33 Artur
ARTUR
El pánico me golpea como un puñetazo en el estómago en cuanto confirmamos que Emma no está en ninguna parte de la finca.
Estoy en el centro del dormitorio que compartimos, con las manos cerrándose en puños a ambos lados mientras me obligo a respirar.
El portátil está abierto sobre el escritorio donde ella lo dejó, con la pantalla apagada.
Su chaqueta ha desaparecido. Sus botas no están en el armario.
Y la cama está fría, intacta desde que nos fuimos a la reunión hace horas.
—¿Dónde coño está? —digo con voz tensa.
Eduard recorre la suite metódicamente, revisando el baño, la sala de estar, cada rincón, como si pudiera estar escondida en algún lugar donde aún no hemos mirado.
Sus ojos grises están duros, la mandíbula apretada de esa forma que significa que está conteniendo su temperamento por pura fuerza de voluntad.
Rurik está junto a la ventana, con el teléfono pegado al oído mientras ladra órdenes en ruso al jefe de seguridad. Sus ojos azul pálido están fríos y concentrados, pero veo la tensión en sus hombros, la forma en que su mano libre se cierra en un puño contra el muslo.
Todos estamos pensando lo mismo. ¿Dónde demonios se ha metido?
—Los guardias de la entrada principal dicen que salió sobre las dos y media —dice Rurik, terminando la llamada—. Les dijo que iba a reunirse con alguien en la ciudad y que volvería antes de cenar.
Se me dispara el pulso.
—¿Y la dejaron salir sin más?
—Dijo que nosotros lo sabíamos. —El tono de Rurik es plano, peligroso—. La creyeron.
Quiero golpear algo. Quiero traer a esos guardias aquí y obligarlos a explicarme por qué no verificaron su historia antes de abrir la maldita verja. Pero eso no nos ayudará a encontrar a Emma.
Eduard se acerca al escritorio y abre el portátil; sus dedos vuelan sobre el teclado.
—Estaba investigando a Hayes antes de que nos fuéramos. Registros financieros, agendas de reuniones y memorandos internos.
—¿Encontró algo? —pregunto, acercándome.
—Nada que la hiciera irse sin decírnoslo. —La mandíbula de Eduard se tensa mientras repasa el historial del navegador—. Lo último a lo que accedió fue una entrada del calendario que mostraba que Hayes se reunió con el Departamento de Justicia el día antes de su operación encubierta.
Rurik cruza la habitación en tres largas zancadas, con una expresión indescifrable.
—No volvería al FBI. No sin pruebas de quién la traicionó.
—Entonces ¿adónde? —exijo, con la frustración desbordándose—. ¿La han agarrado? ¿Alguna otra familia ha hecho un movimiento mientras estábamos en la reunión?
El pensamiento me hiela la sangre. Si uno de los otros pakhanes ha decidido llevarse a Emma mientras estábamos ocupados, si la retienen en algún sitio y la usan contra nosotros...
Aparto esos pensamientos antes de que se desboquen. Tenemos que concentrarnos. Necesitamos hechos, no pánico. Además, nuestros guardias habrían notado algo y ya han dicho que la vieron salir por la verja, sin nadie cerca, para reunirse con alguien.
Eduard saca el teléfono y empieza a hacer llamadas, contactando con gente que pudiera haber visto algo.
Rurik envía mensajes a nuestra red de inteligencia, pidiendo cualquier informe sobre actividad inusual cerca de la finca o en la ciudad.
Yo recorro la habitación de un lado a otro, con la mente pasando a toda velocidad por posibles escenarios.
¿Ha huido? El pensamiento aflora antes de que pueda impedirlo.
Ha tenido la oportunidad. Sin guardias siguiéndola, sin nadie vigilando cada uno de sus movimientos.
Podría haber ido directamente a la sede del FBI y entregarse, declarar que sigue viva y hacer que todo el peso de las fuerzas de seguridad federales cayera sobre nosotros.
Pero eso no encaja. Emma no abandonaría su investigación sobre el topo. No dejaría atrás a Krystal. Y pese a todo, pese a que la compramos en una puta subasta, tampoco creo que nos abandonara a nosotros.
No sin una razón de peso.
La puerta se abre y aparece una de las empleadas de la casa. Parece nerviosa, retorciéndose las manos mientras se dirige a Rurik.
—Señor, he oído que Emma ha desaparecido. Creo que quizá sepa algo.
La atención de Rurik se centra en ella de inmediato.
—Habla.
—Esta tarde le entregaron un mensaje. Por la entrada de servicio. Yo misma se lo llevé a su habitación.
Se me acelera el pulso.
—¿Qué clase de mensaje?
—Una nota en un trozo de papel doblado. No la leí, pero ella parecía... tener mucha prisa después de abrirla.
Eduard se acerca, con los ojos grises afilados.
—¿Quién la entregó?
—No lo sé. La dejaron en la verja de servicio con instrucciones de dársela a Emma.
La mandíbula de Rurik se tensa.
—¿Recuerdas a qué hora?
—Sobre las dos, señor.
Treinta minutos antes de que Emma se fuera. El horario encaja.
—Gracias —dice Rurik, despidiéndola con un gesto. En cuanto se va, se vuelve hacia nosotros—. Krystal.
El nombre queda suspendido en el aire entre nosotros, cargado de implicaciones. Claro que era Krystal. ¿Por quién si no dejaría Emma todo de lado? ¿Quién más podría convencerla de abandonar la finca sin decírnoslo?
—Joder —murmuro, pasándome una mano por el pelo—. Ha ido a reunirse con ella.
La expresión de Eduard se ensombrece.
—Sola. Sin refuerzos y sin siquiera decirnos adónde iba.
La rabia crece en mi pecho, ardiente y punzante.
Emma sabe que no debe hacer esto. Es agente del FBI, está entrenada para evaluar amenazas y planificar operaciones.
Sabe que Volkov es peligroso, que Krystal podría estar comprometida y que presentarse en una reunión sin seguridad es buscarse problemas.
Y aun así lo ha hecho.
—Tenemos que encontrarla —digo, ya de camino hacia la puerta.
La mano de Rurik me agarra del brazo y me detiene.
—No sabemos adónde ha ido.
—Entonces lo averiguaremos. Llamaremos a todos los contactos que tenemos, comprobaremos todos los lugares donde hayan visto a Krystal y no pararemos hasta encontrarla.
Antes de que Rurik pueda responder, el sonido de la puerta principal al abrirse resuena por toda la finca. Unos pasos repiquetean sobre el suelo de mármol, constantes y tranquilos.
Emma.
El alivio me inunda tan deprisa que me flojean las rodillas. Entonces el alivio se transforma en furia.
Bajo las escaleras antes de ser plenamente consciente de que me estoy moviendo, con Eduard y Rurik justo detrás de mí.
Emma aparece en el vestíbulo principal, con la chaqueta colgada de un brazo y una expresión tranquila, como si acabara de volver de un paseo sin importancia en vez de desaparecer durante horas sin decir una palabra.
—¿Dónde coño has estado? —Las palabras salen más cortantes de lo que pretendía, pero me da igual.
Los ojos verdes de Emma se entrecierran.
—He ido a reunirme con Krystal.
—¿Sin decírnoslo? —La voz de Eduard está controlada, pero percibo la rabia que hay debajo—. ¿Sin llevar guardias? ¿Sin siquiera dejar un mensaje diciendo adónde ibas?
—Dejé una nota —dice Emma, a la defensiva.
—No, no la dejaste —dice Rurik con frialdad—. Lo hemos revisado todo.
La expresión de Emma cambia; la confusión le cruza el rostro.
—La escribí y la dejé sobre el escritorio del dormitorio. Justo al lado del portátil.
Pienso en el escritorio, en el portátil abierto, en los papeles desperdigados. No había ninguna nota. O Emma miente o alguien la ha retirado antes de que volviéramos.
—No había ninguna nota —digo con voz tensa—. Hemos puesto esta casa patas arriba buscándote. Pensábamos que te habían llevado.
La mandíbula de Emma se tensa.
—Sé cuidar de mí misma.
Las palabras prenden algo oscuro en mi pecho.
—¿Ah, sí? Porque la última vez que intentaste cuidar de ti misma acabaste encadenada en el escenario de una subasta.
Su rostro se enciende de rabia y quizá de vergüenza.
—Eso fue diferente.
—¿En qué sentido? —Doy un paso hacia ella, invadiendo su espacio—. Entonces caíste en una trampa y hoy has entrado en una posible trampa. La única diferencia es que esta vez no estábamos allí para sacarte de ella.
—Soy agente del FBI —replica Emma—. Llevo años haciendo este trabajo. No necesito que tres delincuentes sobreprotectores me revoloteen alrededor cada segundo.
—Ya no eres agente del FBI —dice Rurik en voz baja, con sus ojos pálidos y fríos—. Oficialmente estás muerta. Eso significa que no tienes refuerzos, recursos ni autoridad. Solo nos tienes a nosotros.
Las manos de Emma se cierran en puños a ambos lados.
—Yo no pedí nada de esto.
—No, no lo pediste —dice Eduard, con una voz más suave pero igual de firme—. Pero esta es tu situación. Y salir sola de esta finca, sin decirnos adónde vas, te pone en peligro. Nos pone a todos en peligro.
—Iba a reunirme con mi mejor amiga —dice Emma entre dientes—. No estaba organizando una fuga de prisión.
—Tu mejor amiga trabaja para Aleksander Volkov —le recuerdo.
La expresión de Emma cambia, y algo defensivo parpadea en sus ojos.
—Krystal no me haría daño.
—Puede que no por voluntad propia —dice Rurik—. Pero Volkov es muy bueno obligando a la gente a hacer lo que él quiere.
El silencio que sigue es denso, cargado de todo lo que no estamos diciendo. Emma sabe que tenemos razón. Lo veo en la forma en que se le tensan los hombros y en cómo evita mirarnos directamente a los ojos. Pero es demasiado testaruda para admitirlo.
—Me voy a mi habitación —dice por fin, con voz tensa.
—A nuestra habitación —la corrijo—. Ya no tienes tu propio espacio, ¿recuerdas?
Sus ojos verde grisáceos destellan de furia.
—Vale. Me voy a nuestra habitación. ¿Contento?
No espera una respuesta. Simplemente se da la vuelta y sube las escaleras hecha una furia; sus botas repiquetean contra el mármol con golpes secos y rabiosos.
La veo alejarse, con el pecho oprimido por emociones contradictorias.
Alivio porque está a salvo. Furia porque se ha puesto en peligro.
Y bajo todo ello, miedo de que estemos perdiendo el control de una situación que ya era precaria.
Eduard exhala lentamente.
—Eso ha ido bien.
—Va a conseguir que la maten —murmuro.
Los ojos pálidos de Rurik siguen la figura de Emma mientras se aleja hasta que desaparece por el pasillo.
—O algo peor.
Nos dirigimos al despacho sin necesidad de hablarlo, y los tres adoptamos nuestras posiciones habituales. Rurik detrás del escritorio, Eduard junto a la ventana y yo recorriendo la habitación de un extremo a otro porque no soy capaz de quedarme quieto.
—Tenemos que hablar de esto —dice Eduard en voz baja.
—¿De qué? —pregunto, aunque ya lo sé.
—De Emma. —Los ojos grises de Eduard están serios—. De en qué se está convirtiendo.
Dejo de caminar y me vuelvo hacia él.
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Significa que se suponía que debía ayudarnos a unir a las familias —dice Rurik con voz plana—. Se suponía que sería la base de nuestra alianza, la mujer lo bastante fuerte para estar al lado de los tres y tender puentes sobre las brechas que dejaron nuestros padres.
—Aún puede serlo —discuto.
—¿Puede? —Eduard se apoya en el marco de la ventana, con los brazos cruzados—.
Está obsesionada con salvar a Krystal, que puede querer o no querer ser salvada.
Persigue a un topo dentro del FBI que podría ser cualquiera.
Y ahora está asumiendo riesgos que la ponen directamente en el punto de mira de Volkov.
—Está intentando encontrar respuestas —digo con voz tensa—. ¿Puedes reprochárselo?
—No —dice Rurik en voz baja—. Pero no podemos protegerla si ella no nos deja.
Las palabras golpean con más fuerza de la que espero.
Porque tiene razón. Emma es brillante, valiente y testaruda de cojones.
Pero también es temeraria de maneras que me aterrorizan.
Se adentra en el peligro como si no tuviera nada que perder, y quizá eso fuera cierto cuando solo era una agente del FBI persiguiendo un caso.
Pero ahora es nuestra. Nos pertenece. Y si le pasa algo, no solo la destruirá a ella. Nos destruirá a todos.
—Las otras familias están observando —dice Eduard—. Saben que es del FBI. Saben que Volkov la quiere. Cada movimiento que hace, cada riesgo que asume, se refleja en nosotros.
—¿Y qué propones? —exijo—. ¿Que la encerremos en una habitación? ¿Que la encadenemos a la cama? ¿Que la tratemos como a una prisionera? ¿Otra vez?
—Propongo que le hagamos entender lo que está en juego —dice Eduard—. Antes de que sea demasiado tarde.
Quiero discutir y defender a Emma. Quiero insistir en que acabará adaptándose, en que solo necesita tiempo. Pero lo cierto es que no sé si eso es verdad. Emma ha estado luchando desde el momento en que la trajimos aquí. No estoy seguro de que sepa cómo detenerse.
Rurik permanece callado un largo momento, con los ojos pálidos perdidos en la distancia. Luego habla, con voz baja y controlada.
—¿Emma se está convirtiendo más en un lastre que en un activo?