durante otra hora. La fiscal me guía a través de las pruebas, las grabaciones y las conexiones entre Langford y la red de subastas. Para cuando termina, nadie alberga duda alguna de que es culpable.
El abogado defensor trata de desacreditarme durante el contrainterrogatorio, sugiriendo que estoy sesgada por mi relación con la Bratva. Que miento para proteger a mis maridos criminales. Pero las pruebas hablan por sí solas y el jurado ve a través de sus intentos.
Cuando llega el veredicto, es unánime. Culpable de todos los cargos.
El juez condena a Langford a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. La sala estalla en murmullos y susurros, pero apenas los oigo. Observo el rostro de Langford mientras se lee la sentencia, buscando alguna señal de remordimiento o arrepentimiento.
No hay nada. Solo esa misma serenidad vacía, como si ya hubiera aceptado su destino.
Después de la sentencia, solicito permiso para ver a Langford en la celda temporal donde esperará antes de ser trasladado a prisión. La fiscal intenta disuadirme, pero insisto. Necesito esto. Necesito cerrar esta herida.
La celda es pequeña y estéril, con paredes de hormigón y un banco de metal. Langford está sentado con las manos esposadas delante de él, y su caro traje parece fuera de lugar bajo la cruda luz fluorescente.
Levanta la vista cuando entro y algo cruza fugazmente su rostro. Dolor, tal vez. O arrepentimiento.
—Emma —empieza, con la voz ronca—. Lo siento. Necesito que sepas que yo—
—No. —La palabra sale cortante y lo interrumpe—. No tienes derecho a disculparte. No tienes derecho a sentirte mejor diciendo que lo sientes.
Cierra la boca y mueve la mandíbula.
Me acerco a los barrotes que nos separan, cerrando las manos alrededor del frío metal. —Fuiste una figura paterna para mí. Después de que murieran mis padres, eras todo lo que tenía. Te quería. Confiaba por completo en ti.
Las lágrimas me escuecen detrás de los ojos, pero me niego a dejar que caigan. No aquí. No delante de él.
—Nunca pensé que me traicionarías así —continúo, con la voz temblándome pese a mis esfuerzos por mantenerla bajo control—. Nunca pensé que me venderías a criminales. Que intentarías matarme cuando me acerqué demasiado a la verdad.
La expresión de Langford se resquebraja ligeramente; un dolor genuino atraviesa su compostura. —No quería que fueras tú. Esperaba—
—Me da igual lo que esperaras. —Alzo la voz, que rebota contra las paredes de hormigón—. Tomaste tu decisión. Elegiste tu carrera, tus contactos y tu red corrupta por encima de mí. Por encima de cada mujer que desapareció en esa subasta.
Abre la boca para responder, pero no he terminado.
—Pero ahora dormiré tranquila —digo, y mi voz desciende hasta adquirir un tono frío y definitivo—. Sabiendo que estarás entre rejas el resto de tu vida. Sabiendo que nunca volverás a hacer daño a otra persona inocente. Y que nunca tendrás una vida fuera de estos muros.
Me inclino hacia los barrotes, asegurándome de que pueda ver la determinación en mis ojos.
—Y grábate esto. Después de este momento, no volveré a pensar en ti jamás. Para mí, estás muerto.
Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros, absolutas e irreversibles. El rostro de Langford palidece, y sus manos tiemblan ligeramente dentro de las esposas.
Me doy la vuelta y me alejo sin mirar atrás, con la espalda recta y la cabeza alta. El guardia me abre la puerta y la cruzo hacia el pasillo del otro lado.
Rurik, Eduard y Artur me esperan cerca de la salida del juzgado. Se enderezan al verme acercarme, y sus expresiones pasan de la tensión al alivio.
No hablamos mientras salimos del edificio, ignorando a los medios que gritan preguntas. El SUV nos espera junto al bordillo, con el motor en marcha, y nos deslizamos en el asiento trasero en perfecta sincronía.
En cuanto se cierra la puerta y nos aísla del mundo exterior, exhalo despacio. La tensión que he mantenido durante tres meses por fin se libera, dejándome sin fuerzas y exhausta.
—Se ha acabado —digo en voz baja, apenas por encima de un susurro—. Por fin se ha acabado.