32 Emma
EMMA
Llaman a la puerta del dormitorio justo después de comer, con suavidad, pero de forma insistente.
Estoy sola en la suite, con el portátil abierto delante de mí mientras sigo otra pista muerta entre los registros financieros del FBI.
Los hombres se fueron hace una hora a la reunión con los demás pakhanes.
Tengo el estómago hecho un nudo, preguntándome qué pasará.
¿Los otros exigirán tener acceso a mí? ¿Habrá un tiroteo?
Sacudo la cabeza. No hay nada que pueda hacer al respecto, y quedarme aquí preocupándome no cambiará lo que sea que vaya a ocurrir.
Cruzo la habitación y abro la puerta. Al otro lado encuentro a una de las empleadas de la casa, una mujer mayor cuyo nombre nunca he llegado a saber. Me tiende un papel doblado, con una expresión cuidadosamente neutra.
—Esto lo han dejado para usted en la entrada de servicio —dice en un inglés con un marcado acento.
Cojo la nota, con el pulso acelerándose. En cuanto se marcha, la desdoblo y leo la pulcra caligrafía que reconozco de inmediato.
Emma, necesito verte. Hoy. Hay algo que debes saber sobre Volkov y la subasta. Reúnete conmigo en la cafetería de Maple Street a las tres de la tarde. Por favor, ven sola. - Krystal
Me tiemblan ligeramente las manos al leerla de nuevo. Krystal quiere reunirse conmigo. Hoy, mientras los hombres están fuera y no pueden impedírmelo ni insistir en acompañarme. Y tampoco pueden protegerte, me advierte una vocecita en mi cabeza.
Miro el reloj de la mesilla. Ya son las dos y media. Si quiero llegar, tengo que irme ahora.
Lo sensato sería esperar. Mandar un mensaje a Rurik, Eduard o Artur y contarles lo de la nota, dejando que decidieran cómo manejarlo.
Pero hay algo urgente, casi desesperado, en la letra de Krystal.
Y si espero a que los hombres regresen, o bien se negarán a dejarme ir o bien insistirán en convertirlo en toda una operación de seguridad que asustará a Krystal.
Cojo mi chaqueta y mis botas, con la decisión ya tomada. Los guardias que antes me seguían a todas partes ya no están. Los hombres confían lo suficiente en mí como para que me mueva libremente por la finca, lo que significa que puedo salir por la puerta principal sin que nadie me detenga.
La revelación me golpea cuando estoy a mitad de la escalera principal. Podría escapar. Aquí mismo, ahora mismo. No hay nada que me impida físicamente abandonar esta finca y no volver jamás.
Me detengo en el rellano, con la mano aferrada a la barandilla pulida.
La entrada principal se ve abajo, con la luz del sol inundando el espacio a través de los altos ventanales.
Más allá de esas puertas está la libertad.
Podría caminar hasta la carretera principal más cercana, parar un coche y estar en la sede del FBI en una hora.
Podría irrumpir en el despacho de Langford y exigir respuestas.
Podría volver a la vida, revertir mi condición de desaparecida y presuntamente muerta con una sola llamada telefónica.
¿Pero entonces qué?
Aún no sé quién es el topo. Las pruebas contra Hayes no resisten un examen minucioso, y Cole no fue más que un chivo expiatorio.
Si vuelvo a entrar en la Oficina ahora, quien me traicionó sabrá que estoy viva.
Tendrá tiempo de cubrir sus huellas, destruir pruebas y desaparecer entre la burocracia antes de que yo pueda demostrar nada.
Quedarme aquí, seguir muerta, me da ventaja. El topo cree que me he ido. Cree que la investigación está cerrada. Ha bajado la guardia, y es entonces cuando la gente comete errores.
Sigo bajando las escaleras, con las botas repiqueteando sobre el suelo de mármol. Esa es la razón lógica para quedarme. La elección estratégica. Pero hay otra razón que no quiero examinar demasiado de cerca.
No quiero dejar a mis hombres.
El pensamiento aflora antes de que pueda detenerlo, incómodo e innegable.
Rurik, Eduard y Artur se han convertido en algo más que mis captores.
De alguna manera extraña, se han convertido en mi familia.
Me protegen, cuidan de mí, me escuchan cuando hablo.
Me están ayudando a encontrar al topo y, ahora mismo, están arriesgando sus propias vidas para protegerme.
Sacudo la cabeza y atravieso la entrada principal antes de que pueda cambiar de opinión. El aire de la tarde está fresco contra mi piel mientras cruzo el patio en dirección a las puertas principales. Un guardia apostado cerca de la entrada se yergue al verme acercarme.
—Voy a salir —digo, procurando que mi voz suene despreocupada.
Vacila, claramente inseguro. —Los jefes no han mencionado que fuera a salir hoy.
—Lo saben —miento con naturalidad—. Voy a reunirme con alguien en la ciudad. Volveré antes de cenar.
El guardia estudia mi rostro durante un largo instante y luego asiente, abriendo la puerta peatonal junto a la entrada principal de vehículos.
Me escabullo antes de que pueda reconsiderarlo, con el corazón martilleándome mientras bajo por el camino bordeado de árboles hacia la calle que hay más allá.
La cafetería que ha mencionado Krystal está a unos tres kilómetros. Paro un taxi y le doy al conductor la dirección, acomodándome en el asiento trasero mientras la finca desaparece a nuestra espalda. Pago el trayecto con efectivo que he cogido del escritorio de Rurik.
La cafetería es pequeña y está encajada entre una librería y una tintorería, el tipo de sitio que atiende a los habituales del barrio en vez de a los turistas.
Distingo a Krystal enseguida a través del escaparate, sentada en una mesa de la esquina con la espalda contra la pared.
Lleva el pelo rubio medio recogido y un jersey color crema que le da un aspecto dulce y accesible.
Empujo la puerta y sus ojos color avellana encuentran los míos de inmediato. El alivio le cruza el rostro, seguido enseguida de algo que podría ser miedo.
Voy hasta su mesa y me siento sin pedir nada. —Has dicho que era urgente.
—Lo es. —Krystal rodea su taza de café con las manos, los dedos temblándole ligeramente—. Gracias por venir. No estaba segura de que lo hicieras.
—Eres mi mejor amiga —digo en voz baja—. Claro que he venido.
Su expresión cambia y algo doloroso titila en sus ojos. —Ya no sé si merezco ese título.
—¿De qué estás hablando?
Krystal inspira despacio, bajando la mirada hacia la mesa. —Tengo que hablarte del último año. De lo que Volkov me hizo. De en qué me convirtió.
Me inclino hacia delante, con todos los sentidos alerta. —Te escucho.
Empieza a hablar, con voz baja y controlada.
Describe la noche en que la sacaron de aquella fiesta, cómo despertó en una habitación desconocida sin tener ni idea de dónde estaba ni de qué había ocurrido.
Volkov apareció a la mañana siguiente, tranquilo y cortés, y le explicó que ahora le pertenecía.
—No me hizo daño —dice Krystal, apretando los dedos alrededor de la taza—. No físicamente. Nunca me pegó ni me amenazó con violencia. Todo lo que hizo fue psicológico.
Me explica cómo Volkov pasó meses enseñándole a desenvolverse en los círculos sociales de élite.
Cómo vestirse, la manera adecuada de hablar y cómo leer una sala e identificar a la persona más poderosa de ella.
Trajo tutores que le enseñaron idiomas, etiqueta y el sutil arte de obtener información sin que pareciera que hacía preguntas.
—Me estaba convirtiendo en alguien nueva —dice Krystal, con voz hueca—. Alguien que pudiera moverse por su mundo sin levantar sospechas. Alguien útil.
Se me oprime el pecho mientras la escucho. Volkov no se limitó a secuestrarla. Desmanteló sistemáticamente quién era y la reconstruyó como una herramienta que pudiera utilizar. Tal y como los chicos me habían advertido que probablemente haría.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —pregunto con suavidad.
Krystal alza la mirada para encontrarse con la mía.
—Porque quiero que entiendas que no soy la misma persona que conociste.
He aprendido a jugar al juego, Emma. He aprendido a sonreír, a asentir y a fingir que soy exactamente lo que Volkov quiere que sea.
Pero, bajo todo eso, lo único que quiero es recuperar mi vida.
—Entonces deja que te ayude —digo de inmediato—. Los hombres con los que estoy tienen recursos. Podemos sacarte de ahí.
—No es tan sencillo. —Krystal niega con la cabeza—. Volkov tiene ojos en todas partes. Si desaparezco, lo sabrá. E irá a por todos los que estén relacionados conmigo. Incluida tú.
Antes de que pueda responder, continúa, bajando aún más la voz. —Hay algo más que debes saber. Sobre la subasta.
El pulso se me acelera. —¿Qué pasa con ella?
—No se trata solo de vender mujeres —dice Krystal con cautela—.
La subasta funciona como un intercambio de influencias entre la mafia y determinadas agencias federales.
Compran y entrenan a mujeres para colocarlas estratégicamente.
Recopilan secretos, entablan relaciones con objetivos y luego informan a quien las posee.
Las implicaciones caen sobre mí como un cubo de agua helada. —¿Estás diciendo que la subasta es una operación de inteligencia?
—En parte. —Los dedos de Krystal tamborilean sobre la mesa—. No utilizan así a todas las mujeres. Algunas se venden simplemente para obtener beneficios o para uso personal. Pero los objetivos de alto valor, las que tienen aptitudes o contactos concretos, son diferentes. Son activos.
Mi mente repasa a toda velocidad todo lo que he aprendido durante las últimas semanas. Las empresas pantalla vinculadas a la subasta. El dinero federal que fluye a través de Baltic Logistics. La forma en que cerraron mi investigación tan deprisa después de mi desaparición.
—Se suponía que yo iba a ser uno de esos activos —digo despacio.
Krystal asiente. —Volkov te quería. Llevaba meses siguiendo tu investigación, observando cómo te acercabas cada vez más a la red de la subasta. Cuando te infiltraste, vio una oportunidad. Una agente del FBI con tu formación y tu acceso sería increíblemente valiosa si conseguían doblegarla.
—Pero Rurik, Eduard y Artur me compraron antes.
—Exacto. —La expresión de Krystal se tensa—. No se suponía que fueras con ellos. Volkov había dispuesto que uno de sus intermediarios ganara la puja. Pero tus hombres pusieron diez millones de dólares sobre la mesa y le jodieron todo el plan.
Las piezas encajan con una claridad nauseabunda. Los otros jefes de la Bratva exigiendo que me compartieran entre las familias. La presión sobre Rurik, Eduard y Artur para que me entregaran. No se trata solo de recursos ni de tradición.
Se trata de Volkov.
—Él está detrás de los otros jefes —digo con voz tensa—. Es él quien los está presionando para que exijan tener acceso a mí.
Krystal no lo niega. —Volkov no renuncia a los activos que quiere. Si no puede poseerte directamente, encontrará otra manera de controlarte.
Me reclino en la silla, con las manos cerrándose en puños bajo la mesa. Todo por lo que he pasado, cada traición y cada manipulación, conduce a un solo hombre. Aleksander Volkov orquestó mi captura, mi venta y ahora está intentando arrancarme de las únicas personas que me han protegido.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunto en voz baja—. Si Volkov descubre que me has advertido, te matará.
Los ojos color avellana de Krystal se llenan de algo que parece miedo auténtico. —Ese es el problema, Emma. Ya sospecha.
Se me encoge el estómago. —¿Qué quieres decir?
—Últimamente me vigila más de cerca. Me pregunta adónde voy y con quién hablo.
Sabe que nos vimos en el club y sabe que he vuelto a ponerme en contacto contigo.
—La voz de Krystal tiembla ligeramente—.
Me está poniendo a prueba. Intenta averiguar si de verdad le soy leal o si estoy jugando mi propio juego.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que estaba intentando reconstruir nuestra amistad. Que quería seguir en contacto contigo porque algún día podrías ser útil. —Traga saliva con fuerza—. Me creyó. Pero ahora exige que se lo demuestre.
El aire entre nosotras se vuelve denso por las implicaciones no dichas. —¿Demostrarlo cómo?
Las manos de Krystal tiemblan mientras deja la taza de café sobre la mesa. —Quiere que use nuestra amistad para reunir información sobre Rurik, Eduard y Artur. Sus operaciones, sus debilidades y sus planes. Todo.